MI ESPACIO EN EL MUNDO

Hablando con otra persona ASI que, al igual que yo, hace años dejó atrás los intentos de suicidio comentábamos lo difícil que es salir de ese círculo autodestructivo. Ambos coincidíamos en que el cambio es sin duda interior. Esta persona me decía que de repente un día pensó: "Pero si realmente merece la pena vivir!". Comentaba que ese fue su punto de inflexión. El mío fue tras una discusión con mi Madrina cuando yo ya era una adolescente de quince o dieciséis años. No recuerdo sus palabras concretas, pero si el sentido de su argumentación. Me reprochaba que todo el esfuerzo que ella había empleado en mi educación, en intentar darme todo lo necesario para salir del ambiente que por nacimiento me hubiera tocado en circunstancias normales, se hubiera quedado reducido a la nada. Porque finalmente yo había renunciado a estudiar una carrera universitaria –ya había abandonado mis estudios en bachillerato- y tampoco encontraba un trabajo estable sobre el que progresar para labrarme un futuro. Yo era lo que ahora llamarían un “Nini”, haciendo referencia a ese sector de la población juvenil que en la actualidad ni estudia ni trabaja. Hasta que mi Madrina cerró la discusión diciendo que yo era como mi padre.

CINCO AÑOS

Es Domingo por la mañana, abro los ojos. He tenido un descanso reparador. La persiana está levantada, aún me da miedo la oscuridad, despertar sin poder ver nada a mi alrededor y no he conseguido romper ese temor, pero durante el sueño ya no hay pesadillas ni sueños inquietos. Las noches de verano incluso soy capaz de dormir destapada y prácticamente desnuda. Y mi pareja duerme junto a mí y me abraza. No siento miedo. Incluso me agrada que me acaricie y sus manos recorran mi cuerpo atrayéndome hacia si para acurrucarnos. Ya no temo nada de él, y lo sabe.

EPÍLOGO

Epílogo. El término sirve para denominar aquello que cierra una exposición. También puede hacer referencia a notas adicionales que no pertenecen a los sucesos principales narrados en la obra, pero que pueden colaborar mucho con el entendimiento de la misma. Mientras que el prólogo es la introducción al tema del que se hablará, en el epílogo se cierran aquellos cabos que hayan quedado sueltos y se concluye el discurso para que quienes lo reciben puedan comprenderlo en su totalidad.

SALIR CORRIENDO

Con todo lo que los supervivientes cargamos a nuestra espalda, con todas las traiciones de las que hemos sido objeto en nuestra infancia por parte, no sólo de nuestros agresores que utilizaron nuestra confianza y afecto en su provecho, sino también, en muchas ocasiones, de otros familiares directos que miraron hacia otro lado cuando ocurrían los abusos o cuando les revelamos nuestro secreto, encontrar una pareja es casi un milagro divino. A veces encuentras en el camino personas que te ayudan a levantarte, que te regalan momentos y vivencias maravillosos que te hacen reconciliar con el género humano y con la vida. Pero esa felicidad no es posible si uno se siente solo. Sobretodo si esa soledad es impuesta por la sociedad. Si acabas de descubrir que eres la pareja de un superviviente y te entran las dudas, antes de salir corriendo espantado, por favor, lee esto.

TRAICIÓN

Mi expediente en el Alto Tribunal Tutelar de Menores se abrió, cuando yo tenía dos años, a raíz de una denuncia de mi madre en los juzgados contra mi padre por maltratos y “abusos deshonestos” a mi hermano más mayor, que por entonces contaba con unos catorce años. después fue llevado a una institución supongo que para su protección. Así lo refleja el documento que yo conservo y así funcionaban las cosas. Un padre agredía a sus hijos y era el menor el que acababa apartado. Posteriormente mi hermano ingresaría voluntariamente en el ejercito.

PORTAZO

Una nueva etapa de mi viaje ha terminado. Mi madre ha fallecido. Así que llevo unos días hecha un cúmulo de sentimientos encontrados que -premio para mí- no estoy juzgando si son correctos o incorrectos. Hay muchas emociones enfrentadas, a ratos mal, a ratos bien, a ratos llorosa, a ratos de buen humor... y lo bueno es que me he sorprendido a mí misma porque simplemente lo he aceptado. He dejado llegar todo lo que sentía sin ese juez permanente que me dice si es lo que hay que sentir cuando muere tu madre o no, si es adecuado hacer o decir ciertas cosas, incluso si es adecuado maquillarse o no al acudir a su funeral.

CERRANDO CÍRCULOS

Primer círculo:

Hace 21 años acordé con mi padrino ir unos días a la casa del faro donde viví mi niñez, esta vez junto a mi nueva familia: mi marido y mi hijo. Habían pasado diez años desde que fui por última vez, pero mis padrinos seguían ocupando la casa, esta vez por turnos, ya que sus familias también habían crecido y ya no era posible que los cinco hermanos y yo nos juntásemos como cuando era pequeña. Yo había sido madre el año anterior y volver al faro fue muy gratificante. Mi bebé tenía catorce meses cuando se puso en pie sobre la arena de aquella playa y mi gran recuerdo fue ver a mi niño dar sus primeros pasitos inseguros, avanzando hacia mí con los bracitos abiertos esperando a que yo le cogiera si titubeaba.

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

“¿Por qué no vives/vivías con tus padres? ¿Por qué no tienes relación con tu familia?” Una cuestión recurrente desde mi infancia. La pregunta que, tarde o temprano, la gente siempre termina por hacerme. La mayoría de los supervivientes que vivimos nuestras agresiones en el seno de la familia logramos pasar desapercibidos a los ojos inexpertos del mundo sin que nunca nadie nos pregunte el porqué de nuestras “rarezas” -esas que luego descubrimos que son secuelas de los abusos- si es que alguien se percata de ellas. Pero yo, además, he arrastrado una Letra Escarlata que era visible. “No, la niña no es mi hija. Pero vive con nosotros” ¿Cuántas veces habré escuchado esas palabras de boca de mis cinco Padrinos o de su padre? ¿Cuántas veces más las habrán pronunciado? Y a continuación era inevitable que la indiscreción o la confianza dieran paso a la interrogante con la que he abierto mi entrada: “¿Por qué no vives con tus padres?” Y he sido muy creativa para responder, lo reconozco. Si pudiera preguntar a mis antiguas compañeras de colegio cada una aportaría una historia diferente. Si pudiera reunirlas en una gran sala y les dijera, como única explicación, que su nexo de unión es que todas me tuvieron como compañera en común, todas quedarían confundidas al escuchar los relatos de las demás.

LAS LÁGRIMAS DE LA IRA

Era una tarde relajada de verano, sentados en una terraza alrededor de refrescantes bebidas y con la compañía de un grupo de amigos de lo mas variopinto. Todos padres y madres de chiquillos a los que conocía desde hacía años del equipo de fútbol donde jugaba también mi hijo. Ahí se había iniciado nuestra amistad.

A veces soy malhablada. A veces, cuando estoy relajada y en un ambiente informal, intercalo alguna palabrota en la conversación. Para mí nada excesivo, siempre he pensado que lo hago igual que lo hacen mis amigos, con alguna interjección mas o menos malsonante que enfatice mis palabras. Pero a mi pareja nunca le ha gustado que yo emplee ese lenguaje y en demasiadas ocasiones me ha reprendido con cariño, pero públicamente. Nunca, hasta esa tarde, le dije nada. Tras quince o dieciocho años casada, siempre he bajado la cabeza, pedido disculpas por mis palabras y guardado un vergonzoso silencio. Pero esa tarde fue distinto. Efectivamente volví a reconocerme como culpable de mi comportamiento y me corregí al instante, pero me empecé a enfadar interiormente y cuando regresamos a casa, un rato después, exploté.

HISTORIAS DE “PELUDOS”

Era siamés. Con el color típico de esta variedad, la cara y las patas casi negras y el resto del manto color marfil. Tenía un carácter dulce, se dejaba acariciar y ronroneaba frotándose con mis piernas cuando yo andaba por la cocina. Y dormía conmigo. Le encantaba meterse en mi cama de madrugada, y hacerse un ovillo en el hueco que yo dejaba entre mis rodillas y mi pecho, acurrucada de lado en posición casi fetal. Supongo que el gato lo hacía para recibir mi calor corporal, pero reconozco que el intercambio era mutuo. Aquella casa era muy fría en invierno. Mi madre me metía en la cama un ladrillo refractario que había calentado en la cocina de carbón para que al menos las sábanas estuvieran calientes cuando me acostase. Pero a altas horas de la noche, el efecto calorífico ya había desaparecido. La llegada del gato lo compensaba. Y a mí me gustaba acariciar su pelaje, era suave y tierno como un cojín.
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