VAMOS A CONTAR MENTIRAS

“¿Por qué no vives/vivías con tus padres? ¿Por qué no tienes relación con tu familia?” Una cuestión recurrente desde mi infancia. La pregunta que, tarde o temprano, la gente siempre termina por hacerme. La mayoría de los supervivientes que vivimos nuestras agresiones en el seno de la familia logramos pasar desapercibidos a los ojos inexpertos del mundo sin que nunca nadie nos pregunte el porqué de nuestras “rarezas” -esas que luego descubrimos que son secuelas de los abusos- si es que alguien se percata de ellas. Pero yo, además, he arrastrado una Letra Escarlata que era visible. “No, la niña no es mi hija. Pero vive con nosotros” ¿Cuántas veces habré escuchado esas palabras de boca de mis cinco Padrinos o de su padre? ¿Cuántas veces más las habrán pronunciado? Y a continuación era inevitable que la indiscreción o la confianza dieran paso a la interrogante con la que he abierto mi entrada: “¿Por qué no vives con tus padres?” Y he sido muy creativa para responder, lo reconozco. Si pudiera preguntar a mis antiguas compañeras de colegio cada una aportaría una historia diferente. Si pudiera reunirlas en una gran sala y les dijera, como única explicación, que su nexo de unión es que todas me tuvieron como compañera en común, todas quedarían confundidas al escuchar los relatos de las demás.

LAS LÁGRIMAS DE LA IRA

Era una tarde relajada de verano, sentados en una terraza alrededor de refrescantes bebidas y con la compañía de un grupo de amigos de lo mas variopinto. Todos padres y madres de chiquillos a los que conocía desde hacía años del equipo de fútbol donde jugaba también mi hijo. Ahí se había iniciado nuestra amistad.

A veces soy malhablada. A veces, cuando estoy relajada y en un ambiente informal, intercalo alguna palabrota en la conversación. Para mí nada excesivo, siempre he pensado que lo hago igual que lo hacen mis amigos, con alguna interjección mas o menos malsonante que enfatice mis palabras. Pero a mi pareja nunca le ha gustado que yo emplee ese lenguaje y en demasiadas ocasiones me ha reprendido con cariño, pero públicamente. Nunca, hasta esa tarde, le dije nada. Tras quince o dieciocho años casada, siempre he bajado la cabeza, pedido disculpas por mis palabras y guardado un vergonzoso silencio. Pero esa tarde fue distinto. Efectivamente volví a reconocerme como culpable de mi comportamiento y me corregí al instante, pero me empecé a enfadar interiormente y cuando regresamos a casa, un rato después, exploté.

HISTORIAS DE “PELUDOS”

Era siamés. Con el color típico de esta variedad, la cara y las patas casi negras y el resto del manto color marfil. Tenía un carácter dulce, se dejaba acariciar y ronroneaba frotándose con mis piernas cuando yo andaba por la cocina. Y dormía conmigo. Le encantaba meterse en mi cama de madrugada, y hacerse un ovillo en el hueco que yo dejaba entre mis rodillas y mi pecho, acurrucada de lado en posición casi fetal. Supongo que el gato lo hacía para recibir mi calor corporal, pero reconozco que el intercambio era mutuo. Aquella casa era muy fría en invierno. Mi madre me metía en la cama un ladrillo refractario que había calentado en la cocina de carbón para que al menos las sábanas estuvieran calientes cuando me acostase. Pero a altas horas de la noche, el efecto calorífico ya había desaparecido. La llegada del gato lo compensaba. Y a mí me gustaba acariciar su pelaje, era suave y tierno como un cojín.

SECESIÓN

Dicen que a la tercera va la vencida.

Este mes me tocaba ir por trabajo tres sábados seguidos de nuevo a la tienda del barrio donde vive mi madre. Y al igual que hace dos años, he esperado pacientemente a que ella apareciera por el local. Esta vez me siento preparada y deseaba verla para poder hablar con ella. Tenía ganas de finiquitar el tema familiar (en lo que a mi familia biológica se refiere) y mantener una conversación con mi madre, a ser posible a solas, para contrastar si comparte la opinión que mi hermana ha dejado clara en sus correos de estos meses y que ya resumí aquí. Hace unos días tuve la última oportunidad. La mañana acompañó. Una mañana primaveral, radiante y soleada. La vi pasar frente al negocio y la llamé por su nombre temiendo que a la voz de “mamá” no respondiera. Su hija mayor, mi hermana, la acompañaba y supuse que no contarían con que yo estuviera a pocos metros de ellas en la puerta del local.

PUÑO DE HIERRO EN GUANTE DE SEDA

Cuando era niña el barrio marginal donde viven mi madre y mi hermana aún se consideraba zona rural a pesar de pertenecer al ayuntamiento de la capital de la provincia. Está situado en los límites del concejo y rodeado de fincas sin edificar donde, en aquella época, aún se criaba ganado además de tropezar siempre con gallinas y gatos asilvestrados cuando transitabas por sus caminos de tierra. Mi madre siempre compraba la leche fresca a una de sus vecinas. Leche recién ordeñada, caliente y grasa. Todavía puedo ver en mi mente el recipiente de porcelana esmaltada con un tubo en medio que utilizaba para hervirla y eliminar las posibles bacterias que se podían transmitir si se tomaba cruda.

TRES VECES

“Mateo 26,34: Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”.

Tras estos años de Rehabilitación activa, han salido a la luz muchos recuerdos escondidos. Entre ellos, momentos en los que yo he hablado denunciando mis abusos a los adultos de mi infancia. En unos casos he recordado el momento, en otros casos las conversaciones, otros recuerdos y algunos documentos, me han demostrado que realmente en al menos tres ocasiones distintas de mi vida lo conté y sin embargo fueron gritos de ayuda que todos han negado que ocurrieran, o que se perdieron como lágrimas en la lluvia, haciendo oídos sordos al lamento desesperado de una niña. Ahora que mi puzzle está mas completo, puedo situar mejor las cosas en su línea temporal.

SALTO AL VACIO

Tres años ya. Parece que fue ayer cuando hablaba con mi amigo Vili para que me echase una mano en la mastodóntica tarea (así lo veía yo) de abrir un blog. Y aquí estoy un año mas en la lucha contra mis demonios internos que quiero creer que son cada vez mas pequeños, menos importantes, mas insignificantes.

Me he acostumbrado en esta fecha a hacer un repaso de lo vivido en el año, de los logros conseguidos, de las pequeñas batallas ganadas. Y si en el primer cumpleaños no era consciente de los cambios, y en el segundo aniversario ya empecé a reconocer las mejoras, en estos últimos doce meses, tengo la sensación de haber cogido carrerilla y ahora ya no hay quien me pare. O al menos esa es la sensación que tenía ayer por la tarde.

UN DIBUJO CONTRA EL ABUSO

Estos son días especiales. Para la asamblea de la ONU, el día 20 de noviembre es el Día Internacional del Niño. Desde hace unos años, el día anterior a esa fecha, el 19 de noviembre, se ha fijado por muchas ONG como el día para la protección en un campo muy especifico de la infancia: Los Abusos Sexuales Infantiles. Y en base a esa fecha, el año 2012 se me ocurrió una iniciativa muy personal que llevé a cabo desde mi pequeño rincón del mundo y que transmití por las redes sociales, principalmente Facebook y Twitter. La idea era que la gente cambiase su avatar, esa imagen o foto que nos identifica como nuestro perfil, por un dibujo animado de la niñez durante ese fin de semana, ya que el 19 de noviembre caía en lunes.

LA SOLEDAD DEL GUERRERO

En estos días, una amiga de mi red de seguridad, compañera del foro de ayuda donde participo y por lo tanto superviviente como yo, nos relató con gran detalle en el GAM su asistencia a unos Talleres de Teatro Terapéutico. Unos talleres recomendados para crecimiento personal y que pueden ser empleados como complemento en diversas terapias psicológicas. Lo genial de esos talleres es el anonimato de los participantes que no se conocen previamente. Porque eso de alguna manera te ayuda. No se te juzga, no hay balances, ni conexiones mas allá del momento. Mi amiga nos explicó varios ejercicios que realizaron donde destacó la gran comunicación no verbal que hubo allí, y sobre todo, el reencuentro con su “yo” interior, con aquella niña herida en su infancia y como la mostró, sin disfraces, ante los demás que participaban en la experiencia. Es como si la Madre Tierra los hubiera conectado comunitariamente desde lo mas primitivo del ser humano. Sin cargas, sin historia, sin pasado, sin mochilas. 

DAÑOS COLATERALES



Una de nuestras secuelas es la sensación de no valer nada, de ser un estorbo. Nos movemos por la vida intentando ser invisibles para que nadie se fije en nosotros. Es cierto que nos sentimos tan culpables de lo ocurrido, nos creemos tan autores de tan despreciables actos, que nos ocultamos, y escondemos nuestro pasado en la idea de que los demás, si descubrieran nuestro secreto nos repudiarían de inmediato. Pero no sólo intentamos desaparecer -en el más amplio sentido del término- porque al no aceptarnos pensamos que los demás no nos van a aceptar, también es porque nos sentimos inútiles y tenemos la certeza de que cualquier proyecto en el que se nos incluya, será un proyecto condenado irrefrenablemente al fracaso. Y eso incluye el trabajo, los amigos, las posibles parejas sentimentales o la familia que posteriormente a los abusos creas a tu alrededor.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...