COSAS QUE NO HAY QUE DECIRNOS

Participo en un foro de ayuda mutua para víctimas de abusos sexuales infantiles. Y entre otros hilos y sugerencias, encontré uno muy interesante donde los sobrevivientes descargan de alguna manera su frustración con algunas de las preguntas que (con intención o sin ella) les hace la gente al conocer su situación personal. Algunas son especialmente sangrantes. Yo me limitaré a contestar, en la medida de lo posible, las más habituales, siempre desde un punto de vista totalmente personal. Que puede estar equivocado.


¿Por qué no lo contaste entonces? ¿Por qué no lo denunciaste si tanto daño te hizo?

Es sencillo. Por la misma razón por la que ninguna víctima habla: el miedo. Tú, que me estás leyendo te supongo una persona adulta, con miedos racionales y lógicos, pero yo hablo del miedo infantil, ese miedo irracional que la imaginación de un niño alimenta con su fantasía. Intentad, por un momento, volver a vuestra infancia. A la época en que creíais firmemente en la existencia de los Reyes Magos, o el Ratoncito Pérez, o Papa Noel… ¿acaso no estabais convencidos de que eran reales? Y ahora en la madurez, aunque sepáis la verdad, seguramente guardáis un entrañable recuerdo de esos personajes, por la nostalgia en esa creencia que os evoca.

A nosotros, creo que nos ocurre algo parecido. Nuestro abusador nos inculcó el temor, más o menos explícito, a que si lo contábamos mataría a nuestra madre, o se romería la familia, o nunca más nos iban a querer, o jamás nos creerían… como en lo bueno, nos ha quedado la reminiscencia de ese temor hasta bien entrada la madurez. Incluso diría que ese miedo irracional permanece en el subconsciente, acechando por el resto de nuestra vida.

Añade a ese miedo, que nuestro agresor nos hizo creer que lo que estaba ocurriendo era “incomodo” para el resto de la sociedad. Que si alguien se enteraba nos iban a tachar, a mi agresor y a mí, de “malas personas”, porque esas cosas no se hacen. No olvides que nuestro abusador no es un extraño que nos secuestra, es alguien de confianza para nosotros y para el resto de los adultos que nos rodean. Nuestro agresor nos hace cómplices mediante coacción o engaño. ¿Te hubieras atrevido con quince años a contar a cualquiera que un día robaste una botella de cerveza en el supermercado?

En mi caso, lo conté cuando era una niña, pero cuando lo hice, me dijeron que era culpa mía, que sólo tenía que decir “no”. Y en mi mente infantil asumí que la culpa era, por lo tanto, mía. Yo no podía decir que sufría abusos porque yo los había provocado. Y he crecido con esa idea firmemente anclada en mi cabeza. Durante muchísimos años he sido incapaz de hablar. Y no porque alguien me lo impidiese, sino porque mi mente no me lo permitía. Yo no era consciente ni tenía edad para entender lo que pasaba, y terminé por esconderme, por callar y asumir que lo ocurrido era culpa mía.

He pasado años disimulando cuando algo me traía un recuerdo que me paralizase. He pasado horas enteras encerrada en el cuarto de baño, esperando a que las náuseas y los temblores de mis manos se detuvieran, sólo para que nadie de mi entorno se diese cuenta de que me ocurría algo. Sin duda un comportamiento recuerdo de mi infancia.


Si hablas ahora de esto es para vengarte, o para dar pena… Te gusta hacerte la víctima. ¡Te encanta llamar la atención y ya no sabes por dónde salir!

Yo he tardado cuarenta años en asumir lo que me sucedió. He estado “adormecida” durante años, hasta que me desperté. Y hablo, porque al despertar… necesito vomitar, como todas las víctimas. ¿Crees que lo hago para llamar la atención, por venganza? ¿Opinas que después de tantos años aún busco represalias, o lástima? Si tuviese alguna razón que implicase poner en evidencia a todos aquellos autores y cómplices de mis abusos, no sería por venganza, sería por justicia.

Pero ya ni siquiera busco eso: yo hablo porque necesito sacarlo fuera, porque si sigo guardando el secreto un minuto más acabaría devorándome, consumida por el dolor. Y… ¡qué diablos!, porque no tengo de qué avergonzarme. Que callen otros que si tienen de qué sonrojarse.

En el caso de algunas víctimas, simplemente lo olvidaron, pero lo recuerdan años más tarde. ¿Te sorprende? Pues ocurre más frecuentemente de lo que crees. La mente es sabia, y cuando tiene una experiencia demasiado “inasumible”, lo que hace es desconectarse. Una niña no está preparada para asumir una violación a los ocho años, ni una sobreexcitación sexual a los cuatro, un niño no está preparado para una eyaculación a los trece provocada por un adulto que lo estimula.

La mente se apaga como medida de protección o se disocia. La disociación, de hecho, es una de las características de los mamíferos, especialmente si son una potencial víctima para otros. En algún reportaje de la tele habrás visto al león que se come una gacela y la gacela está viva. ¿cómo soporta el dolor de que el león le comience a comer de dentro hacia afuera? (siempre empiezan por los órganos internos) pues porque la gacela está disociada. Es un mecanismo involuntario de emergencia que nos permite eludir el dolor físico y emocional.


Pobrecita…

¡Odio inspirar lástima! Nos degrada aun más la autoestima, porque nos hace sentirnos lo más bajo de la sociedad, los marginados. Y nos retrotrae a la sensación de debilidad que experimentábamos durante los abusos.

Me agrada que sientas lástima como una forma de empatía, que a fin de cuentas es lo que busco en este blog. Que la gente se dé cuenta de la dureza de ser un superviviente de A.S.I. Pero algunas personas lo utilizan como si el hecho de ser una víctima nos rebajase a un escalón inferior: Como si cuando conocen a una víctima de abusos en su infancia nos vieran como alguien incompleto, que no va a entender algunas cosas o que no se debe hablar delante de nosotros de “ciertos temas” porque nos pueden afectar. “Pobrecita, es que su padre la pegaba y la violaba, por eso no puede salir con chicos” eso lo han dicho delante de mí, en mi cara, ignorándome. Y, SI, la gente piensa esas cosas. Igual que piensa (aunque morirían torturados antes de reconocerlo) que si les hubiese pasado a ellos, después de tanto tiempo ya lo tendrían superado: Los que decimos que esto aún nos afecta somos unos quejicas.

Tu lástima será bienvenida si viene acompañada de un gesto que no me trate diferente, que me ayude a salir, a dar el paso. Porque muchas veces nos atascamos por no atrevernos a avanzar.


Debes tratar de superarlo. Pero eso fue hace un montón de tiempo. No sirve de nada remover el pasado. Creí que ya lo habías olvidado.

El problema es que cada vez que me levanto, cada vez que me enfrento a un reto, por simple que sea, tengo un bicho en la cabeza que me recuerda lo que me han hecho. Y tengo que hacer el ejercicio diario de apartar ese pensamiento de mi mente que se impone cada minuto. Y que no te lo diga no significa que no lo recuerde.

Sé que lo haces con buena intención, porque crees que si lo entierro, lo olvidaré y seguiré con mi vida, pero esto no funciona así: todos cuando nacemos somos una hoja en blanco, un ordenador vacío, en el que los adultos escriben. Nuestros padres escriben las normas que debemos conocer y cumplir, la sociedad escribe nuestras tradiciones, en el colegio escriben los conocimientos que nos servirán en nuestra vida de adultos.

Y todo queda marcado en el disco duro, TODO. Y las víctimas de abusos tenemos un borrón en nuestra hoja que no nos permite leer bien las normas del comportamiento. Nuestro disco está dañado. La desgracia de las víctimas es haber sobrevivido a aquello y vivir el resto de nuestra vida con la duda de si somos útiles, o por el contrario se nos debería tirar a la papelera, por ser un proyecto mal acabado. No olvides que la primera consecuencia de los abusos es que nuestra autoestima baja en picado.

Es como llevar una silla de ruedas. La gente, que no sabe de tu minusvalía, se extraña de tu comportamiento, sobre todo los más allegados, los amigos más cercanos, que con el trato se dan cuenta de que algo no va bien. Y además algunas personas, al conocer la razón, sugieren que se esconda la silla.

Porque así nos sentimos los sobrevivientes de A.S.I. Nuestra silla de ruedas es mental, y poca gente la ve. Pero está ahí, y es para toda la vida, no podemos decir: ya está olvidado, ya pasó. Tan solo podemos mejorar nuestra calidad de vida. Pero para eso necesitamos que gente como tú quite las barreras arquitectónicas, que ayude en las campañas de concienciación y ayuden a proteger a los niños metiendo a los degenerados entre rejas para asegurarse que no vuelven a acercarse a un niño y a ayudar a las víctimas, a los sobrevivientes de ese horror, a superar el daño y eliminar secuelas.

Porque cada vez que alguien me dice que ha pasado mucho tiempo, que es hora de pasar página me pone un escalón delante. Se podría decir que mi recuerdo es la frase de presentación de mi página del Facebook. Y por más que se actualice, siempre es lo primero que leemos.

Mucha gente está convencida que, en cuanto se acaban los abusos se acaba el problema. Que creen que "el tiempo lo cura todo" como si el simple pasar de los días, de los meses y/o de los años ya fuera cura suficiente. Que piensan, cuando nos dicen "olvídalo ya y pasa página, que ya ocurrió hace mucho" que nos ayudan, pero en realidad yo -que soy una ASI- interpreto que me están diciendo que soy una llorica y que si sigo mal es por mi culpa.

No reclamamos que se nos reconozca como "grandes sufridores", ni esperamos que se nos ponga por encima del dolor de nadie. Sólo queremos que se nos escuche y se nos entienda, igual que yo entiendo cuando tú pierdes tu trabajo, o a un ser querido, o cuando te rompes una pierna y te retuerces de dolor.


¡Pero si sólo era un juego de niños! ¿No estarás exagerando las cosas? ¿No será que alguien te ha hecho pensar que esas caricias son malas? ¡Qué sabrás tú de sufrimientos y maltratos! ¡Tú has visto muchas películas! ¿Puede ser que haya parte de imaginación en tus recuerdos?

La credibilidad… no os podéis imaginar el daño que esas frases y otras similares nos hace.

Aquí se plantean varios problemas: los niños nunca mienten en esos temas. No tengáis ninguna duda. Es imposible inventarse esas historias a edades tan tempranas. El problema es que si se les presiona demasiado, pueden llegar a negarlo todo, por miedo, como ya he explicado en este post.

Personalmente no recuerdo haber tenido que contar detalles de mis abusos a nadie, pero sí me hicieron pasar por un psicólogo que al parecer dijo que los abusos no se habían reproducido, desde que siendo bebé, se certificó que mi infección vaginal fue por la introducción de “algo”. Supongo que como en todas las profesiones hay personas mejores que otras, y creo sinceramente que aquel psicólogo no supo ver lo que había, probablemente por desconocimiento. Hay que decir que es ahora cuando se empiezan a ver y reconocer los síntomas y las secuelas que producen los casos de abusos a menores. Y en mi opinión muchos psiquiatras, psicoterapeutas y psicólogos tal vez se sienten fatal cuando no han sido capaces de reconocer un caso, y que no siempre lo encajan bien.

Pero el problema viene cuando es el propio entorno familiar el que plantea esas preguntas. Lo hacen por intentar mantener la unidad familiar. Cuando se destapa un caso de abusos dentro del ámbito intrafamiliar la familia se rompe. Es así de sencillo. Ya nada vuelve a ser igual. Lo triste es que al que se margina siempre, es a la víctima. Se la acusa de manera soterrada de haber roto a la familia. Y la única manera que encuentran de ocultarlo es quitarle importancia. Hacernos creer que no fue tan grave, o que nos lo hemos imaginado. Y eso nos aplasta.


Voy-vamos a hablar con él, seguro que es un malentendido. Voy-vamos a hablar con él, lo voy a matar!

Pongo esto al margen del apartado anterior, porque dentro de la sospecha de creer que los hechos no pueden ser como creo, que lo puedo haber malinterpretado o exagerado, que trates por todos los medios de enfrentarme a mi agresor para intentar aclarar las cosas o “hacer las paces”, o que tu reacción sea la ira y la amenaza, me hunde.

Si tu intención es una conciliación para que perdone y haga borrón y cuenta nueva por todos los medios, me estás enviando el mensaje subliminal de lo poco importante que soy para ti, que te aprecio, porque el asunto te parece poco importante. Para mí son hechos que me han marcado brutalmente, aunque no lo entiendas. Y no te ofendas, pero no eres nadie para decidir cómo y cuánto me tiene que afectar. Eso lo decido yo, por favor no le restes importancia. Me das la percepción de no creer, en el fondo, lo que te estoy contando.

Si tu reacción es de ira incontrolada, me asustas a mí. Aunque sea una persona hecha y derecha, cuando hablo de mis abusos lo hago desde mi interior, desde mi niña herida, incluso si te fijas, posiblemente utilice expresiones infantiles, porque en esos momentos tengo nueve años. Y con nueve años me daba pavor que se enterase nadie de lo que me hacían porque no quería ser la responsable de que hubiera una bronca en casa. Me daba miedo y aún ahora me hace sentir culpable.

¿Quieres ayudar sinceramente? Guarda la calma. Respeta mis tiempos y deja que yo decida cuándo me enfrento a mi agresor o cómo administro mi sanación. Si tengo una herida desde hace veinte años, no la puedo curar en dos días. Pregunta, por ejemplo, qué es lo que quiero que hagas, si quiero consejo o un abrazo, u ofrécete a esperar a que yo tome decisiones y cíñete a ellas. Ahh, y buscar ayuda profesional no es ninguna vergüenza, no me escondas como si fuera contagiosa.


¿Te penetró? ¿O sólo te tocó? ¿Pero fue una vez o varias? Sí, sí, lo del abuso está mal, pero júrame que no te penetró.

¿Importa? ¿Realmente creéis que importa? No sé si conocéis la parábola de la rana y la olla de agua hirviendo. Cambiando su sentido un poco se podría relatar así:

Si se echa una rana a una olla con agua hirviendo, ésta salta inmediatamente hacia afuera y consigue escapar de la olla, pero en nuestro caso, con graves quemaduras. Serían los casos que duraron poco en el tiempo: Tu abuelo el único mes que pasaste en el pueblo, o el cura que te confesó, porque el sacerdote que te daba la catequesis, estaba con gripe. El entrenador, que jamás pasó de unas simples caricias en las duchas del vestuario, diciéndote lo desarrollado que estabas, o el vecino que se aprovechó de una tarde que pasaste en su casa de visita.

En cambio, si inicialmente en la olla ponemos agua a temperatura ambiente y echamos una rana, ésta se queda tan fresca dentro de la olla. Pero cuando, a continuación, comenzamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona bruscamente sino que se va acomodando a la nueva temperatura del agua hasta perder el sentido. Yo veo ahí esos abusos que se han sufrido durante años, de manera continua porque su agresor vive dentro de la unidad familiar, o casos como el de una niña a la que le destrozaron el suelo pélvico, y ha tenido que pasar por varias operaciones de reconstrucción, o de niñas agredidas por más de un miembro de la familia, en unos casos de forma conjunta, o en el mismo espacio temporal pero sin que un abusador conociese la existencia del otro; o en otros casos primero unos, y meses o años después otros…

Tal vez penséis que la segunda rana ha sufrido más, pero sus quemaduras pueden ser igual de graves en cualquiera de los dos casos. La gravedad puede tener más que ver con las secuelas que deja en la persona que con la gravedad del abuso. Todo depende de cómo lo encaje yo, cómo reacciones tú, y de la ayuda que puedas proporcionarme.

Si una víctima de abusos se sincera con vosotros, tal vez algún día os cuente detalles o tal vez no, pero nunca intentéis medir su gravedad por el hecho de conocer hasta dónde se llegó en el abuso. Eso, es lo de menos. ¿Si te atropella un tren, te parece importante cuántos vagones arrastraba la máquina?

Por cierto: preguntar a un niño ese tipo de detalles les hace creer que en el fondo no le crees. Sé que lo haces para evaluar daños, pero es un error. Deja que sea la propia víctima la que te cuente libremente esos detalles, eso puede indicarte el grado de "vergüenza" y culpabilidad que siente cuando te lo cuenta.


Parece que tomas el abuso sexual como estandarte de tu vida, supéralo ya.

Lo siento, pero si. Es el estandarte de mi vida. Vivo con la presencia de mis abusos igual que tú vives siendo consciente de lo que eres como persona. Si eres de derechas o de izquierdas, creyente o ateo, homosexual o heterosexual… y lo peor de todo es que no me dejas reconocer lo que soy, que es el primer paso para mi curación.


Tal vez no deberías contarlo… No hace falta que lo sepa todo el mundo. Si hablas destruirás a la familia. Vale, ve a terapia, pero que no se entere nadie. ¿Seguro que necesitas la terapia, con lo que te gastas ahí...? no se lo cuentes a nadie.

El secretismo. La segunda variable de la anterior. Si te hubiera atropellado un coche, ¿dudarías en contárselo a los demás? ¿Te parecería vergonzoso acudir al médico, llevar una visible escayola, utilizar muletas? Esto es exactamente igual. Recuerda que yo no he hecho nada malo.

Hablo para curarme. Se ha demostrado que es nuestra mejor terapia. ¿No queréis que “pasemos pagina”? pues ésta es nuestra cura. Si me obligas a guardar el secreto de mi terapia, si me obligas a que no hable de mis abusos, me devuelves a mi infancia donde mi agresor me forzaba a callar, a guardar silencio.

Nadie quiere ver a los demás sufrir, si un pariente o un amigo sufre una grave enfermedad, lo apoyamos sin condiciones. Y nuestra sala de curación esta junto a los seres queridos que nos apoyan. Más que palabras, lo que necesitamos es hablar y que nos escuchen. Y no nos vendrían mal palabras que nos animen a no estar callados, a no tener que escondernos. Nosotros somos las víctimas. Aquí los únicos que deben sentirse avergonzados son nuestros agresores. Volcad vuestro desprecio contra ellos.

Todos los casos que conozco, sin excepción, tienen una fisura familiar más o menos importante. Y en todos, la víctima ha tenido que “apartarse” de parte de su familia al no sentir que cerraban filas a su alrededor. La reacción que el familiar tiene mucho, cuando las víctimas cuentan lo ocurrido es: No se lo cuentes a nadie, haz como que no pasa nada, disimula… y eso nos supone un gran dolor.

Y hay de todo: desde las familias que siguen con sus vidas, de manera hipócrita, con reuniones familiares, donde víctima y abusador tienen que compartir mesa y mantel, con el dolor que eso conlleva para la víctima. Pasando por familias que se dividen en dos: unos a favor de la víctima, y otros a favor del abusador.

Hasta situaciones, como la mía en la que he roto por completo con toda mi familia biológica después de que me dejaron muy claro que mi agresor seguiría en su estatus de padre de familia hasta su muerte. En mi caso nadie se puso de mi lado. Sencillamente me dijeron que todos habían pasado por lo mismo, y si ellos seguían con mi agresor, no había razón para que yo no lo hiciera. ¡Asúmelo!, me dijeron. Me negué en redondo. Me demostraron que las cosas con la nueva generación no iban a cambiar y me alejé por mi propia salud mental. Y en cuanto al resto de los mortales… bueno, si no me crees: no digas nada y desaparece de mi vida. No necesito incrédulos “apoyándome”.


Y hay más frases, algunas muy hirientes:

¿Pero puedes tener relaciones sexuales? Quien lo diría de ti se te ve normal, y muy sonriente y simpática...

¿Es que creías que las víctimas de abusos sexuales somos anormales, que somos raros, que no somos como tú? Ya nos sentimos bastante “bichos raros” como para que encima alguien nos lo ponga en palabras.

Yo personalmente tengo un recuerdo especialmente doloroso: en clase iban a dar una charla sobre educación sexual, (en aquella época aun no se incluía como parte del programa de estudios, sino como “charlas” voluntarias en los colegios e institutos) y una “amiga” que conocía lo que me habían hecho me dijo: hoy no es necesario que vengas a clase, a ti ya te lo explicó tu padre…

O cuando mis amigas empezaron a presumir que ya habían tenido sus primeras relaciones sexuales, y al verme callada, me miraban con aire de superioridad, porque yo aún era virgen. Si supieran…

Si eres un amigo o la pareja de una víctima de abusos, deja que ella/él marque el ritmo. Ten paciencia, mucha paciencia, y cuando te hable de sus abusos, limítate a escuchar: no estás oyendo a tu pareja, estas escuchando al niño perdido que vive en su interior, y que solo pide ayuda, la ayuda que le negaron en su infancia.


Hay una pregunta que he querido dejar para el final:

¿Por qué a mí? ¿Por qué me han tocado a mi todos los “guarros” de la familia, o del barrio? ¿Acaso son cazadores de “bobas”?

La deje para el final porque no nos la hace nadie. Nos la hacemos las propias víctimas. No sé qué circunstancias envolvieron a los demás. Sé que en mi caso yo no era la primera de la lista. Y me ocurrió porque nadie le puso freno a mi padre nadie lo detuvo cuando lo conté, nadie me creyó a pesar de que mi agresor era reincidente.

Porque nadie me enseñó a decir “no”. Si, fue lo que me dijeron con nueve años “Solo dile que no”, pero nadie hizo nada, absolutamente nada. Y a mí me habían enseñado que a papá, a los profesores, al sacerdote, al policía, al médico, al cuidador, al entrenador, al vecino… hay que obedecerles siempre. Te enseñan que no hables con extraños, que no aceptes caramelos de desconocidos, pero no te enseñan que tu cuerpo es tuyo y nadie tiene derecho a tocarte sin tu permiso. Nadie me enseñó que si me hacen algo que no me gusta puedo contárselo a los demás para evitar que se repita, aunque mi agresor me diga que es un secreto.

Creo que en el fondo nunca sabré porque me tocó conocer a semejantes depredadores. No sé si es que detectan nuestra debilidad. Tal vez nos olfatean, buscan nuestro rastro como las hienas. No sé si fue fatalidad, el destino, las alineaciones planetarias, la predestinación, el azar, dios o el diablo. Solo sé que desde que nací, mi infancia fue marcada por abusos de cabrones sin escrúpulos, míseros dioses de mi pequeño universo, que sellaron para bien o para mal mi futuro.


"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio"
Proverbio Hindú

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