EL PODER DE LA PALABRA



Debía tener dieciséis o diecisiete años. Mi Madrina tenía una cena importante, y necesitaba que yo me quedase con su hijo aquella noche. Vivíamos en ese momento en la casa familiar, con el padre de mi Madrina, y me negué a quedarme en casa. Era el cumpleaños de una amiga y ya me estaba esperando para salir a celebrarlo. Mi Madrina ni siquiera estaba en casa para pedirme que renunciara a salir, simplemente me llamó por teléfono desde el trabajo y me lo dijo. Me enfadé mucho y me fui de casa después de dejar al niño de cinco años cenado y acostado en su camita. Le dije a su abuelo que me iba, que el pequeño estaba dormido y no despertaría, que yo volvería en una hora. Sólo una hora. Y me fui.
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