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Yo Sueño

Capítulo 6 ROMPER EL SILENCIO

 Cuando estudiaba, recuerdo en clase de historia dibujar líneas temporales para establecer sus periodos: prehistoria, paleolítico, edad antigua, edad media, edad moderna… Haciendo un símil podría resumir mi vida en cinco fases: Abusos, Años Oscuros, Hibernación, Rehabilitación y Epílogo.


De los Abusos supongo que no es necesario explicar mucho. Mis Años Oscuros fueron muy devastadores. Alcohol, drogas, sexo sin control, conductas de riesgo... vivir al límite, en una palabra. Fue como estar en medio de una tormenta, capeando el temporal como podía y además perdida en medio de la nada. Creo que fue cuando mi monstruo no sólo fue el dueño del castillo, además tomó rehenes. Todo eso ocurrió hasta que volví a la casa de mis padres, cuando tuve el terrible encuentro con mi hermano mayor. Aquel último terremoto fue el que marcó el inicio de mi fase de Hibernación. Acababa de conocer a mi pareja -de hecho él vivió esos últimos coletazos de mis Años Oscuros- y es el que me ayudó a reencontrarme en la negrura. 


Empecé mi Hibernación viviendo sola. Había decidido tomarme las cosas con tiempo. Me sentía como si hubiese escapado viva de milagro de un gravísimo cataclismo y necesitase dormir mucho para recuperarme, para lamerme las heridas. Y parece increíble, pero a pesar de estar sola y haber ralentizado el ritmo, los recuerdos que hasta entonces me habían provocado un daño enorme también de detuvieron. Fue como si mi monstruo se hubiera tomado unas vacaciones. Me dejó deberes, eso sí. La autoestima, la culpa, la tristeza, el autoengaño, la vergüenza, el miedo… y de vez en cuando volvían a ponerse en marcha esos mecanismos autodestructivos ante los que me sentía indefensa. Pero al menos había aprendido a frenarme un poco. Pasé del caos, de la anarquía más absoluta, a la cautela, a vivir de forma reservada, escondida, casi temerosa de todo y de todos. De repente era consciente de las barbaridades que había hecho, y el peso de la culpa me enterró en lo profundo de mi mundo. 


Tenía una existencia pobre y discreta. Casi había detenido el avance de mi vida sólo a la espera de la muerte. Sin esperanzas en el futuro, únicamente aguardaba el final de los días. Estaba ahí porque no había nada mejor que hacer. Pero aun así, mi monstruo seguía atacando. No de la manera agresiva de antes, pero seguía ahí, vigilante, observador, interviniendo ante cualquier indicio de avance por mi parte. Las batallas eran casi diarias. Cada nuevo paso, cada nueva situación me provocaba mucho miedo, mucha ansiedad. Seguía viviendo bajo el yugo de la culpa y la vergüenza de lo ocurrido en mi infancia. Y ahora sé que en parte el responsable de esos sentimientos tan precarios era el silencio. Cada preocupación, cada duda sobre mi propio comportamiento los guardaba como un secreto inconfesable. Y no quería saber nada de abusos, de niños maltratados, de violaciones, de secuelas… Ni siquiera sabía qué existen secuelas de los abusos. Por eso lo llamo mi Hibernación. Porque vivía apartada del mundo. Era como si yo no existiera. Me había escondido en una cueva para criar a mi hijo recién nacido, como una osa que cuidase a su osezno, pero sin la espera de la primavera. 


Y no es porque no contase mi pasado de abusos. Ya en mis años oscuros lo revelaba, pero siempre lo hice de manera genérica. Ni siquiera recuerdo en que términos lo hacía. Sólo sé que lo decía muy por encima, casi sugiriéndolo. A veces me costaba contarlo, pero me obligaba a mí misma, poniéndome trampas, tirando indirectas. Algunos, ante mis insinuaciones, me hacían “La Pregunta”: ¿Tu padre te violó? Y yo contestaba afirmativamente con un susurrado “sí” y mirando al suelo avergonzada. Ahí terminaba toda la información que yo aportaba. No se hablaba más del tema. Tengo una imagen de mí muy fea. Creo, o creía, que estaba trastornada y no quería que la gente se creara expectativas conmigo. En realidad lo contaba convencida que mi interlocutor saldría corriendo y me olvidaría. Nadie quiere ser colega de una loca que además estaba manchada por un pasado asqueroso, y seguramente agradecían que yo misma se lo hubiera contado. Al menos me quedaba en mi conciencia que nunca he querido engañar a nadie. Lo cierto es que siempre me sorprendió que mi pareja y mis amigos no hubieran desaparecido en cuanto lo sabían. Y creía firmemente que ya estaba curada. Que había superado todo, pero que la vida no era la maravilla que nos publicitan, era solo estar ahí, así de simple. Vivir para esperar a que otros hagan algo.


Cuando tenía una crisis, provocada por un recuerdo o una situación de estrés, me escondía. Nunca sospecharon en mi casa cuando estaba mal. Simplemente me encerraba. Una parte de mi levantaba un muro alrededor, y dejaba que la otra tomase el mando. De esa manera, buscaba escusas para quedarme sola en casa, y mi Monstruo se dedicaba a machacarme con pensamientos negativos, mientras ideaba la manera de fingir cómo comportarme con mi gente sin que nadie se diese cuenta de que el dragón me estaba atacando. He aprendido a fingir tan bien que nadie se percataba. Salvo que el monstruo me provocase una reacción demasiado evidente, cosa que ocurría muy poco, porque en esos años aprendí a domesticarlo. Y como un domador de leones, lidiaba con él con precaución. Pero siempre creí que eso era todo, que cuando aprendiese a controlar esos recuerdos el problema se acabaría, hasta que empezó mi Rehabilitación.


Creo que era el año 2002. Era domingo por la mañana y mi marido había traído el periódico con el suplemento dominical correspondiente y unos croissants para desayunar. En la portada del suplemento había una foto de Joan Montané en blanco y negro y un titular: Abusos imperdonables, el silencio roto. Las consecuencias del escrito fueron devastadoras para mí. Descubrí que esto implica más, mucho más, y descubrirlo me rompió. Hasta ese momento no era consciente del daño del que era presa. No era consciente de la condena a cadena perpetua de la que somos objeto. Jamás, ni por un minuto, hubiera imaginado que miles, millones de cosas, de formas de actuar y de pensar, (sobre todo de pensar) son fruto de mis abusos. Fue entonces cuando conocí realmente a mi Monstruo. Al de verdad y no solo al que me encerraba en la sala de cine a proyectar mis recuerdos. Fue cuando me di cuenta de todo lo que me hacía, que muchas cosas que he hecho en mi pasado eran en parte culpa de él. Cada párrafo, cada frase, cada palabra del reportaje me hería de manera terrible. Me sentía identificada con cada una de las secuelas que describía, y lo leí tantas veces que llegué a aprender algunos pasajes de memoria. Ha sido como si ese artículo me hubiese quitado una venda de los ojos. Como si me hubiese sacado de la oscuridad, como si hubiera despertado. He descubierto que muchas “manías”, costumbres, incluso pequeñas obsesiones, eran consecuencia de los abusos, algo que jamás hubiese relacionado. Y por supuesto, jamás ni por lo más remoto, hubiera imaginado que la sensación de ser “rara”, de no estar completa, de que algo no funcionaba bien en mi cabeza, era producto de la perversión de la que fui objeto. También recuerdo, por esas fechas, un programa de radio que hizo un monográfico del tema donde se abrieron las líneas telefónicas y la gente llamaba para contar su experiencia ASI. Escuché el programa llorando como un torrente. Me rompió por dentro. 


Creo que fue entonces cuando planté la semilla para iniciar mi proceso de sanación. Porque por fin empezaba a ser consciente del daño al reconocerme en esas secuelas. Me he dado cuenta que no soy ninguna perturbada. Tan sólo he sufrido un shock enorme y aun estoy recogiendo los pedazos. Porque empecé a buscar más información del tema. (Por cierto muy poca) y empecé a hablar algo más de ello. Al principio de manera tímida, sin dar detalles importantes, solo cuando me sentía cómoda con alguien se lo decía, y empecé a admitir preguntas cada vez más intimas sobre lo que me había ocurrido. Hasta que tuve internet en casa, y descubrí varias páginas dedicadas al tema y un foro, el Forogam, formado por supervivientes ASI. La ventana que me ofrecía era tan grande que solo podía agradecer la ayuda que recibía desde el otro lado de la pantalla, porque ni siquiera me había planteado visitar a un especialista. Aun era reacia a hablar en persona de ello. Me costaba mucho, tartamudeaba, empezaba a temblar y me entraban ganas de llorar. No me sentía preparada para hablar con un extraño de mis abusos. Así que ensayaba. Cuando estaba sola, me imaginaba estar ante alguien y se lo decía. Tenía "frases-tipo" Frases hechas para decir casi de carrerilla. Imaginaba sus reacciones y me preparaba para lo que debía decir. “Verás, mi padre era un cabrón que abusó de mí durante trece años”. Ya está. Ya lo he soltado. Lo decía mientras estaba haciendo algo: recogiendo un papel del suelo, o sacando del bolso el paquete de tabaco, o buscando un pañuelo. Nunca miraba a la cara, pero solía dejarlos "descolocados". A continuación se hacía el silencio. Algunos preguntaban, y como la bomba ya la había soltado, el diálogo solía ser más fácil, precisamente porque ellos no querían hacer sangre. Se sentían como si hubiesen entrado en terreno resbaladizo, y eran mucho más considerados. En ese momento era yo la que dominaba la situación y por lo tanto siempre podía "cortar" la conversación cuando sentía que no podía hablar más. A ellos les daba un margen para reflexionar, sentían que ya lo entendían todo. Mis reacciones ante algunas cosas, mis manías… después todo era más fácil. Mucho más fácil. Y fue liberador.


Hasta que hubo dos acontecimientos en mi vida que ocurrieron casi simultáneamente: la muerte de mi padre y reencontrarme con mi hermano “mellizo”. (En realidad no es mi mellizo, yo soy trece meses y doce días más pequeña que él) Como él también sufrió abusos, volver a verle después de veinte años y en el momento en el que yo empezaba a trabajar mi propia historia, hizo que todo se precipitase un poco. Hablaré de mi hermano y lo que me preocupaba de él unos capítulos más adelante, pero cuando hablé con un amigo, un médico, y le expuse mi historia como una simple introducción para consultarle lo que me preocupaba de la historia de mi hermano, mi amigo me puso un espejo delante. “¿Pero te das cuenta de lo que me estás contando? Lo que te ha pasado es tremendamente grave. Aquí hay una historia, una herida que tienes que sanar”, me dijo, “Y si no lo haces, puedes acabar con una depresión mayor, o algo peor”. Él no se limitó a ser más delicado, ni intentó cambiar la conversación, no se quedó “descolocado”, ni le restó importancia. Ni siquiera se interesó por mi hermano, se interesó por mí. Creo que fue la primera vez que alguien puso mi propia historia delante de mis narices con toda su crudeza. Y me dio tanta tristeza que ni siquiera supe cómo manejar aquella conversación. Yo sólo lloraba. De pronto entendí quién era yo y a qué me estaba enfrentando. De alguna manera me ayudó a romper el silencio conmigo misma. Reconocí lo que ocurrió, las consecuencias que tuvo y que fueron nefastas. Por primera vez vi a mi Niña Perdida que regresaba a casa tras el terremoto y empezaba a hurgar entre los escombros. Hubo un antes y un después tras esa conversación.


Ya no necesito prepararme tanto para hablar de mis abusos. Con el tiempo acudí a terapia y ahora en esas conversaciones con la gente todo es mucho más fluido. Cada día descubro algo nuevo sobre mí, simplemente sabiendo que no tengo que esconderme avergonzada. Cada día me descubren algo nuevo sobre mí simplemente porque saben que no me escondo, me dan su opinión sobre el tema sin tabúes, sin miedo. Ahora sigo contándolo para que la gente sepa a qué atenerse conmigo, como siempre, pero esta vez porque quiero que si continúan a mi lado, si la amistad sigue, será con el compromiso de ayudarme a romper el tabú de hablar de abusos sexuales infantiles o al menos que no estorben con frases del tipo “no deberías contarlo”. Creo firmemente que en mi caso, no guardar silencio (por las razones que fueran) es lo que de alguna manera me ha rescatado. Aunque a veces me cuesta hablar. Y necesito armarme de valor para contarlo. De hecho yo misma revelo mi condición se sobreviviente, pero no siempre lo hago a la primera. Y no siempre se lo cuento a los que deberían saberlo. Aún guardo muchos secretos relacionados con mis abusos. Aún me cuesta soltarme en algunos momentos. De hecho los más cercanos a mí tardaron en conocer la existencia de mi blog. Aún guardo demasiado silencio o tardo en hablar de ello. 


Sé que otras víctimas guardan el secreto de manera firme y total. Para ellos es más seguro. Supongo que cada uno intenta sobrevivir de la mejor manera posible. Supongo que es imposible dar con la fórmula exacta. Supongo que cada uno tenemos nuestro ritmo. No seré yo quien critique su decisión, Pero si ellos necesitan guardar silencio, el resto de la sociedad, no. No es cuestión de señalar a las víctimas. Es cuestión de ir señalando a los depredadores. Marcándolos y aislándolos. Porque el daño que causan es inhumano, cruel y permanente. 


Cuando escribí esta entrada en el blog, me di cuenta de que estaba provocando una reacción que no esperaba. Varias víctimas me dijeron que se sentían mal al leerla, porque ellos no habían roto el silencio con el mundo. No soy nadie para criticar su decisión. Soy consciente de que lo que estaba (y estoy) haciendo es algo tremendamente arriesgado para un sobreviviente, y a veces he tenido la tentación de cerrar el blog y volver a mi cueva. Pero siempre oigo una vocecita muy suave que me dice que el problema de vivir escondido y encerrado es que el aire se envicia y hay que salir a respirar. No quiero por nada del mundo que los supervivientes se descubran ante los demás si no se sienten preparados. Quiero que lo hagan los otros, los que no han sufrido abusos. Que de una puñetera vez este mundo no me mire raro si digo lo que me ha ocurrido, porque parte de mis secuelas es culpa de ese tabú. Si te roban el coche o la cartera, nadie piensa que te lo buscaste tú por no guardarlo bien, te apoyan y te ayudan, no miran para otro lado si ven al ladrón abriéndote el coche. En el caso de los abusos, la gente mira hacia otro lado, incluso cuando hay sospechas de abusos, el profesor o el pediatra que lo detecta NO HACE NADA. Solo nos rasgamos las vestiduras cuando salen casos muy mediáticos, y estoy harta de eso.


El silencio es el arma de los pederastas para cometer el delito. Pero también lo es para mantener el secreto, para mantener en el tiempo esta  “tradición”, y que se herede de alguna manera en las nuevas generaciones. Y es su arma para mantener a las victimas escondidas, viviendo su vida dentro de un bucle, dentro de sus Años Oscuros o de su Hibernación. Un arma que nos obliga a guardar silencio incluso para con nosotros mismos.


Rompe el silencio. Y si eres un superviviente, empieza por romperlo contigo mismo/a. Ármate. Desármalos.



“El silencio es frágil, un grito puede romperlo”

V de Vendetta. (1982 – 1988) Novela gráfica escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd

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