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Yo Sueño

Capítulo 6 ROMPER EL SILENCIO

 Cuando estudiaba, recuerdo en clase de historia dibujar líneas temporales para establecer sus periodos: prehistoria, paleolítico, edad antigua, edad media, edad moderna… Haciendo un símil podría resumir mi vida en cinco fases: Abusos, Años Oscuros, Hibernación, Rehabilitación y Epílogo.


De los Abusos supongo que no es necesario explicar mucho. Mis Años Oscuros fueron muy devastadores. Alcohol, drogas, sexo sin control, conductas de riesgo... vivir al límite, en una palabra. Fue como estar en medio de una tormenta, capeando el temporal como podía y además perdida en medio de la nada. Creo que fue cuando mi monstruo no sólo fue el dueño del castillo, además tomó rehenes. Todo eso ocurrió hasta que volví a la casa de mis padres, cuando tuve el terrible encuentro con mi hermano mayor. Aquel último terremoto fue el que marcó el inicio de mi fase de Hibernación. Acababa de conocer a mi pareja -de hecho él vivió esos últimos coletazos de mis Años Oscuros- y es el que me ayudó a reencontrarme en la negrura. 


Empecé mi Hibernación viviendo sola. Había decidido tomarme las cosas con tiempo. Me sentía como si hubiese escapado viva de milagro de un gravísimo cataclismo y necesitase dormir mucho para recuperarme, para lamerme las heridas. Y parece increíble, pero a pesar de estar sola y haber ralentizado el ritmo, los recuerdos que hasta entonces me habían provocado un daño enorme también de detuvieron. Fue como si mi monstruo se hubiera tomado unas vacaciones. Me dejó deberes, eso sí. La autoestima, la culpa, la tristeza, el autoengaño, la vergüenza, el miedo… y de vez en cuando volvían a ponerse en marcha esos mecanismos autodestructivos ante los que me sentía indefensa. Pero al menos había aprendido a frenarme un poco. Pasé del caos, de la anarquía más absoluta, a la cautela, a vivir de forma reservada, escondida, casi temerosa de todo y de todos. De repente era consciente de las barbaridades que había hecho, y el peso de la culpa me enterró en lo profundo de mi mundo. 


Tenía una existencia pobre y discreta. Casi había detenido el avance de mi vida sólo a la espera de la muerte. Sin esperanzas en el futuro, únicamente aguardaba el final de los días. Estaba ahí porque no había nada mejor que hacer. Pero aun así, mi monstruo seguía atacando. No de la manera agresiva de antes, pero seguía ahí, vigilante, observador, interviniendo ante cualquier indicio de avance por mi parte. Las batallas eran casi diarias. Cada nuevo paso, cada nueva situación me provocaba mucho miedo, mucha ansiedad. Seguía viviendo bajo el yugo de la culpa y la vergüenza de lo ocurrido en mi infancia. Y ahora sé que en parte el responsable de esos sentimientos tan precarios era el silencio. Cada preocupación, cada duda sobre mi propio comportamiento los guardaba como un secreto inconfesable. Y no quería saber nada de abusos, de niños maltratados, de violaciones, de secuelas… Ni siquiera sabía qué existen secuelas de los abusos. Por eso lo llamo mi Hibernación. Porque vivía apartada del mundo. Era como si yo no existiera. Me había escondido en una cueva para criar a mi hijo recién nacido, como una osa que cuidase a su osezno, pero sin la espera de la primavera. 


Y no es porque no contase mi pasado de abusos. Ya en mis años oscuros lo revelaba, pero siempre lo hice de manera genérica. Ni siquiera recuerdo en que términos lo hacía. Sólo sé que lo decía muy por encima, casi sugiriéndolo. A veces me costaba contarlo, pero me obligaba a mí misma, poniéndome trampas, tirando indirectas. Algunos, ante mis insinuaciones, me hacían “La Pregunta”: ¿Tu padre te violó? Y yo contestaba afirmativamente con un susurrado “sí” y mirando al suelo avergonzada. Ahí terminaba toda la información que yo aportaba. No se hablaba más del tema. Tengo una imagen de mí muy fea. Creo, o creía, que estaba trastornada y no quería que la gente se creara expectativas conmigo. En realidad lo contaba convencida que mi interlocutor saldría corriendo y me olvidaría. Nadie quiere ser colega de una loca que además estaba manchada por un pasado asqueroso, y seguramente agradecían que yo misma se lo hubiera contado. Al menos me quedaba en mi conciencia que nunca he querido engañar a nadie. Lo cierto es que siempre me sorprendió que mi pareja y mis amigos no hubieran desaparecido en cuanto lo sabían. Y creía firmemente que ya estaba curada. Que había superado todo, pero que la vida no era la maravilla que nos publicitan, era solo estar ahí, así de simple. Vivir para esperar a que otros hagan algo.


Cuando tenía una crisis, provocada por un recuerdo o una situación de estrés, me escondía. Nunca sospecharon en mi casa cuando estaba mal. Simplemente me encerraba. Una parte de mi levantaba un muro alrededor, y dejaba que la otra tomase el mando. De esa manera, buscaba escusas para quedarme sola en casa, y mi Monstruo se dedicaba a machacarme con pensamientos negativos, mientras ideaba la manera de fingir cómo comportarme con mi gente sin que nadie se diese cuenta de que el dragón me estaba atacando. He aprendido a fingir tan bien que nadie se percataba. Salvo que el monstruo me provocase una reacción demasiado evidente, cosa que ocurría muy poco, porque en esos años aprendí a domesticarlo. Y como un domador de leones, lidiaba con él con precaución. Pero siempre creí que eso era todo, que cuando aprendiese a controlar esos recuerdos el problema se acabaría, hasta que empezó mi Rehabilitación.


Creo que era el año 2002. Era domingo por la mañana y mi marido había traído el periódico con el suplemento dominical correspondiente y unos croissants para desayunar. En la portada del suplemento había una foto de Joan Montané en blanco y negro y un titular: Abusos imperdonables, el silencio roto. Las consecuencias del escrito fueron devastadoras para mí. Descubrí que esto implica más, mucho más, y descubrirlo me rompió. Hasta ese momento no era consciente del daño del que era presa. No era consciente de la condena a cadena perpetua de la que somos objeto. Jamás, ni por un minuto, hubiera imaginado que miles, millones de cosas, de formas de actuar y de pensar, (sobre todo de pensar) son fruto de mis abusos. Fue entonces cuando conocí realmente a mi Monstruo. Al de verdad y no solo al que me encerraba en la sala de cine a proyectar mis recuerdos. Fue cuando me di cuenta de todo lo que me hacía, que muchas cosas que he hecho en mi pasado eran en parte culpa de él. Cada párrafo, cada frase, cada palabra del reportaje me hería de manera terrible. Me sentía identificada con cada una de las secuelas que describía, y lo leí tantas veces que llegué a aprender algunos pasajes de memoria. Ha sido como si ese artículo me hubiese quitado una venda de los ojos. Como si me hubiese sacado de la oscuridad, como si hubiera despertado. He descubierto que muchas “manías”, costumbres, incluso pequeñas obsesiones, eran consecuencia de los abusos, algo que jamás hubiese relacionado. Y por supuesto, jamás ni por lo más remoto, hubiera imaginado que la sensación de ser “rara”, de no estar completa, de que algo no funcionaba bien en mi cabeza, era producto de la perversión de la que fui objeto. También recuerdo, por esas fechas, un programa de radio que hizo un monográfico del tema donde se abrieron las líneas telefónicas y la gente llamaba para contar su experiencia ASI. Escuché el programa llorando como un torrente. Me rompió por dentro. 


Creo que fue entonces cuando planté la semilla para iniciar mi proceso de sanación. Porque por fin empezaba a ser consciente del daño al reconocerme en esas secuelas. Me he dado cuenta que no soy ninguna perturbada. Tan sólo he sufrido un shock enorme y aun estoy recogiendo los pedazos. Porque empecé a buscar más información del tema. (Por cierto muy poca) y empecé a hablar algo más de ello. Al principio de manera tímida, sin dar detalles importantes, solo cuando me sentía cómoda con alguien se lo decía, y empecé a admitir preguntas cada vez más intimas sobre lo que me había ocurrido. Hasta que tuve internet en casa, y descubrí varias páginas dedicadas al tema y un foro, el Forogam, formado por supervivientes ASI. La ventana que me ofrecía era tan grande que solo podía agradecer la ayuda que recibía desde el otro lado de la pantalla, porque ni siquiera me había planteado visitar a un especialista. Aun era reacia a hablar en persona de ello. Me costaba mucho, tartamudeaba, empezaba a temblar y me entraban ganas de llorar. No me sentía preparada para hablar con un extraño de mis abusos. Así que ensayaba. Cuando estaba sola, me imaginaba estar ante alguien y se lo decía. Tenía "frases-tipo" Frases hechas para decir casi de carrerilla. Imaginaba sus reacciones y me preparaba para lo que debía decir. “Verás, mi padre era un cabrón que abusó de mí durante trece años”. Ya está. Ya lo he soltado. Lo decía mientras estaba haciendo algo: recogiendo un papel del suelo, o sacando del bolso el paquete de tabaco, o buscando un pañuelo. Nunca miraba a la cara, pero solía dejarlos "descolocados". A continuación se hacía el silencio. Algunos preguntaban, y como la bomba ya la había soltado, el diálogo solía ser más fácil, precisamente porque ellos no querían hacer sangre. Se sentían como si hubiesen entrado en terreno resbaladizo, y eran mucho más considerados. En ese momento era yo la que dominaba la situación y por lo tanto siempre podía "cortar" la conversación cuando sentía que no podía hablar más. A ellos les daba un margen para reflexionar, sentían que ya lo entendían todo. Mis reacciones ante algunas cosas, mis manías… después todo era más fácil. Mucho más fácil. Y fue liberador.


Hasta que hubo dos acontecimientos en mi vida que ocurrieron casi simultáneamente: la muerte de mi padre y reencontrarme con mi hermano “mellizo”. (En realidad no es mi mellizo, yo soy trece meses y doce días más pequeña que él) Como él también sufrió abusos, volver a verle después de veinte años y en el momento en el que yo empezaba a trabajar mi propia historia, hizo que todo se precipitase un poco. Hablaré de mi hermano y lo que me preocupaba de él unos capítulos más adelante, pero cuando hablé con un amigo, un médico, y le expuse mi historia como una simple introducción para consultarle lo que me preocupaba de la historia de mi hermano, mi amigo me puso un espejo delante. “¿Pero te das cuenta de lo que me estás contando? Lo que te ha pasado es tremendamente grave. Aquí hay una historia, una herida que tienes que sanar”, me dijo, “Y si no lo haces, puedes acabar con una depresión mayor, o algo peor”. Él no se limitó a ser más delicado, ni intentó cambiar la conversación, no se quedó “descolocado”, ni le restó importancia. Ni siquiera se interesó por mi hermano, se interesó por mí. Creo que fue la primera vez que alguien puso mi propia historia delante de mis narices con toda su crudeza. Y me dio tanta tristeza que ni siquiera supe cómo manejar aquella conversación. Yo sólo lloraba. De pronto entendí quién era yo y a qué me estaba enfrentando. De alguna manera me ayudó a romper el silencio conmigo misma. Reconocí lo que ocurrió, las consecuencias que tuvo y que fueron nefastas. Por primera vez vi a mi Niña Perdida que regresaba a casa tras el terremoto y empezaba a hurgar entre los escombros. Hubo un antes y un después tras esa conversación.


Ya no necesito prepararme tanto para hablar de mis abusos. Con el tiempo acudí a terapia y ahora en esas conversaciones con la gente todo es mucho más fluido. Cada día descubro algo nuevo sobre mí, simplemente sabiendo que no tengo que esconderme avergonzada. Cada día me descubren algo nuevo sobre mí simplemente porque saben que no me escondo, me dan su opinión sobre el tema sin tabúes, sin miedo. Ahora sigo contándolo para que la gente sepa a qué atenerse conmigo, como siempre, pero esta vez porque quiero que si continúan a mi lado, si la amistad sigue, será con el compromiso de ayudarme a romper el tabú de hablar de abusos sexuales infantiles o al menos que no estorben con frases del tipo “no deberías contarlo”. Creo firmemente que en mi caso, no guardar silencio (por las razones que fueran) es lo que de alguna manera me ha rescatado. Aunque a veces me cuesta hablar. Y necesito armarme de valor para contarlo. De hecho yo misma revelo mi condición se sobreviviente, pero no siempre lo hago a la primera. Y no siempre se lo cuento a los que deberían saberlo. Aún guardo muchos secretos relacionados con mis abusos. Aún me cuesta soltarme en algunos momentos. De hecho los más cercanos a mí tardaron en conocer la existencia de mi blog. Aún guardo demasiado silencio o tardo en hablar de ello. 


Sé que otras víctimas guardan el secreto de manera firme y total. Para ellos es más seguro. Supongo que cada uno intenta sobrevivir de la mejor manera posible. Supongo que es imposible dar con la fórmula exacta. Supongo que cada uno tenemos nuestro ritmo. No seré yo quien critique su decisión, Pero si ellos necesitan guardar silencio, el resto de la sociedad, no. No es cuestión de señalar a las víctimas. Es cuestión de ir señalando a los depredadores. Marcándolos y aislándolos. Porque el daño que causan es inhumano, cruel y permanente. 


Cuando escribí esta entrada en el blog, me di cuenta de que estaba provocando una reacción que no esperaba. Varias víctimas me dijeron que se sentían mal al leerla, porque ellos no habían roto el silencio con el mundo. No soy nadie para criticar su decisión. Soy consciente de que lo que estaba (y estoy) haciendo es algo tremendamente arriesgado para un sobreviviente, y a veces he tenido la tentación de cerrar el blog y volver a mi cueva. Pero siempre oigo una vocecita muy suave que me dice que el problema de vivir escondido y encerrado es que el aire se envicia y hay que salir a respirar. No quiero por nada del mundo que los supervivientes se descubran ante los demás si no se sienten preparados. Quiero que lo hagan los otros, los que no han sufrido abusos. Que de una puñetera vez este mundo no me mire raro si digo lo que me ha ocurrido, porque parte de mis secuelas es culpa de ese tabú. Si te roban el coche o la cartera, nadie piensa que te lo buscaste tú por no guardarlo bien, te apoyan y te ayudan, no miran para otro lado si ven al ladrón abriéndote el coche. En el caso de los abusos, la gente mira hacia otro lado, incluso cuando hay sospechas de abusos, el profesor o el pediatra que lo detecta NO HACE NADA. Solo nos rasgamos las vestiduras cuando salen casos muy mediáticos, y estoy harta de eso.


El silencio es el arma de los pederastas para cometer el delito. Pero también lo es para mantener el secreto, para mantener en el tiempo esta  “tradición”, y que se herede de alguna manera en las nuevas generaciones. Y es su arma para mantener a las victimas escondidas, viviendo su vida dentro de un bucle, dentro de sus Años Oscuros o de su Hibernación. Un arma que nos obliga a guardar silencio incluso para con nosotros mismos.


Rompe el silencio. Y si eres un superviviente, empieza por romperlo contigo mismo/a. Ármate. Desármalos.



“El silencio es frágil, un grito puede romperlo”

V de Vendetta. (1982 – 1988) Novela gráfica escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd

Capítulo 5 PUNTO DE INFLEXIÓN

 Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.


La mayoría de las veces, cuando me siento nostálgica, pienso en los extraños giros que da el destino. Cuando nací, mi madre fue ingresada durante muchísimo tiempo por una operación de espalda. A mi hermano, el que tiene un año más que yo, y a mí nos ingresaron en un orfanato durante su convalecencia, pero en plantas diferentes. En mi sección trabajaba mi Madrina y gracias a ella, salí del ambiente familiar que mi padre mantenía en un círculo cerrado, como la mayoría del los maltratadores suelen hacer. Ese fue mi propio efecto mariposa. Si ella hubiese trabajado en otra planta, no me hubiera conocido, y mi vida habría sido muy distinta. Probablemente peor de lo que fue, que no es poco. Pero a pesar de su inestimable ayuda, el daño ya estaba hecho, mi padre ya sabía manejar con maestría su aberración, y mi madre y mis hermanos mayores no ayudaron en absoluto. Tras los abusos, mi vida fue dando tumbos sin rumbo, a pesar de los esfuerzos de toda la familia de mi Madrina, mi familia adoptiva. Fueron lo que yo llamo mis “Años Oscuros”. Hasta que volví a la casa de mis padres.


Tenía casi veintidós años, estaba metida en una depresión y cada vez me encontraba más fuera de mi lugar con mis padrinos. Tenía el convencimiento de no pertenecer a aquel ambiente, mi sitio era con la escoria. Entonces llegó una llamada de mi madre donde empleó su victimismo con su maestría habitual y me convenció de que regresase a ver a mi padre, que estaba enfermo, para “que viese a sus hijos por última vez”. Viajé con intención de estar sólo un par de días, al final tomé la decisión de quedarme a vivir de nuevo en mi tierra natal. Fue un error retornar a la casa de mis padres, ahora lo sé, pero sin embargo, gracias a ese error hubo un acontecimiento en aquella casa que me cambió por completo. La fecha es curiosa, un dos de mayo, cuando en España se conmemoran lo que llaman Los Levantamientos Del Dos De Mayo, unos hechos acontecidos en 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas. Yo, de alguna manera, tuve mi propio levantamiento.


Cuando regresé con mis padres había llegado a una especie de acuerdo en el que quería cerrar lo ocurrido en el pasado, pero que no renunciaría de ninguna manera al cariño que siento por mis padrinos, que me acogieron como a una más de su familia y me dieron la educación que mis padres no se habían podido permitir. Tras casi un año de aparentar que éramos una familia, un año en que volví a ser como la pequeña de diez o doce años a la que manipulaban a su antojo, quise volver a pasar unos días en la casa de mi Madrina. Ya era adulta, y a pesar de que no les gustaba (sobretodo a mi hermana) que siguiera en contacto con mis padrinos, no pudieron impedir que mantuviese el cordón umbilical con las personas que me han mantenido con vida. Era como salir a respirar después de vivir bajo el agua.


Cuando estudiaba BUP mi padrino me había regalado un juego de rotuladores de tinta china de sus años de estudiante de arquitectura. El modelo era viejo pero de alta calidad y cada cartucho había que rellenarlo con un botecito de tinta que venía con el juego. Mi habilidad con las manos no es muy buena, así que opté por hacerme con una jeringuilla de plástico de las vacunas de los niños, y la guardaba con los rotuladores para recargar los cartuchos. Con el tiempo el juego de tinta se guardo en una caja junto a otros recuerdos y la caja había viajado con todas mis cosas a la casa de mis padres. Yo sabía perfectamente donde estaba guardada la jeringa. Cuando regresé de aquellas mini vacaciones con mis Padrinos, mi madre y mi hermano mayor me esperaban acusadores y me mostraron la jeringuilla que habían encontrado con restos aun de tinta. Quedé sorprendida. Para encontrarla hubo que rebuscar concienzudamente entre mis cosas, una a una. Me acusaron de estar enganchada a la heroína. Se empeñaron en decir que la cánula estaba sucia de sangre seca. Fue irreal. He tomado drogas sin control, es cierto, no me siento orgullosa de ello. Pero en aquella época que estaba “limpia” me ofendió mucho que me acusaran injustamente de algo y que registrasen mis cosas sin mi permiso. 


Luego lo recordaría todo como a cámara lenta. La habitación pequeña, la luz del sol entrando por la ventana iluminando directamente la sillita de madera donde mamá se sentaba a coser por las tardes porque la claridad era perfecta para sus ojos, la plancha enchufada preparada para mi padre que volvería en cualquier momento a buscar su camisa planchada, y mi hermano, enorme, tapando la única salida. Por un momento, al mirarle, en mi mente se superpuso la imagen de mi padre, lo cierto es que físicamente se parecen bastante. 


La discusión empezó a subir de tono, hasta que se tocó el tema estrella: mis Padrinos. Seguramente cuando regresé por la enfermedad de mi padre, se habían hecho ilusiones de que había vuelto por decepción, renegando de mis Padrinos y con propósito de enmienda. Nadie dentro de la familia había osado acusar al cabeza de familia de malos tratos, y mucho menos de abusos; era una vergüenza que nadie, por nada del mundo, debía conocer. Y yo me había saltado ese código de silencio. Supongo que habría que hacérmelo pagar tarde o temprano, y mi hermano ahora era el nuevo cabeza de familia a todos los efectos. Era de locos. Mi madre y mi hermano acusándome de haber renegado de la familia por dinero, y yo intentando justificarme, que lo de menos era el nivel de vida que había disfrutado. Para mí lo importante siempre había sido la seguridad que encontraba bajo la protección de mi familia adoptiva. Fue inútil. Como hablarle a una pared. Incluso justificaron los abusos sexuales. “A todos nos ha tocado más de la cuenta, hermanita. ¡No te creas tan excepcional! Si los demás lo soportamos, tú, también. ¡Supéralo!”.


No recuerdo en qué momento mi madre abandonó la habitación, pero el altercado se había ajustado a un solo frente, mi hermano, y que justificase trece años de abusos me pareció excesivo. No sé cómo la discusión empezó a derivar en mi Madrina. Tal vez hablar de ella fue lo que encendió su interruptor. Tal vez mi hermano esperaba la excusa perfecta.


–Creo que a tu “madrinita” lo que le hace falta es un buen “polvo”, para que aprenda a no meterse donde no la llaman.– me lo susurró al oído, agarrándome el brazo fuertemente.  –Y tal vez a ti también.– Y con la mano libre me rozó la mejilla.


Se me cortó la respiración y me recorrió un escalofrío por la espalda. Era papá. Mi padre se había ido a jugar la partida de dominó al bar de la esquina, pero su espíritu se había trasladado a ese hombre que cuando yo era pequeña me llevaba caramelos vestido de soldado. Y a papá había que temerle. Intenté soltarme del brazo de mi hermano, pero me agarró con más fuerza, Su rostro se aproximó a mi cuello, como si estuviese oliendo un perfume, y me besó bajo la oreja con mucha suavidad. La indirecta fue demasiado para mí. No pude evitarlo, mi mano fue más rápida que mi mente, le di una sonora bofetada y se desató la locura.


Solo recuerdo con certeza tres golpes, el primero, un puñetazo en la cara que me dejó aturdida, y los dos últimos, cuando me lanzó contra el armario provocándome una hemorragia nasal, y cuando una vez en el suelo, levantó la sillita de costura de mi madre y la partió sobre mi espalda. Los puñetazos intermedios me caían desde todas partes, sin manera de protegerme, de tomar una posición defensiva que al menos me hiciera aguantar mejor los golpes, porque cuando parecía acurrucarme, él me volvía a levantar, como un monigote, para poder golpearme mejor.


Hasta que me partió la silla de costura de mi madre en la espalda. Entonces me levantó y me empujó de espaldas al armario y se acercó a mí juntando nuestros cuerpos, sujetándome las muñecas y acercando su rostro al mío. Podía sentir su aliento en mi propia cara, y algo mucho más escalofriante: con el contacto, noté que mi hermano tenía una erección. Soltó una de sus manos y después de asegurarse que yo permanecía inmovilizada, me tocó el pecho, sobre la ropa, para después ir bajando, en una siniestra caricia, a lo largo de mi cuerpo, susurrándome al oído:


–A mí, nadie me pone la mano encima. Y menos una putita como tú, que a saber lo que habrá hecho en ****** (la ciudad de mis padrinos), a no ser que pretendas otra cosa…–  intentó meter la mano dentro de mi pantalón.


Aun no sé cómo lo hice: empujé con todas mis fuerzas y me solté de mi hermano el tiempo suficiente como para coger la plancha aun caliente, que seguía milagrosamente encima de la tabla, y elevarla sobre mi cabeza, y le amenacé: –¡¡si me tocas te juro por dios que te abro la cabeza!!


Me sentí fría, tranquila, era como si el tiempo se hubiera detenido. Le miré fijamente, sin miedo, ya no me importaba nada. Ocurriera lo que ocurriera esto se había acabado. Y nadie más me iba a intimidar, o me iba a humillar más de lo que yo misma me humillaba. Y sería la última vez que usasen mi cuerpo para desahogo de ningún tipo. Era el final. Solo esperaba que mi hermano me diera el golpe de gracia. Que cumpliera la sentencia de muerte que mi padre nunca me había otorgado. Le estaba provocando.


Sin duda le caigo bien a alguien de ahí arriba. Porque contra todo pronóstico, mi hermano se me quedó mirando un momento, reflexionando,  y simplemente se giró y salió de la habitación. Instantes después se oyó la puerta de la calle cerrarse violentamente. Viví la escena como si fuese sólo un espectador más, sin ser consciente de que mi boca y mi ropa se habían manchado de sangre, después todo se volvió confuso, se me nubló la vista y mis piernas se negaron a sostenerme, tuve que sentarme en el suelo. Mi madre volvió a la habitación al oír el portazo. Empezó a decirme que no le provocara, que le perdonase, que tenía el mismo carácter que mi padre. Que era injusta, que mi hermano me quería muchísimo… Ya no quise escuchar más. Recuerdo cambiarme la camiseta, asearme un poco y salir de aquella casa en medio de una enorme confusión mental. Empecé a caminar por la calle, sin rumbo, creo que estaba en estado de shock. Lo primero que pensé fue en buscar una farmacia. Acababa de tocar fondo, y estaba cansada, muy cansada. Y lo cierto es que no quería seguir. No me veía con fuerzas para asumir que después de haber sido violada por mi padre durante trece años, después de hacer cosas que sonrojarían al mismísimo diablo, además mi propio hermano también me había agredido. Hasta que pensé en mi pareja, con el que llevaba unos meses, y en mis Padrinos, que no se merecían esto después de tanto esfuerzo.


No sé si conocéis el discurso que Steve Jobs, presidente de Apple, dirigió a la audiencia de la universidad de Stanford en junio del 2005. Contaba tres historias. Y las tres estaban conectadas: “No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en su futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea”. Creo que a mí me ocurrió algo similar. Uní los puntos. O al menos una parte de ellos lo bastante importante como para imaginar el dibujo completo. Ahí me di cuenta de todo: ¿a que había vuelto? ¿Qué demonios pintaba allí? En la casa donde mis recuerdos me destrozaban, junto al hombre que me había roto por dentro. Junto a la gente que no me había protegido, por el contrario, habían contribuido a que se perpetuasen las canalladas del ser depravado que dominaba mi vida, a callar y otorgar. Fue cuando decidí darle un rumbo nuevo a mi vida. Empezar de cero, como el fénix. Nada de refugiarme de nuevo en mis padrinos, nada de consentir la manipulación de mis padres y mis hermanos, que volverían a anularme como persona. Había estado a punto de ser violada por mi propio hermano y estaba aterrada, pero lo cierto es que decidí irme de esa casa, y buscar un sitio donde dormir esa misma noche. Tres días después conseguí encontrar la primera habitación en un piso compartido donde no me pedían una señal por anticipado. Tenía dos mil pesetas en el bolsillo, (el equivalente a unos 20 euros actuales) no sabía qué me deparaba el futuro, pero ya no podía ser peor que aquello. Era la hora de jugar a los dados. Y he de decir, que he ganado. Creo que desde ese día en que toqué fondo todo ha ido a mejor. Poco a poco, con algunos tropiezos, pero siempre hacia delante. Realmente ha sido agotador el viaje, pero ha merecido la pena.


Ahora puedo unir los puntos de nuevo, como aquel dos de mayo:

Mi madre ingresada tras mi nacimiento - Mi Madrina haciendo servicios sociales en un orfanato– yo, que era un bebé, en aquella institución de manera provisional – los abusos de mi padre – el rescate de mi Madrina – mis años oscuros – el regreso al escenario del horror. Y tras cerrar el círculo, he trazado una nueva línea tangente que se aleja del círculo cada vez más. Ahora puedo ver el dibujo completo. Y Esto es el resultado. No es perfecto, nadie dijo que sanar fuese fácil, pero es lo que hay, es lo que soy. No estoy curada. Tengo mucho camino que recorrer todavía. Pero si me veo a mi misma hace veinte años, no me reconocería, y creo que el cambio ha sido para mejor.



“No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás.”

Steve Jobs. (1955 - 2011) Empresario norteamericano, informático y presidente de Apple.

Capítulo 4 APRENDIENDO OTRA VEZ

 A mediados de la primera década del siglo XXI me regalaron mi primer ordenador. Era viejo, de segunda mano, y tenía menos memoria que un pez, pero era mío. La primera vez que me senté ante él no sabía ni como se encendía. Mi hijo tuvo que hacerlo por mí y enseñarme lo más básico de su funcionamiento. Al principio ni siquiera teníamos conexión a internet. Pero no lo echaba de menos, me costó varios meses hacerme con el manejo de las distintas funciones, de los “botones” y de las carpetas de archivos, como para además aprender a navegar por la red. Lo primero que descubrí fue que podía tener mi propia cuenta privada, con mi contraseña, Y la aplicación Word, en la que podría copiar y guardar todos los pensamientos que a lo largo de los años había escrito en varios diarios de los que nadie jamás conoció su existencia. Parte de ellos fueron mi blog y después este libro. Dos años más tarde nos conectamos a internet. Y ha sido el mayor descubrimiento de mi vida.


Desde ese momento ya podía ver el mundo desde la ventana del ordenador, y poco a poco me fui haciendo con esta tela de araña en la que, si te dejas, puedes empezar por ver los resultados del futbol y terminar leyendo a Kafka. Me encantó conocer y descubrir cosas. Leer los pensamientos de otros y compartir los míos. Fue como volver al colegio, y descubrir cómo se hace el color verde mezclando el azul y el amarillo. Pero también me di cuenta de que en realidad, a pesar de que siempre he “presumido” que la vida me ha enseñado todo lo que me podía ofrecer, en muchos aspectos aun era una novata. Hice amigos en algunos foros de internet. Ya eran usuarios desde hacía años de la red. Conocían trucos y páginas de todo tipo, alguno de ellos era moderador y administrador en un foro, y otro tenía varios blogs personales además de haber sido fundador de otros foros. Por ello empecé a preguntarles cosas relacionadas con el ordenador. La mayoría de la gente se sonrojaría con algunas de las preguntas que les hacía, dada su simpleza, y para mí, que siempre creo que la gente se ríe de mí cuando hago preguntas de “críos”, fue un valor añadido que mis amigos se armasen de paciencia y me explicasen todo lo que les demandaba, con voluntad de hierro y siempre con la sensación de que lo hacían porque me valoran como amiga. En una ocasión, uno de ellos me dijo que yo le encantaba, porque era como una niña en  mi entusiasmo al descubrir nuevas aplicaciones de internet o del ordenador. Él no lo sabe, pero me hizo llorar de emoción.


Mi padre alteró mi proceso de aprendizaje. Me arrebató la capacidad de descubrir el mundo a través de mi infancia, con la inocencia de la niñez. Muchas veces me pregunto que hubiera sido yo como persona si no hubieran existido los abusos. Me he perdido un millón de experiencias que jamás podré recuperar. Y es doloroso saberlo. He desperdiciado un tiempo valioso de mi vida destrozándola, ignorando miles de cosas que ocurrían alrededor, fagocitando cada momento de manera absurda. Y además he adoptado conceptos totalmente erróneos de muchas aptitudes de la vida, que ahora tengo que cambiar. Desaprender para aprender. “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.” Ese fue mi lema durante mucho tiempo. Y en este tiempo no me preocupe de mucho. Dejé los estudios y vivía aislada del mundo real. Apenas me enteraba de lo que ocurría alrededor de mí. Conocí la entrada de España en la Comunidad Económica Europea tres años después de que ocurriera. Quise estudiar solfeo. Jamás me apunté a la escuela de música. Quise mejorar mi nivel de inglés, apuntarme a una escuela de idiomas, o viajar al Reino unido o a Norteamérica… me había propuesto trabajar para pagarme todo eso… nunca me creí apta para los trabajos que conseguía. Nunca me sentí lo suficientemente lista para sacar los estudios adelante, así que, ¿para qué molestarme? Después de todo, Yo no servía para nada. Era más sencillo ser la chica del gánster, la reina del auto boicoteo. Me duele mucho saber que no he tenido ni infancia, ni adolescencia, ni juventud. Y duele porque ya no hay vuelta atrás, es algo que jamás podré recuperar. Cuarenta años tirados a la basura.


Cuando era niña aun creía en mi propio futuro. Aún contestaba a esa pregunta que a todos nos hacen al menos una vez en la vida: ¿Qué quieres ser de mayor? En una de mis etapas de la infancia, deseé hacerme piloto de aviación. Por mis circunstancias familiares tenía que viajar varias veces al año y muchas veces ese viaje lo realizaba en avión. La primera vez que entré en una cabina tenía seis u ocho años. Como normalmente viajaba sola, bajo la tutela del personal de vuelo, el comandante dio permiso para que yo estuviese un ratito en la cabina de mando, cuando el piloto automático estaba activado, y me encantó la experiencia. A lo largo de los años fui invitada varias veces a viajar en cabina y gracias a la amabilidad de la tripulación de a bordo descubrí los primeros secretos de la aerodinámica y la física, así que en esas materias en el colegio siempre fui bastante bien. Al menos entendía las explicaciones de los maestros e incluso una profesora de B.U.P., que impartía física y química, me felicitó por mis trabajos y me dijo que se me daban bien las asignaturas de ciencias: Matemáticas, física, química, biología, naturaleza… nunca me lo creí del todo. En circunstancias normales creo que hubiera sacado siempre buenas notas y quién sabe, tal vez hubiese hecho la carrera de medicina, o la de veterinaria, o biología, o una ingeniería. Pero siempre he tenido la sensación de que había algo en mi mente que me lo impedía: Mi Monstruo. Ha sido como vegetar encerrada en una habitación, sin poder descubrir cómo era la vida fuera de ella, sin haber conocido otra cosa que las paredes de tu cuarto, y además odiar ese habitáculo de tal manera que solo quieres desaparecer sin dejar rastro, como si nunca hubieses estado allí, como si el mundo acabara por preguntarse, ¿pero existió de verdad? Por eso empecé el blog. Era otra manera de recuperar a esa niña perdida y enseñarle lo que había fuera de la habitación. Una niña que estaba empezando a descubrir el mundo, otro mundo, y con un miedo enorme a participar en él, pero que no quería morir sola en la oscuridad.


Alguien dijo alguna vez que las víctimas de abusos en la infancia vivimos “muertos”, y es verdad. En muchos aspectos estamos muertos, o en coma. Es la hora de despertar. Es hora de aprender. Gracias V, N, J, L, A, Z… y todos aquellos que, tal vez sin saberlo, habéis aportado luz a la mente de esta pequeña. Gracias por vuestra paciencia con esta torpe alumna. No imagináis la enorme ayuda que fuisteis y seguís siendo para mí.



“Lo poco que he aprendido carece de valor, comparado con lo que ignoro y no desespero en aprender. "

René Descartes (1596-1650) Filósofo y matemático francés.

Capítulo 3 HERIDAS ABIERTAS, RECUERDOS QUE VUELVEN

 Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.


Siempre he dicho que recuerdo mis abusos. No es del todo cierto. Supongo que en trece años es imposible recordarlo todo, y menos esos primeros años de infancia, cuando aún era un bebé, o una niña muy pequeña. Y en estos años de rehabilitación he descubierto que existe una secuela de los abusos muy habitual: la amnesia traumática. Al parecer es bastante frecuente que olvidemos parte o toda una situación traumática. Es un mecanismo que utiliza nuestra mente para protegernos, para no sentirnos superados por esos recuerdos. Y sólo cuando estamos preparados para procesar esos recuerdos es cuando la mente los saca del subconsciente y nos los devuelve en forma de flashback, pesadillas o imágenes oníricas que, al principio, desconocemos su procedencia o dudamos de su veracidad. Conozco a personas supervivientes de abusos sexuales en su infancia que habían olvidado por completo haber sufrido abusos, que no tenían ni un recuerdo, que ni siquiera “sabían” que habían sufrido abusos. Entiendo que cuando cuentas esto, mucha gente se niega a creerlo. Yo misma pensaba que es imposible olvidar una cosa así. Pero mi propia experiencia me ha demostrado que es cierto. 


Siempre he tenido presente en mi memoria muchas escenas de abusos con mi padre. tumbándose sobre mí, en mi cama, frotándose contra mi pelvis, yo intentando apartarme y él decir con sequedad “no te muevas”; Instándome a que me metiera en su cama a ver los dibujos porque hacía frio, y aprovechar para acariciarme el pecho aun sin desarrollar susurrando lo suave que era mi piel y pidiéndome que tocase la suya para que yo viese que la teníamos igual de tersa, con mi madre al otro lado de la cama; O estar sentados los dos en el sofá y guiarme la mano hacia su “paquete” obligándome a presionar, a pesar de que yo intentaba no tocar el calzoncillo caliente. Y por supuesto, los últimos dos o tres años de abusos en los que empezó a “justificarse” porque en lugar de entrar furtivamente en mi habitación, sin pronunciar palabra, o de llamarme para ver la tele con él en su cama, comenzó a enseñarme como un profesor: “Mira, esta es mi polla. Tienes que moverla así, de arriba abajo. Tócala, ¿ves cómo crece? Un día de estos te la meteré por ahí para que sepas como vienen los niños”.


Hasta aquí, entre muchos más recuerdos asquerosos llega mi retentiva, lo que siempre tuve presente. Cuando murió mi padre se reactivó un recuerdo que ya había tenido varias veces. Era de esos recuerdos que tienes y vuelves a olvidar, como cuando tienes un viejo amigo en el que no habías pensado en años pero que cada vez que lo ves en una foto te vienen a la memoria montones de recuerdos con él. Pero éste recuerdo siempre era ligeramente distinto. Cuando me venía a la cabeza, no sé por qué extraña razón, no veía a mi padre, veía el rostro de otro hombre. Siempre creí que mi mente por algún motivo me cambiaba su imagen. No recordaba mucho, apenas imágenes sueltas. Creo que me obligaba a masturbarle. Y me tocaba. Yo daba por sentado que era otro recuerdo más de mi padre.


Cuando abrí mi blog dos años después de su muerte, ese recuerdo volvió a la portada pero de forma más agresiva. Era un flashback recurrente con el que soñaba, despertaba y me acostaba. Unas imágenes que se repetían en mi cabeza una y otra vez por más que intentase distraer mi mente con otros asuntos de mi vida. Fue entonces cuando entendí por qué yo no veía a mi padre en esos flashback: Mi madre cosía a veces para algunas personas de la vecindad. Iba a sus casas para las pruebas, y algunas veces yo la acompañaba. En una ocasión fuimos a la casa de una de esas vecinas que tenía una hija de mi edad. Creo que éramos muy pequeñas, unos cuatro o cinco años, tal vez seis. Estábamos en la habitación de ella jugando cuando entró su padre. Él era la imagen de mis flashback.  Sigo sin reconocer su rostro, solo supe en ese momento que el hombre que ese día metió la mano bajo mi falda no era mi padre sino el padre de esa niña con la que jugaba. 


Ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador fue descorazonador. Supuso toda una crisis. Tardé varios meses en recuperarme. Estuve a punto de tirar la toalla. No pensé en el suicidio, pero mi hijo ya era grande y ya no me necesitaba como antes, pensé más en “dejarme ir”. Me acosté muchas noches pensando que sería genial no volver a despertar. En aquella ocasión mi monstruo empezó a fustigarme con la idea de que había sido abusada por medio barrio. Que había sido poco menos que prostituida. No podía creer que después de cuarenta y dos años descubriese que mi padre no había sido el único. Me costó asimilarlo. Llegué a dudar de mis propios recuerdos, pensando que tal vez era aquel hombre el que me había quebrantado y que mi padre solo había sido un maltratador. Fue un caos. Tuve la sensación de haber cometido un pecado imperdonable, que me había vendido al mejor postor. Me sentía responsable de aquello por no llorar más fuerte, por no llamar a mi madre que estaba en el salón con la madre de aquella niña probándole el vestido. Me avergonzaba de mi misma, y más después que la escena estuvo más completa. Recuperé el resto de ese recuerdo un par de semanas después. Volvió a ser desgarrador recuperarlo.


No empezó de forma paralizante. No tuve ansiedad, temblores o vómitos. Esos vinieron después. Tan solo había una inmensa tristeza. Me vino en sueños. Ni siquiera recuerdo la pesadilla. Solo sé que desperté durante varios días con la sensación de estar triste y abatida, con esa opresión en el pecho que se tiene cuando hemos llorado mucho. Y al intentar pensar por qué me sentía así, percibía que una imagen quería abrirse en mi cabeza, pero sin llegar a verla. El destello duraba apenas unas décimas de segundo. Era una sensación, un flash que no terminaba de formarse el tiempo suficiente para retenerlo. Como si saliese a la superficie un momento, que lo viera con el rabillo del ojo, para después sumergirse de nuevo en el fondo de mi mente. En seguida saltaban otros recuerdos de los abusos de mi padre, de esos que sí tengo presentes. Pero no sé por qué razón esos días veía esos recuerdos “oficiales” como parte de la pesadilla. Entonces mi Monstruo sacó la artillería pesada y empezó el caos. Los recuerdos del vecino se hicieron claros, pero asocié esas imágenes y las de los abusos de mi padre a la pesadilla y creí que me había vuelto loca. Me asaltó la duda. Empecé a pensar que todo era falso. Que nunca habían ocurrido los abusos. Que mi mente había creado una fantasía tan perfecta que me había tragado mis propias mentiras. Me sentí morir. Toda mi vida por el desagüe. Todo una farsa, una representación, y empecé a castigarme por ello. La eterna batalla entre mi monstruo y yo. Cuando conseguía demostrarme a mi misma que un pequeño recuerdo era autentico, mi monstruo me rebatía. “Sí solo fue eso, no fue para tanto. ¡Supéralo!”. Hasta que por fin aquellos recuerdos se hicieron patentes, se hicieron reales.


Siempre creí que mi padre había sido el primero en mostrarme cómo se hace una felación con doce años. Me equivocaba. Aquel cabrón entro en la habitación y se quedó mirándome como el depredador que observa a su presa ignorante de lo que va a ocurrir antes de lanzar su ataque. Tenía la imagen de mí misma de pie, retrocediendo aterrada hasta tocar con mi espalda en la puerta del armario y él, agachado, gateando a cuatro patas, acercando su cabeza hacia mis piernas, sus manos bajándome las braguitas hasta la rodilla, levantando mi falda y relamiéndome el pubis, sorbiendo la saliva, como un perro soltando baba. Después saltaba la imagen. Sé que había más, pero lo siguiente que recordé con claridad es que ese hombre estaba de pie, que era muy alto,  y que me restregó por la cara su miembro, me lo introdujo unos momentos en la boca, lo sacó y eyaculó sobre mi rostro. Como si me hubiesen disparado con una pistola de agua caliente. Le recuerdo limpiándome con un pañuelo mientras se sonreía. Como alguien que hace una travesura. Recuerdo el semen caliente en mi cara. Recuerdo llorar desconsoladamente. Recuerdo sentir muchísimo miedo. Su hija permanecía sentada en la cama, temerosa, avergonzada, resignada mirando al suelo. Creo que jugueteaba con una muñeca entre las manos. De vez en cuando me miraba de forma furtiva, como si supiera bien lo que había ocurrido. Pobrecilla, imagino la exigua sensación de alivio que tendría al ver que esa vez no le había tocado sólo a ella. E imagino la culpabilidad que sentirá ante ese recuerdo. 


Con mi secuencia algo más completa me sentí desamparada. Días después de ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador, se enteró mi marido. Desperté un domingo sobresaltada con la pesadilla de aquel recuerdo aun en mi mente. Mi pareja estaba en la cocina haciendo café, y le pregunté porque no me había llamado para ir a trabajar. Me miró sorprendido. Al darme cuenta de mi confusión, me vine abajo, empecé a temblar y a llorar desconsolada, no tuve más remedio que contárselo. Se lo conté mirando fijamente el dibujo de las baldosas del suelo. Estaba aterrada de su reacción. De repente me lo imaginé mirándome asqueado, pensando que le había mentido, o preguntándose por qué no se lo había contado primero. Me sentí la persona más repugnante de la tierra. Pero no tenía razones que temer sobre mi pareja. Es el hombre más extraordinario que conozco. Me abrazó y me consoló. Recuerdo que tomó la decisión de llevarme a dar un paseo por la playa, que esos días de invierno estaría desértica y el paseo me sentaría bien. Él sabía que me encantan esos paseos por playas solitarias, dejando que la brisa del mar azote mi rostro. Recuerdo que necesitaba tenerle pegado a mí, sentir el contacto de su mano, incluso le pedí que no me soltara. No lo hizo. Fue todo amor y comprensión.  


Lo cierto es que convencerme un poco de que mis recuerdos eran reales me llevo relativamente poco tiempo, unos días nada más. El apoyo del foro de ayuda donde participaba me ayudó mucho. Tardé algún tiempo más en encajar el nuevo recuerdo. Pero en parte es terreno conocido. Sé cómo lidiar con ello, porque siempre funciona igual. Todo lo que hago, pienso, siento, veo, oigo, toco o saboreo, me lleva inexorablemente hacia las imágenes recuperadas. Paso un tiempo (variable) en el que todo me retrotrae al hecho. Como una imposición. A veces me paraliza, me provoca ansiedad y paso días sin comer. Es lo que muchas veces he denominado “encerrarme en la sala de cine”. De adolescente era lo que más miedo me daba, porque creía que esas imágenes no se irían jamás. Mi monstruo se aseguraba de ello. Es cuando mi marido dice que parezco más despistada, cuando no sé ni por donde camino, que me tropiezo con todo. No imagina que no veo la calle, veo mi recuerdo. Pero con el paso de los días la escena empieza a diluirse, como un azucarillo, y voy poco a poco recuperando mi vida. Como cuando recordé a mi vecino, que a pesar de sentirme triste, no llegué a detener mi vida como me ocurría en el pasado. Es como el tranvía que reduce su velocidad para recoger pasajeros en marcha. Necesito ralentizar mi ritmo para que mi recuerdo entre y se acomode en mi mente. 


Aún tardé en tener claro dónde colocar aquel recuerdo. Estuve tiempo con la duda de su veracidad o de su alcance, porque la sensación de que fui utilizada de manera despiadada me seguía persiguiendo. Cuando las imágenes recurrentes empezaron a desaparecer del primer plano de mi cabeza, una parte de mí pareció volver a confirmar que existió un segundo abusador, pero mi monstruo me asaltaba a preguntas que me estaban castigando la mente de forma implacable. ¿Sabía aquel hombre lo que me hacía mi padre, y por eso se aprovechó? (Total, si la nena ya conocía lo que era eso…) ¿O se dio cuenta en ese momento que yo ya sabía, que no era la primera vez que me dejaba tocar? ¿Acaso me han prostituido? ¿Cuántas veces voy  pasar por esto? ¿Cuántos desalmados más existen en mi pasado?


Y volvieron las viejas preguntas: ¿Y si todo es falso? ¿Y si me he creído mis propias mentiras, fantasías sexuales en las que me imagino a mi misma como una niña?... aún estuve tiempo muy confusa y triste. Tardé en recolocar todo. Es como si cuando lo descubrí por primera vez mi monstruo me hubiese atacado de manera agresiva, frontal y al ver que eso no funcionaba, que el recuerdo se volvía a esconder en mi subconsciente, optase por la guerra psicológica. Tardé tiempo en tomar conciencia de lo que podía representar ese recuerdo. De hecho, escribí la entrada para el blog relatando los hechos en un momento de “credibilidad”, en un día en que sí creía en mis abusos. Tal vez al día siguiente me despertase pensando lo inmensamente enferma que estoy al haber llegado a escribir semejantes espejismos. Y tuve que hacer un autentico acto de voluntad por colgar aquel post. Después tenía mucho miedo de lo que no recordaba. 


Es curioso cómo funciona la mente. Un día “sabía” que era real, y al el día siguiente, cuando aquel último recuerdo empezó a tomar forma, dudaba de todo. Automatismos de defensa que utiliza la mente para protegerse. Esconde un recuerdo y lo devuelve en sueños o flases, para poder encajarlo, para poder colocarlo entre el resto de la baraja de la memoria. Y mi baraja es muy grande. Fueron trece años de cartas marcadas por mi padre. Ni siquiera entonces recordaba al vecino. A veces siento coraje. Me da rabia que sabiendo cómo funciona esto, que conociendo a mi monstruo, aun lo pase mal en esos momentos. Siempre creo que esa vez si hay razones para flagelarme, y cuando pasa la crisis, me regaño por tonta.


No sé si lo de aquel miserable fue solo aquella tarde, pero fue lo suficiente para recordarlo entre tantas aberraciones paternales. No recuerdo el nombre de la niña. No sé quién era el vecino. Pero muchos meses después el recuerdo volvió a ampliarse y la escena se volvió más completa en detalles, aunque en esa ocasión lo recordé todo de forma más tranquila, sin pesadillas, sin flashback, como cuando recuerdas aquella vez que fuiste a visitar a tu tía y se cayó la taza de chocolate. Sin duda el trabajo de reprocesar el nuevo recuerdo ya estaba hecho, y no me costó completar las lagunas que faltaban: La habitación era amplia y la luz natural entraba por la ventana iluminando la estancia. Una colcha con motivos florales decoraba la cama. Había una casita de muñecas de tres o cuatro plantas echa en madera. El armario de la estancia era blanco y tenía dibujos en sus puertas. Había juguetes por todas partes. Era el dormitorio de la hija de la señora para la que mi madre estaba cosiendo un vestido. Ambas mujeres se habían quedado en el salón probando las telas y nos enviaron a su hija y a mí a su habitación a jugar. Fue minutos más tarde cuando se abrió la puerta de nuevo. Cuando él entró se quedó unos segundos mirando agarrado al pomo de la puerta abierta, no sé si valorando los riesgos. Recuerdo mirar a mi compañera de juegos interrogante. No recuerdo preguntar en voz alta quién era ese señor alto, delgado y con una incipiente calvicie, pero ella hizo un gesto de hastío y resignación y dijo en un susurro: “Es mi padre”. Recuerdo que se habían activado todas mis alarmas. A veces pienso en la niña. ¿Durante cuánto tiempo duraría su propio infierno? Porque estaba claro que ella también sabía, como yo, lo que ocurriría en cuanto él cruzase el umbral. El tipo traía una bolsa con chucherías. Cerró la puerta y se sentó en la cama ofreciéndonos las golosinas. Inició un juego macabro en el que aseguraba que según el tipo de chuchería que comiéramos adquiriríamos ese sabor “ahí abajo”, y que quería comprobarlo. Creo que él fue el primero en comerse un dulce y quitarse los pantalones para demostrarnos que el intercambio debería ser mutuo. Ahora ya sé porque no me gustan los helados de cucurucho, nos había instruido con ese ejemplo. Estuvo alternando entre su hija y yo para ver quién “tenía mejor sabor”. El tío se lo pasó bomba a nuestra costa pero a mí, e imagino que a esa niña, nos dejó una herida en el alma que, al menos en mi caso, tardó décadas en sanar. 


Lo cierto es que recuperar tu vida después de los abusos es siempre un proceso lento y doloroso. Y nunca termina. Cuando crees que la herida está cicatrizando vuelve a infectarse, a exudar pus. Y vuelve a doler igual que el día que te infringieron el daño.



“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”

Gustave Flaubert (1821 – 1880) escritor francés.

Capítulo 2 EL MONSTRUO DEL CASTILLO

 Las víctimas de abusos sentimos mucha culpa y tenemos muy poca autoestima. La agresión te marca de tal manera te hace sentir menos que nada, un simple objeto de usar y tirar, y encima vives convencida de ser la única responsable de ser así de inútil. A veces me siento culpable hasta de respirar y mi autoestima roza siempre la línea de flotación. Con los años he llegado a reconocer que es una consecuencia de los abusos, pero al principio, cuando no lo asociaba a ello me sentía perdida en mis etapas de depresión. Y eso, unido a otras secuelas lo he llegado a visualizar en un personaje inventado por mi imaginación: mi Monstruo.


La equivalencia me la enseño una amiga de la infancia: la mente es como un castillo encantado con miles, millones de habitaciones que cambian de lugar a su antojo. Cuando se tiene un recuerdo es como entrar en la habitación que lo guarda para poder revivir ese momento. Pero en mi cabeza existe un monstruo atroz que de vez en cuando se escapa, campa a sus anchas por el castillo y puedo encontrármelo en cualquier habitación. Asoma con cualquier tontería: puede ser un objeto, una persona, el estampado de una prenda, una frase, tocar ropa de cama húmeda, un ruido, un olor...  por ejemplo los escupitajos me ponen enferma, no puedo evitar que me recorra un escalofrío oír el sonido gutural que los produce. Son solo décimas de segundo pero entro en la habitación y… ¡zas! el aullido de mi monstruo me traspasa. Es un flash, una imagen, un sonido. Un recuerdo de mi padre. A veces sólo lo oigo porque está encerrado en las mazmorras y grita para que no le olvide, para que sepa que él está ahí; pero a veces está presente enseñando los dientes y amenazando con devorarme de un bocado para luego eructar sonoramente. Creo que los psicólogos los llaman Flashback. Es cuando me siento peor. Tengo nauseas, temblores, ansiedad… porque en mis más bajos momentos, mi monstruo practica además un juego macabro: es como estar encerrada en una sala de cine donde solo proyectan alguno de mis recuerdos, y la película se repite una y otra vez sin que pueda pararla. Llegado ese punto antes optaba por quemar el cine y salir por la pantalla aun a riesgo de mi vida. De ahí las drogas sin control, los intentos de suicidio, las prácticas de riesgo, los retos al destino. Ahora escavo túneles buscando una salida negociada bajo el suelo. 


He aprendido que los flashback que me envía mi Monstruo no son actuales, que ya no pueden hacerme daño, pero él sigue ahí y ahora me agrede más a menudo de otra forma más sutil. Cuando emprendo un proyecto nuevo, cuando conozco a alguien, lo primero que me asalta la mente son pensamientos negativos que el monstruo me impone: “No saldrá bien, fracasarás, no merece la pena, solo te conoce para reírse de ti porque eres fea y odiosa…”. O por el contrario, me “anima” a seguir adelante, pero con la seguridad de que es una estupidez lo que voy a hacer, que me arrepentiré el resto de mi vida… pero que es lo único que merezco. Y entonces comienza el trabajo de reestructuración. Es como vivir una lucha interna entre mi monstruo y yo, como si hubiese dos personas dentro de mi cabeza, y es agotador. Siempre es el mismo proceso mental. El primer pensamiento invariablemente es negativo. Con la practica he conseguido que muchas veces esa parte dure apenas unos segundos. Logro apartar esos pensamientos con rapidez de la cabeza pero están ahí esperando el primer resbalón para decir: “te lo dije”. Pero a veces el monstruo toma el control. Lo hace sin darme cuenta, no soy consciente de su presencia hasta que es demasiado tarde tal vez porque forma parte de mí y no le reconozco cuando actúa, hasta que la oportunidad de tener, conseguir o conocer algo o a alguien nuevo se ha desvanecido y eso siempre me limita. Tengo la sensación de que me coarta las decisiones que tomo. Que no soy libre de elegir la mejor opción. Mi marido dice que me valoro muy poco. Por eso nunca me promociono en mi trabajo y soy conformista con lo que tengo. Nunca aspiro a grandes cosas. Admiro a aquellos que se ponen metas y dedican su tiempo a ellas. Yo apenas puedo predecir que prepararé para comer la próxima semana. 


El último ejemplo lo tienes aquí. Llevo años escribiendo. Tenía diarios y libretas escondidos entre mis cosas para que nadie los encontrase. En ellos descargaba pensamientos de todo tipo. Cuando tuve mi propio ordenador dediqué muchas horas a pasar y poner en orden esos pensamientos. Ha sido como vomitar. Entonces me planteé la posibilidad de hacer lo que hoy es este libro. Pensé que si había decidido no callar más mi condición de víctima, de superviviente, y contarle a mis amistades lo que me había ocurrido de niña, no había razón para no sacar a la luz mis pensamientos. Así que me marqué el reto de hacerlo y enseguida mi monstruo entró al ataque. Primero me puse excusas: No tengo ni idea de ordenadores, no sé nada de internet, no conozco qué hay que hacer para publicar un libro, es un asunto que no le interesa a nadie, no les va a gustar como escribo… Después me puse plazos: Esperar a un ordenador nuevo, a que pasen las vacaciones, a después de navidad… un día me sentí valiente y me decidí, ahora o nunca. Pero en lugar de escribir un libro, abrí un blog. Lo hice una tarde con la ayuda de un amigo que maneja internet mejor que yo. En ese momento me hundí. Al leer mis propias palabras flotando sobre la foto de un faro que había elegido como fondo para ese blog, siendo consciente de que eran visibles a todo el mundo, me derrumbé. Hacía mucho que no me sentía tan mal. Volví a llorar y vomitar (siempre a escondidas, que nadie se diera cuenta) volví a pasar noches en vela por miedo a dormir porque las pesadillas habían regresado. Volví a tener doce años y me vi otra vez en mi cama, sin hacer ruido, inmóvil, mirando las moscas revolotear bajo la lámpara esperando a que él entre en mi habitación cerrando la puerta. Mi monstruo estaba tomando el castillo.


Pero esta vez ocurrió algo extraordinario. Cuando dejé de esconder mi condición de víctima, cuando me quité la mordaza de la boca, no me dio vergüenza decir a mis conocidos que estaba mal, incluso alguno de ellos se dio cuenta y me preguntaron sin problemas si me encontraba bien. Tuve algunas conversaciones con ellos, sin tabúes, consolándome, haciéndome sentir querida y apreciada, y fue realmente reparador. Poder hablar de cómo me sentía en ese momento fue la mejor terapia que he tenido en mi vida. Pero no fue fácil, casi fueron ellos los que me arrastraron fuera del pozo porque  estaba otra  vez construyendo la barrera, formando la coraza en la que esconderme hasta nueva orden. Y de hecho, mi familia más cercana continuó casi dos años más en la más absoluta ignorancia de la existencia de aquel blog, y aunque me vieron mal y no me vi con fuerzas para contarles la razón exacta, jamás me sentí presionada por ellos. Sabían que algún recuerdo se había reactivado, y que solo necesitaba su ternura, su consuelo y esperar que yo les hablase de lo que siento, o de lo que callo, y me hicieron ver que son como un rincón seguro donde acurrucarme cuando me siento herida. Y eso para mí es muchísimo. Ahí me planteé que mi próximo reto sería contarle a mi marido mi aventura en internet, pero eso sería otra historia y otra batalla contra el dragón.


Afortunadamente las aguas volvieron a su cauce. Supongo que el trabajo, que en esos momentos me mantenía entretenida, también me ayudaba a ocupar mi mente. Los métodos de relajación funcionaron pero me sentí como si despertase de una noche de resaca aún en medio de la bruma y sin saber muy bien qué dirección tomar. Todavía quedaron resquicios durante un par de semanas. Una parte de mí siguió diciéndome que no debería haber hecho el blog, que los más cercanos pensarían que era un asunto personal, íntimo, que nadie tiene porqué conocer, porque demostraba que estoy sucia por dentro; otra parte me decía que sí, que estaba muy bien, que no importa lo que opinen los demás si con esto alguna víctima se siente un poco más valiente… y que también me ayudaba a mí de una forma que entonces no comprendía. Recibí muestras de apoyo, ni un solo correo fue negativo, por lo tanto al final llegué a la conclusión que había sido una buena idea el blog o al menos no el desastre que me vaticinaba mi monstruo. Pero durante muchos meses seguí aterrada. Cada vez que llegaban mensajes nuevos, entraba en un estado de ansiedad enorme y a medida que la relación que tenía con el remitente era más estrecha esa ansiedad era mayor. A veces me sentía como cuando tenía dieciocho años y esa ansiedad me empujaba a hacer tonterías y a correr riesgos innecesarios. 


Pero desde entonces, creo que ahora los “riesgos” que corro son buenos para mí. Mi pareja no siempre me apoya, lo que me demuestra que empiezo a ser capaz de tomar mis propias decisiones (errores incluidos) y que el monstruo no forme parte de ello. Empiezo a tomar el control, Aunque a veces haya bajones, aunque a veces él me envenene la cabeza y necesite volver a rehacer mis pensamientos, tengo la sensación de que ahora eso ocurre cada vez con menos frecuencia. Y  esa sensación me encanta. Porque cuando estoy bien, cuando pienso en positivo, me siento realmente orgullosa de lo que hago. Tengo la sensación de que nada puede pararme y me siento muy poderosa.



"Los monstruos son reales, y los fantasmas también, viven dentro de nosotros, y a veces, ellos ganan"

Stephen King. Escritor estadounidense.

La Revolución Fluorescente