He tardado cuarenta años en hablar con claridad de las violaciones a las que fui sometida de niña. Pero hasta ahora he sido incapaz de hablar de mi vida posterior, cuando inicié la adolescencia.
Cuando estoy con mis amigos o mi familia y sale el tema de la nostalgia de aquellos tiempos de manera genérica, cuando se habla de la Movida Madrileña o de La Bola de Cristal y nos contamos las “batallitas” de aquella época, yo aún me limito a decir que son mis años oscuros y que no quiero hablar de ellos dando a entender, medio en serio medio en broma, que ha sido un período muy sombrío. Y lo cierto es que así fue.
A todos nos enseñan a ser responsables de nuestros actos. Desde nuestra infancia se nos enseña que toda acción tiene consecuencias. Si le quitas un juguete a tu hermano, mamá te castigará sin postre. Nos enseñan que es de buenas personas reconocer cuando hemos hecho algo mal, y que debemos arrepentirnos y, a ser posible, reparar el daño. Las víctimas de abusos crecemos con el pleno convencimiento de ser responsables de nuestros abusos, los culpables. Así nos lo hizo creer nuestro agresor, unas veces de forma muy evidente, a base de degradarnos recordándonos que no valíamos para nada, o diciendo que nadie nos iba a querer, o que sólo él nos entendía y nos quería. Otras veces de forma más sutil, porque si te sientes utilizado como si fueras un objeto, acabas considerándote un objeto, y además un objeto sin valor, dado que ese adulto de confianza te trató peor que a su perro, al que no viola. Es cuando te sientes culpable, no sólo de todo lo malo que te pasa o que te hacen, es que te acabas sintiendo culpable de todo lo malo que pasa alrededor tuyo. Así que uno de los puntos importantes del proceso de sanación es entender que no fuimos culpables de lo que nos ocurrió, que fuimos manipulados por nuestro agresor haciéndonos cómplices y partícipes de su degeneración. Si nos hicieron creer que éramos los culpables de lo que ocurría, ¿cómo reparas un daño que en realidad no has hecho? Sin duda algo anda mal pero no sabes qué es ni cómo arreglarlo. Así que vives casi toda tu vida intentando reconocer un crimen que en realidad no has cometido. Y después vienen todas las consecuencias a posteriori de aquella agresión y de aquella culpabilidad.
Estudios realizados con prostitutas han demostrado que entre del 50 y el 80% de ellas tenían a sus espaldas un historial de abusos sexuales en su infancia. Entre los drogadictos graves a menudo hay personas víctimas de una experiencia anterior de incesto. Por no hablar de las mujeres maltratadas por sus parejas, que en muchas ocasiones tienen un pasado repleto de agresiones en su niñez. Todo ello debido a la Indefensión Aprendida. En mi caso, hoy por hoy, siento más vergüenza de mi adolescencia que de mi infancia. Los recuerdos que tengo son desoladores. Recuerdo vejaciones de mis compañeros de clase en el instituto, recuerdo salir yo sola a dar paseos larguísimos por la ciudad con la sensación de estar desubicada, de no pertenecer a este mundo. Vives buscando la clave para entender qué es lo que estás haciendo mal para poder arrepentirte y restaurar los daños, cuando en realidad no hay nada de qué arrepentirte porque tu no has hecho nada malo. Simplemente has vivido tu vida pensando que no eres una persona válida, que estás mal hecho, que eres un error, que algo no está bien contigo. Y además ni siquiera se te ocurre pensar que todos esos pensamientos se crearon en tu cabeza con los abusos. No ves la relación, no tienes capacidad para entender ese proceso cognitivo.
Una vez que mi Madrina me rescató del domicilio de mis padres de manera definitiva a mis catorce años, cuando por fin un juez decidió darle a ella mi custodia, mi Monstruo se hizo el dueño del castillo. Porque en ese momento empezó mi proceso de autodestrucción. Tras unos primeros meses de “convalecencia” (pues me sentía como si me recuperase de una grave enfermedad) empecé a sentir que no pertenecía a ese sitio, que yo no me merecía a mi familia adoptiva , que yo no formaba parte de ese ambiente ni de ese nivel social. Empecé a rechazar todo tipo de ayudas por parte de ellos. Me negué a seguir estudiando (en la casa de mis padres no hubiese tenido esa oportunidad) y en los trabajos en los que entraba por los méritos de mi educación con mis benefactores nunca hice bien las cosas. No rendía, llegaba tarde o faltaba a mi puesto de trabajo por pura irresponsabilidad. De manera inconsciente estaba dilapidando mi futuro y me estaba distanciando de mis padrinos de manera paulatina.
En las relaciones sociales fui cayendo cada vez más en ambientes poco recomendables. He salido con chicos de todo tipo. Recuerdo a los “buenos” con cierta nostalgia, porque no sé como hubiese acabado la relación, pero sí recuerdo que siempre fui yo la que los abandonaba. Un tío tan majo no merecía a una estúpida como yo, no merecía a una pareja tan sucia. De las “malas compañías” también guardo recuerdos. Eran tipos déspotas, maltratadores, egocéntricos, machistas, drogadictos, y por supuesto de vidas que rozaban la legalidad o incluso la traspasaban. Pequeños delincuentes, traficantes, estafadores… Mi Monstruo me animaba a seguir con ellos, pues eran lo más parecido a lo que me correspondía. Y cuando conseguía ser consciente de lo mal que me iban las cosas me decía que era lo único que me merecía y daba un paso más hacia el abismo. Lo cierto es que solo quería salir, gritar, moverme, sentir… nada me llenaba. He hecho de todo, sin que nada me hiciera sentir plena, sentirme viva. Era como si no tuviese suficiente adrenalina en el cuerpo para cubrir mis necesidades.
Me siento mal cuando rememoro esa época. Soy incapaz de hablar de esa etapa de mi vida porque los recuerdos me revuelven y además me es imposible ubicarlos en un punto concreto de mi cronología. Tengo días enteros en blanco a causa de las sustancias que consumía. Y los momentos que recuerdo son poco alentadores: Buscando droga, o compañía; llorando en mi habitación, o caminando sola por la calle, perdida. He hecho cosas horribles. Me he aprovechado de la gente, he estafado, he robado; incluso de alguna manera me he prostituido por un poco de coca, vendiéndome a los demás de manera indigna. Me he escapado varias veces de casa. La última fue toda una huida hacia delante: regresé a la vivienda de mis padres. Creía que era hora de volver al sitio que me pertenecía. Creo que fue ahí donde cerré el círculo, y donde, por fin, pude empezar a rehacer mi vida, o lo que aún quedaba de ella. Y no precisamente porque en la casa de mis padres hubiese encontrado la paz, sino todo lo contrario. Allí fue donde los acontecimientos se precipitaron y, después de una bronca monumental, una paliza y algo parecido a una agresión sexual, acabé sentada en una pomarada, a las dos de la madrugada, con dos mil pesetas en el bolsillo y sin tener ni idea de donde iba a pasar el resto de mi vida ni de su duración, porque había roto con todo. Había tocado fondo. Fui como un vehículo lanzado a toda velocidad y cuya inercia fluyera sin control de ningún tipo, siempre a punto de descarrilar, de estrellarme contra un muro, sin manera de detenerme y sin tener muy claro si el arranque lo provocó los abusos o yo misma encendí el motor. Y esa zona oscura de mi vida me ha marcado, casi tanto como mis abusos, porque salvo algunos momentos en que el sol salía entre las nubes, el resto es una tormenta negra y perturbadora de la que guardo un recuerdo horrible.
Tengo imágenes muy feas que quisiera que no hubiesen ocurrido. Y a veces aún siento una vergüenza enorme a que se sepa nada de lo que hice porque todavía no siempre sé si tengo derecho a excusarme en mis abusos para quitarme la responsabilidad de mis actos. Porque me he sentido muy culpable. Me he sentido culpable de no haber hablado con mi Madrina de mis abusos, a pesar de su apoyo incondicional, cuando volví con ella después de que todo lo de mi padre pasara. Me he sentido culpable de todo lo que hice en esa etapa que viví desde los trece hasta los veintiuno o veintidós años. De haber estado con tíos con los que yo creía que merecía estar, solo porque sabía cómo satisfacer sus instintos más bajos. De haber abandonado mi cuerpo y dejado que hicieran de él lo que quisieran. De haberlo castigado consumiendo todo tipo de sustancias y con acciones de altísimo riesgo para mi vida. De volver a la casa de mis padres, el lugar de mis abusos, y con mi abusador a pesar de los consejos de mi Madrina. Me he sentido culpable de no escucharla, y por lo tanto me he sentido culpable del intento de violación de mi hermano, cuando tenía ya veintiún años. Y sobre todo, por este último error, me he sentido culpable de haber roto de alguna manera la confianza que mi Madrina había depositado en mí, después de todos sus sacrificios con una niña que no era nadie en su vida, y que una vez más había defraudado a alguien.
Después de mucho tiempo, justo antes de iniciar mi Rehabilitación, volví a ver a mi Madrina pero en ese momento sentí que se había roto algo que no he podido recuperar. Cuando, por casualidad, encuentro a alguien de aquella época que se acuerda de mí, me bloqueo. De repente todo se derrumba, y tengo la sensación de que toda la gente que ahora me arropa, si supiera todo lo que hice, me dejaría en la estacada. Sólo pensar que alguien pueda reconocerme a veces me hunde.
Colgar esta entrada en el blog me supuso un salto de fe. Mi Monstruo me gritaba en esos momentos el error que estaba cometiendo al confesar todo esto, a pesar de que apenas había contado nada, solo pinceladas. Pero llegó la hora de espiar mis culpas. Llegó la hora de reconocer mi propio pasado. Abrí el blog con ese propósito y no quise dejar nada en el tintero. Asumí lo que viniera con deportividad pero reconozco que tuve miedo. Y ese miedo me hizo plantearme una pregunta: Si ya podía hablar de mis abusos en cierta manera, ¿Por qué no podía hablar de los Años Oscuros? Creo que la repuesta era obvia: Creo que todos los temores de mis abusos, la culpa, la vergüenza, el miedo a hablar, a que se supiera, a que me descubriesen, a que me rechazasen, los trasladé a los años oscuros. Empecé a admitir, después de cuarenta años, que yo no había sido la responsable de los abusos. Pero creo que aún no era capaz de saber si lo que hice después, tal vez también había sido de alguna manera responsabilidad de mi agresor. Mi Monstruo aún me acusaba de los desastres de mi vida. Y creo que yo también.
"Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir."
José Saramago (1922 – 2010) Escritor, periodista y dramaturgo portugués.