Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Yo Sueño

Capítulo 3 HERIDAS ABIERTAS, RECUERDOS QUE VUELVEN

 Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.


Siempre he dicho que recuerdo mis abusos. No es del todo cierto. Supongo que en trece años es imposible recordarlo todo, y menos esos primeros años de infancia, cuando aún era un bebé, o una niña muy pequeña. Y en estos años de rehabilitación he descubierto que existe una secuela de los abusos muy habitual: la amnesia traumática. Al parecer es bastante frecuente que olvidemos parte o toda una situación traumática. Es un mecanismo que utiliza nuestra mente para protegernos, para no sentirnos superados por esos recuerdos. Y sólo cuando estamos preparados para procesar esos recuerdos es cuando la mente los saca del subconsciente y nos los devuelve en forma de flashback, pesadillas o imágenes oníricas que, al principio, desconocemos su procedencia o dudamos de su veracidad. Conozco a personas supervivientes de abusos sexuales en su infancia que habían olvidado por completo haber sufrido abusos, que no tenían ni un recuerdo, que ni siquiera “sabían” que habían sufrido abusos. Entiendo que cuando cuentas esto, mucha gente se niega a creerlo. Yo misma pensaba que es imposible olvidar una cosa así. Pero mi propia experiencia me ha demostrado que es cierto. 


Siempre he tenido presente en mi memoria muchas escenas de abusos con mi padre. tumbándose sobre mí, en mi cama, frotándose contra mi pelvis, yo intentando apartarme y él decir con sequedad “no te muevas”; Instándome a que me metiera en su cama a ver los dibujos porque hacía frio, y aprovechar para acariciarme el pecho aun sin desarrollar susurrando lo suave que era mi piel y pidiéndome que tocase la suya para que yo viese que la teníamos igual de tersa, con mi madre al otro lado de la cama; O estar sentados los dos en el sofá y guiarme la mano hacia su “paquete” obligándome a presionar, a pesar de que yo intentaba no tocar el calzoncillo caliente. Y por supuesto, los últimos dos o tres años de abusos en los que empezó a “justificarse” porque en lugar de entrar furtivamente en mi habitación, sin pronunciar palabra, o de llamarme para ver la tele con él en su cama, comenzó a enseñarme como un profesor: “Mira, esta es mi polla. Tienes que moverla así, de arriba abajo. Tócala, ¿ves cómo crece? Un día de estos te la meteré por ahí para que sepas como vienen los niños”.


Hasta aquí, entre muchos más recuerdos asquerosos llega mi retentiva, lo que siempre tuve presente. Cuando murió mi padre se reactivó un recuerdo que ya había tenido varias veces. Era de esos recuerdos que tienes y vuelves a olvidar, como cuando tienes un viejo amigo en el que no habías pensado en años pero que cada vez que lo ves en una foto te vienen a la memoria montones de recuerdos con él. Pero éste recuerdo siempre era ligeramente distinto. Cuando me venía a la cabeza, no sé por qué extraña razón, no veía a mi padre, veía el rostro de otro hombre. Siempre creí que mi mente por algún motivo me cambiaba su imagen. No recordaba mucho, apenas imágenes sueltas. Creo que me obligaba a masturbarle. Y me tocaba. Yo daba por sentado que era otro recuerdo más de mi padre.


Cuando abrí mi blog dos años después de su muerte, ese recuerdo volvió a la portada pero de forma más agresiva. Era un flashback recurrente con el que soñaba, despertaba y me acostaba. Unas imágenes que se repetían en mi cabeza una y otra vez por más que intentase distraer mi mente con otros asuntos de mi vida. Fue entonces cuando entendí por qué yo no veía a mi padre en esos flashback: Mi madre cosía a veces para algunas personas de la vecindad. Iba a sus casas para las pruebas, y algunas veces yo la acompañaba. En una ocasión fuimos a la casa de una de esas vecinas que tenía una hija de mi edad. Creo que éramos muy pequeñas, unos cuatro o cinco años, tal vez seis. Estábamos en la habitación de ella jugando cuando entró su padre. Él era la imagen de mis flashback.  Sigo sin reconocer su rostro, solo supe en ese momento que el hombre que ese día metió la mano bajo mi falda no era mi padre sino el padre de esa niña con la que jugaba. 


Ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador fue descorazonador. Supuso toda una crisis. Tardé varios meses en recuperarme. Estuve a punto de tirar la toalla. No pensé en el suicidio, pero mi hijo ya era grande y ya no me necesitaba como antes, pensé más en “dejarme ir”. Me acosté muchas noches pensando que sería genial no volver a despertar. En aquella ocasión mi monstruo empezó a fustigarme con la idea de que había sido abusada por medio barrio. Que había sido poco menos que prostituida. No podía creer que después de cuarenta y dos años descubriese que mi padre no había sido el único. Me costó asimilarlo. Llegué a dudar de mis propios recuerdos, pensando que tal vez era aquel hombre el que me había quebrantado y que mi padre solo había sido un maltratador. Fue un caos. Tuve la sensación de haber cometido un pecado imperdonable, que me había vendido al mejor postor. Me sentía responsable de aquello por no llorar más fuerte, por no llamar a mi madre que estaba en el salón con la madre de aquella niña probándole el vestido. Me avergonzaba de mi misma, y más después que la escena estuvo más completa. Recuperé el resto de ese recuerdo un par de semanas después. Volvió a ser desgarrador recuperarlo.


No empezó de forma paralizante. No tuve ansiedad, temblores o vómitos. Esos vinieron después. Tan solo había una inmensa tristeza. Me vino en sueños. Ni siquiera recuerdo la pesadilla. Solo sé que desperté durante varios días con la sensación de estar triste y abatida, con esa opresión en el pecho que se tiene cuando hemos llorado mucho. Y al intentar pensar por qué me sentía así, percibía que una imagen quería abrirse en mi cabeza, pero sin llegar a verla. El destello duraba apenas unas décimas de segundo. Era una sensación, un flash que no terminaba de formarse el tiempo suficiente para retenerlo. Como si saliese a la superficie un momento, que lo viera con el rabillo del ojo, para después sumergirse de nuevo en el fondo de mi mente. En seguida saltaban otros recuerdos de los abusos de mi padre, de esos que sí tengo presentes. Pero no sé por qué razón esos días veía esos recuerdos “oficiales” como parte de la pesadilla. Entonces mi Monstruo sacó la artillería pesada y empezó el caos. Los recuerdos del vecino se hicieron claros, pero asocié esas imágenes y las de los abusos de mi padre a la pesadilla y creí que me había vuelto loca. Me asaltó la duda. Empecé a pensar que todo era falso. Que nunca habían ocurrido los abusos. Que mi mente había creado una fantasía tan perfecta que me había tragado mis propias mentiras. Me sentí morir. Toda mi vida por el desagüe. Todo una farsa, una representación, y empecé a castigarme por ello. La eterna batalla entre mi monstruo y yo. Cuando conseguía demostrarme a mi misma que un pequeño recuerdo era autentico, mi monstruo me rebatía. “Sí solo fue eso, no fue para tanto. ¡Supéralo!”. Hasta que por fin aquellos recuerdos se hicieron patentes, se hicieron reales.


Siempre creí que mi padre había sido el primero en mostrarme cómo se hace una felación con doce años. Me equivocaba. Aquel cabrón entro en la habitación y se quedó mirándome como el depredador que observa a su presa ignorante de lo que va a ocurrir antes de lanzar su ataque. Tenía la imagen de mí misma de pie, retrocediendo aterrada hasta tocar con mi espalda en la puerta del armario y él, agachado, gateando a cuatro patas, acercando su cabeza hacia mis piernas, sus manos bajándome las braguitas hasta la rodilla, levantando mi falda y relamiéndome el pubis, sorbiendo la saliva, como un perro soltando baba. Después saltaba la imagen. Sé que había más, pero lo siguiente que recordé con claridad es que ese hombre estaba de pie, que era muy alto,  y que me restregó por la cara su miembro, me lo introdujo unos momentos en la boca, lo sacó y eyaculó sobre mi rostro. Como si me hubiesen disparado con una pistola de agua caliente. Le recuerdo limpiándome con un pañuelo mientras se sonreía. Como alguien que hace una travesura. Recuerdo el semen caliente en mi cara. Recuerdo llorar desconsoladamente. Recuerdo sentir muchísimo miedo. Su hija permanecía sentada en la cama, temerosa, avergonzada, resignada mirando al suelo. Creo que jugueteaba con una muñeca entre las manos. De vez en cuando me miraba de forma furtiva, como si supiera bien lo que había ocurrido. Pobrecilla, imagino la exigua sensación de alivio que tendría al ver que esa vez no le había tocado sólo a ella. E imagino la culpabilidad que sentirá ante ese recuerdo. 


Con mi secuencia algo más completa me sentí desamparada. Días después de ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador, se enteró mi marido. Desperté un domingo sobresaltada con la pesadilla de aquel recuerdo aun en mi mente. Mi pareja estaba en la cocina haciendo café, y le pregunté porque no me había llamado para ir a trabajar. Me miró sorprendido. Al darme cuenta de mi confusión, me vine abajo, empecé a temblar y a llorar desconsolada, no tuve más remedio que contárselo. Se lo conté mirando fijamente el dibujo de las baldosas del suelo. Estaba aterrada de su reacción. De repente me lo imaginé mirándome asqueado, pensando que le había mentido, o preguntándose por qué no se lo había contado primero. Me sentí la persona más repugnante de la tierra. Pero no tenía razones que temer sobre mi pareja. Es el hombre más extraordinario que conozco. Me abrazó y me consoló. Recuerdo que tomó la decisión de llevarme a dar un paseo por la playa, que esos días de invierno estaría desértica y el paseo me sentaría bien. Él sabía que me encantan esos paseos por playas solitarias, dejando que la brisa del mar azote mi rostro. Recuerdo que necesitaba tenerle pegado a mí, sentir el contacto de su mano, incluso le pedí que no me soltara. No lo hizo. Fue todo amor y comprensión.  


Lo cierto es que convencerme un poco de que mis recuerdos eran reales me llevo relativamente poco tiempo, unos días nada más. El apoyo del foro de ayuda donde participaba me ayudó mucho. Tardé algún tiempo más en encajar el nuevo recuerdo. Pero en parte es terreno conocido. Sé cómo lidiar con ello, porque siempre funciona igual. Todo lo que hago, pienso, siento, veo, oigo, toco o saboreo, me lleva inexorablemente hacia las imágenes recuperadas. Paso un tiempo (variable) en el que todo me retrotrae al hecho. Como una imposición. A veces me paraliza, me provoca ansiedad y paso días sin comer. Es lo que muchas veces he denominado “encerrarme en la sala de cine”. De adolescente era lo que más miedo me daba, porque creía que esas imágenes no se irían jamás. Mi monstruo se aseguraba de ello. Es cuando mi marido dice que parezco más despistada, cuando no sé ni por donde camino, que me tropiezo con todo. No imagina que no veo la calle, veo mi recuerdo. Pero con el paso de los días la escena empieza a diluirse, como un azucarillo, y voy poco a poco recuperando mi vida. Como cuando recordé a mi vecino, que a pesar de sentirme triste, no llegué a detener mi vida como me ocurría en el pasado. Es como el tranvía que reduce su velocidad para recoger pasajeros en marcha. Necesito ralentizar mi ritmo para que mi recuerdo entre y se acomode en mi mente. 


Aún tardé en tener claro dónde colocar aquel recuerdo. Estuve tiempo con la duda de su veracidad o de su alcance, porque la sensación de que fui utilizada de manera despiadada me seguía persiguiendo. Cuando las imágenes recurrentes empezaron a desaparecer del primer plano de mi cabeza, una parte de mí pareció volver a confirmar que existió un segundo abusador, pero mi monstruo me asaltaba a preguntas que me estaban castigando la mente de forma implacable. ¿Sabía aquel hombre lo que me hacía mi padre, y por eso se aprovechó? (Total, si la nena ya conocía lo que era eso…) ¿O se dio cuenta en ese momento que yo ya sabía, que no era la primera vez que me dejaba tocar? ¿Acaso me han prostituido? ¿Cuántas veces voy  pasar por esto? ¿Cuántos desalmados más existen en mi pasado?


Y volvieron las viejas preguntas: ¿Y si todo es falso? ¿Y si me he creído mis propias mentiras, fantasías sexuales en las que me imagino a mi misma como una niña?... aún estuve tiempo muy confusa y triste. Tardé en recolocar todo. Es como si cuando lo descubrí por primera vez mi monstruo me hubiese atacado de manera agresiva, frontal y al ver que eso no funcionaba, que el recuerdo se volvía a esconder en mi subconsciente, optase por la guerra psicológica. Tardé tiempo en tomar conciencia de lo que podía representar ese recuerdo. De hecho, escribí la entrada para el blog relatando los hechos en un momento de “credibilidad”, en un día en que sí creía en mis abusos. Tal vez al día siguiente me despertase pensando lo inmensamente enferma que estoy al haber llegado a escribir semejantes espejismos. Y tuve que hacer un autentico acto de voluntad por colgar aquel post. Después tenía mucho miedo de lo que no recordaba. 


Es curioso cómo funciona la mente. Un día “sabía” que era real, y al el día siguiente, cuando aquel último recuerdo empezó a tomar forma, dudaba de todo. Automatismos de defensa que utiliza la mente para protegerse. Esconde un recuerdo y lo devuelve en sueños o flases, para poder encajarlo, para poder colocarlo entre el resto de la baraja de la memoria. Y mi baraja es muy grande. Fueron trece años de cartas marcadas por mi padre. Ni siquiera entonces recordaba al vecino. A veces siento coraje. Me da rabia que sabiendo cómo funciona esto, que conociendo a mi monstruo, aun lo pase mal en esos momentos. Siempre creo que esa vez si hay razones para flagelarme, y cuando pasa la crisis, me regaño por tonta.


No sé si lo de aquel miserable fue solo aquella tarde, pero fue lo suficiente para recordarlo entre tantas aberraciones paternales. No recuerdo el nombre de la niña. No sé quién era el vecino. Pero muchos meses después el recuerdo volvió a ampliarse y la escena se volvió más completa en detalles, aunque en esa ocasión lo recordé todo de forma más tranquila, sin pesadillas, sin flashback, como cuando recuerdas aquella vez que fuiste a visitar a tu tía y se cayó la taza de chocolate. Sin duda el trabajo de reprocesar el nuevo recuerdo ya estaba hecho, y no me costó completar las lagunas que faltaban: La habitación era amplia y la luz natural entraba por la ventana iluminando la estancia. Una colcha con motivos florales decoraba la cama. Había una casita de muñecas de tres o cuatro plantas echa en madera. El armario de la estancia era blanco y tenía dibujos en sus puertas. Había juguetes por todas partes. Era el dormitorio de la hija de la señora para la que mi madre estaba cosiendo un vestido. Ambas mujeres se habían quedado en el salón probando las telas y nos enviaron a su hija y a mí a su habitación a jugar. Fue minutos más tarde cuando se abrió la puerta de nuevo. Cuando él entró se quedó unos segundos mirando agarrado al pomo de la puerta abierta, no sé si valorando los riesgos. Recuerdo mirar a mi compañera de juegos interrogante. No recuerdo preguntar en voz alta quién era ese señor alto, delgado y con una incipiente calvicie, pero ella hizo un gesto de hastío y resignación y dijo en un susurro: “Es mi padre”. Recuerdo que se habían activado todas mis alarmas. A veces pienso en la niña. ¿Durante cuánto tiempo duraría su propio infierno? Porque estaba claro que ella también sabía, como yo, lo que ocurriría en cuanto él cruzase el umbral. El tipo traía una bolsa con chucherías. Cerró la puerta y se sentó en la cama ofreciéndonos las golosinas. Inició un juego macabro en el que aseguraba que según el tipo de chuchería que comiéramos adquiriríamos ese sabor “ahí abajo”, y que quería comprobarlo. Creo que él fue el primero en comerse un dulce y quitarse los pantalones para demostrarnos que el intercambio debería ser mutuo. Ahora ya sé porque no me gustan los helados de cucurucho, nos había instruido con ese ejemplo. Estuvo alternando entre su hija y yo para ver quién “tenía mejor sabor”. El tío se lo pasó bomba a nuestra costa pero a mí, e imagino que a esa niña, nos dejó una herida en el alma que, al menos en mi caso, tardó décadas en sanar. 


Lo cierto es que recuperar tu vida después de los abusos es siempre un proceso lento y doloroso. Y nunca termina. Cuando crees que la herida está cicatrizando vuelve a infectarse, a exudar pus. Y vuelve a doler igual que el día que te infringieron el daño.



“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”

Gustave Flaubert (1821 – 1880) escritor francés.

Capítulo 2 EL MONSTRUO DEL CASTILLO

 Las víctimas de abusos sentimos mucha culpa y tenemos muy poca autoestima. La agresión te marca de tal manera te hace sentir menos que nada, un simple objeto de usar y tirar, y encima vives convencida de ser la única responsable de ser así de inútil. A veces me siento culpable hasta de respirar y mi autoestima roza siempre la línea de flotación. Con los años he llegado a reconocer que es una consecuencia de los abusos, pero al principio, cuando no lo asociaba a ello me sentía perdida en mis etapas de depresión. Y eso, unido a otras secuelas lo he llegado a visualizar en un personaje inventado por mi imaginación: mi Monstruo.


La equivalencia me la enseño una amiga de la infancia: la mente es como un castillo encantado con miles, millones de habitaciones que cambian de lugar a su antojo. Cuando se tiene un recuerdo es como entrar en la habitación que lo guarda para poder revivir ese momento. Pero en mi cabeza existe un monstruo atroz que de vez en cuando se escapa, campa a sus anchas por el castillo y puedo encontrármelo en cualquier habitación. Asoma con cualquier tontería: puede ser un objeto, una persona, el estampado de una prenda, una frase, tocar ropa de cama húmeda, un ruido, un olor...  por ejemplo los escupitajos me ponen enferma, no puedo evitar que me recorra un escalofrío oír el sonido gutural que los produce. Son solo décimas de segundo pero entro en la habitación y… ¡zas! el aullido de mi monstruo me traspasa. Es un flash, una imagen, un sonido. Un recuerdo de mi padre. A veces sólo lo oigo porque está encerrado en las mazmorras y grita para que no le olvide, para que sepa que él está ahí; pero a veces está presente enseñando los dientes y amenazando con devorarme de un bocado para luego eructar sonoramente. Creo que los psicólogos los llaman Flashback. Es cuando me siento peor. Tengo nauseas, temblores, ansiedad… porque en mis más bajos momentos, mi monstruo practica además un juego macabro: es como estar encerrada en una sala de cine donde solo proyectan alguno de mis recuerdos, y la película se repite una y otra vez sin que pueda pararla. Llegado ese punto antes optaba por quemar el cine y salir por la pantalla aun a riesgo de mi vida. De ahí las drogas sin control, los intentos de suicidio, las prácticas de riesgo, los retos al destino. Ahora escavo túneles buscando una salida negociada bajo el suelo. 


He aprendido que los flashback que me envía mi Monstruo no son actuales, que ya no pueden hacerme daño, pero él sigue ahí y ahora me agrede más a menudo de otra forma más sutil. Cuando emprendo un proyecto nuevo, cuando conozco a alguien, lo primero que me asalta la mente son pensamientos negativos que el monstruo me impone: “No saldrá bien, fracasarás, no merece la pena, solo te conoce para reírse de ti porque eres fea y odiosa…”. O por el contrario, me “anima” a seguir adelante, pero con la seguridad de que es una estupidez lo que voy a hacer, que me arrepentiré el resto de mi vida… pero que es lo único que merezco. Y entonces comienza el trabajo de reestructuración. Es como vivir una lucha interna entre mi monstruo y yo, como si hubiese dos personas dentro de mi cabeza, y es agotador. Siempre es el mismo proceso mental. El primer pensamiento invariablemente es negativo. Con la practica he conseguido que muchas veces esa parte dure apenas unos segundos. Logro apartar esos pensamientos con rapidez de la cabeza pero están ahí esperando el primer resbalón para decir: “te lo dije”. Pero a veces el monstruo toma el control. Lo hace sin darme cuenta, no soy consciente de su presencia hasta que es demasiado tarde tal vez porque forma parte de mí y no le reconozco cuando actúa, hasta que la oportunidad de tener, conseguir o conocer algo o a alguien nuevo se ha desvanecido y eso siempre me limita. Tengo la sensación de que me coarta las decisiones que tomo. Que no soy libre de elegir la mejor opción. Mi marido dice que me valoro muy poco. Por eso nunca me promociono en mi trabajo y soy conformista con lo que tengo. Nunca aspiro a grandes cosas. Admiro a aquellos que se ponen metas y dedican su tiempo a ellas. Yo apenas puedo predecir que prepararé para comer la próxima semana. 


El último ejemplo lo tienes aquí. Llevo años escribiendo. Tenía diarios y libretas escondidos entre mis cosas para que nadie los encontrase. En ellos descargaba pensamientos de todo tipo. Cuando tuve mi propio ordenador dediqué muchas horas a pasar y poner en orden esos pensamientos. Ha sido como vomitar. Entonces me planteé la posibilidad de hacer lo que hoy es este libro. Pensé que si había decidido no callar más mi condición de víctima, de superviviente, y contarle a mis amistades lo que me había ocurrido de niña, no había razón para no sacar a la luz mis pensamientos. Así que me marqué el reto de hacerlo y enseguida mi monstruo entró al ataque. Primero me puse excusas: No tengo ni idea de ordenadores, no sé nada de internet, no conozco qué hay que hacer para publicar un libro, es un asunto que no le interesa a nadie, no les va a gustar como escribo… Después me puse plazos: Esperar a un ordenador nuevo, a que pasen las vacaciones, a después de navidad… un día me sentí valiente y me decidí, ahora o nunca. Pero en lugar de escribir un libro, abrí un blog. Lo hice una tarde con la ayuda de un amigo que maneja internet mejor que yo. En ese momento me hundí. Al leer mis propias palabras flotando sobre la foto de un faro que había elegido como fondo para ese blog, siendo consciente de que eran visibles a todo el mundo, me derrumbé. Hacía mucho que no me sentía tan mal. Volví a llorar y vomitar (siempre a escondidas, que nadie se diera cuenta) volví a pasar noches en vela por miedo a dormir porque las pesadillas habían regresado. Volví a tener doce años y me vi otra vez en mi cama, sin hacer ruido, inmóvil, mirando las moscas revolotear bajo la lámpara esperando a que él entre en mi habitación cerrando la puerta. Mi monstruo estaba tomando el castillo.


Pero esta vez ocurrió algo extraordinario. Cuando dejé de esconder mi condición de víctima, cuando me quité la mordaza de la boca, no me dio vergüenza decir a mis conocidos que estaba mal, incluso alguno de ellos se dio cuenta y me preguntaron sin problemas si me encontraba bien. Tuve algunas conversaciones con ellos, sin tabúes, consolándome, haciéndome sentir querida y apreciada, y fue realmente reparador. Poder hablar de cómo me sentía en ese momento fue la mejor terapia que he tenido en mi vida. Pero no fue fácil, casi fueron ellos los que me arrastraron fuera del pozo porque  estaba otra  vez construyendo la barrera, formando la coraza en la que esconderme hasta nueva orden. Y de hecho, mi familia más cercana continuó casi dos años más en la más absoluta ignorancia de la existencia de aquel blog, y aunque me vieron mal y no me vi con fuerzas para contarles la razón exacta, jamás me sentí presionada por ellos. Sabían que algún recuerdo se había reactivado, y que solo necesitaba su ternura, su consuelo y esperar que yo les hablase de lo que siento, o de lo que callo, y me hicieron ver que son como un rincón seguro donde acurrucarme cuando me siento herida. Y eso para mí es muchísimo. Ahí me planteé que mi próximo reto sería contarle a mi marido mi aventura en internet, pero eso sería otra historia y otra batalla contra el dragón.


Afortunadamente las aguas volvieron a su cauce. Supongo que el trabajo, que en esos momentos me mantenía entretenida, también me ayudaba a ocupar mi mente. Los métodos de relajación funcionaron pero me sentí como si despertase de una noche de resaca aún en medio de la bruma y sin saber muy bien qué dirección tomar. Todavía quedaron resquicios durante un par de semanas. Una parte de mí siguió diciéndome que no debería haber hecho el blog, que los más cercanos pensarían que era un asunto personal, íntimo, que nadie tiene porqué conocer, porque demostraba que estoy sucia por dentro; otra parte me decía que sí, que estaba muy bien, que no importa lo que opinen los demás si con esto alguna víctima se siente un poco más valiente… y que también me ayudaba a mí de una forma que entonces no comprendía. Recibí muestras de apoyo, ni un solo correo fue negativo, por lo tanto al final llegué a la conclusión que había sido una buena idea el blog o al menos no el desastre que me vaticinaba mi monstruo. Pero durante muchos meses seguí aterrada. Cada vez que llegaban mensajes nuevos, entraba en un estado de ansiedad enorme y a medida que la relación que tenía con el remitente era más estrecha esa ansiedad era mayor. A veces me sentía como cuando tenía dieciocho años y esa ansiedad me empujaba a hacer tonterías y a correr riesgos innecesarios. 


Pero desde entonces, creo que ahora los “riesgos” que corro son buenos para mí. Mi pareja no siempre me apoya, lo que me demuestra que empiezo a ser capaz de tomar mis propias decisiones (errores incluidos) y que el monstruo no forme parte de ello. Empiezo a tomar el control, Aunque a veces haya bajones, aunque a veces él me envenene la cabeza y necesite volver a rehacer mis pensamientos, tengo la sensación de que ahora eso ocurre cada vez con menos frecuencia. Y  esa sensación me encanta. Porque cuando estoy bien, cuando pienso en positivo, me siento realmente orgullosa de lo que hago. Tengo la sensación de que nada puede pararme y me siento muy poderosa.



"Los monstruos son reales, y los fantasmas también, viven dentro de nosotros, y a veces, ellos ganan"

Stephen King. Escritor estadounidense.

Capítulo 1 RECONSTRUYENDO EL PUZLE

Recuerdo la casa fría y oscura. Yo estaba viendo la tele en la habitación de mis padres. Ellos en la cama y yo sentada en una banqueta de madera junto a la puerta. Entonces mi padre me invitaba a meterme en su cama para ver a Los Chiripitifláuticos mas calentita. En medio de los dos. ¡Qué ilusión que papá y mamá me dejasen estar con ellos! Con seis años, recibir ese gesto de cariño era tocar el cielo. Ahora, cincuenta años después, creo que yo era como esos perros apaleados por sus dueños que, a pesar de los golpes, mueven el rabo en señal de sincera alegría cuando ese mismo amo les hace una caricia. Porque ahí recuerdo los primeros tocamientos de mi padre. Donde jugaba conmigo y me decía que le tocara la piel para comprobar lo suave que la tenía. Es la única vez que le recuerdo amable conmigo. Y no, no son recuerdos malinterpretados. Los padres normales no juegan con sus hijas tocándolas como él me tocaba a mí. Ahora lo sé. Ahora sé que soy superviviente de abusos sexuales en mi infancia.

Otro recuerdo habitual de mi infancia es despertar en mi habitación y mirar las moscas revoloteando alrededor de la bombilla desnuda del techo, dibujando polígonos irregulares que yo intentaba retener en mi memoria para ver si los dípteros repetían algún patrón de movimiento. El siguiente pensamiento era observar la luz de la ventana y calcular cuan avanzado estaba el día. De esa forma sabría si mi madre ya se ha ido a trabajar. Si no oía ruidos en la casa me quedaba quieta, sin moverme, sin hacer ruido, para que mi padre creyese que yo aún no había despertado porque ya estaba muy habituada a su nueva rutina. Y cuando escuchaba los muelles del somier de la otra habitación me acurrucaba de lado, mirando la cama vacía de mi hermana, cerraba los ojos y escuchaba completamente inmóvil fingiendo dormir. Le imaginaba asomarse a la puerta entornada y quedarse bajo el quicio durante unos segundos interminables para mí. A veces entraba, a veces no. 


Si pudiera condensar mi infancia en una sola palabra sería: esperar. Esperar a que él entre, esperar que sea rápido, esperar a que termine. Esperar a que pasen los días, las vacaciones. Esperar a que alguien me escuche, a que alguien me crea, a que alguien me ayude. Esperar a que pase el tiempo, a que se acabe la infancia, a ser un poco mas mayor. Y después, esperar a que pasen los años, a que el próximo sea el último de mi vida, a que llegue el sueño. Esperar a que ese sueño sea eterno. 


Fue la muerte de mi padre precisamente lo que me hizo dejar de esperar y empezar a moverme intentando hacer una reconstrucción de mi historia con los recuerdos que me quedaban en la mano, porque eran menos de los que había en realidad y estaban todos revueltos. Y a lo largo de estos últimos años he tratado de desgranar las etapas de mi vida buscando explicación a algo que no la tiene. Lo hice a través de un blog que abrí en internet, de nombre “Némesis En El Averno”, intentando exteriorizar cómo se siente una sobreviviente de Abuso Sexual en la Infancia. Y durante el proceso descubrí que en realidad me lo estaba revelando a mí misma. Averno era el nombre antiguo que se le daba a un cráter cerca de Cumas, en Italia. Se creía que era la entrada al inframundo. Siempre he tenido la sensación de caminar junto a un precipicio. Siempre con el riesgo de caer abajo, siempre imaginando que me despeño. Esta fue mi manera de sortear ese cráter, reconociendo mis propias limitaciones y buscando nuevas piedras sobre las que asentar los pies y afianzar las manos. El nombre de Némesis es algo más largo de explicar. Pero cada cosa a su tiempo, empecemos por el principio.



Es difícil resumir mi historia porque mis recuerdos son sesgados, incompletos y casi siempre tengo problemas para ubicarlos en un tiempo determinado de mi línea temporal. Nací durante la última década de la dictadura franquista en el seno de una familia muy humilde. Mi padre era pintor “de brocha gorda”, como llamaban a los obreros que trabajaban con la escayola, aplicaban pintura en la pared o colocaban el papel de decoración muy de moda en esa época. Pero en la intimidad familiar era un maltratador tipo, amo y señor de su casa, y agresor sexual. Mi madre era una triste y enfermiza esposa entregada a Dios y a su marido tal y como mandaban los cánones de la época. Soy la menor de cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, y todos hemos pasado por la misma situación pero con distintos resultados: Uno cruzó la línea, mi hermana se encerró en la negación, el otro se refugió en el olvido y yo vivía en una carrera constante hacia la autodestrucción. 


Pocos días después de que yo naciese mi madre fue ingresada por una prolongada afección de columna que la obligó a pasar dos veces por quirófano y le llevó varios años de rehabilitación. Sin ningún otro familiar que pudiera cuidar de mí, fui internada en una institución gubernamental. Durante el franquismo las jovencitas de buena familia hacían una especie de Servicio Social obligatorio en la llamada Sección Femenina, disuelta tras la muerte del General Franco. El destino quiso que una muchacha de diecisiete años que pertenecía a otra clase social muy diferente a la mía estuviese haciendo ese Servicio Social allí en ese momento. Cuando hablo de esa persona de mi infancia siempre me refiero a mi Hada Madrina porque, como en los cuentos, ella se encargó de rescatarme de las fauces del dragón. Así que cuando os hable de “mi Madrina” o de “mis Padrinos”, a ella y a su familia me refiero. Ella es la persona mas importante de mi vida, más incluso que cualquier miembro de mi familia biológica. Me conoció en la casa-cuna donde me ingresaron al nacer y vivió quince años luchando por darme unas mejores condiciones de vida. O esa es la sensación que siempre he tenido. No sé qué es lo que percibió mi Madrina en mí cuando aún era un bebé, pero empezó a llevarme los fines de semana a su casa, con sus hermanos, para que yo tuviera un contacto más familiar, y enseguida se percató de lo que ocurría. Según palabras de mis Padrinos, en las pocas ocasiones en que mi padre venía a visitarme al orfanato ya aprovechaba para meter el dedito donde no debía con la consiguiente infección vaginal. A partir de ahí, mi Madrina y su familia trasladaron su vivienda a otra ciudad y empezaron una cruzada por mi custodia hasta que un juez dictaminó, demasiado tarde, que ella tuviera mi Patria Potestad. En esos años no fue posible evitar el daño, porque fue un constante movimiento de vida: ahora con mi Madrina, ahora con mis padres, ahora con mi Madrina… y en los intermedios, interna en algún colegio por orden del Alto Tribunal Tutelar de Menores. 


Siempre digo que tuve dos infancias: un cuento de hadas y una película de terror. En el cuento vivo con mi Madrina feliz, muy feliz; en la peli vivo con mi monstruo. Obviamente no recuerdo cuándo empezó, porque siempre ha sido una reminiscencia de mi memoria desde mi más tierna infancia. Tengo asociada la convivencia con mis progenitores con el cinturón de mi padre y sus manoseos. Pero si recuerdo que, con los años, a los tocamientos habituales se sumaron otras prácticas, incluidas las violaciones, agresivas, angustiosas, terroríficas... Hasta que con trece años cesaron los abusos de forma abrupta y volví a la localidad de mis Padrinos de manera definitiva. Pero ese final aún no lo recuerdo, permanece en sombra en mi memoria y nadie ha podido darme datos exactos de lo que ocurrió. Las versiones son contradictorias y yo no tengo recuerdos para avalar una u otra. Lo único que sé es que las agresiones terminaron pero no el dolor. Yo llamo a esa etapa “mis Años Oscuros” que para mí son casi mucho más perturbadores que los abusos en sí. Con noches en vela por miedo al sueño, por las pesadillas; o de buscar sustancias para dormir en exceso, tratando de no tener recuerdos recurrentes que me rompían como una nuez. Y con comportamientos que distan mucho de ser normales. Conductas de riesgo, drogas, sexo compulsivo, alcohol, intentos de suicidio… Una etapa que se alargó hasta mis diecinueve o veinte años en que tuve la extravagante idea de volver con mi familia biológica junto al agresor al que siempre he recordado como tal y jugando al juego de la familia feliz con sus muertos en el armario. La “Hibernación” fue un periodo mas tranquilo. Doloroso igualmente porque los recuerdos, la culpa y la vergüenza seguían ahí junto a todas las secuelas que me han acompañado toda mi vida. Seguía esperando pacientemente la muerte, esta vez sin ir a buscarla, mientras me construía una careta perfecta para ser invisible y pasar escondida el resto de mi existencia. ¿Quién se fijaría en una esposa discreta, madre de un niño que vive en una humilde casa de campo alejada del mundo? No era la muerte que siempre había ansiado, pero se le parecía bastante. 


El fallecimiento de mi primer agresor rompió toda esa rutina que yo me había creado. La cuevita donde voluntariamente me había encerrado se vino a bajo con la defunción de mi padre, y lo que yo creí que jamás ocurriría, porque yo nunca volvería a hablar de mis abusos dadas las malas experiencias que había tenido en el pasado al contarlo, sucedió. Rompí mi silencio. Esta vez sin retrocesos, sin retiradas al escondite, sin bajar la mirada. Me sentía tan rota que ya no me importaba lo que ocurriera a mi alrededor. El mundo podía irse a la mierda, pero yo no iba a protegerme más. Fue como quitar la anilla a una granada y esperar a que la explosión se lo llevara todo por delante. Pero con un sorprendente resultado, porque en lugar de explotar, me despertó. Despertar me supuso reconocer el daño y ser consciente que el dolor que llevaba años padeciendo tenía origen en los abusos de mi padre. Con las nuevas tecnologías tuve un avance importante al tener acceso a información y ayuda a través de la red. Me registré en un foro de internet para supervivientes de abusos sexuales en la infancia y empecé a conocer a otros que habían pasado por la misma experiencia que yo. Fue sanador. Mi etapa de “Rehabilitación” había dado comienzo. Creo que el hecho de estar asentada, que me hubiera casado rehaciendo mi vida alejada de mis dos familias, es lo que por fin me llevó a buscar la mejor forma de ayudarme a mí misma. Y al despertar puse en marcha mecanismos que creo que llevaban engrasados desde hace tiempo, a la espera de ponerlos a funcionar. 


Mi blog ha sido la prueba mas palpable de mi etapa de Rehabilitación. Escribir en él ha sido terapéutico y me ha dado la oportunidad de interactuar con otros internautas, muchos supervivientes como yo, con los que he crecido y madurado muchísimo. Pero en estos años donde he roto mi silencio han surgido recuerdos nuevos, pedazos del puzzle de mi propia vida que ni siquiera sabía que existían porque mi mente me los había ocultado -según me dicen los que saben de esto- hasta que estuviera preparada para reconocer y procesar esos recuerdos. Y ahora estoy ante una mesa tratando de armar ese puzzle de diez mil piezas sin foto de la caja, sin ni siquiera tener muy claro cómo será el resultado final. Porque a mi original abusador, mi padre al que siempre recordé, se han sumado otros agresores que he recordado en estos últimos años.


Los abusos sexuales me han dejado muchísimas secuelas que durante años me han impedido avanzar en mi vida. He sentido autentico odio hacia mí misma por lo que creía haber hecho en mi infancia. La degradación a la que me vi sometida fue tal que mi autoestima se puso en números negativos y estaba convencida de no valer absolutamente nada como persona. Jamás tuve el valor de emprender nada que valiera la pena el esfuerzo porque yo no me lo merecía, empezando por mis estudios. Aun hoy me considero una cateta inculta que ha perdido todas las oportunidades de educación que pusieron a mi alcance. Me he sentido sucia durante años por el sexo descontrolado y en muchas ocasiones inducido en el que me sentía avocada a participar. Mi vida social se limitaba a escaparme por la ciudad y buscar a algún desconocido que apagase el dolor que sentía dentro, con relaciones muy violentas de las que después me arrepentía, llorando amargamente, y diciéndome a mi misma que era una furcia porque había disfrutado del sexo, con lo que seguían periodos de castidad en los que no soportaba el mas mínimo roce de nadie. He sentido vergüenza de mí misma por la masturbación compulsiva que ya había iniciado de muy niña hasta llegar al dolor. Me he sentido una bala perdida por las pastillas y los intentos de suicidio. Por hacer cosas sin mirar el peligro que conllevaban. Mi juego con las drogas y con otras prácticas de riesgo eran en el fondo una manera de intentar matar esos recuerdos, sin medir las consecuencias, y siendo plenamente consciente de ello. Podría hablar de mi relación con mi marido, de lo mucho que aún me cuesta intimar con él, de lo mal que me sentí el día que supe que estaba embarazada… Lo cierto es que poca gente imagina el destrozo mental que te hace esto.


Yo tuve la inestimable ayuda de mi Madrina que estaba en el lugar adecuado en el momento justo, y gracias a ella, y a toda su familia, que me acogieron como una más de ellos, creo que ahora he conseguido reconocer y valorar lo que me ocurrió en su justa medida, y de esa manera poder curar mis heridas con mayor o menor acierto. No es una tontería: la mayoría de las víctimas de abusos sexuales infantiles viven escondidos y se llevan su secreto a la tumba tras una vida triste e incompleta porque a veces parece que no nos recuperamos del todo. Parece que siempre habrá una fisura, una sombra negra que de vez en cuando nos envuelve la mente y tenemos que volver a reconstruirnos. A veces creo que mi herida siempre estará abierta. Pero ahora sé que la herida se puede cerrar aunque quede una visible cicatriz. Mi calidad de vida puede ser espectacularmente buena en comparación con lo que esperaba de mí misma. He descubierto que desde que hablo y escribo sobre lo que me ocurrió de niña, me siento mejor, mas "limpia" mas liberada. Por supuesto mis amistades lo saben y tengo la sensación de que es la hora de hablar, de gritar y de no esconderse. Los únicos que deberían haberse avergonzado son mis abusadores y sobretodo mi padre por ser el primero y el que creo que mas ha perdurado en el tiempo, que no merece ni la tumba en la que está enterrado. Ahora, soy una mujer con una pareja estable y con un hijo, que vive en familia, con una vida tranquila y con todo mi pasado sobre mis espaldas, pero feliz. Quiero ser la prueba de que los malos tratos y los abusos se pueden superar, se puede aprender a vivir con ellos sin que minen tu mente ni boicoteen tu vida. Si alguna víctima me lee, quiero que sepa que se puede escapar. Que no pierdan la esperanza. Para los que no son víctimas, tenéis que saber que junto a vuestras vidas existen lobos con piel de cordero. No miréis para otro lado. 



Esta es y ha sido mi vida hasta hoy. Pero, para que el lector no se pierda, he querido dejar un breve esquema de mi historia que iré ampliando a lo largo de este libro a medida que vaya hablando de mi infancia, los Años Oscuros, la Hibernación, la Rehabilitación... para que se entienda a qué me refiero en cada momento, puesto que hay saltos temporales entre capítulo y capitulo e incluso dentro de cada una de las que fueron mis entradas al blog; que es en realidad lo que vas a leer. Quiero intentar aclarar la línea temporal de mi vida porque incluso a mí misma me parece, a veces, caótica: 


Al nacer me llevaron a un orfanato donde me conoció mi Madrina y mis Padrinos. Viví esos primeros años de vida entre su casa y el orfanato, con visitas esporádicas a la vivienda de mis padres. A mis cinco o seis años me fui con mis padrinos a otra ciudad donde mayormente vivía en el periodo escolar, pasando las vacaciones con mis padres donde ocurrían los abusos. Hasta que a los trece años volví con mis Padrinos de manera permanente. Entonces se inició el periodo más oscuro y caótico de mi vida, donde estallaron todas mis secuelas con fuerza. La relación con mi familia adoptiva empezó a degradarse porque yo me sentía un estorbo y al final acabé volviendo con mis padres a mis veinte años. Ahí la caída fue libre. Ya no había abuso sexuales, pero había abusos psicológicos por parte de todos ellos. Cuando no pude más me independicé. Resultó ser la mejor opción, porque fue cuando conocí a mi actual pareja, me casé, tuve un hijo e inicié mi periodo de curación. 


En este libro encontraréis mas detalles de mi vida, detalles desgranados minuciosamente, analizados para poder comprender mejor mi propia existencia y mi proceso de sanación. Porque lo que vais a encontrar aquí es básicamente los pasos que he dado a lo largo de ocho años para salir del Averno y que dejé en su día plasmados en las entradas de mi blog. Decidí recopilarlas en lo que ahora son estas páginas, pero he querido mantener la advertencia que ya hacía entonces: Algunas de esas entradas describen escenas que para los supervivientes podrían ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos. Esto es porque no quise omitir nada. En ese momento necesitaba ante todo ser sincera conmigo misma. Muchos de mis traumas he logrado procesarlos gracias a poder plasmarlos en papel. Lo que vas a leer es una selección de las entradas que más marcaron los senderos que seguí para ascender en mi vida y poder disfrutar de la vista, que ahora puedo decir que es preciosa.


La obra está dividida en tres partes. La primera, la más caótica (porque era como me sentía cuando empecé a escribir) habla de mí, de mis orígenes, de cómo soy, cómo era, cómo pensaba y cómo me sentía en numerosos campos de mi vida. Porque los abusos sexuales en la infancia lo trastocan todo en nuestras vidas. La segunda parte es mi proceso, la evolución de mis pensamientos, cómo empecé a ganar pequeñas batallas internas conmigo misma. En el último tramo del libro es más evidente que mi sanación está en marcha, porque ya hago cosas, aplico nuevos pensamientos y tomo decisiones gracias a trabajar mi historia, hacer terapia y curar mi herida interna. 


No soy una heroína. No tengo un talento especial ni soy un caso aislado. Sólo soy una superviviente más como tantos hay en el mundo. Simplemente quiero compartir mi historia contigo porque es la historia de muchísimas personas. Quiero darles voz a través de la mía. Espero que cuando termines de leerme tengas una visión más real de lo que son los abusos sexuales en la infancia y de todo lo que implican.



“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad” 
Albert Einstein (1879 - 1955) Físico y científico Alemán


NUEVOS CAMINOS

Te habrás dado cuenta, si ya conocías el blog, de las pocas entradas que hay. No, no es un fallo en Matrix. He eliminado la mayor parte de ellas. La razón es simple: He decidido transformar las casi cien entradas que he escrito a lo largo de ocho años en un libro. Espero que más pronto que tarde pueda anunciar aquí que mis escritos son una realidad que puedes adquirir en una librería o a través de internet. De momento me estoy dedicando a retocar esas entradas, a buscar financiación y alguien que quiera editar mi proyecto. Por lo tanto si has llegado aquí buscando una entrada concreta o por la recomendación de alguien, te pido paciencia. 

Si no lograse mi objetivo volveré a colgar las entradas tal y como estaban. Mientras tanto, sigue buscando. Hay muchos supervivientes como yo que utilizan internet como forma de comunicación y asociaciones que estarán encantadas de ayudarte si lo necesitas. 
Gracias por tu visita.


"Todo poder humano se forma de paciencia y de tiempo"
Emerson (1803 - 1882) Poeta y pensador estadounidense.

CARTA ABIERTA A LA SOCIEDAD



Respetado político, estimada prensa, querida sociedad:

Me dirijo a ustedes con intención de explicar una situación anómala que viene aconteciendo desde la noche de los tiempos, pero que hasta ahora no hemos sido capaces de reconocer como un problema. Un problema muy grave. Hablo de los Abusos Sexuales Infantiles.

A veces creo que el mundo entero vive dentro de una cueva oscura, y sólo unos pocos nos atrevemos a ver la realidad. Porque parece que todo el mundo se empeña en mantener los ojos cerrados. Como si no desearan mirar por si mismos una realidad que se esconde detrás de las puertas, dentro de las camas, en los dormitorios infantiles, en el fondo de los armarios, enterrado bajo tierra, como los muertos.

YO SUEÑO



Yo sueño con poder hablar con mi pareja de mis abusos sin interrupciones, sin sentirme avergonzada. Sin tener la sensación de que mi pareja esta incómoda con la conversación, de que se lo toma como un trámite desagradable con el que tiene que vivir, como aguantar el comentario del vecino sobre el tiempo en el ascensor. Y sueño con que después del diálogo, donde le he podido explicar todo lo que me ocurre y porqué me ocurre, mi pareja sea capaz de tratarme y comprenderme por completo, sea capaz de leer mis señales sin ese gesto que sin querer, por décimas de segundo, refleja la incomodidad del momento. Sueño con que ha sido mi imaginación la que me ha hecho pensar que a mi pareja le fastidia el tema de mis abusos.

Yo sueño con dormir sin pesadillas, con acostarme por las noches sin tener que confiar en la suerte de que esa noche pueda dormir y descansar sin sueños perturbadores. Sueño con levantarme animada y con energías para afrontar un nuevo reto.

Yo sueño con sentirme bien en mi cuerpo, con mirarme a un espejo y no sentirme un monstruo, con salir de compras y ver en los escaparates la ropa que me gusta, y probármela y sentirme preciosa. Sueño con estar entre la gente y sentir que todos opinan lo bien que me ven y lo mucho que me cuido, sin el temor a que existan intenciones ocultas.

Yo sueño con Salir de mi casa sin sentirme extraña, desarropada, sin desear que el mundo se detuviera para que nadie pueda verme, sueño con salir y poder hablar con los vecinos o los amigos sin sentir que me miran de forma distinta, porque soy un bicho raro. Sueño con hablar en público y sentir que todos entienden mis palabras, aunque no compartan mi opinión, que están llenas de lógica y razonamiento.

Yo sueño con ser la vecina del piso de abajo, con ser la chica del anuncio, sueño con no ser yo, que no pude terminar ni el bachiller. Sueño con ser la mujer de éxito que están entrevistando en la tele, que ha conseguido de la nada ser todo un ejemplo a base de esfuerzo y tesón, con una capacidad de trabajo e inteligencia diga de elogio.

Yo sueño con que a la gente y a mí nos gusta quien soy y como soy. Sueño con decir al mundo que he sido víctima de abusos, pero que forma parte de mi pasado y nadie me juzga por ello. Ni siquiera yo.



"Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando."

Martin Luther King, Jr. (1929-1968) pastor de la iglesia y activista de los derechos civiles.

La Revolución Fluorescente