Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.
La mayoría de las veces, cuando me siento nostálgica, pienso en los extraños giros que da el destino. Cuando nací, mi madre fue ingresada durante muchísimo tiempo por una operación de espalda. A mi hermano, el que tiene un año más que yo, y a mí nos ingresaron en un orfanato durante su convalecencia, pero en plantas diferentes. En mi sección trabajaba mi Madrina y gracias a ella, salí del ambiente familiar que mi padre mantenía en un círculo cerrado, como la mayoría del los maltratadores suelen hacer. Ese fue mi propio efecto mariposa. Si ella hubiese trabajado en otra planta, no me hubiera conocido, y mi vida habría sido muy distinta. Probablemente peor de lo que fue, que no es poco. Pero a pesar de su inestimable ayuda, el daño ya estaba hecho, mi padre ya sabía manejar con maestría su aberración, y mi madre y mis hermanos mayores no ayudaron en absoluto. Tras los abusos, mi vida fue dando tumbos sin rumbo, a pesar de los esfuerzos de toda la familia de mi Madrina, mi familia adoptiva. Fueron lo que yo llamo mis “Años Oscuros”. Hasta que volví a la casa de mis padres.
Tenía casi veintidós años, estaba metida en una depresión y cada vez me encontraba más fuera de mi lugar con mis padrinos. Tenía el convencimiento de no pertenecer a aquel ambiente, mi sitio era con la escoria. Entonces llegó una llamada de mi madre donde empleó su victimismo con su maestría habitual y me convenció de que regresase a ver a mi padre, que estaba enfermo, para “que viese a sus hijos por última vez”. Viajé con intención de estar sólo un par de días, al final tomé la decisión de quedarme a vivir de nuevo en mi tierra natal. Fue un error retornar a la casa de mis padres, ahora lo sé, pero sin embargo, gracias a ese error hubo un acontecimiento en aquella casa que me cambió por completo. La fecha es curiosa, un dos de mayo, cuando en España se conmemoran lo que llaman Los Levantamientos Del Dos De Mayo, unos hechos acontecidos en 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas. Yo, de alguna manera, tuve mi propio levantamiento.
Cuando regresé con mis padres había llegado a una especie de acuerdo en el que quería cerrar lo ocurrido en el pasado, pero que no renunciaría de ninguna manera al cariño que siento por mis padrinos, que me acogieron como a una más de su familia y me dieron la educación que mis padres no se habían podido permitir. Tras casi un año de aparentar que éramos una familia, un año en que volví a ser como la pequeña de diez o doce años a la que manipulaban a su antojo, quise volver a pasar unos días en la casa de mi Madrina. Ya era adulta, y a pesar de que no les gustaba (sobretodo a mi hermana) que siguiera en contacto con mis padrinos, no pudieron impedir que mantuviese el cordón umbilical con las personas que me han mantenido con vida. Era como salir a respirar después de vivir bajo el agua.
Cuando estudiaba BUP mi padrino me había regalado un juego de rotuladores de tinta china de sus años de estudiante de arquitectura. El modelo era viejo pero de alta calidad y cada cartucho había que rellenarlo con un botecito de tinta que venía con el juego. Mi habilidad con las manos no es muy buena, así que opté por hacerme con una jeringuilla de plástico de las vacunas de los niños, y la guardaba con los rotuladores para recargar los cartuchos. Con el tiempo el juego de tinta se guardo en una caja junto a otros recuerdos y la caja había viajado con todas mis cosas a la casa de mis padres. Yo sabía perfectamente donde estaba guardada la jeringa. Cuando regresé de aquellas mini vacaciones con mis Padrinos, mi madre y mi hermano mayor me esperaban acusadores y me mostraron la jeringuilla que habían encontrado con restos aun de tinta. Quedé sorprendida. Para encontrarla hubo que rebuscar concienzudamente entre mis cosas, una a una. Me acusaron de estar enganchada a la heroína. Se empeñaron en decir que la cánula estaba sucia de sangre seca. Fue irreal. He tomado drogas sin control, es cierto, no me siento orgullosa de ello. Pero en aquella época que estaba “limpia” me ofendió mucho que me acusaran injustamente de algo y que registrasen mis cosas sin mi permiso.
Luego lo recordaría todo como a cámara lenta. La habitación pequeña, la luz del sol entrando por la ventana iluminando directamente la sillita de madera donde mamá se sentaba a coser por las tardes porque la claridad era perfecta para sus ojos, la plancha enchufada preparada para mi padre que volvería en cualquier momento a buscar su camisa planchada, y mi hermano, enorme, tapando la única salida. Por un momento, al mirarle, en mi mente se superpuso la imagen de mi padre, lo cierto es que físicamente se parecen bastante.
La discusión empezó a subir de tono, hasta que se tocó el tema estrella: mis Padrinos. Seguramente cuando regresé por la enfermedad de mi padre, se habían hecho ilusiones de que había vuelto por decepción, renegando de mis Padrinos y con propósito de enmienda. Nadie dentro de la familia había osado acusar al cabeza de familia de malos tratos, y mucho menos de abusos; era una vergüenza que nadie, por nada del mundo, debía conocer. Y yo me había saltado ese código de silencio. Supongo que habría que hacérmelo pagar tarde o temprano, y mi hermano ahora era el nuevo cabeza de familia a todos los efectos. Era de locos. Mi madre y mi hermano acusándome de haber renegado de la familia por dinero, y yo intentando justificarme, que lo de menos era el nivel de vida que había disfrutado. Para mí lo importante siempre había sido la seguridad que encontraba bajo la protección de mi familia adoptiva. Fue inútil. Como hablarle a una pared. Incluso justificaron los abusos sexuales. “A todos nos ha tocado más de la cuenta, hermanita. ¡No te creas tan excepcional! Si los demás lo soportamos, tú, también. ¡Supéralo!”.
No recuerdo en qué momento mi madre abandonó la habitación, pero el altercado se había ajustado a un solo frente, mi hermano, y que justificase trece años de abusos me pareció excesivo. No sé cómo la discusión empezó a derivar en mi Madrina. Tal vez hablar de ella fue lo que encendió su interruptor. Tal vez mi hermano esperaba la excusa perfecta.
–Creo que a tu “madrinita” lo que le hace falta es un buen “polvo”, para que aprenda a no meterse donde no la llaman.– me lo susurró al oído, agarrándome el brazo fuertemente. –Y tal vez a ti también.– Y con la mano libre me rozó la mejilla.
Se me cortó la respiración y me recorrió un escalofrío por la espalda. Era papá. Mi padre se había ido a jugar la partida de dominó al bar de la esquina, pero su espíritu se había trasladado a ese hombre que cuando yo era pequeña me llevaba caramelos vestido de soldado. Y a papá había que temerle. Intenté soltarme del brazo de mi hermano, pero me agarró con más fuerza, Su rostro se aproximó a mi cuello, como si estuviese oliendo un perfume, y me besó bajo la oreja con mucha suavidad. La indirecta fue demasiado para mí. No pude evitarlo, mi mano fue más rápida que mi mente, le di una sonora bofetada y se desató la locura.
Solo recuerdo con certeza tres golpes, el primero, un puñetazo en la cara que me dejó aturdida, y los dos últimos, cuando me lanzó contra el armario provocándome una hemorragia nasal, y cuando una vez en el suelo, levantó la sillita de costura de mi madre y la partió sobre mi espalda. Los puñetazos intermedios me caían desde todas partes, sin manera de protegerme, de tomar una posición defensiva que al menos me hiciera aguantar mejor los golpes, porque cuando parecía acurrucarme, él me volvía a levantar, como un monigote, para poder golpearme mejor.
Hasta que me partió la silla de costura de mi madre en la espalda. Entonces me levantó y me empujó de espaldas al armario y se acercó a mí juntando nuestros cuerpos, sujetándome las muñecas y acercando su rostro al mío. Podía sentir su aliento en mi propia cara, y algo mucho más escalofriante: con el contacto, noté que mi hermano tenía una erección. Soltó una de sus manos y después de asegurarse que yo permanecía inmovilizada, me tocó el pecho, sobre la ropa, para después ir bajando, en una siniestra caricia, a lo largo de mi cuerpo, susurrándome al oído:
–A mí, nadie me pone la mano encima. Y menos una putita como tú, que a saber lo que habrá hecho en ****** (la ciudad de mis padrinos), a no ser que pretendas otra cosa…– intentó meter la mano dentro de mi pantalón.
Aun no sé cómo lo hice: empujé con todas mis fuerzas y me solté de mi hermano el tiempo suficiente como para coger la plancha aun caliente, que seguía milagrosamente encima de la tabla, y elevarla sobre mi cabeza, y le amenacé: –¡¡si me tocas te juro por dios que te abro la cabeza!!
Me sentí fría, tranquila, era como si el tiempo se hubiera detenido. Le miré fijamente, sin miedo, ya no me importaba nada. Ocurriera lo que ocurriera esto se había acabado. Y nadie más me iba a intimidar, o me iba a humillar más de lo que yo misma me humillaba. Y sería la última vez que usasen mi cuerpo para desahogo de ningún tipo. Era el final. Solo esperaba que mi hermano me diera el golpe de gracia. Que cumpliera la sentencia de muerte que mi padre nunca me había otorgado. Le estaba provocando.
Sin duda le caigo bien a alguien de ahí arriba. Porque contra todo pronóstico, mi hermano se me quedó mirando un momento, reflexionando, y simplemente se giró y salió de la habitación. Instantes después se oyó la puerta de la calle cerrarse violentamente. Viví la escena como si fuese sólo un espectador más, sin ser consciente de que mi boca y mi ropa se habían manchado de sangre, después todo se volvió confuso, se me nubló la vista y mis piernas se negaron a sostenerme, tuve que sentarme en el suelo. Mi madre volvió a la habitación al oír el portazo. Empezó a decirme que no le provocara, que le perdonase, que tenía el mismo carácter que mi padre. Que era injusta, que mi hermano me quería muchísimo… Ya no quise escuchar más. Recuerdo cambiarme la camiseta, asearme un poco y salir de aquella casa en medio de una enorme confusión mental. Empecé a caminar por la calle, sin rumbo, creo que estaba en estado de shock. Lo primero que pensé fue en buscar una farmacia. Acababa de tocar fondo, y estaba cansada, muy cansada. Y lo cierto es que no quería seguir. No me veía con fuerzas para asumir que después de haber sido violada por mi padre durante trece años, después de hacer cosas que sonrojarían al mismísimo diablo, además mi propio hermano también me había agredido. Hasta que pensé en mi pareja, con el que llevaba unos meses, y en mis Padrinos, que no se merecían esto después de tanto esfuerzo.
No sé si conocéis el discurso que Steve Jobs, presidente de Apple, dirigió a la audiencia de la universidad de Stanford en junio del 2005. Contaba tres historias. Y las tres estaban conectadas: “No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en su futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea”. Creo que a mí me ocurrió algo similar. Uní los puntos. O al menos una parte de ellos lo bastante importante como para imaginar el dibujo completo. Ahí me di cuenta de todo: ¿a que había vuelto? ¿Qué demonios pintaba allí? En la casa donde mis recuerdos me destrozaban, junto al hombre que me había roto por dentro. Junto a la gente que no me había protegido, por el contrario, habían contribuido a que se perpetuasen las canalladas del ser depravado que dominaba mi vida, a callar y otorgar. Fue cuando decidí darle un rumbo nuevo a mi vida. Empezar de cero, como el fénix. Nada de refugiarme de nuevo en mis padrinos, nada de consentir la manipulación de mis padres y mis hermanos, que volverían a anularme como persona. Había estado a punto de ser violada por mi propio hermano y estaba aterrada, pero lo cierto es que decidí irme de esa casa, y buscar un sitio donde dormir esa misma noche. Tres días después conseguí encontrar la primera habitación en un piso compartido donde no me pedían una señal por anticipado. Tenía dos mil pesetas en el bolsillo, (el equivalente a unos 20 euros actuales) no sabía qué me deparaba el futuro, pero ya no podía ser peor que aquello. Era la hora de jugar a los dados. Y he de decir, que he ganado. Creo que desde ese día en que toqué fondo todo ha ido a mejor. Poco a poco, con algunos tropiezos, pero siempre hacia delante. Realmente ha sido agotador el viaje, pero ha merecido la pena.
Ahora puedo unir los puntos de nuevo, como aquel dos de mayo:
Mi madre ingresada tras mi nacimiento - Mi Madrina haciendo servicios sociales en un orfanato– yo, que era un bebé, en aquella institución de manera provisional – los abusos de mi padre – el rescate de mi Madrina – mis años oscuros – el regreso al escenario del horror. Y tras cerrar el círculo, he trazado una nueva línea tangente que se aleja del círculo cada vez más. Ahora puedo ver el dibujo completo. Y Esto es el resultado. No es perfecto, nadie dijo que sanar fuese fácil, pero es lo que hay, es lo que soy. No estoy curada. Tengo mucho camino que recorrer todavía. Pero si me veo a mi misma hace veinte años, no me reconocería, y creo que el cambio ha sido para mejor.
“No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás.”
Steve Jobs. (1955 - 2011) Empresario norteamericano, informático y presidente de Apple.