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Yo Sueño

Capítulo 9 CHICOS MALOS

 Fue una relación que mantuve de forma intermitente a lo largo de todos mis Años Oscuros hasta que volví a vivir con mis padres. Le conocí en el pub donde solía acudir un camello al que yo compraba perico. El “niño rico” (que ya no tenía nada de niño, porque tenía once años más que yo) me vio pasar y le dijo a su primo: “te apuesto una cena a que esa rubia se viene conmigo a mi casa este fin de semana”. Y así fue. “J” me encandiló con sus palabras y yo, que era muy joven (debía tener dieciséis o diecisiete años) me dejé encantar y pasé ese fin de semana en la casa de mi conquistador. Ese fin de semana y muchos fines de semana -y alguna semana completa- que hubo a lo largo de mi adolescencia. No tardé en descubrir lo que había bajo esa capa de brillo resplandeciente. 


Era un toxicómano con una fachada espectacular. Conducía un deportivo de gama alta y vestía ropa muy cara. Vivía habitualmente con sus padres y tenía una impresionante colección de discos -la mayoría de importación- cuyas estanterías ocupaban toda una pared de su enorme habitación. Creo que mi amor por la música es lo que más me atrajo de él. Era la única descendencia de un empresario que llevaba casi una década luchando porque su hijo se desenganchara de las drogas. Habían probado de todo pero no parecía que hubiera solución definitiva: Su hijo era, a causa de la heroína, un adolescente de quince años atrapado en un cuerpo adulto, incapaz de madurar y ser el hombre responsable que el empresario y su esposa hubieran deseado. Intentaron muchas veces que se mantuviera lejos de los amigos y del mundo al que estaba acostumbrado, en un esfuerzo constante por alejarle de los escenarios que le llevaban inexorablemente al desastre. 


Su madre vivía rota de tanta energía gastada por recuperar a su pequeño. La voluminosa mujer permanecía voluntariamente encerrada en casa desde hacía años intentando entender lo que ocurría. Aún la recuerdo relatarme cómo descubrió la adicción de su hijo tras un pequeño accidente de coche que le hizo pasar una noche en observación. Pude imaginar al médico de urgencias diciéndole que su chaval solo tenia lesiones leves, pero que tenia “pinchazos” en los brazos y ella, incrédula, diciendo: “¿Cómo no va a tener pinchazos? ¿Esta en un hospital, no? Le habrán dado algo para el dolor… ¡Que estúpida  debí parecer para aquel doctor!”, me decía. Tardo unos meses en ser consciente del daño irreparable que las drogas estaban haciendo en la mente y el cuerpo del único ser en la tierra que ella amaba más que a si misma. Decía que Dios no quiso concederle más que aquel consuelo tardío, a pesar de desear concebir cinco o seis hijos que alegraran su vida, y ahora su pequeño había entrado en un mundo que hasta entonces solo conocía por la prensa, pero que poco a poco fue descubriendo: primero las mentiras, los engaños; luego las extrañas desapariciones de algunas joyas de la familia, del dinero de la cartera de su padre, los pequeños hurtos en el vecindario, las primeras noches en comisaría, el peregrinaje de médico en médico, las amistades raras…


He rememorado esa relación con mi Chico Malo como aquellos que viven en cautiverio y solo conocen el espacio de su celda sin saber que están encerrados. Había fiestas, paseos a caballo, coches y motos de alta gama, palcos vip… pero era como vivir en una jaula de oro. “J” era manipulador y narcisista, pero tenía además los comportamientos de un maltratador psicológico que intentaba por todos los medios moldearme a su antojo e indicarme cómo debía hablar, vestirme o comportarme. Yo pasaba la semana cuidando a los hijos de mi Madrina o ayudándola en su negocio, y tenía llamadas constantes de este hombre para saber, en todo momento, dónde iba, qué hacía o con quién me relacionaba cuando no estaba con él. Si la relación hubiera sido actual posiblemente habría estado controlada por el móvil, vigilando las horas en las que estuviera conectada, exigiendo mis contraseñas en redes sociales e inspeccionando mis contactos. Eso si, él no tenía ningún problema en compartirme cuando la ocasión lo requería. Normalmente vivíamos con sus padres como si estuviéramos de hotel, pero tenía su propia casa muy cerca de la de sus progenitores a la que íbamos cuando quería organizar una timba o hacer negocios ilegales. No me gustaba ir a la otra casa. Yo siempre acababa siendo el “desahogo” de alguien. A veces de todos los hombres de la reunión. En una ocasión recuerdo ser el “pago” de una apuesta perdida. Él mismo me contó que, meses antes de conocerme, sus padres lo habían encerrado durante días en casa para superar uno de sus “monos”, refiriéndose al síndrome de abstinencia. Desde entonces alternaba ambas viviendas bajo el aparente control de su madre. Pero estaba claro que el método de reeducación no funcionaba. Tanto en una casa como en la otra, tirábamos las colillas al suelo y su madre sólo aparecía para llevarnos el desayuno, la comida o la cena. Ni siquiera sé quién o cuándo se limpiaba en ambas viviendas. Y a mí no se me ocurría pensar si ese comportamiento estaba bien o no, o cómo se sentirían esos padres cuya comunicación con su hijo se había reducido a la nada. Yo simplemente copiaba la conducta de mi “dueño” en esos momentos. “J”  me utilizaba además como escudo para hacer creer a sus padres que se había reformado porque yo daba el aspecto de una chica sana y modosita cuyo mayor defecto era que fumaba Marlboro. Pero sin que sus padres lo supieran de vez en cuando consumía marihuana, caía alguna rayita o alguna pastilla. Yo pensaba que era lista y que no me dejaría pillar con facilidad. Esa si que era vida y no iba a dejar escapar esa oportunidad. Creo que en aquella época yo misma participaba en el juego de “todos engañan a todos” y, como en la famosa escena de Reservoir Dogs, todos nos apuntábamos a la cabeza.


A veces yo interpretaba el papel del Buen Samaritano e intentaba negociar con él para que se comprometiera en dejar las drogas. Incluso pacté con mi Chico Malo que, a cambio, yo dejaría de fumar y beber. Ambos nos saltamos la promesa a escondidas el uno del otro. Recuerdo una noche de primavera que “J” consumió algo sin que yo lo supiera. Mi sospecha se hizo evidente cuando empezó a tener reacciones extrañas que a mí me dieron miedo, así que logré convencerle de volver a su casa. Su madre se negó a abrirnos la puerta al ver el estado de su hijo, y me culpó por ello: “¡Has dejado que vuelva a las andadas, así que aguántalo tú!”. “J”, en un arranque de ira, lanzo una piedra al automóvil aparcado de su padre rompiéndole la luna delantera. Aun recuerdo con horror aquella noche, a las tres de la mañana lloviendo a cántaros y paseando por la urbanización para evitar que se quedara dormido porque me dio por pensar que entraría en coma. (así de perdida estaba) A eso de las cuatro y media me di por vencida, me senté con él en el porche de la casa y pedí a aquello que estuviera por encima de todo que le concediera una segunda oportunidad a ese hombre que solo quería, como yo, un poco de atención. Al amanecer me despertó su padre moviendo la silla de jardín donde estaba acurrucada y me ayudó a meter en casa a su hijo, bajo la mirada acusadora de su madre, para que terminase de dormir “la mona”. Ni siquiera se me había ocurrido pedirles las llaves de la otra casa. Para mí eso fue como tocar fondo. 


Recordar aquello me hizo sonreír tristemente. El mundo de las drogas que yo conocía era muy distinto a lo que reflejaban las crónicas de la época. No había “yonquis” escondidos en callejones oscuros, con mirada perdida, que te abordaban pidiéndote un duro o dos para el transporte público. La imagen de las películas de “Torete” se parecían en el fondo, pero no en la forma. Los drogadictos como “J” o como yo nos ganábamos la confianza de los amigos con el objetivo de conocer sus costumbres, manipular, estafar y robar las joyas de la familia o los equipos de imagen y sonido de sus casas, para después negociar con sus dueños la recuperación de esos objetos. Pero todos con polos y jerséis de Lacoste apuñalándose elegantemente por la espalda. O seducir, en mi caso, a esos traficantes que tenían conexiones directas con Sudamérica para conseguir una dosis a cambio de sexo. La mayoría creíamos saber hasta donde podíamos llegar en el consumo de sustancias sin perder el control, y el resto… bueno, el resto eran negocios. 


Cuando lo dejamos definitivamente como pareja nos vimos alguna vez más como amigos. De alguna manera yo logré hacerle ver que la relación nunca llegaría a buen puerto si seguíamos con las drogas y estuvo de acuerdo. Así que decidimos dar por terminado lo nuestro para ver si por separado nos desenganchábamos. Yo lo logré (después de todo yo no era adicta a la heroína) pero meses después él volvió a caer. Cuando sus padres descubrieron que había vuelto a las andadas contrataron un "guardaespaldas" para él. Le acompañaba a todas partes para evitar que consumiera. Creo recordar que era un estudiante de psicología que estaba preparando no sé qué trabajo sobre las consecuencias de la drogadicción. Pero “J” le engañaba todo el rato. Presumía ante mí de lo inteligente que era y de cómo se las ingeniaba para esquivar los controles de su cuidador, y en ocasiones de la propia policía, para seguir con sus trapicheos.


No fue la única relación destructiva que tuve, pero es la que más recuerdo porque duró varios años de manera intermitente. Las hubo peores, mucho peores, tipos con los que pasaba un fin de semana, y de los que nunca llegué a saber su nombre, o directamente noches enteras en blanco, donde no recuerdo nada de lo que había ocurrido a causa del alcohol y las drogas. Recuerdo incluso una época en la que yo trabajaba en un pub y salía con dos chicos a la vez. Uno de ellos un muchacho de buena familia, el otro era mi compañero de trabajo que estaba casado y con dos hijos. Di por terminado todo eso el día que tomé el tren hacia mi tierra natal con todas mis cosas. Pero lo hice con un sabor agridulce: “J” se despidió de mí en el parking de la estación pidiéndome que le hiciera una felación (algo que siempre he odiado con toda mi alma) y no pude negarme. 


La historia con mi Chico Malo aún tuvo un epílogo. Estuvo en mi boda cuatro años después. Creo que fue la última conexión con los Años Oscuros que me quedaba. Mi marido sabía que era un ex mío, pero que habíamos quedado como amigos. Dos días antes de la ceremonia cenamos mi marido , “J”, su guardaespaldas y yo. Hubo un momento en que quedé a solas con “J” y me dijo: "Rubia (siempre me llamaba Rubia) ¿Qué te parece si salimos por la puerta de atrás, subimos al coche y nos volvemos a mi ciudad? La semana que viene nos casaríamos en los EEUU." Aún entonces intentó manipular. Y lo más gracioso de todo es que él no tenía carnet de conducir; la policía se lo había retirado por conducir borracho tras provocar un accidente con heridos leves. Mientras tanto, el guardaespaldas intentaba advertir a mi marido que tuviera cuidado, que “J” quería levantarle a la novia. Mi marido siempre me dice que en ningún momento tuvo miedo ni dudó de mí. Que ya me conocía lo bastante para saber que yo no cambiaría de opinión. Y sin duda me conocía mejor que yo, porque le dije a “J” que no, que había empezado una vida nueva, y que ya no me impresionaban sus cuentos y sus millones. A veces mi marido y yo aún nos reímos de esa anécdota. 


Ni siquiera sé porqué invité a “J” a mi boda. Creo que sentía lástima por él, o tal vez quería demostrarle que podemos evolucionar y crecer como personas, o yo misma estaba intentando auto boicotearme de nuevo, no lo sé. Lo cierto es que sólo le he sido fiel a mi actual pareja. En mis Años Oscuros yo estaba en una espiral de violencia, drogas, sexo y alcohol sin ningún tipo de control, así que me parecía lógico que, cuando estaba con “J”, él me controlase como lo hacía. Después de todo yo era una chica mala, tal vez lo que me hacía falta era alguien que me vigilase de cerca. ¿Por qué lo consentía? ¿Por qué dejaba que me utilizase? Ni siquiera se me ocurría pensar en si ese comportamiento estaba bien o no, si yo me estaba infravalorando como persona y dejando que mi pareja me degradase también. Ni se me pasó por la cabeza. En ocasiones la esclavitud es tan férrea que el propio esclavo defiende vivir esa posición porque está convencido de que esa es la posición natural de las cosas. No te planteas otra forma de verlo. Ahora no hubiera hablado con él siquiera, era tóxico para mí, pero me sigue dando pena su historia y le sigo recordando como un hombre con graves dificultades. Porque para él siempre era lo mismo: la promesa incumplida de redención, de no volver a caer en la tentación, y  entonces volvía la vida de niño rico y volvían los problemas. Hasta que la herida fue más grande que las gasas que se aplicaban. “J” fue maldecido por la peste que el final del siglo XX había escupido antes de desaparecer: el SIDA. Supe de su muerte tiempo después, en mi Hibernación.


Con mi Rehabilitación he cambiado muchas cosas en mi mente, muchos pensamientos, muchas conductas. Lo que antes me parecía “normal” y lógico lo veo intolerable a día de hoy. Los comportamientos abiertamente machistas y abusivos de entonces me parecen inconcebibles ahora. Y respecto a mis propias sensaciones también me dejo guiar más por ellas. Y ahora puedo ver que, cuando estás bajo los criterios de un abuso del tipo que sea, ni siquiera eres consciente de vivir dentro de una relación incestuosa o un maltrato. Mucho menos eres capaz de hacer algo por mejorar tu vida o las de las personas de tu alrededor, si ni siquiera eres consciente de que lo que ocurre, o haces, no es la mejor opción de vida. Incluso aunque sepas que no es lo correcto, de alguna manera, te convences a ti misma que las cosas son así y no se pueden cambiar. No puedes luchar contra tu destino. Pero en sólo cuatro años, desde que volví a mi tierra natal hasta que crucé el altar del brazo de mi marido, yo ya había logrado cosas impensables como dejar las adicciones, huir de mi hermano agresor, o decir "NO" a un Chico Malo y aceptar a un Chico Bueno como mi compañero de vida. Ni siquiera imaginaba todos los retos a los que me enfrentaría en los siguientes veinticinco años y de los que saldría vencedora. Ahora ya no tengo relaciones tóxicas, selecciono bien a mis amigos incluso en internet, y suelo detectar y poner en su sitio a la gente dañina con la que me cruzo en mi vida. Me cuido y me respeto. ¿Quién ha dicho que no se puede luchar contra tu destino? 



“Soy el amo de mi destino;
Soy el capitán de mi alma”

William Ernest Henley   (1849-1903) Poeta y editor británico.

Capítulo 8 EL REVERSO TENEBROSO

He tardado cuarenta años en hablar con claridad de las violaciones a las que fui sometida de niña. Pero hasta ahora he sido incapaz de hablar de mi vida posterior, cuando inicié la adolescencia. 


Cuando estoy con mis amigos o mi familia y sale el tema de la nostalgia de aquellos tiempos de manera genérica, cuando se habla de la Movida Madrileña o de La Bola de Cristal y nos contamos las “batallitas” de aquella época, yo aún me limito a decir que son mis años oscuros y que no quiero hablar de ellos dando a entender, medio en serio medio en broma, que ha sido un período muy sombrío. Y lo cierto es que así fue. 


A todos nos enseñan a ser responsables de nuestros actos. Desde nuestra infancia se nos enseña que toda acción tiene consecuencias. Si le quitas un juguete a tu hermano, mamá te castigará sin postre. Nos enseñan que es de buenas personas reconocer cuando hemos hecho algo mal, y que debemos arrepentirnos y, a ser posible, reparar el daño. Las víctimas de abusos crecemos con el pleno convencimiento de ser responsables de nuestros abusos, los culpables. Así nos lo hizo creer nuestro agresor, unas veces de forma muy evidente, a base de degradarnos recordándonos que no valíamos para nada, o diciendo que nadie nos iba a querer, o que sólo él nos entendía y nos quería. Otras veces de forma más sutil, porque si te sientes utilizado como si fueras un objeto, acabas considerándote un objeto, y además un objeto sin valor, dado que ese adulto de confianza te trató peor que a su perro, al que no viola. Es cuando te sientes culpable, no sólo de todo lo malo que te pasa o que te hacen, es que te acabas sintiendo culpable de todo lo malo que pasa alrededor tuyo. Así que uno de los puntos importantes del proceso de sanación es entender que no fuimos culpables de lo que nos ocurrió, que fuimos manipulados por nuestro agresor haciéndonos cómplices y partícipes de su degeneración. Si nos hicieron creer que éramos los culpables de lo que ocurría, ¿cómo reparas un daño que en realidad no has hecho? Sin duda algo anda mal pero no sabes qué es ni cómo arreglarlo. Así que vives casi toda tu vida intentando reconocer un crimen que en realidad no has cometido. Y después vienen todas las consecuencias a posteriori de aquella agresión y de aquella culpabilidad. 


Estudios realizados con prostitutas han demostrado que entre del 50 y el 80% de ellas tenían a sus espaldas un historial de abusos sexuales en su infancia. Entre los drogadictos graves  a menudo hay personas víctimas de una experiencia anterior de incesto. Por no hablar de las mujeres maltratadas por sus parejas, que en muchas ocasiones tienen un pasado repleto de agresiones en su niñez. Todo ello debido a la Indefensión Aprendida. En mi caso, hoy por hoy, siento más vergüenza de mi adolescencia que de mi infancia. Los recuerdos que tengo son desoladores. Recuerdo vejaciones de mis compañeros de clase en el instituto, recuerdo salir yo sola a dar paseos larguísimos por la ciudad con la sensación de estar desubicada, de no pertenecer a este mundo. Vives buscando la clave para entender qué es lo que estás haciendo mal para poder arrepentirte y restaurar los daños, cuando en realidad no hay nada de qué arrepentirte porque tu no has hecho nada malo. Simplemente has vivido tu vida pensando que no eres una persona válida, que estás mal hecho, que eres un error, que algo no está bien contigo. Y además ni siquiera se te ocurre pensar que todos esos pensamientos se crearon en tu cabeza con los abusos. No ves la relación, no tienes capacidad para entender ese proceso cognitivo.


Una vez que mi Madrina me rescató del domicilio de mis padres de manera definitiva a mis catorce años, cuando por fin un juez decidió darle a ella mi custodia, mi Monstruo se hizo el dueño del castillo. Porque en ese momento empezó mi proceso de autodestrucción. Tras unos primeros meses de “convalecencia” (pues me sentía como si me recuperase de una grave enfermedad) empecé a sentir que no pertenecía a ese sitio, que yo no me merecía a mi familia adoptiva , que yo no formaba parte de ese ambiente ni de ese nivel social. Empecé a rechazar todo tipo de ayudas por parte de ellos. Me negué a seguir estudiando (en la casa de mis padres no hubiese tenido esa oportunidad) y en los trabajos en los que entraba por los méritos de mi educación con mis benefactores nunca hice bien las cosas. No rendía, llegaba tarde o faltaba a mi puesto de trabajo por pura irresponsabilidad. De manera inconsciente estaba dilapidando mi futuro y me estaba distanciando de mis padrinos de manera paulatina. 


En las relaciones sociales fui cayendo cada vez más en ambientes poco recomendables. He salido con chicos de todo tipo. Recuerdo a los “buenos” con cierta nostalgia, porque no sé como hubiese acabado la relación, pero sí recuerdo que siempre fui yo la que los abandonaba. Un tío tan majo no merecía a una estúpida como yo, no merecía a una pareja tan sucia. De las “malas compañías” también guardo recuerdos. Eran tipos déspotas, maltratadores, egocéntricos, machistas, drogadictos, y por supuesto de vidas que rozaban la legalidad o incluso la traspasaban. Pequeños delincuentes, traficantes, estafadores… Mi Monstruo me  animaba a seguir con ellos, pues eran lo más parecido a lo que me correspondía. Y cuando conseguía ser consciente de lo mal  que me iban las cosas me decía que era lo único que me merecía y daba un paso más hacia el abismo. Lo cierto es que solo quería salir, gritar, moverme, sentir… nada me llenaba. He hecho de todo, sin que nada me hiciera sentir plena, sentirme viva. Era como si no tuviese suficiente adrenalina en el cuerpo para cubrir mis necesidades. 


Me siento mal cuando rememoro esa época. Soy incapaz de hablar de esa etapa de mi vida porque los recuerdos me revuelven y además me es imposible ubicarlos en un punto concreto de mi cronología. Tengo días enteros en blanco a causa de las sustancias que consumía. Y los momentos que recuerdo son poco alentadores: Buscando droga, o compañía; llorando en mi habitación, o caminando sola por la calle, perdida. He hecho cosas horribles. Me he aprovechado de la gente, he estafado, he robado; incluso de alguna manera me he prostituido por un poco de coca, vendiéndome a los demás de manera indigna. Me he escapado varias veces de casa. La última fue toda una huida hacia delante: regresé a la vivienda de mis padres. Creía que era hora de volver al sitio que me pertenecía. Creo que fue ahí donde cerré el círculo, y donde, por fin, pude empezar a rehacer mi vida, o lo que aún quedaba de ella. Y no precisamente porque en la casa de mis padres hubiese encontrado la paz, sino todo lo contrario. Allí fue donde los acontecimientos se precipitaron y, después de una bronca monumental, una paliza y algo parecido a una agresión sexual, acabé sentada en una pomarada, a las dos de la madrugada, con dos mil pesetas en el bolsillo y sin tener ni idea de donde iba a pasar el resto de mi vida ni de su duración, porque había roto con todo. Había tocado fondo. Fui como un vehículo lanzado a toda velocidad y cuya inercia fluyera sin control de ningún tipo, siempre a punto de descarrilar, de estrellarme contra un muro, sin manera de detenerme y sin tener muy claro si el arranque lo provocó los abusos o yo misma encendí el motor. Y esa zona oscura de mi vida me ha marcado, casi tanto como mis abusos, porque salvo algunos momentos en que el sol salía entre las nubes, el resto es una tormenta negra y perturbadora de la que guardo un recuerdo horrible. 


Tengo imágenes muy feas que quisiera que no hubiesen ocurrido. Y a veces aún siento una vergüenza enorme a que se sepa nada de lo que hice porque todavía no siempre sé si tengo derecho a excusarme en mis abusos para quitarme la responsabilidad de mis actos. Porque me he sentido muy culpable. Me he sentido culpable de no haber hablado con mi Madrina de mis abusos, a pesar de su apoyo incondicional, cuando volví con ella después de que todo lo de mi padre pasara. Me he sentido culpable de todo lo que hice en esa etapa que viví desde los trece hasta los veintiuno o veintidós años. De haber estado con tíos con los que yo creía que merecía estar, solo porque sabía cómo satisfacer sus instintos más bajos. De haber abandonado mi cuerpo y dejado que hicieran de él lo que quisieran. De haberlo castigado consumiendo todo tipo de sustancias y con acciones de altísimo riesgo para mi vida. De volver a la casa de mis padres, el lugar de mis abusos, y con mi abusador a pesar de los consejos de mi Madrina. Me he sentido culpable de no escucharla, y por lo tanto me he sentido culpable del intento de violación de mi hermano, cuando tenía ya veintiún años. Y sobre todo, por este último error, me he sentido culpable de haber roto de alguna manera la confianza que mi Madrina había depositado en mí, después de todos sus sacrificios con una niña que no era nadie en su vida, y que una vez más había defraudado a alguien. 


Después de mucho tiempo, justo antes de iniciar mi Rehabilitación, volví a ver a mi Madrina pero en ese momento sentí que se había roto algo que no he podido recuperar. Cuando, por casualidad, encuentro a alguien de aquella época que se acuerda de mí, me bloqueo. De repente todo se derrumba, y tengo la sensación de que toda la gente que ahora me arropa, si supiera todo lo que hice, me dejaría en la estacada. Sólo pensar que alguien pueda reconocerme a veces me hunde. 


Colgar esta entrada en el blog me supuso un salto de fe. Mi Monstruo me gritaba en esos momentos el error que estaba cometiendo al confesar todo esto, a pesar de que apenas había contado nada, solo pinceladas. Pero llegó la hora de espiar mis culpas. Llegó la hora de reconocer mi propio pasado. Abrí el blog con ese propósito y no quise dejar nada en el tintero. Asumí lo que viniera con deportividad pero reconozco que tuve miedo. Y ese miedo me hizo plantearme una pregunta: Si ya podía hablar de mis abusos en cierta manera, ¿Por qué no podía hablar de los Años Oscuros? Creo que la repuesta era obvia: Creo que todos los temores de mis abusos, la culpa, la vergüenza, el miedo a hablar, a que se supiera, a que me descubriesen, a que me rechazasen, los trasladé a los años oscuros. Empecé a  admitir, después de cuarenta años, que yo no había sido la responsable de los abusos. Pero creo que aún no era capaz de saber si lo que hice después, tal vez también había sido de alguna manera responsabilidad de mi agresor. Mi Monstruo aún me acusaba de los desastres de mi vida. Y creo que yo también.



"Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir."

José Saramago (1922 – 2010) Escritor, periodista y dramaturgo portugués.

Capítulo 7 LA IMAGEN DEL ESPEJO

 Existe un síntoma muy habitual en los supervivientes de abusos: la evasión de los espejos que se asocia con la necesidad de ser invisible, de tener una percepción distorsionada del cuerpo o no gustarse uno mismo. Nos utilizaron de manera abyecta, despiadada, como un objeto durante nuestra infancia y nos ha quedado la sensación subliminal del poco valor que tenemos para nosotros y para los demás.  Sin duda se trata de mi secuela más grave, la más severa, la que más me ha castigado durante toda mi vida y la que más daño me ha hecho: la autoestima. 


Me encantan los espejos. Los he coleccionado de todo tipo siempre y cuando sean artísticos, como un cuadro. Su superficie reflectante me hipnotiza y, como en el relato de Lewis Carroll, de niña me imaginaba otro mundo paralelo, otra vida en la que mi existencia fuese totalmente distinta. Pero es curioso. Los miro de manera que no vea mi propia imagen reflejada en ellos. Tengo la sensación de que se rompería la magia si yo apareciese en el campo de visión. Me pasa algo parecido con las fotos y los videos. Los evito de forma compulsiva. De niña creía que si salía en la foto de grupo de la clase, esa foto coral que a todos nos hacen en el colegio, automáticamente nadie del aula querría tenerla de recuerdo. No sólo por mi imagen física sino por el hecho de “existir”, de estar ahí. Ahora sé que es otra secuela, otro reto que debo superar, pero reconozco que hoy por hoy me es muy difícil. Ya no hablemos del concepto que tengo de mi propio físico: Soy fea, estoy muy pálida, mi pelo es muy lacio, los años me han puesto arrugas de más, tengo una voz aguda muy desagradable, los dedos demasiado nudosos, los dientes amarillos, estoy gorda… la lista es interminable. Sigo evitando el objetivo de una cámara de manera automática incluso cuando yo no soy el “objetivo principal”. Por ejemplo si estoy de viaje por una zona turística y una persona está haciendo una foto del entorno automáticamente desaparezco, pero no sólo por cortesía, sino porque estoy convencida de que la foto se estropearía si yo apareciese en ella.


Lo cierto es que físicamente no me gusto. Ni siquiera un poquito. Me veo a mi misma como un adefesio. Y odio mi cuerpo. A lo más que llego cuando me arreglo es a mirarme en el espejo y decir “vale, paso por una persona normal, tal vez hoy nadie se fije en mí”. Me parezco mucho a mi padre. Tengo rasgos y gestos iguales a él ¿cómo me voy a gustar si cada vez que me miro al espejo veo al hombre que me rompió la infancia? Siempre pienso que esa horrible imagen es la que todos ven. Porque la sensación de que la gente sabe, sólo con mirarme, lo que soy, lo que he hecho, me acompaña siempre. Y es una sensación horrible. Siempre ese dedo invisible indicando que yo soy la rara, la que esta fuera de lugar, fuera de tiempo, la que está sucia y marcada. Cada vez que alguien me dice que estoy guapa, que me ve muy bien, mi Monstruo activa todas las alarmas: ¡cuidado, te está mintiendo, quiere algo y no es bueno! En mis Años Oscuros, una parte de mí le seguía el juego a aquel que me piropeaba, sobre todo cuando el cumplido rozaba la mala educación. Mi Monstruo me animaba a seguirle porque yo no merecía más que estar con gente de dudosas intenciones. Era lo que tocaba. En mi Hibernación, sin embargo, hacía todo lo posible por evitarlo con prendas poco atractivas, con más ropa de la necesaria en ciertas épocas del año y sin arreglarme prácticamente nada. Ahora sin embargo, apago las alarmas. Sé que un comentario favorable a mi aspecto físico no implica necesariamente algo malo sino una forma de iniciar un contacto con otras personas y ya no levanto la barrera con tanta rapidez. Pero sigo con la costumbre de vestir ropas flojas, que marquen poco mis curvas y, de hecho, no tengo ni una sola falda en mi armario. De esa forma evito los halagos. Físicamente, tengo un concepto deplorable de mi misma.


Y durante años, tampoco me he gustado como persona. Ni siquiera tengo aprobado el bachiller así que me he considerado intelectualmente una inculta. No he conseguido mantener los empleos por mucho tiempo por lo tanto no debo ser una persona muy responsable, o no lo era antes al menos teniendo en cuenta que me he movido en malos ambientes mucho tiempo. Ni siquiera he sido capaz de concebir cómo es posible que alguien tan espantoso como yo haya podido crear otra vida. Aún hay épocas en las que me odio. Por lo tanto la visión que tengo de cómo me ven los demás no es muy buena. Siempre he tenido la sensación de que la gente en cuanto me conocía, en cuanto rascaba la superficie se asqueaba de la persona que era porque solo daba una faz, una cara amable que se deformaba al primer signo de confianza. Aun hoy soy como la luna, dando siempre la misma cara y con un lado oculto. Esa zona recóndita que los primeros investigadores, aquellos aventureros reales o imaginarios temían por su oscuridad. Pero ahora permito pequeñas expediciones a mi interior, siempre vigilante, que no me hagan daño, pero dejo al fin que descubran los secretos de esa parte velada de mi vida. Y he de decir que la experiencia es sobrecogedora porque tal vez yo esté descubriendo más de mí misma de lo que creía. Y tal vez esos aventureros que se atreven a conocerme mejor me están ayudando a auto explorarme. Empiezo a reconocer que después de todo tal vez no sea tan fea esa cara oculta. 


De niña sufría de muchísimo acoso escolar así que obviamente decidí que nadie conocería a la autentica yo. Aprendería los trucos indispensables para pasar desapercibida, que nadie me recordase, y terminé por no reconocerme. Por ejemplo, soy melómana. Adoro la música y además no tengo un estilo definido. Clásica, opera, rock, folk, soul, baladas, funky, pop, melódica, electrónica, banda sonora, rock sinfónico, disco, dance… da igual el género. Siempre hay una melodía para cada momento. Tengo metido en mi MP3 la mayoría de mi música, es mi propia banda sonora. La he recopilado a lo largo de toda mi vida y la he ido adaptando a los nuevos soportes digitales a medida que la tecnología lo permitía. Trabajé hace mucho tiempo como “pinchadiscos” (DJ, le dicen ahora) en un pub, pero mi música más personal nunca la he compartido. No dejaba que nadie supiera qué es lo que me gustaba, qué melodías eran mis preferidas. Hasta hace muy poco tiempo escondía mis discos, cassete, CD y demás como un tesoro igual que mis diarios. Y si alguna vez me pedían el walkman para saber qué escuchaba entraba en un estado de estrés enorme. De repente mi Monstruo empezaba a gritarme que estaba loca por dejar que escuchasen, que el oyente se daría cuenta al instante de lo rara que era escuchando esa música tan extraña que sólo me gusta a mí. Apenas unos meses después de iniciar mi Rehabilitación empecé a compartirla por internet al darme cuenta de que esa reacción podía ser fruto de mis secuelas. Y he mejorado. Ya lo creo que he mejorado. Empecé por compartir una sola canción y por error compartí toda una lista de las que tenía “proscritas”. Ese día casi me da un síncope al darme cuenta. Y cuál sería mi sorpresa cuando el amigo con el que compartía esa música me dijo que le gustaba la selección que había hecho. Me sentí muy animada cuando me lo dijo. Ahora comparto mi música cada vez más. Y encima he recuperado melodías que no sabía dónde buscar gracias a los que comparten música conmigo.


Sospecho que esos antiguos comportamientos formaban parte del hecho de querer ser invisible, que no se notase mi presencia. Que nadie descubriese como era realmente, porque siempre creía que estaba podrida por dentro. Y por lo tanto supongo que mis gustos también eran podridos como yo. A veces vuelve esa sensación de podredumbre, pero cada vez se separan más esos periodos y duran menos. 


Vi y compartí en el blog un vídeo de YouTube titulado “El Circo De La Mariposa”. Puedes buscarlo cuando tengas un rato. El vídeo dura 20 minutos, pero merece la pena. Habla de una historia de superación. Habla de que en muchas ocasiones, nosotros mismos nos ponemos los límites. Y habla sobre todo de percepción. De la imagen que tenemos de nosotros, de la que proyectamos a los demás, de la que lo demás nos devuelven. Si yo pinto un cuadro abstracto, y pienso que se parece a una locomotora, si digo a todo el que vea mi cuadro que es una locomotora, todos verán una locomotora. Y cuando lo quite de la pared, me preguntarán:¿dónde está la locomotora? Yo no soy especialmente creyente, pero hace poco tuve la oportunidad de hablar con un alto cargo de la iglesia católica que estuvo en Lourdes visitando el santuario. Me contó que allí conoció a un matrimonio que iba con su hijo, un niño con una grave malformación, dispuestos a quedarse el tiempo que fuera necesario hasta que se obrase un milagro. Días después, volvió a encontrarse con esa familia, regresaban a su país de origen. Les veía felices y optimistas, le saludaron con alegría. El eclesiástico observó que en el niño no se había experimentado ningún cambio aparente, y les preguntó cuál era el motivo de su regreso, si le habían asegurado que no se marcharían hasta que sucediera algo. Avergonzado me explicó que le habían dado una gran lección de humildad. “Su madre me dijo que se había dado cuenta que no había nada que curar. Que la gente no lo vería como un monstruo, porque ella misma se encargaría de enseñarle a su hijo lo hermoso que es. Si el sabe que es bello, todos lo verán bello”.


Creo que es lo que me pasa a mí. Lo que nos pasa a muchos sobrevivientes. Siempre me he visto mal, nunca acepté lo que era como persona, porque alguien colocó esa visión de mí cuando solo era una niña. Y en mis años oscuros reflejé esa imagen a los demás, que me la devolvieron con más humillaciones, con más abusos. Es cierto que la gente se aprovecha de nuestra debilidad, pero en un mundo dónde la humanidad se divide entre leones y gacelas, que tu mismo te pongas el cartel de “herbívoro” no ayuda nada. No es fácil. A mi me ha llevado cuarenta años quitarme el cartel. La imagen que tengo de mí como persona empieza a ser mejor, y ahora tengo la sensación de que la gente me ve bien. Incluso me siento útil, una sensación nueva para mí. Pero no debo relajarme. Esto solo es el primer paso. Aún tengo que superar el miedo a las alturas para saltar a la piscina.


Es gracioso. Tengo un amigo al que aprecio que de vez en cuando me suele dar un consejo, medio en serio medio en broma, para subir mi autoestima y lo cierto es que a veces funciona: “Ejercicio recetado: ‘tres veces al día te pones de pie, te abrazas fuerte y dices en alto: ‘Soy Némesis, estoy con Némesis, quiero a Némesis’. Y te vuelves a dar un abrazo. Si haces como si te quisieses, terminas queriéndote. Porque tú eres el único ser imprescindible.” Aun así, me queda mucho camino todavía. La imagen que tengo de mi misma como persona sigue siendo muy precaria. Aun tengo que trabajarla, y no digamos mi imagen corporal. Sigo, como las anoréxicas, viendo una imagen en el espejo distorsionada, monstruosa, y lo cierto es que no sé muy bien como trabajar esa parte. Pero prometo firmemente averiguarlo e intentar mejorarlo, por mí, porque me merezco ser algún día la reina de la fiesta.



"La comprensión es el primer paso para la aceptación, y sólo aceptándote puedes recuperarte." 
Albus Dumbeldore en Harry Potter y el cáliz de fuego, Citando a Nathaniel Branden, psicoterapeuta canadiense.

Capítulo 6 ROMPER EL SILENCIO

 Cuando estudiaba, recuerdo en clase de historia dibujar líneas temporales para establecer sus periodos: prehistoria, paleolítico, edad antigua, edad media, edad moderna… Haciendo un símil podría resumir mi vida en cinco fases: Abusos, Años Oscuros, Hibernación, Rehabilitación y Epílogo.


De los Abusos supongo que no es necesario explicar mucho. Mis Años Oscuros fueron muy devastadores. Alcohol, drogas, sexo sin control, conductas de riesgo... vivir al límite, en una palabra. Fue como estar en medio de una tormenta, capeando el temporal como podía y además perdida en medio de la nada. Creo que fue cuando mi monstruo no sólo fue el dueño del castillo, además tomó rehenes. Todo eso ocurrió hasta que volví a la casa de mis padres, cuando tuve el terrible encuentro con mi hermano mayor. Aquel último terremoto fue el que marcó el inicio de mi fase de Hibernación. Acababa de conocer a mi pareja -de hecho él vivió esos últimos coletazos de mis Años Oscuros- y es el que me ayudó a reencontrarme en la negrura. 


Empecé mi Hibernación viviendo sola. Había decidido tomarme las cosas con tiempo. Me sentía como si hubiese escapado viva de milagro de un gravísimo cataclismo y necesitase dormir mucho para recuperarme, para lamerme las heridas. Y parece increíble, pero a pesar de estar sola y haber ralentizado el ritmo, los recuerdos que hasta entonces me habían provocado un daño enorme también de detuvieron. Fue como si mi monstruo se hubiera tomado unas vacaciones. Me dejó deberes, eso sí. La autoestima, la culpa, la tristeza, el autoengaño, la vergüenza, el miedo… y de vez en cuando volvían a ponerse en marcha esos mecanismos autodestructivos ante los que me sentía indefensa. Pero al menos había aprendido a frenarme un poco. Pasé del caos, de la anarquía más absoluta, a la cautela, a vivir de forma reservada, escondida, casi temerosa de todo y de todos. De repente era consciente de las barbaridades que había hecho, y el peso de la culpa me enterró en lo profundo de mi mundo. 


Tenía una existencia pobre y discreta. Casi había detenido el avance de mi vida sólo a la espera de la muerte. Sin esperanzas en el futuro, únicamente aguardaba el final de los días. Estaba ahí porque no había nada mejor que hacer. Pero aun así, mi monstruo seguía atacando. No de la manera agresiva de antes, pero seguía ahí, vigilante, observador, interviniendo ante cualquier indicio de avance por mi parte. Las batallas eran casi diarias. Cada nuevo paso, cada nueva situación me provocaba mucho miedo, mucha ansiedad. Seguía viviendo bajo el yugo de la culpa y la vergüenza de lo ocurrido en mi infancia. Y ahora sé que en parte el responsable de esos sentimientos tan precarios era el silencio. Cada preocupación, cada duda sobre mi propio comportamiento los guardaba como un secreto inconfesable. Y no quería saber nada de abusos, de niños maltratados, de violaciones, de secuelas… Ni siquiera sabía qué existen secuelas de los abusos. Por eso lo llamo mi Hibernación. Porque vivía apartada del mundo. Era como si yo no existiera. Me había escondido en una cueva para criar a mi hijo recién nacido, como una osa que cuidase a su osezno, pero sin la espera de la primavera. 


Y no es porque no contase mi pasado de abusos. Ya en mis años oscuros lo revelaba, pero siempre lo hice de manera genérica. Ni siquiera recuerdo en que términos lo hacía. Sólo sé que lo decía muy por encima, casi sugiriéndolo. A veces me costaba contarlo, pero me obligaba a mí misma, poniéndome trampas, tirando indirectas. Algunos, ante mis insinuaciones, me hacían “La Pregunta”: ¿Tu padre te violó? Y yo contestaba afirmativamente con un susurrado “sí” y mirando al suelo avergonzada. Ahí terminaba toda la información que yo aportaba. No se hablaba más del tema. Tengo una imagen de mí muy fea. Creo, o creía, que estaba trastornada y no quería que la gente se creara expectativas conmigo. En realidad lo contaba convencida que mi interlocutor saldría corriendo y me olvidaría. Nadie quiere ser colega de una loca que además estaba manchada por un pasado asqueroso, y seguramente agradecían que yo misma se lo hubiera contado. Al menos me quedaba en mi conciencia que nunca he querido engañar a nadie. Lo cierto es que siempre me sorprendió que mi pareja y mis amigos no hubieran desaparecido en cuanto lo sabían. Y creía firmemente que ya estaba curada. Que había superado todo, pero que la vida no era la maravilla que nos publicitan, era solo estar ahí, así de simple. Vivir para esperar a que otros hagan algo.


Cuando tenía una crisis, provocada por un recuerdo o una situación de estrés, me escondía. Nunca sospecharon en mi casa cuando estaba mal. Simplemente me encerraba. Una parte de mi levantaba un muro alrededor, y dejaba que la otra tomase el mando. De esa manera, buscaba escusas para quedarme sola en casa, y mi Monstruo se dedicaba a machacarme con pensamientos negativos, mientras ideaba la manera de fingir cómo comportarme con mi gente sin que nadie se diese cuenta de que el dragón me estaba atacando. He aprendido a fingir tan bien que nadie se percataba. Salvo que el monstruo me provocase una reacción demasiado evidente, cosa que ocurría muy poco, porque en esos años aprendí a domesticarlo. Y como un domador de leones, lidiaba con él con precaución. Pero siempre creí que eso era todo, que cuando aprendiese a controlar esos recuerdos el problema se acabaría, hasta que empezó mi Rehabilitación.


Creo que era el año 2002. Era domingo por la mañana y mi marido había traído el periódico con el suplemento dominical correspondiente y unos croissants para desayunar. En la portada del suplemento había una foto de Joan Montané en blanco y negro y un titular: Abusos imperdonables, el silencio roto. Las consecuencias del escrito fueron devastadoras para mí. Descubrí que esto implica más, mucho más, y descubrirlo me rompió. Hasta ese momento no era consciente del daño del que era presa. No era consciente de la condena a cadena perpetua de la que somos objeto. Jamás, ni por un minuto, hubiera imaginado que miles, millones de cosas, de formas de actuar y de pensar, (sobre todo de pensar) son fruto de mis abusos. Fue entonces cuando conocí realmente a mi Monstruo. Al de verdad y no solo al que me encerraba en la sala de cine a proyectar mis recuerdos. Fue cuando me di cuenta de todo lo que me hacía, que muchas cosas que he hecho en mi pasado eran en parte culpa de él. Cada párrafo, cada frase, cada palabra del reportaje me hería de manera terrible. Me sentía identificada con cada una de las secuelas que describía, y lo leí tantas veces que llegué a aprender algunos pasajes de memoria. Ha sido como si ese artículo me hubiese quitado una venda de los ojos. Como si me hubiese sacado de la oscuridad, como si hubiera despertado. He descubierto que muchas “manías”, costumbres, incluso pequeñas obsesiones, eran consecuencia de los abusos, algo que jamás hubiese relacionado. Y por supuesto, jamás ni por lo más remoto, hubiera imaginado que la sensación de ser “rara”, de no estar completa, de que algo no funcionaba bien en mi cabeza, era producto de la perversión de la que fui objeto. También recuerdo, por esas fechas, un programa de radio que hizo un monográfico del tema donde se abrieron las líneas telefónicas y la gente llamaba para contar su experiencia ASI. Escuché el programa llorando como un torrente. Me rompió por dentro. 


Creo que fue entonces cuando planté la semilla para iniciar mi proceso de sanación. Porque por fin empezaba a ser consciente del daño al reconocerme en esas secuelas. Me he dado cuenta que no soy ninguna perturbada. Tan sólo he sufrido un shock enorme y aun estoy recogiendo los pedazos. Porque empecé a buscar más información del tema. (Por cierto muy poca) y empecé a hablar algo más de ello. Al principio de manera tímida, sin dar detalles importantes, solo cuando me sentía cómoda con alguien se lo decía, y empecé a admitir preguntas cada vez más intimas sobre lo que me había ocurrido. Hasta que tuve internet en casa, y descubrí varias páginas dedicadas al tema y un foro, el Forogam, formado por supervivientes ASI. La ventana que me ofrecía era tan grande que solo podía agradecer la ayuda que recibía desde el otro lado de la pantalla, porque ni siquiera me había planteado visitar a un especialista. Aun era reacia a hablar en persona de ello. Me costaba mucho, tartamudeaba, empezaba a temblar y me entraban ganas de llorar. No me sentía preparada para hablar con un extraño de mis abusos. Así que ensayaba. Cuando estaba sola, me imaginaba estar ante alguien y se lo decía. Tenía "frases-tipo" Frases hechas para decir casi de carrerilla. Imaginaba sus reacciones y me preparaba para lo que debía decir. “Verás, mi padre era un cabrón que abusó de mí durante trece años”. Ya está. Ya lo he soltado. Lo decía mientras estaba haciendo algo: recogiendo un papel del suelo, o sacando del bolso el paquete de tabaco, o buscando un pañuelo. Nunca miraba a la cara, pero solía dejarlos "descolocados". A continuación se hacía el silencio. Algunos preguntaban, y como la bomba ya la había soltado, el diálogo solía ser más fácil, precisamente porque ellos no querían hacer sangre. Se sentían como si hubiesen entrado en terreno resbaladizo, y eran mucho más considerados. En ese momento era yo la que dominaba la situación y por lo tanto siempre podía "cortar" la conversación cuando sentía que no podía hablar más. A ellos les daba un margen para reflexionar, sentían que ya lo entendían todo. Mis reacciones ante algunas cosas, mis manías… después todo era más fácil. Mucho más fácil. Y fue liberador.


Hasta que hubo dos acontecimientos en mi vida que ocurrieron casi simultáneamente: la muerte de mi padre y reencontrarme con mi hermano “mellizo”. (En realidad no es mi mellizo, yo soy trece meses y doce días más pequeña que él) Como él también sufrió abusos, volver a verle después de veinte años y en el momento en el que yo empezaba a trabajar mi propia historia, hizo que todo se precipitase un poco. Hablaré de mi hermano y lo que me preocupaba de él unos capítulos más adelante, pero cuando hablé con un amigo, un médico, y le expuse mi historia como una simple introducción para consultarle lo que me preocupaba de la historia de mi hermano, mi amigo me puso un espejo delante. “¿Pero te das cuenta de lo que me estás contando? Lo que te ha pasado es tremendamente grave. Aquí hay una historia, una herida que tienes que sanar”, me dijo, “Y si no lo haces, puedes acabar con una depresión mayor, o algo peor”. Él no se limitó a ser más delicado, ni intentó cambiar la conversación, no se quedó “descolocado”, ni le restó importancia. Ni siquiera se interesó por mi hermano, se interesó por mí. Creo que fue la primera vez que alguien puso mi propia historia delante de mis narices con toda su crudeza. Y me dio tanta tristeza que ni siquiera supe cómo manejar aquella conversación. Yo sólo lloraba. De pronto entendí quién era yo y a qué me estaba enfrentando. De alguna manera me ayudó a romper el silencio conmigo misma. Reconocí lo que ocurrió, las consecuencias que tuvo y que fueron nefastas. Por primera vez vi a mi Niña Perdida que regresaba a casa tras el terremoto y empezaba a hurgar entre los escombros. Hubo un antes y un después tras esa conversación.


Ya no necesito prepararme tanto para hablar de mis abusos. Con el tiempo acudí a terapia y ahora en esas conversaciones con la gente todo es mucho más fluido. Cada día descubro algo nuevo sobre mí, simplemente sabiendo que no tengo que esconderme avergonzada. Cada día me descubren algo nuevo sobre mí simplemente porque saben que no me escondo, me dan su opinión sobre el tema sin tabúes, sin miedo. Ahora sigo contándolo para que la gente sepa a qué atenerse conmigo, como siempre, pero esta vez porque quiero que si continúan a mi lado, si la amistad sigue, será con el compromiso de ayudarme a romper el tabú de hablar de abusos sexuales infantiles o al menos que no estorben con frases del tipo “no deberías contarlo”. Creo firmemente que en mi caso, no guardar silencio (por las razones que fueran) es lo que de alguna manera me ha rescatado. Aunque a veces me cuesta hablar. Y necesito armarme de valor para contarlo. De hecho yo misma revelo mi condición se sobreviviente, pero no siempre lo hago a la primera. Y no siempre se lo cuento a los que deberían saberlo. Aún guardo muchos secretos relacionados con mis abusos. Aún me cuesta soltarme en algunos momentos. De hecho los más cercanos a mí tardaron en conocer la existencia de mi blog. Aún guardo demasiado silencio o tardo en hablar de ello. 


Sé que otras víctimas guardan el secreto de manera firme y total. Para ellos es más seguro. Supongo que cada uno intenta sobrevivir de la mejor manera posible. Supongo que es imposible dar con la fórmula exacta. Supongo que cada uno tenemos nuestro ritmo. No seré yo quien critique su decisión, Pero si ellos necesitan guardar silencio, el resto de la sociedad, no. No es cuestión de señalar a las víctimas. Es cuestión de ir señalando a los depredadores. Marcándolos y aislándolos. Porque el daño que causan es inhumano, cruel y permanente. 


Cuando escribí esta entrada en el blog, me di cuenta de que estaba provocando una reacción que no esperaba. Varias víctimas me dijeron que se sentían mal al leerla, porque ellos no habían roto el silencio con el mundo. No soy nadie para criticar su decisión. Soy consciente de que lo que estaba (y estoy) haciendo es algo tremendamente arriesgado para un sobreviviente, y a veces he tenido la tentación de cerrar el blog y volver a mi cueva. Pero siempre oigo una vocecita muy suave que me dice que el problema de vivir escondido y encerrado es que el aire se envicia y hay que salir a respirar. No quiero por nada del mundo que los supervivientes se descubran ante los demás si no se sienten preparados. Quiero que lo hagan los otros, los que no han sufrido abusos. Que de una puñetera vez este mundo no me mire raro si digo lo que me ha ocurrido, porque parte de mis secuelas es culpa de ese tabú. Si te roban el coche o la cartera, nadie piensa que te lo buscaste tú por no guardarlo bien, te apoyan y te ayudan, no miran para otro lado si ven al ladrón abriéndote el coche. En el caso de los abusos, la gente mira hacia otro lado, incluso cuando hay sospechas de abusos, el profesor o el pediatra que lo detecta NO HACE NADA. Solo nos rasgamos las vestiduras cuando salen casos muy mediáticos, y estoy harta de eso.


El silencio es el arma de los pederastas para cometer el delito. Pero también lo es para mantener el secreto, para mantener en el tiempo esta  “tradición”, y que se herede de alguna manera en las nuevas generaciones. Y es su arma para mantener a las victimas escondidas, viviendo su vida dentro de un bucle, dentro de sus Años Oscuros o de su Hibernación. Un arma que nos obliga a guardar silencio incluso para con nosotros mismos.


Rompe el silencio. Y si eres un superviviente, empieza por romperlo contigo mismo/a. Ármate. Desármalos.



“El silencio es frágil, un grito puede romperlo”

V de Vendetta. (1982 – 1988) Novela gráfica escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd

Capítulo 5 PUNTO DE INFLEXIÓN

 Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.


La mayoría de las veces, cuando me siento nostálgica, pienso en los extraños giros que da el destino. Cuando nací, mi madre fue ingresada durante muchísimo tiempo por una operación de espalda. A mi hermano, el que tiene un año más que yo, y a mí nos ingresaron en un orfanato durante su convalecencia, pero en plantas diferentes. En mi sección trabajaba mi Madrina y gracias a ella, salí del ambiente familiar que mi padre mantenía en un círculo cerrado, como la mayoría del los maltratadores suelen hacer. Ese fue mi propio efecto mariposa. Si ella hubiese trabajado en otra planta, no me hubiera conocido, y mi vida habría sido muy distinta. Probablemente peor de lo que fue, que no es poco. Pero a pesar de su inestimable ayuda, el daño ya estaba hecho, mi padre ya sabía manejar con maestría su aberración, y mi madre y mis hermanos mayores no ayudaron en absoluto. Tras los abusos, mi vida fue dando tumbos sin rumbo, a pesar de los esfuerzos de toda la familia de mi Madrina, mi familia adoptiva. Fueron lo que yo llamo mis “Años Oscuros”. Hasta que volví a la casa de mis padres.


Tenía casi veintidós años, estaba metida en una depresión y cada vez me encontraba más fuera de mi lugar con mis padrinos. Tenía el convencimiento de no pertenecer a aquel ambiente, mi sitio era con la escoria. Entonces llegó una llamada de mi madre donde empleó su victimismo con su maestría habitual y me convenció de que regresase a ver a mi padre, que estaba enfermo, para “que viese a sus hijos por última vez”. Viajé con intención de estar sólo un par de días, al final tomé la decisión de quedarme a vivir de nuevo en mi tierra natal. Fue un error retornar a la casa de mis padres, ahora lo sé, pero sin embargo, gracias a ese error hubo un acontecimiento en aquella casa que me cambió por completo. La fecha es curiosa, un dos de mayo, cuando en España se conmemoran lo que llaman Los Levantamientos Del Dos De Mayo, unos hechos acontecidos en 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas. Yo, de alguna manera, tuve mi propio levantamiento.


Cuando regresé con mis padres había llegado a una especie de acuerdo en el que quería cerrar lo ocurrido en el pasado, pero que no renunciaría de ninguna manera al cariño que siento por mis padrinos, que me acogieron como a una más de su familia y me dieron la educación que mis padres no se habían podido permitir. Tras casi un año de aparentar que éramos una familia, un año en que volví a ser como la pequeña de diez o doce años a la que manipulaban a su antojo, quise volver a pasar unos días en la casa de mi Madrina. Ya era adulta, y a pesar de que no les gustaba (sobretodo a mi hermana) que siguiera en contacto con mis padrinos, no pudieron impedir que mantuviese el cordón umbilical con las personas que me han mantenido con vida. Era como salir a respirar después de vivir bajo el agua.


Cuando estudiaba BUP mi padrino me había regalado un juego de rotuladores de tinta china de sus años de estudiante de arquitectura. El modelo era viejo pero de alta calidad y cada cartucho había que rellenarlo con un botecito de tinta que venía con el juego. Mi habilidad con las manos no es muy buena, así que opté por hacerme con una jeringuilla de plástico de las vacunas de los niños, y la guardaba con los rotuladores para recargar los cartuchos. Con el tiempo el juego de tinta se guardo en una caja junto a otros recuerdos y la caja había viajado con todas mis cosas a la casa de mis padres. Yo sabía perfectamente donde estaba guardada la jeringa. Cuando regresé de aquellas mini vacaciones con mis Padrinos, mi madre y mi hermano mayor me esperaban acusadores y me mostraron la jeringuilla que habían encontrado con restos aun de tinta. Quedé sorprendida. Para encontrarla hubo que rebuscar concienzudamente entre mis cosas, una a una. Me acusaron de estar enganchada a la heroína. Se empeñaron en decir que la cánula estaba sucia de sangre seca. Fue irreal. He tomado drogas sin control, es cierto, no me siento orgullosa de ello. Pero en aquella época que estaba “limpia” me ofendió mucho que me acusaran injustamente de algo y que registrasen mis cosas sin mi permiso. 


Luego lo recordaría todo como a cámara lenta. La habitación pequeña, la luz del sol entrando por la ventana iluminando directamente la sillita de madera donde mamá se sentaba a coser por las tardes porque la claridad era perfecta para sus ojos, la plancha enchufada preparada para mi padre que volvería en cualquier momento a buscar su camisa planchada, y mi hermano, enorme, tapando la única salida. Por un momento, al mirarle, en mi mente se superpuso la imagen de mi padre, lo cierto es que físicamente se parecen bastante. 


La discusión empezó a subir de tono, hasta que se tocó el tema estrella: mis Padrinos. Seguramente cuando regresé por la enfermedad de mi padre, se habían hecho ilusiones de que había vuelto por decepción, renegando de mis Padrinos y con propósito de enmienda. Nadie dentro de la familia había osado acusar al cabeza de familia de malos tratos, y mucho menos de abusos; era una vergüenza que nadie, por nada del mundo, debía conocer. Y yo me había saltado ese código de silencio. Supongo que habría que hacérmelo pagar tarde o temprano, y mi hermano ahora era el nuevo cabeza de familia a todos los efectos. Era de locos. Mi madre y mi hermano acusándome de haber renegado de la familia por dinero, y yo intentando justificarme, que lo de menos era el nivel de vida que había disfrutado. Para mí lo importante siempre había sido la seguridad que encontraba bajo la protección de mi familia adoptiva. Fue inútil. Como hablarle a una pared. Incluso justificaron los abusos sexuales. “A todos nos ha tocado más de la cuenta, hermanita. ¡No te creas tan excepcional! Si los demás lo soportamos, tú, también. ¡Supéralo!”.


No recuerdo en qué momento mi madre abandonó la habitación, pero el altercado se había ajustado a un solo frente, mi hermano, y que justificase trece años de abusos me pareció excesivo. No sé cómo la discusión empezó a derivar en mi Madrina. Tal vez hablar de ella fue lo que encendió su interruptor. Tal vez mi hermano esperaba la excusa perfecta.


–Creo que a tu “madrinita” lo que le hace falta es un buen “polvo”, para que aprenda a no meterse donde no la llaman.– me lo susurró al oído, agarrándome el brazo fuertemente.  –Y tal vez a ti también.– Y con la mano libre me rozó la mejilla.


Se me cortó la respiración y me recorrió un escalofrío por la espalda. Era papá. Mi padre se había ido a jugar la partida de dominó al bar de la esquina, pero su espíritu se había trasladado a ese hombre que cuando yo era pequeña me llevaba caramelos vestido de soldado. Y a papá había que temerle. Intenté soltarme del brazo de mi hermano, pero me agarró con más fuerza, Su rostro se aproximó a mi cuello, como si estuviese oliendo un perfume, y me besó bajo la oreja con mucha suavidad. La indirecta fue demasiado para mí. No pude evitarlo, mi mano fue más rápida que mi mente, le di una sonora bofetada y se desató la locura.


Solo recuerdo con certeza tres golpes, el primero, un puñetazo en la cara que me dejó aturdida, y los dos últimos, cuando me lanzó contra el armario provocándome una hemorragia nasal, y cuando una vez en el suelo, levantó la sillita de costura de mi madre y la partió sobre mi espalda. Los puñetazos intermedios me caían desde todas partes, sin manera de protegerme, de tomar una posición defensiva que al menos me hiciera aguantar mejor los golpes, porque cuando parecía acurrucarme, él me volvía a levantar, como un monigote, para poder golpearme mejor.


Hasta que me partió la silla de costura de mi madre en la espalda. Entonces me levantó y me empujó de espaldas al armario y se acercó a mí juntando nuestros cuerpos, sujetándome las muñecas y acercando su rostro al mío. Podía sentir su aliento en mi propia cara, y algo mucho más escalofriante: con el contacto, noté que mi hermano tenía una erección. Soltó una de sus manos y después de asegurarse que yo permanecía inmovilizada, me tocó el pecho, sobre la ropa, para después ir bajando, en una siniestra caricia, a lo largo de mi cuerpo, susurrándome al oído:


–A mí, nadie me pone la mano encima. Y menos una putita como tú, que a saber lo que habrá hecho en ****** (la ciudad de mis padrinos), a no ser que pretendas otra cosa…–  intentó meter la mano dentro de mi pantalón.


Aun no sé cómo lo hice: empujé con todas mis fuerzas y me solté de mi hermano el tiempo suficiente como para coger la plancha aun caliente, que seguía milagrosamente encima de la tabla, y elevarla sobre mi cabeza, y le amenacé: –¡¡si me tocas te juro por dios que te abro la cabeza!!


Me sentí fría, tranquila, era como si el tiempo se hubiera detenido. Le miré fijamente, sin miedo, ya no me importaba nada. Ocurriera lo que ocurriera esto se había acabado. Y nadie más me iba a intimidar, o me iba a humillar más de lo que yo misma me humillaba. Y sería la última vez que usasen mi cuerpo para desahogo de ningún tipo. Era el final. Solo esperaba que mi hermano me diera el golpe de gracia. Que cumpliera la sentencia de muerte que mi padre nunca me había otorgado. Le estaba provocando.


Sin duda le caigo bien a alguien de ahí arriba. Porque contra todo pronóstico, mi hermano se me quedó mirando un momento, reflexionando,  y simplemente se giró y salió de la habitación. Instantes después se oyó la puerta de la calle cerrarse violentamente. Viví la escena como si fuese sólo un espectador más, sin ser consciente de que mi boca y mi ropa se habían manchado de sangre, después todo se volvió confuso, se me nubló la vista y mis piernas se negaron a sostenerme, tuve que sentarme en el suelo. Mi madre volvió a la habitación al oír el portazo. Empezó a decirme que no le provocara, que le perdonase, que tenía el mismo carácter que mi padre. Que era injusta, que mi hermano me quería muchísimo… Ya no quise escuchar más. Recuerdo cambiarme la camiseta, asearme un poco y salir de aquella casa en medio de una enorme confusión mental. Empecé a caminar por la calle, sin rumbo, creo que estaba en estado de shock. Lo primero que pensé fue en buscar una farmacia. Acababa de tocar fondo, y estaba cansada, muy cansada. Y lo cierto es que no quería seguir. No me veía con fuerzas para asumir que después de haber sido violada por mi padre durante trece años, después de hacer cosas que sonrojarían al mismísimo diablo, además mi propio hermano también me había agredido. Hasta que pensé en mi pareja, con el que llevaba unos meses, y en mis Padrinos, que no se merecían esto después de tanto esfuerzo.


No sé si conocéis el discurso que Steve Jobs, presidente de Apple, dirigió a la audiencia de la universidad de Stanford en junio del 2005. Contaba tres historias. Y las tres estaban conectadas: “No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en su futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea”. Creo que a mí me ocurrió algo similar. Uní los puntos. O al menos una parte de ellos lo bastante importante como para imaginar el dibujo completo. Ahí me di cuenta de todo: ¿a que había vuelto? ¿Qué demonios pintaba allí? En la casa donde mis recuerdos me destrozaban, junto al hombre que me había roto por dentro. Junto a la gente que no me había protegido, por el contrario, habían contribuido a que se perpetuasen las canalladas del ser depravado que dominaba mi vida, a callar y otorgar. Fue cuando decidí darle un rumbo nuevo a mi vida. Empezar de cero, como el fénix. Nada de refugiarme de nuevo en mis padrinos, nada de consentir la manipulación de mis padres y mis hermanos, que volverían a anularme como persona. Había estado a punto de ser violada por mi propio hermano y estaba aterrada, pero lo cierto es que decidí irme de esa casa, y buscar un sitio donde dormir esa misma noche. Tres días después conseguí encontrar la primera habitación en un piso compartido donde no me pedían una señal por anticipado. Tenía dos mil pesetas en el bolsillo, (el equivalente a unos 20 euros actuales) no sabía qué me deparaba el futuro, pero ya no podía ser peor que aquello. Era la hora de jugar a los dados. Y he de decir, que he ganado. Creo que desde ese día en que toqué fondo todo ha ido a mejor. Poco a poco, con algunos tropiezos, pero siempre hacia delante. Realmente ha sido agotador el viaje, pero ha merecido la pena.


Ahora puedo unir los puntos de nuevo, como aquel dos de mayo:

Mi madre ingresada tras mi nacimiento - Mi Madrina haciendo servicios sociales en un orfanato– yo, que era un bebé, en aquella institución de manera provisional – los abusos de mi padre – el rescate de mi Madrina – mis años oscuros – el regreso al escenario del horror. Y tras cerrar el círculo, he trazado una nueva línea tangente que se aleja del círculo cada vez más. Ahora puedo ver el dibujo completo. Y Esto es el resultado. No es perfecto, nadie dijo que sanar fuese fácil, pero es lo que hay, es lo que soy. No estoy curada. Tengo mucho camino que recorrer todavía. Pero si me veo a mi misma hace veinte años, no me reconocería, y creo que el cambio ha sido para mejor.



“No se puede conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes conectarlos mirando hacia atrás.”

Steve Jobs. (1955 - 2011) Empresario norteamericano, informático y presidente de Apple.

La Revolución Fluorescente