Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Yo Sueño

Capítulo 1 RECONSTRUYENDO EL PUZLE

Recuerdo la casa fría y oscura. Yo estaba viendo la tele en la habitación de mis padres. Ellos en la cama y yo sentada en una banqueta de madera junto a la puerta. Entonces mi padre me invitaba a meterme en su cama para ver a Los Chiripitifláuticos mas calentita. En medio de los dos. ¡Qué ilusión que papá y mamá me dejasen estar con ellos! Con seis años, recibir ese gesto de cariño era tocar el cielo. Ahora, cincuenta años después, creo que yo era como esos perros apaleados por sus dueños que, a pesar de los golpes, mueven el rabo en señal de sincera alegría cuando ese mismo amo les hace una caricia. Porque ahí recuerdo los primeros tocamientos de mi padre. Donde jugaba conmigo y me decía que le tocara la piel para comprobar lo suave que la tenía. Es la única vez que le recuerdo amable conmigo. Y no, no son recuerdos malinterpretados. Los padres normales no juegan con sus hijas tocándolas como él me tocaba a mí. Ahora lo sé. Ahora sé que soy superviviente de abusos sexuales en mi infancia.

Otro recuerdo habitual de mi infancia es despertar en mi habitación y mirar las moscas revoloteando alrededor de la bombilla desnuda del techo, dibujando polígonos irregulares que yo intentaba retener en mi memoria para ver si los dípteros repetían algún patrón de movimiento. El siguiente pensamiento era observar la luz de la ventana y calcular cuan avanzado estaba el día. De esa forma sabría si mi madre ya se ha ido a trabajar. Si no oía ruidos en la casa me quedaba quieta, sin moverme, sin hacer ruido, para que mi padre creyese que yo aún no había despertado porque ya estaba muy habituada a su nueva rutina. Y cuando escuchaba los muelles del somier de la otra habitación me acurrucaba de lado, mirando la cama vacía de mi hermana, cerraba los ojos y escuchaba completamente inmóvil fingiendo dormir. Le imaginaba asomarse a la puerta entornada y quedarse bajo el quicio durante unos segundos interminables para mí. A veces entraba, a veces no. 


Si pudiera condensar mi infancia en una sola palabra sería: esperar. Esperar a que él entre, esperar que sea rápido, esperar a que termine. Esperar a que pasen los días, las vacaciones. Esperar a que alguien me escuche, a que alguien me crea, a que alguien me ayude. Esperar a que pase el tiempo, a que se acabe la infancia, a ser un poco mas mayor. Y después, esperar a que pasen los años, a que el próximo sea el último de mi vida, a que llegue el sueño. Esperar a que ese sueño sea eterno. 


Fue la muerte de mi padre precisamente lo que me hizo dejar de esperar y empezar a moverme intentando hacer una reconstrucción de mi historia con los recuerdos que me quedaban en la mano, porque eran menos de los que había en realidad y estaban todos revueltos. Y a lo largo de estos últimos años he tratado de desgranar las etapas de mi vida buscando explicación a algo que no la tiene. Lo hice a través de un blog que abrí en internet, de nombre “Némesis En El Averno”, intentando exteriorizar cómo se siente una sobreviviente de Abuso Sexual en la Infancia. Y durante el proceso descubrí que en realidad me lo estaba revelando a mí misma. Averno era el nombre antiguo que se le daba a un cráter cerca de Cumas, en Italia. Se creía que era la entrada al inframundo. Siempre he tenido la sensación de caminar junto a un precipicio. Siempre con el riesgo de caer abajo, siempre imaginando que me despeño. Esta fue mi manera de sortear ese cráter, reconociendo mis propias limitaciones y buscando nuevas piedras sobre las que asentar los pies y afianzar las manos. El nombre de Némesis es algo más largo de explicar. Pero cada cosa a su tiempo, empecemos por el principio.



Es difícil resumir mi historia porque mis recuerdos son sesgados, incompletos y casi siempre tengo problemas para ubicarlos en un tiempo determinado de mi línea temporal. Nací durante la última década de la dictadura franquista en el seno de una familia muy humilde. Mi padre era pintor “de brocha gorda”, como llamaban a los obreros que trabajaban con la escayola, aplicaban pintura en la pared o colocaban el papel de decoración muy de moda en esa época. Pero en la intimidad familiar era un maltratador tipo, amo y señor de su casa, y agresor sexual. Mi madre era una triste y enfermiza esposa entregada a Dios y a su marido tal y como mandaban los cánones de la época. Soy la menor de cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, y todos hemos pasado por la misma situación pero con distintos resultados: Uno cruzó la línea, mi hermana se encerró en la negación, el otro se refugió en el olvido y yo vivía en una carrera constante hacia la autodestrucción. 


Pocos días después de que yo naciese mi madre fue ingresada por una prolongada afección de columna que la obligó a pasar dos veces por quirófano y le llevó varios años de rehabilitación. Sin ningún otro familiar que pudiera cuidar de mí, fui internada en una institución gubernamental. Durante el franquismo las jovencitas de buena familia hacían una especie de Servicio Social obligatorio en la llamada Sección Femenina, disuelta tras la muerte del General Franco. El destino quiso que una muchacha de diecisiete años que pertenecía a otra clase social muy diferente a la mía estuviese haciendo ese Servicio Social allí en ese momento. Cuando hablo de esa persona de mi infancia siempre me refiero a mi Hada Madrina porque, como en los cuentos, ella se encargó de rescatarme de las fauces del dragón. Así que cuando os hable de “mi Madrina” o de “mis Padrinos”, a ella y a su familia me refiero. Ella es la persona mas importante de mi vida, más incluso que cualquier miembro de mi familia biológica. Me conoció en la casa-cuna donde me ingresaron al nacer y vivió quince años luchando por darme unas mejores condiciones de vida. O esa es la sensación que siempre he tenido. No sé qué es lo que percibió mi Madrina en mí cuando aún era un bebé, pero empezó a llevarme los fines de semana a su casa, con sus hermanos, para que yo tuviera un contacto más familiar, y enseguida se percató de lo que ocurría. Según palabras de mis Padrinos, en las pocas ocasiones en que mi padre venía a visitarme al orfanato ya aprovechaba para meter el dedito donde no debía con la consiguiente infección vaginal. A partir de ahí, mi Madrina y su familia trasladaron su vivienda a otra ciudad y empezaron una cruzada por mi custodia hasta que un juez dictaminó, demasiado tarde, que ella tuviera mi Patria Potestad. En esos años no fue posible evitar el daño, porque fue un constante movimiento de vida: ahora con mi Madrina, ahora con mis padres, ahora con mi Madrina… y en los intermedios, interna en algún colegio por orden del Alto Tribunal Tutelar de Menores. 


Siempre digo que tuve dos infancias: un cuento de hadas y una película de terror. En el cuento vivo con mi Madrina feliz, muy feliz; en la peli vivo con mi monstruo. Obviamente no recuerdo cuándo empezó, porque siempre ha sido una reminiscencia de mi memoria desde mi más tierna infancia. Tengo asociada la convivencia con mis progenitores con el cinturón de mi padre y sus manoseos. Pero si recuerdo que, con los años, a los tocamientos habituales se sumaron otras prácticas, incluidas las violaciones, agresivas, angustiosas, terroríficas... Hasta que con trece años cesaron los abusos de forma abrupta y volví a la localidad de mis Padrinos de manera definitiva. Pero ese final aún no lo recuerdo, permanece en sombra en mi memoria y nadie ha podido darme datos exactos de lo que ocurrió. Las versiones son contradictorias y yo no tengo recuerdos para avalar una u otra. Lo único que sé es que las agresiones terminaron pero no el dolor. Yo llamo a esa etapa “mis Años Oscuros” que para mí son casi mucho más perturbadores que los abusos en sí. Con noches en vela por miedo al sueño, por las pesadillas; o de buscar sustancias para dormir en exceso, tratando de no tener recuerdos recurrentes que me rompían como una nuez. Y con comportamientos que distan mucho de ser normales. Conductas de riesgo, drogas, sexo compulsivo, alcohol, intentos de suicidio… Una etapa que se alargó hasta mis diecinueve o veinte años en que tuve la extravagante idea de volver con mi familia biológica junto al agresor al que siempre he recordado como tal y jugando al juego de la familia feliz con sus muertos en el armario. La “Hibernación” fue un periodo mas tranquilo. Doloroso igualmente porque los recuerdos, la culpa y la vergüenza seguían ahí junto a todas las secuelas que me han acompañado toda mi vida. Seguía esperando pacientemente la muerte, esta vez sin ir a buscarla, mientras me construía una careta perfecta para ser invisible y pasar escondida el resto de mi existencia. ¿Quién se fijaría en una esposa discreta, madre de un niño que vive en una humilde casa de campo alejada del mundo? No era la muerte que siempre había ansiado, pero se le parecía bastante. 


El fallecimiento de mi primer agresor rompió toda esa rutina que yo me había creado. La cuevita donde voluntariamente me había encerrado se vino a bajo con la defunción de mi padre, y lo que yo creí que jamás ocurriría, porque yo nunca volvería a hablar de mis abusos dadas las malas experiencias que había tenido en el pasado al contarlo, sucedió. Rompí mi silencio. Esta vez sin retrocesos, sin retiradas al escondite, sin bajar la mirada. Me sentía tan rota que ya no me importaba lo que ocurriera a mi alrededor. El mundo podía irse a la mierda, pero yo no iba a protegerme más. Fue como quitar la anilla a una granada y esperar a que la explosión se lo llevara todo por delante. Pero con un sorprendente resultado, porque en lugar de explotar, me despertó. Despertar me supuso reconocer el daño y ser consciente que el dolor que llevaba años padeciendo tenía origen en los abusos de mi padre. Con las nuevas tecnologías tuve un avance importante al tener acceso a información y ayuda a través de la red. Me registré en un foro de internet para supervivientes de abusos sexuales en la infancia y empecé a conocer a otros que habían pasado por la misma experiencia que yo. Fue sanador. Mi etapa de “Rehabilitación” había dado comienzo. Creo que el hecho de estar asentada, que me hubiera casado rehaciendo mi vida alejada de mis dos familias, es lo que por fin me llevó a buscar la mejor forma de ayudarme a mí misma. Y al despertar puse en marcha mecanismos que creo que llevaban engrasados desde hace tiempo, a la espera de ponerlos a funcionar. 


Mi blog ha sido la prueba mas palpable de mi etapa de Rehabilitación. Escribir en él ha sido terapéutico y me ha dado la oportunidad de interactuar con otros internautas, muchos supervivientes como yo, con los que he crecido y madurado muchísimo. Pero en estos años donde he roto mi silencio han surgido recuerdos nuevos, pedazos del puzzle de mi propia vida que ni siquiera sabía que existían porque mi mente me los había ocultado -según me dicen los que saben de esto- hasta que estuviera preparada para reconocer y procesar esos recuerdos. Y ahora estoy ante una mesa tratando de armar ese puzzle de diez mil piezas sin foto de la caja, sin ni siquiera tener muy claro cómo será el resultado final. Porque a mi original abusador, mi padre al que siempre recordé, se han sumado otros agresores que he recordado en estos últimos años.


Los abusos sexuales me han dejado muchísimas secuelas que durante años me han impedido avanzar en mi vida. He sentido autentico odio hacia mí misma por lo que creía haber hecho en mi infancia. La degradación a la que me vi sometida fue tal que mi autoestima se puso en números negativos y estaba convencida de no valer absolutamente nada como persona. Jamás tuve el valor de emprender nada que valiera la pena el esfuerzo porque yo no me lo merecía, empezando por mis estudios. Aun hoy me considero una cateta inculta que ha perdido todas las oportunidades de educación que pusieron a mi alcance. Me he sentido sucia durante años por el sexo descontrolado y en muchas ocasiones inducido en el que me sentía avocada a participar. Mi vida social se limitaba a escaparme por la ciudad y buscar a algún desconocido que apagase el dolor que sentía dentro, con relaciones muy violentas de las que después me arrepentía, llorando amargamente, y diciéndome a mi misma que era una furcia porque había disfrutado del sexo, con lo que seguían periodos de castidad en los que no soportaba el mas mínimo roce de nadie. He sentido vergüenza de mí misma por la masturbación compulsiva que ya había iniciado de muy niña hasta llegar al dolor. Me he sentido una bala perdida por las pastillas y los intentos de suicidio. Por hacer cosas sin mirar el peligro que conllevaban. Mi juego con las drogas y con otras prácticas de riesgo eran en el fondo una manera de intentar matar esos recuerdos, sin medir las consecuencias, y siendo plenamente consciente de ello. Podría hablar de mi relación con mi marido, de lo mucho que aún me cuesta intimar con él, de lo mal que me sentí el día que supe que estaba embarazada… Lo cierto es que poca gente imagina el destrozo mental que te hace esto.


Yo tuve la inestimable ayuda de mi Madrina que estaba en el lugar adecuado en el momento justo, y gracias a ella, y a toda su familia, que me acogieron como una más de ellos, creo que ahora he conseguido reconocer y valorar lo que me ocurrió en su justa medida, y de esa manera poder curar mis heridas con mayor o menor acierto. No es una tontería: la mayoría de las víctimas de abusos sexuales infantiles viven escondidos y se llevan su secreto a la tumba tras una vida triste e incompleta porque a veces parece que no nos recuperamos del todo. Parece que siempre habrá una fisura, una sombra negra que de vez en cuando nos envuelve la mente y tenemos que volver a reconstruirnos. A veces creo que mi herida siempre estará abierta. Pero ahora sé que la herida se puede cerrar aunque quede una visible cicatriz. Mi calidad de vida puede ser espectacularmente buena en comparación con lo que esperaba de mí misma. He descubierto que desde que hablo y escribo sobre lo que me ocurrió de niña, me siento mejor, mas "limpia" mas liberada. Por supuesto mis amistades lo saben y tengo la sensación de que es la hora de hablar, de gritar y de no esconderse. Los únicos que deberían haberse avergonzado son mis abusadores y sobretodo mi padre por ser el primero y el que creo que mas ha perdurado en el tiempo, que no merece ni la tumba en la que está enterrado. Ahora, soy una mujer con una pareja estable y con un hijo, que vive en familia, con una vida tranquila y con todo mi pasado sobre mis espaldas, pero feliz. Quiero ser la prueba de que los malos tratos y los abusos se pueden superar, se puede aprender a vivir con ellos sin que minen tu mente ni boicoteen tu vida. Si alguna víctima me lee, quiero que sepa que se puede escapar. Que no pierdan la esperanza. Para los que no son víctimas, tenéis que saber que junto a vuestras vidas existen lobos con piel de cordero. No miréis para otro lado. 



Esta es y ha sido mi vida hasta hoy. Pero, para que el lector no se pierda, he querido dejar un breve esquema de mi historia que iré ampliando a lo largo de este libro a medida que vaya hablando de mi infancia, los Años Oscuros, la Hibernación, la Rehabilitación... para que se entienda a qué me refiero en cada momento, puesto que hay saltos temporales entre capítulo y capitulo e incluso dentro de cada una de las que fueron mis entradas al blog; que es en realidad lo que vas a leer. Quiero intentar aclarar la línea temporal de mi vida porque incluso a mí misma me parece, a veces, caótica: 


Al nacer me llevaron a un orfanato donde me conoció mi Madrina y mis Padrinos. Viví esos primeros años de vida entre su casa y el orfanato, con visitas esporádicas a la vivienda de mis padres. A mis cinco o seis años me fui con mis padrinos a otra ciudad donde mayormente vivía en el periodo escolar, pasando las vacaciones con mis padres donde ocurrían los abusos. Hasta que a los trece años volví con mis Padrinos de manera permanente. Entonces se inició el periodo más oscuro y caótico de mi vida, donde estallaron todas mis secuelas con fuerza. La relación con mi familia adoptiva empezó a degradarse porque yo me sentía un estorbo y al final acabé volviendo con mis padres a mis veinte años. Ahí la caída fue libre. Ya no había abuso sexuales, pero había abusos psicológicos por parte de todos ellos. Cuando no pude más me independicé. Resultó ser la mejor opción, porque fue cuando conocí a mi actual pareja, me casé, tuve un hijo e inicié mi periodo de curación. 


En este libro encontraréis mas detalles de mi vida, detalles desgranados minuciosamente, analizados para poder comprender mejor mi propia existencia y mi proceso de sanación. Porque lo que vais a encontrar aquí es básicamente los pasos que he dado a lo largo de ocho años para salir del Averno y que dejé en su día plasmados en las entradas de mi blog. Decidí recopilarlas en lo que ahora son estas páginas, pero he querido mantener la advertencia que ya hacía entonces: Algunas de esas entradas describen escenas que para los supervivientes podrían ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos. Esto es porque no quise omitir nada. En ese momento necesitaba ante todo ser sincera conmigo misma. Muchos de mis traumas he logrado procesarlos gracias a poder plasmarlos en papel. Lo que vas a leer es una selección de las entradas que más marcaron los senderos que seguí para ascender en mi vida y poder disfrutar de la vista, que ahora puedo decir que es preciosa.


La obra está dividida en tres partes. La primera, la más caótica (porque era como me sentía cuando empecé a escribir) habla de mí, de mis orígenes, de cómo soy, cómo era, cómo pensaba y cómo me sentía en numerosos campos de mi vida. Porque los abusos sexuales en la infancia lo trastocan todo en nuestras vidas. La segunda parte es mi proceso, la evolución de mis pensamientos, cómo empecé a ganar pequeñas batallas internas conmigo misma. En el último tramo del libro es más evidente que mi sanación está en marcha, porque ya hago cosas, aplico nuevos pensamientos y tomo decisiones gracias a trabajar mi historia, hacer terapia y curar mi herida interna. 


No soy una heroína. No tengo un talento especial ni soy un caso aislado. Sólo soy una superviviente más como tantos hay en el mundo. Simplemente quiero compartir mi historia contigo porque es la historia de muchísimas personas. Quiero darles voz a través de la mía. Espero que cuando termines de leerme tengas una visión más real de lo que son los abusos sexuales en la infancia y de todo lo que implican.



“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad” 
Albert Einstein (1879 - 1955) Físico y científico Alemán


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu legado en el Averno.

La Revolución Fluorescente