Esta entrada describe escenas que para los supervivientes pueden ser muy perturbadoras y reactivar sus propios recuerdos.
Siempre he dicho que recuerdo mis abusos. No es del todo cierto. Supongo que en trece años es imposible recordarlo todo, y menos esos primeros años de infancia, cuando aún era un bebé, o una niña muy pequeña. Y en estos años de rehabilitación he descubierto que existe una secuela de los abusos muy habitual: la amnesia traumática. Al parecer es bastante frecuente que olvidemos parte o toda una situación traumática. Es un mecanismo que utiliza nuestra mente para protegernos, para no sentirnos superados por esos recuerdos. Y sólo cuando estamos preparados para procesar esos recuerdos es cuando la mente los saca del subconsciente y nos los devuelve en forma de flashback, pesadillas o imágenes oníricas que, al principio, desconocemos su procedencia o dudamos de su veracidad. Conozco a personas supervivientes de abusos sexuales en su infancia que habían olvidado por completo haber sufrido abusos, que no tenían ni un recuerdo, que ni siquiera “sabían” que habían sufrido abusos. Entiendo que cuando cuentas esto, mucha gente se niega a creerlo. Yo misma pensaba que es imposible olvidar una cosa así. Pero mi propia experiencia me ha demostrado que es cierto.
Siempre he tenido presente en mi memoria muchas escenas de abusos con mi padre. tumbándose sobre mí, en mi cama, frotándose contra mi pelvis, yo intentando apartarme y él decir con sequedad “no te muevas”; Instándome a que me metiera en su cama a ver los dibujos porque hacía frio, y aprovechar para acariciarme el pecho aun sin desarrollar susurrando lo suave que era mi piel y pidiéndome que tocase la suya para que yo viese que la teníamos igual de tersa, con mi madre al otro lado de la cama; O estar sentados los dos en el sofá y guiarme la mano hacia su “paquete” obligándome a presionar, a pesar de que yo intentaba no tocar el calzoncillo caliente. Y por supuesto, los últimos dos o tres años de abusos en los que empezó a “justificarse” porque en lugar de entrar furtivamente en mi habitación, sin pronunciar palabra, o de llamarme para ver la tele con él en su cama, comenzó a enseñarme como un profesor: “Mira, esta es mi polla. Tienes que moverla así, de arriba abajo. Tócala, ¿ves cómo crece? Un día de estos te la meteré por ahí para que sepas como vienen los niños”.
Hasta aquí, entre muchos más recuerdos asquerosos llega mi retentiva, lo que siempre tuve presente. Cuando murió mi padre se reactivó un recuerdo que ya había tenido varias veces. Era de esos recuerdos que tienes y vuelves a olvidar, como cuando tienes un viejo amigo en el que no habías pensado en años pero que cada vez que lo ves en una foto te vienen a la memoria montones de recuerdos con él. Pero éste recuerdo siempre era ligeramente distinto. Cuando me venía a la cabeza, no sé por qué extraña razón, no veía a mi padre, veía el rostro de otro hombre. Siempre creí que mi mente por algún motivo me cambiaba su imagen. No recordaba mucho, apenas imágenes sueltas. Creo que me obligaba a masturbarle. Y me tocaba. Yo daba por sentado que era otro recuerdo más de mi padre.
Cuando abrí mi blog dos años después de su muerte, ese recuerdo volvió a la portada pero de forma más agresiva. Era un flashback recurrente con el que soñaba, despertaba y me acostaba. Unas imágenes que se repetían en mi cabeza una y otra vez por más que intentase distraer mi mente con otros asuntos de mi vida. Fue entonces cuando entendí por qué yo no veía a mi padre en esos flashback: Mi madre cosía a veces para algunas personas de la vecindad. Iba a sus casas para las pruebas, y algunas veces yo la acompañaba. En una ocasión fuimos a la casa de una de esas vecinas que tenía una hija de mi edad. Creo que éramos muy pequeñas, unos cuatro o cinco años, tal vez seis. Estábamos en la habitación de ella jugando cuando entró su padre. Él era la imagen de mis flashback. Sigo sin reconocer su rostro, solo supe en ese momento que el hombre que ese día metió la mano bajo mi falda no era mi padre sino el padre de esa niña con la que jugaba.
Ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador fue descorazonador. Supuso toda una crisis. Tardé varios meses en recuperarme. Estuve a punto de tirar la toalla. No pensé en el suicidio, pero mi hijo ya era grande y ya no me necesitaba como antes, pensé más en “dejarme ir”. Me acosté muchas noches pensando que sería genial no volver a despertar. En aquella ocasión mi monstruo empezó a fustigarme con la idea de que había sido abusada por medio barrio. Que había sido poco menos que prostituida. No podía creer que después de cuarenta y dos años descubriese que mi padre no había sido el único. Me costó asimilarlo. Llegué a dudar de mis propios recuerdos, pensando que tal vez era aquel hombre el que me había quebrantado y que mi padre solo había sido un maltratador. Fue un caos. Tuve la sensación de haber cometido un pecado imperdonable, que me había vendido al mejor postor. Me sentía responsable de aquello por no llorar más fuerte, por no llamar a mi madre que estaba en el salón con la madre de aquella niña probándole el vestido. Me avergonzaba de mi misma, y más después que la escena estuvo más completa. Recuperé el resto de ese recuerdo un par de semanas después. Volvió a ser desgarrador recuperarlo.
No empezó de forma paralizante. No tuve ansiedad, temblores o vómitos. Esos vinieron después. Tan solo había una inmensa tristeza. Me vino en sueños. Ni siquiera recuerdo la pesadilla. Solo sé que desperté durante varios días con la sensación de estar triste y abatida, con esa opresión en el pecho que se tiene cuando hemos llorado mucho. Y al intentar pensar por qué me sentía así, percibía que una imagen quería abrirse en mi cabeza, pero sin llegar a verla. El destello duraba apenas unas décimas de segundo. Era una sensación, un flash que no terminaba de formarse el tiempo suficiente para retenerlo. Como si saliese a la superficie un momento, que lo viera con el rabillo del ojo, para después sumergirse de nuevo en el fondo de mi mente. En seguida saltaban otros recuerdos de los abusos de mi padre, de esos que sí tengo presentes. Pero no sé por qué razón esos días veía esos recuerdos “oficiales” como parte de la pesadilla. Entonces mi Monstruo sacó la artillería pesada y empezó el caos. Los recuerdos del vecino se hicieron claros, pero asocié esas imágenes y las de los abusos de mi padre a la pesadilla y creí que me había vuelto loca. Me asaltó la duda. Empecé a pensar que todo era falso. Que nunca habían ocurrido los abusos. Que mi mente había creado una fantasía tan perfecta que me había tragado mis propias mentiras. Me sentí morir. Toda mi vida por el desagüe. Todo una farsa, una representación, y empecé a castigarme por ello. La eterna batalla entre mi monstruo y yo. Cuando conseguía demostrarme a mi misma que un pequeño recuerdo era autentico, mi monstruo me rebatía. “Sí solo fue eso, no fue para tanto. ¡Supéralo!”. Hasta que por fin aquellos recuerdos se hicieron patentes, se hicieron reales.
Siempre creí que mi padre había sido el primero en mostrarme cómo se hace una felación con doce años. Me equivocaba. Aquel cabrón entro en la habitación y se quedó mirándome como el depredador que observa a su presa ignorante de lo que va a ocurrir antes de lanzar su ataque. Tenía la imagen de mí misma de pie, retrocediendo aterrada hasta tocar con mi espalda en la puerta del armario y él, agachado, gateando a cuatro patas, acercando su cabeza hacia mis piernas, sus manos bajándome las braguitas hasta la rodilla, levantando mi falda y relamiéndome el pubis, sorbiendo la saliva, como un perro soltando baba. Después saltaba la imagen. Sé que había más, pero lo siguiente que recordé con claridad es que ese hombre estaba de pie, que era muy alto, y que me restregó por la cara su miembro, me lo introdujo unos momentos en la boca, lo sacó y eyaculó sobre mi rostro. Como si me hubiesen disparado con una pistola de agua caliente. Le recuerdo limpiándome con un pañuelo mientras se sonreía. Como alguien que hace una travesura. Recuerdo el semen caliente en mi cara. Recuerdo llorar desconsoladamente. Recuerdo sentir muchísimo miedo. Su hija permanecía sentada en la cama, temerosa, avergonzada, resignada mirando al suelo. Creo que jugueteaba con una muñeca entre las manos. De vez en cuando me miraba de forma furtiva, como si supiera bien lo que había ocurrido. Pobrecilla, imagino la exigua sensación de alivio que tendría al ver que esa vez no le había tocado sólo a ella. E imagino la culpabilidad que sentirá ante ese recuerdo.
Con mi secuencia algo más completa me sentí desamparada. Días después de ser consciente de que mi padre no había sido mi único abusador, se enteró mi marido. Desperté un domingo sobresaltada con la pesadilla de aquel recuerdo aun en mi mente. Mi pareja estaba en la cocina haciendo café, y le pregunté porque no me había llamado para ir a trabajar. Me miró sorprendido. Al darme cuenta de mi confusión, me vine abajo, empecé a temblar y a llorar desconsolada, no tuve más remedio que contárselo. Se lo conté mirando fijamente el dibujo de las baldosas del suelo. Estaba aterrada de su reacción. De repente me lo imaginé mirándome asqueado, pensando que le había mentido, o preguntándose por qué no se lo había contado primero. Me sentí la persona más repugnante de la tierra. Pero no tenía razones que temer sobre mi pareja. Es el hombre más extraordinario que conozco. Me abrazó y me consoló. Recuerdo que tomó la decisión de llevarme a dar un paseo por la playa, que esos días de invierno estaría desértica y el paseo me sentaría bien. Él sabía que me encantan esos paseos por playas solitarias, dejando que la brisa del mar azote mi rostro. Recuerdo que necesitaba tenerle pegado a mí, sentir el contacto de su mano, incluso le pedí que no me soltara. No lo hizo. Fue todo amor y comprensión.
Lo cierto es que convencerme un poco de que mis recuerdos eran reales me llevo relativamente poco tiempo, unos días nada más. El apoyo del foro de ayuda donde participaba me ayudó mucho. Tardé algún tiempo más en encajar el nuevo recuerdo. Pero en parte es terreno conocido. Sé cómo lidiar con ello, porque siempre funciona igual. Todo lo que hago, pienso, siento, veo, oigo, toco o saboreo, me lleva inexorablemente hacia las imágenes recuperadas. Paso un tiempo (variable) en el que todo me retrotrae al hecho. Como una imposición. A veces me paraliza, me provoca ansiedad y paso días sin comer. Es lo que muchas veces he denominado “encerrarme en la sala de cine”. De adolescente era lo que más miedo me daba, porque creía que esas imágenes no se irían jamás. Mi monstruo se aseguraba de ello. Es cuando mi marido dice que parezco más despistada, cuando no sé ni por donde camino, que me tropiezo con todo. No imagina que no veo la calle, veo mi recuerdo. Pero con el paso de los días la escena empieza a diluirse, como un azucarillo, y voy poco a poco recuperando mi vida. Como cuando recordé a mi vecino, que a pesar de sentirme triste, no llegué a detener mi vida como me ocurría en el pasado. Es como el tranvía que reduce su velocidad para recoger pasajeros en marcha. Necesito ralentizar mi ritmo para que mi recuerdo entre y se acomode en mi mente.
Aún tardé en tener claro dónde colocar aquel recuerdo. Estuve tiempo con la duda de su veracidad o de su alcance, porque la sensación de que fui utilizada de manera despiadada me seguía persiguiendo. Cuando las imágenes recurrentes empezaron a desaparecer del primer plano de mi cabeza, una parte de mí pareció volver a confirmar que existió un segundo abusador, pero mi monstruo me asaltaba a preguntas que me estaban castigando la mente de forma implacable. ¿Sabía aquel hombre lo que me hacía mi padre, y por eso se aprovechó? (Total, si la nena ya conocía lo que era eso…) ¿O se dio cuenta en ese momento que yo ya sabía, que no era la primera vez que me dejaba tocar? ¿Acaso me han prostituido? ¿Cuántas veces voy pasar por esto? ¿Cuántos desalmados más existen en mi pasado?
Y volvieron las viejas preguntas: ¿Y si todo es falso? ¿Y si me he creído mis propias mentiras, fantasías sexuales en las que me imagino a mi misma como una niña?... aún estuve tiempo muy confusa y triste. Tardé en recolocar todo. Es como si cuando lo descubrí por primera vez mi monstruo me hubiese atacado de manera agresiva, frontal y al ver que eso no funcionaba, que el recuerdo se volvía a esconder en mi subconsciente, optase por la guerra psicológica. Tardé tiempo en tomar conciencia de lo que podía representar ese recuerdo. De hecho, escribí la entrada para el blog relatando los hechos en un momento de “credibilidad”, en un día en que sí creía en mis abusos. Tal vez al día siguiente me despertase pensando lo inmensamente enferma que estoy al haber llegado a escribir semejantes espejismos. Y tuve que hacer un autentico acto de voluntad por colgar aquel post. Después tenía mucho miedo de lo que no recordaba.
Es curioso cómo funciona la mente. Un día “sabía” que era real, y al el día siguiente, cuando aquel último recuerdo empezó a tomar forma, dudaba de todo. Automatismos de defensa que utiliza la mente para protegerse. Esconde un recuerdo y lo devuelve en sueños o flases, para poder encajarlo, para poder colocarlo entre el resto de la baraja de la memoria. Y mi baraja es muy grande. Fueron trece años de cartas marcadas por mi padre. Ni siquiera entonces recordaba al vecino. A veces siento coraje. Me da rabia que sabiendo cómo funciona esto, que conociendo a mi monstruo, aun lo pase mal en esos momentos. Siempre creo que esa vez si hay razones para flagelarme, y cuando pasa la crisis, me regaño por tonta.
No sé si lo de aquel miserable fue solo aquella tarde, pero fue lo suficiente para recordarlo entre tantas aberraciones paternales. No recuerdo el nombre de la niña. No sé quién era el vecino. Pero muchos meses después el recuerdo volvió a ampliarse y la escena se volvió más completa en detalles, aunque en esa ocasión lo recordé todo de forma más tranquila, sin pesadillas, sin flashback, como cuando recuerdas aquella vez que fuiste a visitar a tu tía y se cayó la taza de chocolate. Sin duda el trabajo de reprocesar el nuevo recuerdo ya estaba hecho, y no me costó completar las lagunas que faltaban: La habitación era amplia y la luz natural entraba por la ventana iluminando la estancia. Una colcha con motivos florales decoraba la cama. Había una casita de muñecas de tres o cuatro plantas echa en madera. El armario de la estancia era blanco y tenía dibujos en sus puertas. Había juguetes por todas partes. Era el dormitorio de la hija de la señora para la que mi madre estaba cosiendo un vestido. Ambas mujeres se habían quedado en el salón probando las telas y nos enviaron a su hija y a mí a su habitación a jugar. Fue minutos más tarde cuando se abrió la puerta de nuevo. Cuando él entró se quedó unos segundos mirando agarrado al pomo de la puerta abierta, no sé si valorando los riesgos. Recuerdo mirar a mi compañera de juegos interrogante. No recuerdo preguntar en voz alta quién era ese señor alto, delgado y con una incipiente calvicie, pero ella hizo un gesto de hastío y resignación y dijo en un susurro: “Es mi padre”. Recuerdo que se habían activado todas mis alarmas. A veces pienso en la niña. ¿Durante cuánto tiempo duraría su propio infierno? Porque estaba claro que ella también sabía, como yo, lo que ocurriría en cuanto él cruzase el umbral. El tipo traía una bolsa con chucherías. Cerró la puerta y se sentó en la cama ofreciéndonos las golosinas. Inició un juego macabro en el que aseguraba que según el tipo de chuchería que comiéramos adquiriríamos ese sabor “ahí abajo”, y que quería comprobarlo. Creo que él fue el primero en comerse un dulce y quitarse los pantalones para demostrarnos que el intercambio debería ser mutuo. Ahora ya sé porque no me gustan los helados de cucurucho, nos había instruido con ese ejemplo. Estuvo alternando entre su hija y yo para ver quién “tenía mejor sabor”. El tío se lo pasó bomba a nuestra costa pero a mí, e imagino que a esa niña, nos dejó una herida en el alma que, al menos en mi caso, tardó décadas en sanar.
Lo cierto es que recuperar tu vida después de los abusos es siempre un proceso lento y doloroso. Y nunca termina. Cuando crees que la herida está cicatrizando vuelve a infectarse, a exudar pus. Y vuelve a doler igual que el día que te infringieron el daño.
“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”
Gustave Flaubert (1821 – 1880) escritor francés.
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