Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Yo Sueño

Capítulo 2 EL MONSTRUO DEL CASTILLO

 Las víctimas de abusos sentimos mucha culpa y tenemos muy poca autoestima. La agresión te marca de tal manera te hace sentir menos que nada, un simple objeto de usar y tirar, y encima vives convencida de ser la única responsable de ser así de inútil. A veces me siento culpable hasta de respirar y mi autoestima roza siempre la línea de flotación. Con los años he llegado a reconocer que es una consecuencia de los abusos, pero al principio, cuando no lo asociaba a ello me sentía perdida en mis etapas de depresión. Y eso, unido a otras secuelas lo he llegado a visualizar en un personaje inventado por mi imaginación: mi Monstruo.


La equivalencia me la enseño una amiga de la infancia: la mente es como un castillo encantado con miles, millones de habitaciones que cambian de lugar a su antojo. Cuando se tiene un recuerdo es como entrar en la habitación que lo guarda para poder revivir ese momento. Pero en mi cabeza existe un monstruo atroz que de vez en cuando se escapa, campa a sus anchas por el castillo y puedo encontrármelo en cualquier habitación. Asoma con cualquier tontería: puede ser un objeto, una persona, el estampado de una prenda, una frase, tocar ropa de cama húmeda, un ruido, un olor...  por ejemplo los escupitajos me ponen enferma, no puedo evitar que me recorra un escalofrío oír el sonido gutural que los produce. Son solo décimas de segundo pero entro en la habitación y… ¡zas! el aullido de mi monstruo me traspasa. Es un flash, una imagen, un sonido. Un recuerdo de mi padre. A veces sólo lo oigo porque está encerrado en las mazmorras y grita para que no le olvide, para que sepa que él está ahí; pero a veces está presente enseñando los dientes y amenazando con devorarme de un bocado para luego eructar sonoramente. Creo que los psicólogos los llaman Flashback. Es cuando me siento peor. Tengo nauseas, temblores, ansiedad… porque en mis más bajos momentos, mi monstruo practica además un juego macabro: es como estar encerrada en una sala de cine donde solo proyectan alguno de mis recuerdos, y la película se repite una y otra vez sin que pueda pararla. Llegado ese punto antes optaba por quemar el cine y salir por la pantalla aun a riesgo de mi vida. De ahí las drogas sin control, los intentos de suicidio, las prácticas de riesgo, los retos al destino. Ahora escavo túneles buscando una salida negociada bajo el suelo. 


He aprendido que los flashback que me envía mi Monstruo no son actuales, que ya no pueden hacerme daño, pero él sigue ahí y ahora me agrede más a menudo de otra forma más sutil. Cuando emprendo un proyecto nuevo, cuando conozco a alguien, lo primero que me asalta la mente son pensamientos negativos que el monstruo me impone: “No saldrá bien, fracasarás, no merece la pena, solo te conoce para reírse de ti porque eres fea y odiosa…”. O por el contrario, me “anima” a seguir adelante, pero con la seguridad de que es una estupidez lo que voy a hacer, que me arrepentiré el resto de mi vida… pero que es lo único que merezco. Y entonces comienza el trabajo de reestructuración. Es como vivir una lucha interna entre mi monstruo y yo, como si hubiese dos personas dentro de mi cabeza, y es agotador. Siempre es el mismo proceso mental. El primer pensamiento invariablemente es negativo. Con la practica he conseguido que muchas veces esa parte dure apenas unos segundos. Logro apartar esos pensamientos con rapidez de la cabeza pero están ahí esperando el primer resbalón para decir: “te lo dije”. Pero a veces el monstruo toma el control. Lo hace sin darme cuenta, no soy consciente de su presencia hasta que es demasiado tarde tal vez porque forma parte de mí y no le reconozco cuando actúa, hasta que la oportunidad de tener, conseguir o conocer algo o a alguien nuevo se ha desvanecido y eso siempre me limita. Tengo la sensación de que me coarta las decisiones que tomo. Que no soy libre de elegir la mejor opción. Mi marido dice que me valoro muy poco. Por eso nunca me promociono en mi trabajo y soy conformista con lo que tengo. Nunca aspiro a grandes cosas. Admiro a aquellos que se ponen metas y dedican su tiempo a ellas. Yo apenas puedo predecir que prepararé para comer la próxima semana. 


El último ejemplo lo tienes aquí. Llevo años escribiendo. Tenía diarios y libretas escondidos entre mis cosas para que nadie los encontrase. En ellos descargaba pensamientos de todo tipo. Cuando tuve mi propio ordenador dediqué muchas horas a pasar y poner en orden esos pensamientos. Ha sido como vomitar. Entonces me planteé la posibilidad de hacer lo que hoy es este libro. Pensé que si había decidido no callar más mi condición de víctima, de superviviente, y contarle a mis amistades lo que me había ocurrido de niña, no había razón para no sacar a la luz mis pensamientos. Así que me marqué el reto de hacerlo y enseguida mi monstruo entró al ataque. Primero me puse excusas: No tengo ni idea de ordenadores, no sé nada de internet, no conozco qué hay que hacer para publicar un libro, es un asunto que no le interesa a nadie, no les va a gustar como escribo… Después me puse plazos: Esperar a un ordenador nuevo, a que pasen las vacaciones, a después de navidad… un día me sentí valiente y me decidí, ahora o nunca. Pero en lugar de escribir un libro, abrí un blog. Lo hice una tarde con la ayuda de un amigo que maneja internet mejor que yo. En ese momento me hundí. Al leer mis propias palabras flotando sobre la foto de un faro que había elegido como fondo para ese blog, siendo consciente de que eran visibles a todo el mundo, me derrumbé. Hacía mucho que no me sentía tan mal. Volví a llorar y vomitar (siempre a escondidas, que nadie se diera cuenta) volví a pasar noches en vela por miedo a dormir porque las pesadillas habían regresado. Volví a tener doce años y me vi otra vez en mi cama, sin hacer ruido, inmóvil, mirando las moscas revolotear bajo la lámpara esperando a que él entre en mi habitación cerrando la puerta. Mi monstruo estaba tomando el castillo.


Pero esta vez ocurrió algo extraordinario. Cuando dejé de esconder mi condición de víctima, cuando me quité la mordaza de la boca, no me dio vergüenza decir a mis conocidos que estaba mal, incluso alguno de ellos se dio cuenta y me preguntaron sin problemas si me encontraba bien. Tuve algunas conversaciones con ellos, sin tabúes, consolándome, haciéndome sentir querida y apreciada, y fue realmente reparador. Poder hablar de cómo me sentía en ese momento fue la mejor terapia que he tenido en mi vida. Pero no fue fácil, casi fueron ellos los que me arrastraron fuera del pozo porque  estaba otra  vez construyendo la barrera, formando la coraza en la que esconderme hasta nueva orden. Y de hecho, mi familia más cercana continuó casi dos años más en la más absoluta ignorancia de la existencia de aquel blog, y aunque me vieron mal y no me vi con fuerzas para contarles la razón exacta, jamás me sentí presionada por ellos. Sabían que algún recuerdo se había reactivado, y que solo necesitaba su ternura, su consuelo y esperar que yo les hablase de lo que siento, o de lo que callo, y me hicieron ver que son como un rincón seguro donde acurrucarme cuando me siento herida. Y eso para mí es muchísimo. Ahí me planteé que mi próximo reto sería contarle a mi marido mi aventura en internet, pero eso sería otra historia y otra batalla contra el dragón.


Afortunadamente las aguas volvieron a su cauce. Supongo que el trabajo, que en esos momentos me mantenía entretenida, también me ayudaba a ocupar mi mente. Los métodos de relajación funcionaron pero me sentí como si despertase de una noche de resaca aún en medio de la bruma y sin saber muy bien qué dirección tomar. Todavía quedaron resquicios durante un par de semanas. Una parte de mí siguió diciéndome que no debería haber hecho el blog, que los más cercanos pensarían que era un asunto personal, íntimo, que nadie tiene porqué conocer, porque demostraba que estoy sucia por dentro; otra parte me decía que sí, que estaba muy bien, que no importa lo que opinen los demás si con esto alguna víctima se siente un poco más valiente… y que también me ayudaba a mí de una forma que entonces no comprendía. Recibí muestras de apoyo, ni un solo correo fue negativo, por lo tanto al final llegué a la conclusión que había sido una buena idea el blog o al menos no el desastre que me vaticinaba mi monstruo. Pero durante muchos meses seguí aterrada. Cada vez que llegaban mensajes nuevos, entraba en un estado de ansiedad enorme y a medida que la relación que tenía con el remitente era más estrecha esa ansiedad era mayor. A veces me sentía como cuando tenía dieciocho años y esa ansiedad me empujaba a hacer tonterías y a correr riesgos innecesarios. 


Pero desde entonces, creo que ahora los “riesgos” que corro son buenos para mí. Mi pareja no siempre me apoya, lo que me demuestra que empiezo a ser capaz de tomar mis propias decisiones (errores incluidos) y que el monstruo no forme parte de ello. Empiezo a tomar el control, Aunque a veces haya bajones, aunque a veces él me envenene la cabeza y necesite volver a rehacer mis pensamientos, tengo la sensación de que ahora eso ocurre cada vez con menos frecuencia. Y  esa sensación me encanta. Porque cuando estoy bien, cuando pienso en positivo, me siento realmente orgullosa de lo que hago. Tengo la sensación de que nada puede pararme y me siento muy poderosa.



"Los monstruos son reales, y los fantasmas también, viven dentro de nosotros, y a veces, ellos ganan"

Stephen King. Escritor estadounidense.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu legado en el Averno.

La Revolución Fluorescente