Se lo debía desde que abrí el blog. Era una obligación para mí escribir esta entrada y reconozco que no fui nada objetiva. No podía ser objetiva con aquellos sin cuya intervención yo sería menos que nada: mis Padrinos.
Cuando era niña imaginaba a mi Madrina como un hada de verdad: rubia, de ojos azules, alta, bella… creía que agitaría su varita y… zas!, todo arreglado. Su educación, sus gestos o su trato la diferenciaban mucho de mis padres. Era como ver a una diosa. Lo cierto es que fue pionera en muchos campos: Fue empresaria de éxito en una época que aún dominaban los hombres casi en exclusiva. Fue diseñadora, con una creatividad asombrosa, tal vez no lo bastante reconocida. Y fue madre con diecisiete años. Fue mi madre a pesar de que tendrían que pasar aun doce años más antes de tener a su primer hijo.
Siempre me contaba que cuando me conoció en la institución donde yo estaba ingresada a mis dos años de edad, pidió permiso para llevarme con ella los fines de semana para que yo tuviese un contacto más familiar fuera de la frialdad del orfanato en el que llevaba prácticamente desde que nací por la operación de espalda de mi madre. Su hermana más pequeña apenas tenía once o trece años. Enseguida me convertí en la sexta hermana. Y enseguida empezaron los problemas. No puedo dar detalles, los desconozco, pero imagino que a algunas personas de mi familia no les gustaría que una “niña bien” me llevara los fines de semana a su propia casa. Hasta entonces mi padre me recogía cada uno o dos meses para llevarme con mi madre, que aún no podía moverse del lecho de escayola que la mantenía en casa, y pocas horas más tarde me devolvía a mis cuidadoras.
La primera vez que mi Madrina sospechó algo fue después de una de esas visitas. Ese mismo día ella me llevó a su casa a pasar el fin de semana. Me contó que tuve fiebre y pesadillas toda la noche y me llevó al médico. El diagnostico fue rotundo: infección vaginal. En ese momento comenzó la guerra. Quince años de guerra. Denuncias, amenazas de denuncias por secuestro porque mi padre no me entregaba en la fecha u hora señaladas por las instituciones, colegios-internado por semanas, volver con mi padre, regresar con mis padrinos, tutelas compartidas con el Alto Tribunal Tutelar de Menores… tengo un expediente con el que se podría empapelar toda mi casa.
Cuando yo cumplí cinco años, tras la separación de sus padres, mi Madrina y sus hermanos trasladaron su vivienda a otra ciudad, con su padre. Yo solo puedo especular con lo que pasó. Creo que hubo una especie de pacto entre mi padre, mi Madrina y el Tribunal de Menores, para que yo pasase la época escolar en el hogar de mi Madrina y las vacaciones con mis padres. Pero mi padre siempre tenía la última palabra. Él decidía, porque tenía mi Patria Potestad, si se continuaba con el “pacto” o yo me quedaba en casa de mis progenitores. Jamás le quitaron esa autoridad, hasta que un juez me otorgó, cuando yo estaba a punto de cumplir los quince años, la facultad de decidir. Por lo tanto, a veces me quedaba en la vivienda de mis padres más tiempo del habitual y ha sido una de las razones por las que he cambiado de colegio en numerosas ocasiones. Nunca regresaba a la misma escuela, los directores no querían familias problemáticas entre sus alumnos. Lo cierto es que era un caos. Además de los abusos, mi vida era un constante ir y venir de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un colegio a otro, de una vida a otra. Todo para que mi Madrina me extrajera de aquel ambiente, o eso es lo que yo siempre he percibido. Supongo que todo esto demuestra que ella estaba muy concienciada en ayudar a una pequeña abusada por su propio padre. Hay muchos ejemplos de gente altruista que dedica gran parte de su vida a ayudar a los demás. Y que por desgracia no son siempre reconocidos como debieran. Para mí fue mucho más que eso.
Para mí siempre será un misterio qué razones tuvo una adolescente de diecisiete años para que se comprometiera sin ninguna razón aparente con una niña, un bebé, hasta el punto de hacer girar su vida alrededor de ella. Y aun no conozco la respuesta. Nadie puede dármela salvo mi propia Madrina, y hoy por hoy, no puedo preguntarle. Ella nunca me ha hablado de esa época más que pasando por encima, sin detalles. Nunca me ha querido hablar de lo que ella ha pasado luchando durante más de quince años. Seguramente mi Madrina pasó su propio tormento. En el fondo de mi alma, nunca he llegado a entender esa actitud conmigo, no lo merezco, la hija de un simple obrero, no concibo que clase de suerte me ha tocado. O mejor dicho: lo sé demasiado bien. Si mi Madrina no se hubiera metido en medio, yo habría acabado perdida como mi hermana en la locura; o de puta en algún tugurio; o en la calle, buscando mi dosis diaria de muerte; o asesinada a golpes por mi padre. Una estadística más. En una ocasión hablé con su hijo, cuando era todo un hombre ya, y me transcribió lo que su madre decía de mí: “Si yo no me la llevo conmigo, esa niña se muere.”.
Muchas veces pienso en ella y en sus hermanos como una sola persona. Porque todos actuaban como una sola mente, un solo educador. Todos ellos eran, de alguna manera, como una extensión de mi Madrina. Si ella no estaba yo siempre quedaba con alguna de sus hermanas y con todos guardo un maravilloso recuerdo de mi infancia. Recuerdo cuando me quitaron las amígdalas. Una de sus hermanas me daba la mano mientras el médico me ponía una enorme mascarilla en la cara que me hizo sentir igual que en el cine, esos “fundidos en negro” de las películas. Y cuando desperté de la operación seguía allí, a mi lado, acompañada de sus otras dos hermanas. Mi Madrina había ido a buscar a mi madre con el coche, pero yo no la echaba de menos. Tenía cuatro o cinco años y ya tenía claro con quien me sentía más a gusto, más protegida. Lo cierto es que toda esa familia se convirtió para mí en algo muy particular: La hija mayor, a la que considero mi Hada, es mi Madrina; y los otros cuatro hermanos son mis “Padrinos Menores”, no por su menor relevancia sino por el hecho de que sería mi Madrina la que siempre tomase las decisiones importantes que se referían a mi vida en la medida de lo posible.
Cinco hermanos. El número mágico. Cuatro mujeres y un hombre. Y cada uno con un “don”. Mi Madrina, la mayor de todos los hermanos, la gran jefa, el referente para mí. Fuerte, inteligente, enérgica, y siempre con una palabra de tranquilidad en medio de la tormenta. El segundo, mi Padrino, el único varón, fue junto a su padre mi referencia paterna, la figura masculina que todos tenemos en nuestra infancia. Independiente, ligón, pero todo un caballero. Jamás me sentí amenazada en su presencia. He pasado semanas enteras a solas con él en la casa de la playa y era como estar con mi propia Madrina. La tercera, soñadora, romántica, me enseñó el mundo a través de sus viajes. Aun guardo una camiseta, toda raída, que me trajo de Londres con el dibujo de un elefante y la leyenda “look my back”. La cuarta, práctica, intelectual, la Madre Tierra, la caja de los secretos, la mejor confidente del mundo. Me mostró los secretos de las matemáticas, la física y la química. ¿Los deberes del cole? Con ella. La quinta, la pequeña, por nuestra edad supongo que compañera de juegos en mi primera infancia, rebelde, inquieta, alegre, me enseñó el amor a los animales y al mar. Y el padre de todos ellos, serio, distante y a la vez cercano. Como Zeus, el padre de los dioses, que solo intervenía en caso de catástrofe, pero sabías que estaba ahí protegiéndote desde la distancia. Me consta que dio la cara por mí en más de una ocasión. Yo era su princesa, todo lo que le pedía me lo concedía. Mi colección de disfraces es suya y me regaló mi primera bici. Me enseñó algo que nunca he olvidado: “La educación (la académica y la de comportamiento) abre muchas puertas. Las que no abre, es porque están cerradas desde el otro lado”.
Todos ellos son mi padre y mi madre. Los que considero como tal. Una madre dividida en cuatro mujeres. Un padre dividido en dos. Y a todos ellos les debo parte de lo que soy, la parte resiliente, la parte superviviente. Tengo grabadas en mi alma muchas de sus enseñanzas. No solo su recuerdo de una infancia feliz, también poseo aptitudes aprendidas de ellos. Durante mis años oscuros no era capaz de verlo pero a partir de mi periodo de hibernación se hicieron muy presentes. Ellos, sin que yo me diera cuenta, han plantado su semilla en mi alma. El ejemplo inconsciente que se impone en mí siempre es el de ellos. Para esas experiencias de la vida diaria que todos tenemos siempre he tomado como referencia a mi familia adoptiva.
Tengo a mis padres biológicos como un mal sueño. Cuando supe que estaba embarazada me llevé el disgusto de mi vida. Nunca me creí capacitada para ser madre. ¿Cómo iba a cuidar de un ser indefenso cuando yo no había sido capaz de protegerme a mí misma? ¿Cómo iba a demostrarle cariño sin hacerle daño? he leído que algunos maltratadores y pederastas son hijos de maltratadores y pederastas. ¿Y si yo era así? ¿O le hacían a mi hijo lo mismo que a mí? Tenía un concepto de mí como madre horrible. Para mi sorpresa, el primer día que lo tomé entre mis brazos, me acordé de mis padrinos que ya eran padres y madres cuando volví con ellos en mi adolescencia y recordé los sentimientos maternales tan maravillosos que veía trasmitir a esos niños. Esos mismos sentimientos que yo había recibido de ellos durante mi infancia.
He pasado toda mi vida a caballo entre mi familia biológica y mi familia adoptiva; entre la abominación y la cordura; entre las palizas, los abusos y el amor incondicional, sin chantajes, sin dolor. He tenido la suerte de poder elegir, poder comparar, ver que existe otra forma de ser, de respetar, de tratar a alguien sin intimidarle, sin amenazar, existe otra forma de ganarse el respeto de los demás sin desgarrar el alma. Mi Madrina me lo ha enseñado sin pedir nada a cambio y yo, como una idiota, no me he dado cuenta de ello hasta ahora. Nunca, por el resto de mi vida, tendré forma de agradecer a mis padrinos lo que han hecho por mí y eso me desconsuela. Creo que es la única cosa que mi monstruo me recuerda cuando se queda sin argumentos. Si algún día mis Padrinos leen esto deben saber que daría mi vida por la de ellos, por la de todos ellos. La vida que tan generosamente me regalaron.
"El agradecimiento es la memoria del corazón."
Lao-Tsé. (604 A.C. - 531 A.C.) Filósofo chino.
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