CHICOS MALOS

Fue una relación que mantuve de forma intermitente a lo largo de todos mis Años Oscuros hasta que volví a vivir con mis padres. Le conocí en el pub donde solía acudir un camello al que yo compraba perico. El “niño rico” (que ya no tenía nada de niño, porque tenía once años más que yo) me vio pasar y le dijo a su primo: “te apuesto una cena a que esa rubia se viene conmigo a mi casa este fin de semana”. Y así fue. “J” me encandiló con sus palabras y yo, que era muy joven (debía tener dieciséis o diecisiete años) me dejé encantar y pasé ese fin de semana en la casa de mi conquistador. Ese fin de semana y muchos fines de semana -y alguna semana completa- que hubo a lo largo de mi adolescencia. No tardé en descubrir lo que había bajo esa capa de brillo resplandeciente.

Era un toxicómano con una fachada espectacular. Conducía un deportivo de gama alta y vestía ropa muy cara. Vivía habitualmente con sus padres y tenía una impresionante colección de discos -la mayoría de importación- cuyas estanterías ocupaban toda una pared de su enorme habitación. Creo que mi amor por la música es lo que más me atrajo de él. Era la única descendencia de un empresario que llevaba casi una década luchando porque su hijo se desenganchara de las drogas. Habían probado de todo pero no parecía que hubiera solución definitiva: Su hijo era, a causa de la heroína, un adolescente de quince años atrapado en un cuerpo adulto, incapaz de madurar y ser el hombre responsable que el empresario y su esposa hubieran deseado. Intentaron muchas veces que se mantuviera lejos de los amigos y del mundo al que estaba acostumbrado, en un esfuerzo constante por alejarle de los escenarios que le llevaban inexorablemente al desastre.

Su madre vivía rota de tanta energía gastada por recuperar a su pequeño. La voluminosa mujer permanecía voluntariamente encerrada en casa desde hacía años intentando entender lo que ocurría. Aún la recuerdo relatarme cómo descubrió la adicción de su hijo tras un pequeño accidente de coche que le hizo pasar una noche en observación. Pude imaginar al médico de urgencias diciéndole que su chaval solo tenia lesiones leves, pero que tenia “pinchazos” en los brazos y ella, incrédula, diciendo: ¿Cómo no va a tener pinchazos? ¿Esta en un hospital, no? Le habrán dado algo para el dolor… “¡Que estúpida debí parecer para aquel doctor!”, me decía. Tardo unos meses en ser consciente del daño irreparable que las drogas estaban haciendo en la mente y el cuerpo del único ser en la tierra que ella amaba más que a si misma. Decía que Dios no quiso concederle más que aquel consuelo tardío, a pesar de desear concebir cinco o seis hijos que alegraran su vida, y ahora su pequeño había entrado en un mundo que hasta entonces solo conocía por la prensa, pero que poco a poco fue descubriendo: primero las mentiras, los engaños; luego las extrañas desapariciones de algunas joyas de la familia, del dinero de la cartera de su padre, los pequeños hurtos en el vecindario, las primeras noches en comisaría, el peregrinaje de médico en médico, las amistades raras…

He rememorado esa relación con mi Chico Malo como aquellos que viven en cautiverio y solo conocen el espacio de su celda sin saber que están encerrados. Había fiestas, paseos a caballo, coches y motos de alta gama, palcos vip… pero era como vivir en una jaula de oro. “J” era manipulador y narcisista, pero tenía además los comportamientos de un maltratador psicológico que intentaba por todos los medios moldearme a su antojo e indicarme cómo debía hablar, vestirme o comportarme. Yo pasaba la semana cuidando a los hijos de mi Madrina o ayudándola en su negocio, y tenía llamadas constantes de este hombre para saber, en todo momento, dónde iba, qué hacía o con quién me relacionaba cuando no estaba con él. Si la relación hubiera sido actual, posiblemente habría estado controlada por el móvil, vigilando las horas en las que estuviera conectada, exigiendo mis contraseñas en redes sociales e inspeccionando mis contactos. Eso si, él no tenía ningún problema en compartirme cuando la ocasión lo requería. Normalmente vivíamos con sus padres como si viviéramos de hotel, pero tenía su propia casa muy cerca de la de sus progenitores a la que íbamos cuando quería organizar una timba o hacer negocios ilegales. No me gustaba ir a la otra casa. Yo siempre acababa siendo el “desahogo” de alguien. A veces de todos los hombres de la reunión. En una ocasión recuerdo ser el “pago” de una apuesta perdida.

Él mismo me contó que, meses antes de conocerme, sus padres lo habían encerrado durante días en casa para superar uno de sus “monos”, refiriéndose al síndrome de abstinencia. Desde entonces alternaba ambas viviendas bajo el aparente control de su madre. Pero estaba claro que el método de reeducación no funcionaba. Tanto en una casa como en la otra, tirábamos las colillas al suelo y su madre sólo aparecía para llevarnos el desayuno, la comida o la cena. Ni siquiera sé quién o cuándo se limpiaba en ambas viviendas. Y a mí no se me ocurría pensar si ese comportamiento estaba bien o no, o cómo se sentirían esos padres cuya comunicación con su hijo se había reducido a la nada. Yo simplemente copiaba la conducta de mi “dueño” en esos momentos.

“J” me utilizaba además como escudo para hacer creer a sus padres que se había reformado porque yo daba el aspecto de una chica sana y modosita cuyo mayor defecto era que fumaba Marlboro. Pero sin que sus padres lo supieran, de vez en cuando caía alguna rayita o alguna pastilla. Yo pensaba que era lista y que no me dejaría pillar con facilidad. Esa si que era vida y no iba a dejar escapar esa oportunidad. Creo que en aquella época yo misma participaba en el juego de “todos engañan a todos” y, como en la famosa escena de Reservoir Dogs, todos nos apuntábamos a la cabeza.

A veces yo interpretaba el papel del Buen Samaritano e intentaba negociar con él para que se comprometiera en dejar las drogas. Incluso pacté con mi Chico Malo que, a cambio, yo dejaría de fumar y beber. Ambos nos saltamos la promesa a escondidas el uno del otro. Recuerdo una noche de primavera que “J” consumió algo sin que yo lo supiera. Mi sospecha se hizo evidente cuando empezó a tener reacciones extrañas que a mí me dieron miedo, así que logré convencerle de volver a su casa. Su madre se negó a abrirnos la puerta al ver el estado de su hijo, y me culpó por ello: “¡Has dejado que vuelva a las andadas, así que aguántalo tú!”. “J”, en un arranque de ira, lanzo una piedra al automóvil aparcado de su padre rompiéndole la luna delantera.

Aun recuerdo con horror aquella noche, a las tres de la mañana lloviendo a cántaros y paseando por la urbanización para evitar que se quedara dormido porque me dio por pensar que entraría en coma. (así de perdida estaba) A eso de las cuatro y media me di por vencida, me senté con él en el porche de la casa y pedí a aquello que estuviera por encima de todo que le concediera una segunda oportunidad a ese hombre que solo quería, como yo, un poco de atención. Al amanecer me despertó su padre moviendo la silla de jardín donde estaba acurrucada y me ayudó a meter en casa a su hijo, bajo la mirada acusadora de su madre, para que terminase de dormir “la mona”. Ni siquiera se me había ocurrido pedirles las llaves de la otra casa. Para mí eso fue como tocar fondo.

Recordar aquello me ha hecho sonreír tristemente. El mundo de las drogas que yo conocía era muy distinto a lo que reflejaban las crónicas de la época. No había “yonquis” escondidos en callejones oscuros, con mirada perdida, que te abordaban pidiéndote un duro o dos para el transporte público. La imagen de las películas de “Torete” se parecían en el fondo, pero no en la forma. Los drogadictos como “J” o como yo nos ganábamos la confianza de los amigos con el objetivo de conocer sus costumbres, estafar y robar las joyas de la familia o los equipos de imagen y sonido de sus casas, para después negociar con sus dueños la recuperación de esos objetos. Pero todos con polos y jerséis de Lacoste apuñalándose elegantemente por la espalda. O seducir, en mi caso, a esos traficantes que tenían conexiones directas con Sudamérica para conseguir una dosis a cambio de sexo. La mayoría creíamos saber hasta donde podíamos llegar en el consumo de sustancias sin perder el control, y el resto… bueno, el resto eran negocios.

Cuando lo dejamos definitivamente como pareja nos vimos alguna vez más como amigos. De alguna manera yo logré hacerle ver que la relación nunca llegaría a buen puerto si seguíamos con las drogas y estuvo de acuerdo. Así que decidimos dar por terminado lo nuestro para ver si por separado nos desenganchábamos. Yo lo logré (después de todo yo no era adicta a la heroína) pero meses después él volvió a caer. Cuando sus padres descubrieron que había vuelto a las andadas contrataron un "guardaespaldas" para él. Le acompañaba a todas partes para evitar que consumiera. Creo recordar que era un estudiante de psicología que estaba preparando no sé qué trabajo sobre las consecuencias de la drogadicción. Pero “J” le engañaba todo el rato. Presumía ante mí de lo inteligente que era y de cómo se las ingeniaba para esquivar los controles de su cuidador, y en ocasiones de la propia policía, para seguir con sus trapicheos.

No fue la única relación destructiva que tuve, pero es la que más recuerdo porque duró varios años. Las hubo peores, mucho peores, tipos con los que pasaba un fin de semana, y de los que nunca llegué a saber su nombre, o directamente noches enteras en blanco, donde no recuerdo nada de lo que había ocurrido, a causa del alcohol y las drogas. Di por terminado todo eso el día que tomé el tren hacia mi tierra natal con todas mis cosas. Pero lo hice con un sabor agridulce: “J” se despidió de mí en el parking de la estación pidiéndome que le hiciera una felación (algo que siempre he odiado con toda mi alma) y no pude negarme.

La historia con mi Chico Malo aún tuvo un epílogo. Estuvo en mi boda tres años después. Creo que fue la última conexión con los Años Oscuros que me quedaba. Mi marido sabía que era un ex mío, pero que habíamos quedado como amigos. Dos días antes de la ceremonia cenamos mi marido , “J”, su guardaespaldas y yo. Hubo un momento en que quedé a solas con “J” y me dijo: "Rubia (siempre me llamaba Rubia) ¿Qué te parece si salimos por la puerta de atrás, subimos al coche y nos volvemos a mi ciudad? La semana que viene nos casaríamos en los EEUU." Aún entonces intentó manipular. Y lo más gracioso de todo es que él no tenía carnet de conducir; la policía se lo había retirado tras provocar un accidente con heridos leves. Mientras tanto, el guardaespaldas intentaba advertir a mi marido que tuviera cuidado, que “J” quería levantarle a la novia. Mi marido siempre me dice que en ningún momento tuvo miedo ni dudó de mí. Que ya me conocía lo bastante para saber que yo no cambiaría de opinión. Y sin duda me conocía mejor que yo, porque le dije a “J” que no, que había empezado una vida nueva, y que ya no me impresionaban sus cuentos y sus millones. A veces mi marido y yo aún nos reímos de esa anécdota.

Ni siquiera sé porqué invité a “J” a mi boda. Creo que sentía lástima por él, o tal vez quería demostrarle que podemos evolucionar y crecer como personas, o yo misma estaba intentando auto boicotearme de nuevo, no lo sé. Lo cierto es que sólo le he sido fiel a mi actual pareja. En mis Años Oscuros yo estaba en una espiral de violencia, drogas, sexo y alcohol sin ningún tipo de control, así que me parecía lógico que, cuando estaba con “J”, él me controlase como lo hacía. Después de todo yo era una chica mala, tal vez lo que me hacía falta era alguien que me vigilase de cerca. ¿Por qué lo consentía? ¿Por qué dejaba que me utilizase? Ni siquiera se me ocurría pensar en si ese comportamiento estaba bien o no, si yo me estaba infravalorando como persona y dejando que mi pareja me degradase también. Ni se me pasó por la cabeza. En ocasiones la esclavitud es tan férrea que el propio esclavo defiende vivir esa posición porque está convencido de que esa es la posición natural de las cosas. No te planteas otra forma de verlo.

Ahora no hablaría con él siquiera, era tóxico para mí, pero me sigue dando pena su historia y le sigo recordando como un hombre con graves dificultades. Porque para él siempre era lo mismo: la promesa incumplida de redención, de no volver a caer en la tentación, y entonces volvía la vida de niño rico y volvían los problemas. Hasta que la herida fue más grande que las gasas que se aplicaban. “J” había sido maldecido por la peste que el final del siglo XX había escupido antes de desaparecer: el SIDA. Supe de su muerte tiempo después, en mi Hibernación.

Con mi Rehabilitación he cambiado muchas cosas en mi mente, muchos pensamientos, muchas conductas. Lo que antes me parecía “normal” y lógico lo veo intolerable a día de hoy. Los comportamientos abiertamente machistas y abusivos de entonces me parecen inconcebibles ahora. Y respecto a mis propias sensaciones también me dejo guiar más por ellas. Y ahora puedo ver que, cuando estás bajo los criterios de un abuso del tipo que sea, ni siquiera eres consciente de vivir dentro de una relación incestuosa o un maltrato. Mucho menos eres capaz de hacer algo por mejorar tu vida o las de las personas de tu alrededor, si ni siquiera eres consciente de que lo que ocurre, o haces, no es la mejor opción de vida. Incluso aunque sepas que no es lo correcto, de alguna manera, te convences a ti misma que las cosas son así y no se pueden cambiar. No puedes luchar contra tu destino.

Pero en sólo tres años, desde que volví a mi tierra natal hasta que crucé el altar del brazo de mi marido, yo ya había logrado cosas impensables como dejar las adicciones, huir de mi hermano agresor, o decir "NO" a un Chico Malo y aceptar a un Chico Bueno como mi compañero de vida. Ni siquiera imaginaba todos los retos a los que me enfrentaría en los siguientes veinticinco años y de los que saldría vencedora. Ahora ya no tengo relaciones tóxicas, selecciono bien a mis amigos incluso en internet, y suelo detectar y poner en su sitio a la gente dañina con la que me cruzo en mi vida. Me cuido y me respeto. ¿Quién ha dicho que no se puede luchar contra tu destino?


“Soy el amo de mi destino;
Soy el capitán de mi alma”


William Ernest Henley (1849-1903) Poeta y editor británico.

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