CON TODO LO QUE HAS HECHO POR MÍ...

En mi entrada anterior hablaba de la sensación que tuve, al entrar en mis Años Oscuros, de no merecer el buen trato de mis Padrinos, de no tener derecho a seguir molestando a una familia que no me debía nada pero a la que yo le debía todo. A mis seis años, cuando se fueron a vivir a otra ciudad, bien podían haberme dejado con mis padres. Teniendo en cuenta lo conflictivo que había demostrado ser mi padre ¿Para qué complicarse la vida? Ya tenían bastantes problemas con su mudanza y con la separación de sus padres. Pero lo hicieron. Mi Madrina “Menor” me decía, no hace mucho, que lo hicieron porque yo ya era una más en su familia. “¡Pero si ya vivías con nosotros! Sólo ibas a ver a tus padres algún domingo porque las condiciones de su vivienda eran insalubres para que te quedaras ahí. ¿Cómo te íbamos a dejar allí?” A mis trece años esa conexión familiar parecía seguir intacta hasta que yo misma empecé a dilapidarla. ¿Yo misma? Ahora empiezo a dudar en ser la única responsable del caos.

DE REGRESO A LA "EDAD PROHIBIDA"

Los muebles de madera le daban al despacho cierta oscuridad. De todas las personas que estaban en aquella habitación, él destacaba por su manera de moverse y por la cortesía con la que todo el mundo le trataba. Era un hombre de mediana edad, amable y educado. Saludó a mi Madrina con un apretón de manos y a continuación, para mi sorpresa, estrechó la mía con firmeza. Yo tenía quince años recién cumplidos y él era el magistrado que la sala del Tribunal había elegido para decidir sobre mi causa.
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