EPÍLOGO

Epílogo. El término sirve para denominar aquello que cierra una exposición. También puede hacer referencia a notas adicionales que no pertenecen a los sucesos principales narrados en la obra, pero que pueden colaborar mucho con el entendimiento de la misma. Mientras que el prólogo es la introducción al tema del que se hablará, en el epílogo se cierran aquellos cabos que hayan quedado sueltos y se concluye el discurso para que quienes lo reciben puedan comprenderlo en su totalidad.
Diría que estoy en una nueva etapa de mi vida que se podría considerar una “Etapa Epílogo”. Llevo tiempo siendo consciente de los pasos que he estado dando para recuperar mi vida, esa que había perdido con los abusos. Hace mucho que no hablo de ellos en sí y sin embargo cuento pequeñas situaciones personales que vivo y de las decisiones que tomo para afrontarlas. Hoy por hoy soy más consciente de mi rehabilitación, de todo lo que he cambiado en estos últimos cinco años y de cómo empleo mis nuevas capacidades para enfrentar mis diferentes retos.

El verano no ha sido benévolo. Me supuso una crisis importante que me devolvió a los viejos mecanismos automatizados que empleaba en mis Años Oscuros o en mi Hibernación. Supongo que el problema empezó antes, el año pasado o el anterior. Pero estaba tan metida en mi propia sanación que no me di cuenta hasta que ya era tarde. La muerte de mi madre y el nuevo recuerdo que me indicó que mi hermano ha sido algo más que un agresor puntual tuvieron mucho que ver con los acontecimientos posteriores. Debía pasar mi duelo y éste se reflejó en la manera en que viví los meses siguientes.

El tema era laboral, pero creo que tenía el trasfondo de una secuela ASI. Desde hace un lustro necesitaba tiempo para mí y para mi curación. Abrí este blog, me apunté al Forogam, hice terapia con un psicólogo… he empleado todas mis energías a superar los abusos de mi infancia. Y una de mis primeras decisiones fue recortar mi jornada laboral. Así lo quise desde el principio y así se lo hice ver a mi empresa, que no me puso ningún impedimento. Mi contrato así se mantiene y no tengo intención de cambiarlo.

Pero a veces las necesidades del servicio -y la crisis- han requerido un mayor esfuerzo laboral por mi parte, que se ha ido convirtiendo casi en una obligación. Lo que al principio era hacerle un favor a la empresa se ha ido transformando en una exigencia por parte de ellos, siempre apelando a mi solidaridad para con mis compañeras, porque la empresa no puede contratar más personal. Hasta el punto que el año pasado hice más jornadas laborales completas que nunca. Y ya no podía más. Mi espalda lleva meses dándome problemas por el sobreesfuerzo (Cargo muchos pesos en el trabajo) ya he tenido que tomar alguna baja por lumbalgias y contracturas musculares y este año empecé a negarme a doblar turnos. Ahí empezaron los problemas de verdad, porque mi encargada me hace sentir mal por insolidaria. Se limitan a indicarte las fechas en las que tienes que trabajar más tiempo, sin preguntar siquiera si puedes ampliar el horario de trabajo que tienes por contrato. Muchas veces he vuelto a hacer esos dobles turnos sólo para no tener que “pedirle” a mi encargada que no me los diera. Tengo la sensación de que ha conseguido cargar sobre mí su responsabilidad de cubrir esos puestos de trabajo. La última vez que hablé con ella para decirle que no podía doblar un turno, me amenazó con que “Ya se acordaría la próxima vez que yo le pidiera mis días de descanso que me corresponden” (Días a los que tengo derecho por contrato, no pido favores)

Ahí me di cuenta que el “miedo” a la autoridad que siempre he tenido (mi padre, mi hermana, mi Madrina…) lo he trasladado a una empresa y una encargada que si bien me pagan un sueldo por mi trabajo y a los que debo respeto, creo que han sobrepasado mi límite personal o yo no he sabido poner una barrera para exigir que se respete mi propio contrato. Creo que no pido demasiado, por más que siempre debemos ceder y negociar un poco en nuestros centros laborales.

Había llegado a un punto en el que ya había dudado seriamente -me doy cuenta ahora- si llamar a mi empresa para decirles que mi madre había fallecido y que necesitaba los tres días que por ley me corresponden. Por lo tanto cuando pasaron las semanas y la muerte de mi madre y los recuerdos de mi hermano empezaron a hacerme flaquear, al no bajar mi ritmo de trabajo, rompí. Mi cuerpo dijo “Basta” y experimenté lo que yo en un principio creí que era un bajón de tensión y que se diagnosticó oficialmente como un firme ataque de ansiedad. Pasé todo el día vomitando y cuando acudí al médico no hacía más que llorar… Está claro que estaba somatizando todo mi estrés emocional.

Ahí empezó mi otra pelea, con mi monstruo. Realmente no se si necesitaba ayuda o si le estaba “echando cuento” para no trabajar. Ya no sabía ni lo que sentía. ¿Sería la dichosa secuela de “no te mereces/necesitas ayuda, estás exagerando? Tuve la sensación de estar empezando de cero, de sentirme cuestionada, como si tuviera que justificarme, demostrar mis abusos o sus secuelas y acabé aterrada.

Hice caso a mi cuerpo y a mi Niña Interior que reclamaba mi atención. Tuve algo de ayuda medicinal al principio. A pesar de mis reticencias, me obligué a seguir las indicaciones del médico y tomar los tranquilizantes que me recetaron en la estricta dosis impuesta. Ahora sé que esa ayuda extra es necesaria y no te la mandan por capricho. Noté mejoría casi inmediata y el mes y medio de baja me ayudó enormemente a recolocar muchas cosas dentro de mi cabeza y a tomar decisiones que llevaban cierto tiempo pendientes.

Ser firme en mi ritmo de trabajo, siendo ante todo fiel a mí misma fue la primera de esas decisiones, porque fue la que había precipitado todo. Pero detrás de esa baja por estrés emocional se escondían temas que hace ya tiempo que tengo pendientes de atender y que me he propuesto no posponer más. Porque mi baja ha sido por todo y por nada en concreto. Muchas cosas y ninguna en especial. Por mi madre, por mi hermano, por mi trabajo… pero también por mi marido, por su familia, por mi familia, por mis Padrinos… Y los mecanismos de defensa, esos que teníamos ya guardados en el desván, pensando que ya no nos hacían falta, vuelven a aparecer delante de ti como por arte de magia, como las viejas muletas, y cuando te das cuenta las estás utilizando de nuevo aunque en realidad ya has hecho suficiente rehabilitación para saber que no las necesitas.

Si durante mi baja por ansiedad pude aclarar mi mente y tener claros todos mis objetivos de futuro, también quedó claro que no son "películas" mías porque en realidad quiera llamar la atención o tocarle las narices a los demás. Necesito trabajar muchas cosas aún, porque me lo merezco. Me merezco mi sanación completa, me lleve a quién me lleve por delante, y me duelan las renuncias lo que me duelan. Se podría decir que el tema "abusos" está superado, pero aun quedan los "satélites" de todo lo que esos abusos tocaron y trastocaron, que no son pocos. Si quiero arreglar mi vida y tomar el control de ella, el control de verdad, hay que seguir trabajando.

Tengo la sensación que ahora, tras mi Rehabilitación, he abierto los ojos a muchas cosas fuera de mis propios abusos, y empiezo a necesitar morderme la lengua para no provocar un cisma familiar (y un divorcio) por manifestar mi desacuerdo por algunos comportamientos en los que no estoy de acuerdo con mi familia política, o para no acabar despedida por no saber cómo decir a mi encargada la opinión que tengo del trato que da a sus empleados. O para hacerles entender a mis Padrinos o a mi familia biológica, si me lo reclaman, que en mi vida mando yo y si decido hacerla pública sólo a mí me concierne. La ley es mi límite. Y no es que me tenga que callar, es que voy a tener que dar un cursillo acelerado de diplomacia a distancia para poder decir todo sin que acabemos a tiros. 

De hecho, tengo la sensación de que toda mi ira acumulada (esa gran desconocida para mí) ahora me sale por los poros, desde que murió mi madre, con cualquier tontería. Cuando hablé con mi encargada por última vez, pasé toda una tarde gritando a solas por mi casa. Alaridos de ira que, sin embargo, no la aplacaban, porque me apetecía más entrar en la cocina y empezar a romper platos contra el suelo. Mucho antes de sentirme encerrada o triste porque no veía salida al tema laboral, mi primera reacción fue la ira.

Ahora, echando la vista atrás, veo que en muchos aspectos de mi vida me he dejado pisar y me he conformado con las migajas. Y sobre esos “permisos” que di en mis Años Oscuros o en mi Hibernación se ha edificado todo lo demás. Huelga decir que me dejé pisar porque esas migajas ya me parecían demasiado regalo. Y ahora no me gusta mi casa y quiero hacer reformas, pero con los injustos permisos que firmé es más difícil reconstruir. Quiero levantar nuevos cimientos, y se me hace tarea enorme. Pero no es imposible. He descubierto que tengo derecho a ser la dueña de mi vida, a hacer y pensar como me de la gana, a no tener en cuenta -si no quiero- las opiniones de los demás, y no me voy a rendir. Esto no ha terminado. Voy a seguir dando guerra. Estoy en el Epílogo de mi sanación, en otra etapa de mi camino. Nadie me va a parar. Y cada día estoy más convencida de lo que me queda por recorrer.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado (1875 – 1939) Poeta español

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