TRAICIÓN

Mi expediente en el Alto Tribunal Tutelar de Menores se abrió, cuando yo tenía dos años, a raíz de una denuncia de mi madre en los juzgados contra mi padre por maltratos y “abusos deshonestos” a mi hermano más mayor, que por entonces contaba con unos catorce años. después fue llevado a una institución supongo que para su protección. Así lo refleja el documento que yo conservo y así funcionaban las cosas. Un padre agredía a sus hijos y era el menor el que acababa apartado. Posteriormente mi hermano ingresaría voluntariamente en el ejercito.


Pocos años después de esa denuncia, con el traslado de vivienda de mi Madrina a otra ciudad, empezó la guerra por mi custodia en los Juzgados. Entre otros argumentos, mi Madrina envió a este tribunal la fotocopia de una carta que recibió de mi hermano más mayor. Desconozco el contenido de ese escrito. Lo único que dice el papel que yo poseo es que “se refiere a unos hechos pasados que no han tenido clara confirmación”. Pero el tribunal solicitó, para intentar aclarar esos hechos, la comparecencia inmediata de dos testigos: una mujer, creo que profesora que colaboraba con la organización humanitaria católica Cáritas Diocesana, y una religiosa. Al parecer ambas conocieron a mis padres años atrás, en la época de mi nacimiento, las dos coincidieron al describir los malos comportamientos de mi padre en el tiempo en que le conocieron, y ambas colaboraron en la gestión para el ingreso de mi “mellizo” y mío en el hogar infantil. Luego declararon que habían perdido contacto con mi familia. Un dato curioso que señala mi expediente a cerca de la comparecencia de la religiosa es una parte de su declaración en la que relata, a preguntas del tribunal, que mi hermano más mayor le había hablado de malos tratos de su padre y del miedo que le tenía pero que nunca le contó que hubiera habido abusos con él. Me parece curioso que ese dato concreto venga anotado en mi propio expediente. Todo está fechado a mis cinco o seis años de edad.

Todo esto es lo que yo sé de mi hermano mayor. Lo que he leído en mi propio expediente. Porque lo que son recuerdos propios, son prácticamente inexistentes. Siempre se han resumido en una imagen congelada de él con el pelo muy corto y su traje militar dándome un paquete de caramelos. Nunca hubo más recuerdos, salvo vagas referencias a él en conversaciones familiares. Seguramente venía a casa en sus permisos, pero no le recuerdo. Hasta estos años de Rehabilitación en los que le he rememorado como mi agresor, no recuerdo nada más de él durante mi infancia.

Ya lo he contado alguna vez. Regresé a casa de mis padres con diecinueve o veinte años ante una llamada de mi madre a uno de mis padrinos porque creían que mi padre se estaba muriendo y deseaba cumplir su último deseo, ver a todos sus hijos por última vez. Cuando volví, la primera reacción tras la sorpresa inicial fue de bienvenida con los brazos abiertos. Todos me acogieron con alegría. Después de siete años en la localidad de mis Padrinos, sin una simple llamada de teléfono por mi parte, me abrieron su hogar como en la parábola de Hijo Pródigo, con el recibimiento del que retorna a casa tras unas largas vacaciones. Pero la luna de miel con mi familia biológica duro muy poco. Enseguida se establecieron posiciones.

Al principio creyeron que yo había vuelto a casa arrepentida, renegando de mis Padrinos y alabando las bondades del amor fraternal. Cuando vieron que yo no renuncié en ningún momento a seguir manteniendo contacto con mis Padrinos y que los quiero como se quiere y estima a tu propia sangre, empezaron las hostilidades. Todos estaban de acuerdo, en mayor o menor medida, en que mi Madrina y su familia habían sido poco menos que secuestradores de niños con los que mi familia biológica había tenido que lidiar durante toda mi infancia para que no me llevasen, me cortaran el pelo y me cambiaran el nombre. Y que yo defendiera a mi Madrina siempre que salía la conversación no ayudaba a la convivencia.

Nunca mantuve una discusión abierta con mi madre sobre este tema, siempre ha sido muy hábil evitando confrontaciones directas, pero eran muy habituales sus comentarios subliminales sobre los sacrificios que sólo una familia puede hacer, el insuperable amor de una madre y lo importante que es mantener la unión fraternal. Por no hablar de la honradez de la clase obrera frente a las manipulaciones y corruptelas que provoca la posesión de dinero. En cambio con mi hermana las broncas se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Ella siempre ha sido mucho más directa en sus reproches.

En general, durante ese año y pico que viví con ellos, mi hermano mayor fue el único que se convirtió en mi aliado permanente. Fue mi defensor cada vez que yo discutía con mi hermana por el tema de mis Padrinos. Y como yo no le recordaba como mi abusador le consideré el miembro más afín de la familia. Llegué a quererle realmente. Incluso lo admiraba. Mi hermano era el hombre de mundo de la familia, que con los años que había vivido fuera de casa, en el ejercito, había adquirido grandes experiencias de la vida y por lo tanto comprendía y compartía –al menos aparentemente- mi manera de ver el mundo y la educación liberal que había recibido de mis Padrinos. Para mí, mi hermano más mayor llegó a convertirse en un confidente, en ese miembro de la familia con el que conectas por completo. En algunos momentos veía en él a ese padre del que yo no había podido disfrutar. Durante el periodo en el que conviví con mis padres lo cierto es que, salvo que mi “Mellizo” estuviera de paso en alguno de sus viajes, el hijo primogénito ha sido el miembro con el que mejor me he llevado de toda la familia.

Le recuerdo esperando en el patio al que dan los portales de mi casa a que yo regresara de salir con mi novio -que sería después mi marido- y mantener los tres charlas de todo tipo. Incluso a veces yo me iba a casa a dormir y ellos se quedaban de animada conversación. Él me tapaba ante mi padre (que jamás consentiría que yo saliera a solas con un chico, y menos regresar a altas horas de la madrugada si no era acompañada de mi hermano) y yo se lo agradecía enormemente. En ese momento no lo percibí, pero ahora creo que intentaba atraerme, seducirme de alguna manera, convirtiéndose en mi aliado.

Y ahora, en mi rehabilitación, le he recordado como mi agresor. Mi Madrina, con la que mantengo contacto, me confirmó hace poco que yo misma le conté de niña que mi hermano abusó de mí con mi padre presente. No recuerdo detalles del abuso, no sé si lo hizo forzado por mi agresor principal o lo disfrutaba. Ni siquiera sé la edad de mi hermano en aquellos días de abusos, pero teniendo en cuenta nuestra diferencia de edad, él no tendría menos de catorce o dieciséis años cuando me sacó de debajo de la cama agarrándome del pelo. Casi diría que es más probable que mi hermano tuviera ya los dieciocho cumplidos. Pero hasta ahora, siempre dudé si se limitó a repetir un patrón aprendido o ha sido un abusador al uso. Creo que me resistía a pensar que habiendo sido tan “buen” hermano, me hubiera traicionado de esa manera y prefería pensar que era mi padre -frío, distante, autoritario- el único agresor “voluntario” de la familia. Diría que la imagen que siempre he tenido de un agresor es la de mi padre, no la de mi hermano, a pesar de haber leído miles de veces que la estrategia habitual del agresor siempre es la amabilidad y el buen trato hacia su víctima para atraerla y mantenerla en el secreto.

Hasta el día en que volví a abandonar la casa de mis padres porque le amenacé con una plancha cuando intentó propasarse, me llevaba realmente bien con mi hermano mayor. Pero ahora, en la distancia, empiezo a entender y recordar detalles que en su día pasaron inadvertidos para mí o yo no quise ver por la necesidad que tenía entonces de lograr hacer las paces con mi familia biológica. Cuando yo discutía con mi hermana para defender a mis Padrinos él siempre matizaba, de manera amable, que tal vez no se habían comportado correctamente. Mi hermano siempre ha tratado de acercar posturas entre mi madre, mi hermana y yo, intentando hacerme ver sus razonamientos hasta tal punto que la única vez que conseguí poner los abusos de mi padre sobre la mesa, logró hacerme sentir la peor persona del mundo por tratar de meter a un enfermo en la cárcel. Aún me duelen las palabras de mi hermano: “A todos nos ha tocado más de la cuenta, no te creas tan especial, ¡Supéralo!”. Y yo terminé llorando y pidiendo disculpas a toda mi familia mientras mi madre echaba al fuego de la cocina de carbón, entre otros, un viejo documento con una declaración jurada de mi padre donde aseguraba que el trato hacia mí durante mi infancia había sido el que cualquier padre le daría a su hija.

Cuando me arreglaba el pelo ante el espejo del salón, mi hermano se quedaba mirando fijamente y me decía que me veía cada día más guapa. Ahora creo que lo hacía de manera lasciva. Incluso a veces me soltaba algún piropo malsonante con una sonrisa cómplice en la cara. Mi marido me contó que en una de sus últimas charlas de portal mi hermano le dijo que le envidiaba porque se estaba “tirando” a su hermana, además de comentarle “inocentemente” que estaba teniendo “ligeros problemas de erección”. Ahora lo pienso y se me eriza la piel por no haberme dado cuenta entonces de lo que todo eso significaba. Mi hermano ha sentido atracción sexual por mí. Incluso le acompañé, a él y a mi madre, a una sesión con su psiquiatra del seguro médico del ejercito porque me lo confesó abiertamente, y yo no lo tuve en cuenta. La escena de la plancha en la que nos acusó a mi Madrina y a mí de putas y terminó por meterme mano sólo fue la guinda del pastel y ni siquiera entonces reconocí las señales de alarma.

Pero ha habido novedades. Como conté en mi entrada anterior, hace a penas unas semanas volví a tener contacto con mi hermano mayor con motivo del fallecimiento de mi madre, y a pesar del miedo implícito que sus últimos recuerdos me imponen logré, tras veinte años, enfrentar su persona y lo que ahora significa para mí como agresor al despedirme de él con cierto descaro. Creo que buscaba de alguna manera cerrar la etapa definitivamente, pero la mente es caprichosa y sólo ella decide si estamos preparados para cambiar el rumbo o no. Y me temo que con mi último encuentro con él no he cerrado su capítulo y aún quedan cosas por procesar. Igual que ocurrió con mi padre, cuando necesité una segunda carta leída ante su tumba para cerrar -esta vez si- mi relación con su fantasma.

Debí imaginar que la muerte de mi madre traería cosas del pasado al presente, y estos días ha surgido algo que aún me inquieta. He comentado que la primera vez que recordé a mi hermano como agresor fue hace más de dos años, tras una noche de pesadilla, despertando con la certeza de conocer al dueño de una silueta que me arrastraba fuera de mi escondite bajo la cama de mis padres. Un año después obtuve la confirmación con mi Madrina. Desde entonces me viene, de vez en cuando, otro flashback de mi infancia. Tampoco sé qué edad tengo ni dónde estoy. Tan sólo veo unas manos sudorosas que me tocan. Y no es la primera vez que lo hacen. Ese recuerdo siempre llega acompañado del pensamiento que en ese momento tuve al ver al dueño de esas manos: “Ya viene otra vez, ya me va a tocar de nuevo con sus manos asquerosas…”

Sigo sin “ver” quien es. Al igual que la sombra que me sacó de debajo de la cama por los pelos, sigo sin ver el rostro de mi agresor, sigo sin tener un recuerdo firme y real al que aferrarme. Pero al igual que un día desperté “sabiendo” que era mi hermano más mayor el que aterraba aquellos primeros recuerdos, días después de la muerte de mi madre tuve la certeza de saber de quien son esas manos. En estos dos años sospeché de un cuarto agresor por ese recuerdo de las manos sudorosas, porque sé que no son las de mi padre. Pero hace poco reconocí esas manos: De mi hermano mayor.

Suelo fiarme mucho de mi intuición, no me suele fallar. A veces surge cuando ni siquiera la busco. En estos días el pensamiento ha venido de la nada, sin previo aviso, como si alguien me lo hubiera susurrado al oído, como si esa reflexión no fuera mía. Simplemente volvió el viejo flashback y me sorprendí pensando: "Dios mío, son las manos de mi hermano!". Como si alguien lo hubiera dicho en la soledad de la estancia donde me encontraba.

Pero ahora la duda me corroe. Siempre que surgen pequeños nuevos recuerdos, pequeñas certezas, dudo tanto... Cuando pienso en el periodo en el que mi hermano fue la persona más apreciada de mi familia biológica, cuando me trataba tan bien, me pregunto qué es lo que buscaba concretamente, si es que buscaba algo. ¿Tal vez intentaba compensar a su manera lo que me hizo cuando yo era niña, aprovechando que yo no lo recordaba? ¿O preparar el terreno para hacerme sentir culpable si algún día reunía el valor de reprocharle lo que me hizo en mi infancia? ¿O quizá simplemente me apreciaba y nunca ha pensado que lo ocurrido años atrás tuviese consecuencias? No tengo ni un solo recuerdo más de él durante mi niñez y eso hace que me pregunte porqué. Me han dicho que cuando un trauma es demasiado fuerte para asumirlo, la mente lo “olvida” para soportarlo. ¿Acaso lo que él me hizo -lo que mi padre y mi hermano me hicieron- es tan grave que he necesitado olvidarlo? ¿O es todo una creación de mi mente enferma?

No son las únicas preguntas que me vienen a la cabeza: ¿Qué le decía mi hermano a mi Madrina en la carta a la que hace referencia mi expediente del Tribunal? ¿Hablaba de sus abusos? ¿Justificaba? Aún no tengo claro el tema de mi hermano. Ahora le empiezo a ver como agresor pero durante mucho tiempo he tenido dudas. A veces aún me asaltan. Es como si no me atreviese a acusarle abiertamente ante la falta de pruebas más tangibles. Y por otro lado, empiezo a ver en su conducta la de un agresor que hace todo lo posible por esconder su falta y ser más humano para que ante la duda se le vea como víctima. ¿Cómo lo acusas de abusos?

Con respecto al último recuerdo donde mi intuición me dice de quien son esas manos, una parte de mí aún tiene dudas. Al igual que cuando "recordé " sus abusos con mi padre, es más una percepción que un recuerdo. ¿Es posible que sea falso? ¿Es posible que mi mente "construya" a partir de una sensación? ¿Será por lo acontecido estos días que establecí una conexión porque he pensado más en mi hermano y le he asignado esas manos erróneamente? ¿Que hubiera conectado ambas cosas sin ser ciertas? ¿O mi mente, tras enfrentarme con él en el entierro de mi madre, ha desbloqueado más recuerdos como ocurrió cuando leí la carta de mi padre ante su tumba? ¿Será que estoy entrando en fase de negación? Creo que confirmar esto, significa que hubo más de una escena de abusos con él... ¿Será que tengo miedo de que así sea?

Reconozco que si. Reconozco que me siento abrumada al pensar que tal vez hay toda una historia de abusos también con mi hermano que permanece escondida en mi subconsciente. Y ahora me siento como una niña que está teniendo una rabieta porque no se quiere tomar la sopa. No, no quiero. No quiero que sea real, no quiero que mi hermano haya abusado de mí más veces de las que admito intuir. Porque me siento traicionada, porque no me entra en la cabeza que haya sido mi aliado, me haya defendido frente a mi hermana innumerables veces, me haya reído con él y le haya sentido como alguien cercano a mi corazón, mientras que en mi infancia me utilizó para saciar sus bajos instintos.

En los abusos sexuales el daño que hacen no es sólo por arrastrar a un niño a un terreno en el que no está preparado psicológicamente obligándole a entregar su intimidad, el daño es más grave porque están traicionando a un ser indefenso que depositó en ellos su confianza ciega. Dante Alighieri, en su Divina Comedia, ubicaba a los traidores en el último círculo del infierno ya que consideraba la traición como el peor pecado de todos. Mi hermano terminaría, sin duda, en la Caina, donde eran castigados aquellos que traicionaban a sus familiares, congelado hasta el cuello en el Cocito. Mi padre al menos nunca trató de engañar a nadie, siempre dejó claro que yo era de su propiedad.


“¿Tú también, Bruto? Entonces, caiga César”
Julio Cesar en la obra homónima de William Shakespeare (1564 - 1616) Dramaturgo, poeta y actor inglés.

2 comentarios:

  1. Qué caprichosa es la mente… ahora que tu madre no está se ha cerrado otro ciclo, pero ciertamente, se remueven tantos sentimientos que nacen recuerdos y sensaciones nuevas y sobre todo, muchas dudas.

    Ya sabes, a mi lo que me ha martirizado más desde que tuve la certeza de los abusos es no poder recordarlo todo. Pero ya sabemos que esto no funciona así. Tu mente recordará cuando tenga que hacerlo y puede que haya recuerdos que no recuperemos nunca. Yo pienso que nuestra mente es sabia y solo nos manda aquellos recuerdos que verdaderamente necesitamos procesar para sanar. Tu misma me lo has dicho en alguna ocasión, cada cosa a su tiempo. Si te obsesionas, llegarás a conclusiones erróneas. Enfócate en el ahora, en tu presente. Disfruta de la vida que tienes ahora, de todo lo que has conseguido. No te voy a decir que el pasado es pasado, porque yo odio que me digan eso. Pero si te diré que no fuerces, si te viene una emoción, párate y vívela, siéntela, pero no la juzgues. Esta es la parte más complicada, porque tendemos a martirizarnos e indagamos de manera insistente. Debemos de cambiar esa actitud, lo digo también por mi… Mucha fuerza y mucho ánimo.

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  2. Me alegra ver que estás escribiendo y expresándote sobre un papel. Es importante que puedas exteriorizarlo, ya que no deja de ser una forma de terapia. Me gustaría decirte muchas, muchas cosas que te ayuden a ver más clara tu realidad... pero sé que todo lo que yo pueda decirte tú ya lo sabes y que lo único que necesitas es asimilar este shock. Debe de ser muy doloroso aceptar que abusó de ti una persona que la mayor parte de las veces te trataba con violencia y autoridad pero aceptar que alguien que durante meses se portó como un confidente, un amigo y un cómplice... tiene que revolverte entera. Da igual que ya recordaras dos agresiones sexuales por su parte, eso es lo de menos... tu mente tenía asumida esa dualidad, esa imagen del hermano amable y "enrollado" que en un par de ocasiones cruzó la línea contigo y se volvió agresor. No debió de ser fácil asimilar su intento de violación a los 20 años, ni asimilar hace dos que de niña también abusó de ti. Pero ahora te toca asumir que no fue algo puntual sino que lo hizo varias veces. E inconscientemente buscas protegerte, te preguntas si no será un error, porque es lo que te gustaría a ti: que nunca hubiera pasado. Pero sabes tan bien como yo que si ha vuelto ahora es porque estás preparada. Estás pasando por la fase de negación habitual, por el shock que vive cualquier persona al descubrir un hecho impactante en su vida. Pero lo superarás y serás más fuerte. Cada paso que has dado te ha ayudado a crecer y a entenderte mejor. Has superado tantas cosas desde que empezaste tu rehabilitación, que sé que esto no va a poder contigo. Es un obstáculo más de los muchos que has saltado.

    Un abrazo, amiga

    Nu

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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