PORTAZO

Una nueva etapa de mi viaje ha terminado. Mi madre ha fallecido. Así que llevo unos días hecha un cúmulo de sentimientos encontrados que -premio para mí- no estoy juzgando si son correctos o incorrectos. Hay muchas emociones enfrentadas, a ratos mal, a ratos bien, a ratos llorosa, a ratos de buen humor... y lo bueno es que me he sorprendido a mí misma porque simplemente lo he aceptado. He dejado llegar todo lo que sentía sin ese juez permanente que me dice si es lo que hay que sentir cuando muere tu madre o no, si es adecuado hacer o decir ciertas cosas, incluso si es adecuado maquillarse o no al acudir a su funeral.

Porque esta vez si participé en el entierro de mi madre. Mi hermano mayor me llamó a mi puesto trabajo por la mañana para avisarme de su muerte durante la noche anterior. Y desde su llamada supe que esto no iba a ser nada fácil. Me llamó a eso de las 12:00 y hasta las 14:00 horas, en que cerré el negocio, yo ya no estaba allí. De golpe me invadieron montones de recuerdos, sensaciones, sentimientos... todo revuelto. Me temblaban las manos, híper ventilaba, me entraban accesos de llanto incontrolado, tenía nauseas, me costaba centrarme en la realidad y me "perdía" por momentos... Estaba sufriendo un ataque de ansiedad en toda regla. En cuanto bajé la persiana de la tienda repetí mis ejercicios de relajación, con más insistencia, pero me costó muchísimo recobrar un poco la calma. Una ducha al llegar a casa, alternando tres veces el agua fría y caliente, logró mi objetivo: recuperar el control.

Prefiero esperar a que pase la tormenta para poder hacer un análisis completo, pero creo que esto cerraba una etapa que ya estaba prácticamente finiquitada. Como la tapa de un libro. Tendría por delante dos o tres días de locos en los que iba a enfrentarme a fantasmas que no sabía siquiera si seguían ahí, si habían crecido o desaparecido. Era el momento de sacar brillo a mis escudos y afilar mis garras. Mi Guerrera Interior velaba armas.

Primer round.

Mi marido y yo acordamos acudir a tanatorio donde velaban a mi madre esa misma tarde con el pacto implícito de que, a la primera provocación, nos iríamos de inmediato. Ya que habían tenido la deferencia de avisarme era lo menos que podía hacer. Una vez en el tanatorio todo buen rollito, todo hipocresía. Muchos vecinos, desconocidos para mí, diciéndome que se acordaban mucho de mí y de mi "melenaza", de lo guapa que yo era de pequeña. Y mi hermana, que actuó conmigo como si no pasara nada, se encargaba de presentarme a aquellos que no me reconocían. A última hora yo misma me presentaba: “Si, yo soy la pequeña de la familia”. Pero la mayor atención la acaparaba mi hermana, dado que vivía con mi madre y la conoce todo el barrio. Casi lo agradecí. Podía mantenerme en un segundo plano y sin atraer demasiadas miradas.

Mi hermano mayor había ido a buscar a su mujer y a su hijo, un niño de siete años que no paraba quieto un momento, y llegó más tarde. Tras prácticamente veinticinco años sin ver a mi último agresor, mi mente no hacía más que repetir “que no se me acerque, que no me toque…”. Incluso se lo susurré un par de veces a mi pareja que no me soltó la mano ni un segundo. Me mantuve fría, reconozco que con miedo, pero fría. Me puse mi mejor máscara de seriedad, de no consentir ni el más mínimo roce, de dejar claro que no le iba a consentir ni el más simple comentario hacia mí. Funcionó. Mi hermano se acercó a saludarme, pero apenas le correspondí. Fui una estatua de mármol mientras me daba los dos besos protocolarios, pero creo que hizo como que no se daba cuenta o que lo achacaba a la tensión del momento. Apenas dijo “hola” y se alejó. Cuando entró en la salita a saludar a mi hermana me empezaron a temblar las piernas. Me hubiera caído si no llego a estar de la mano de mi marido. Necesité unos minutos fuera con la excusa de fumar un cigarrillo para recuperar mis fuerzas.

Cuando volví estaban con un Rosario. ¡Un Rosario! Yo que siempre tuve asociada a mi madre con el rezo del Rosario... Me entraron ganas de reír, y de hecho eso me puso de buen humor. No sé si eso está bien o mal, pero, francamente, no me importa. Fue como haber abierto la puerta a otro recuerdo que, para variar, me hacía sonreír. Y yo en esos días vivía en mi Maquina del Tiempo sin apenas posar los pies fuera de ella.

Así que me fui a casa tranquila y relajada, no sin antes despedirme con un :"Ahh! que no le habéis nombrado, pero ya hablé con C (mi mellizo) Me dice que no le da tiempo a asistir al funeral de mañana, vive lejos". Mi Mellizo me había enviado un SMS donde me explicaba que estaba muy dolido porque mis hermanos mayores nunca le dejaron hablar con nuestra madre, ni siquiera a través de internet. Entiendo su dolor. Mi Mellizo adoraba a mi madre y siempre hubo una conexión especial entre ellos. Incluso de niña lo percibía. Lo siento mucho por él, porque eso será lo que le quede con el tiempo, que no le dejaron verla. Yo al menos pude hablar con ella una última vez el año pasado.

Segundo round.

Éste ha sido inesperado. Fue al día siguiente, por la mañana, y fue uno de esos contraataques de mi monstruo (en colaboración con la sociedad) con el que yo no contaba. Como en la muerte de mi padre, mi pareja se encargó de avisar a toda su familia con la advertencia de que no acudiese nadie al tanatorio ni al funeral por expreso deseo mío. Mis suegros querían ir a la misa de esa tarde. Mi marido les había insistido que respetasen mi petición, pero hubo enfado, no lo entendían: “¿Es que acaso no tenemos categoría para estar ahí? ¿Nuestra nuera se avergüenza de nosotros?” De nuevo la sociedad, ignorante e hipócrita, te enseña que las apariencias son más importantes que las personas de tu familia, aunque sea la familia política. Mi marido me contó la conversación con su madre visiblemente enfadado. Le tranquilicé. Decidí que antes de comer nos acercaríamos a su casa para aclarárselo yo en persona. Recuerdo meterme en la ducha y ensayar ahí mi “discurso”. Me sentía preparada para hablar y había tomado la decisión, en ese momento, de no posponer más las explicaciones a mi familia política. Y la verdad es que salió casi bien.

Hablé con mi suegra. Primero pedí que no me interrumpiera mientras hablaba. Luego pedí perdón porque ésta era una conversación que debería haber tenido hace veinticuatro años con toda su familia pero que entonces no estaba preparada para ello. Ellos sabían mas o menos que yo no me llevo con mi familia pero creo que mi marido nunca les contó detalles de ningún tipo. Y a continuación le expuse la situación.

Le expliqué que he sufrido violaciones y vejaciones desde que tenía 18 meses hasta mis trece años de edad por parte de mi padre. Que todos los hermanos hemos pasado por lo mismo, pero además mi hermano mayor pasó de víctima a victimario, y también abusó de mí. Que mi madre y mi hermana, mantienen desde siempre que eso es mentira, y que la “única” vez que hubo un amago, cuando yo tenía doce años, fue culpa mía porque seduje a mi padre para poder chantajearle después y poder volver a la casa de mis Padrinos. Le narré que cuando yo tenía 9 años y le conté a mi madre lo que estaba pasando me llevó de una oreja al cura de la parroquia a confesar porque lo que yo estaba haciendo era un pecado mortal. Le expliqué que ellos no son mi familia. Que mi madre vive a 500 km, (mi Madrina) y ha sido mucho más madre que la señora de la que salí. Y le pedí que no fueran porque eran mis familiares los que no se merecían que mis suegros acudieran al funeral. De hecho le dije que ahora que mi hermana está sola no sabía ni como iba a reaccionar si los veía porque la imaginaba capaz de montar el pollo en medio de la iglesia diciendo sabe dios qué. Mi familia es la que no tiene categoría. Es una familia tóxica.

Quiso insistir. Mi madre se había presentado en el funeral del abuelo de mi marido (el padre de mi suegra) sin contar con nadie, y mi suegra, ya con la muerte de mi padre quiso devolver el gesto. Pero como esa vez yo no fui no insistió. Pero ahora seguía sin entender. Esta vez mi marido y yo acudiríamos al funeral, mi ciudad natal es pequeña, seguro que acuden personas que conocen a mi marido por mis suegros. Habrá habladurías. Le reiteré que lo entendía, pero necesitaba que respetasen mi decisión: “¿Qué prefieres, quedar bien con tu nuera o con tus vecinos? No espero que lo entendáis, sólo que lo respetéis.” Incluso le explique que yo, en realidad, no iba al entierro de mi madre sino a cerrar una puerta a mi pasado tremendamente dolorosa, y necesitaba hacer esto sola. Parece que cedió, hablaría con mi suegro para no acudir.

Pero entonces sacó un arma con la que yo no contaba. Me contó que cuando mi marido era niño, ella se enfadó con sus padres y tuvo que llevarse a sus dos hijos pequeños y buscar un piso. Pero que, sin embargo, nunca se desocupó de sus padres. Que quería tener la conciencia tranquila de haberse hecho cargo de sus progenitores. Me hundí. La culpa hizo acto de presencia. Me estaba comparando una bronca que tuvo hace cuarenta y cinco años con lo que yo he pasado toda mi infancia. Pero ya no pude decírselo. Yo estaba deshecha en llanto. Estaba otra vez llorando por mis abusos, por mi niña… Me parece tan injusto que los abusos envuelvan de esta manera toda nuestra vida… Volví a mi casa destrozada, pero al menos mi marido le arrancó, antes de irnos, la promesa de respetar mi petición.

Tercer round.

Bajaríamos a la misa funeral tras recoger a mi peke, que venía a acompañarme en este trance, de la estación. Pero el tren venía con retraso y no hubo más remedio que dividirse. Yo me fui a la iglesia y mi marido esperaría a mi hijo. Nos encontraríamos tras la misa. Casi lo agradecí. Porque me tiré toda la misa llorando desconsolada. Si mi pareja hubiera estado a mi lado me hubiese costado más desahogar. Pero me dejé llevar, me vacié. A ratos pensaba: “Los vecinos creerán que lloro por su pérdida. Mi hermana creerá que lloro por arrepentimiento. Lloré por mi Niña Perdida. Porque nunca se sintió ayudada por su madre. Porque nunca encontró consuelo en su madre. Y en mi cabeza retumbaban sus palabras en mi infancia: “Sólo tienes que decirle que no”. “Eso es un Pecado Capital, tu sabrás si te confiesas o no, yo te llevo ante el cura”. Y las últimas palabras que me dijo en vida: “Nunca fuiste una niña cariñosa”. Cierto, nunca fui una niña cariñosa. Pero ella tampoco fue una madre cariñosa. No recuerdo un “te quiero” o un beso de ella, ni uno sólo.

Todavía duele…

En mi última conversación con mi madre me dijo sentirse cansada. Cansada de la vida, de pelear, de sujetarse a si misma. “Aguanté a tu padre más de cincuenta años, y ahora tengo que tirar de tu hermana… Solo espero que Dios me lleve pronto”. Primero mi padre y luego mis dos hermanos mayores. Mi padre les dejó el legado de gobernar una secta familiar en la que nadie de fuera debe intervenir. Pero ella, a pesar de estar encerrada dentro, no se quedaba corta. Se aprovechó mucho de esa situación utilizándolos de peones. Se escondía tras ellos, como una reina de ajedrez. Ha sido víctima, pero también cómplice. Y ahora que se ha ido necesito comprender que a ella nunca le enseñaron a amar de verdad, nadie. Dicen que las personas que no saben comunicar a sus hijos amor, están muertos desde su trauma. Me queda por delante un largo proceso de duelo por la madre ausente, por la madre que nunca tuve, por la madre que nunca fue, y entender a la víctima que ha fallecido por encima de su responsabilidad como madre. Necesito separar a ambas mujeres, llorar a la una y enterrar a la otra.

Tras la misa me quedaba un último asalto. Pero esta vez le gané el combate a mi Monstruo por KO. Después de dar las gracias por asistir a un montón de gente desconocida que me preguntaba si efectivamente yo era la hija más pequeña, volvimos al tanatorio para incinerar a mi madre y ahí me despedí de mis hermanos. Creí que no iba a poder hacerlo, porque dos amigas de mi hermana no se despegaron de nosotros. Pero al final, cuando los besos protocolarios, aproveché. Primero dije en voz alta a todo el grupo que aquí se cerraba una etapa, así que “adiós”. Luego me acerqué a mi hermana: “Tu y yo ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir, así que no hay más que hablar”. “Tú misma” respondió. Pero apenas la escuché, porque me aproximé a mi hermano.

Como ya el día anterior me vio fría con él, a mi llegada a la iglesia a penas cruzamos saludos de lejos y él estaba a la defensiva. Ni siquiera compartimos el mismo banco en el templo. Durante la noche anterior estuve preparándome para este momento. En realidad creo que llevaba tiempo preparada para este momento. Porque tenía pendiente enfrentarme a mi hermano agresor y no sabía cuando ocurriría (si encontraba la oportunidad) Y al fallecer mi madre y ser él quien me diera la noticia, durante esa noche me planteé la posibilidad de enfrentarlo. Tal vez no lo volviera a ver nunca más. Al día siguiente ya tenía decidido que lo despediría con algo como lo que hice.

A veces, cuando tienes que dar un paso importante, te pones excusas, como "no estoy preparada, voy a provocar malestar, son muy mayores, qué pensarán los vecinos..." cuando en realidad es tu Monstruo el que te lo impide. Y actuar casi sin pensar, dar un salto al vacío, es la mejor opción. Así que, casi sin elegir las palabras exactas, me acerqué a él, como si fuera a darle un protocolario beso y se lo dije: “Recuerdo lo que me hiciste de niña, y no te lo perdono. Adiós” Con esas me alejé con mi marido y mi hijo que ya se habían separado del grupo y estaban esperando por mí, mientras mi hermana seguía repitiendo: “tu misma” como si yo no lo hubiese oído la primera vez. Lo repitió elevando el tono hasta que dejé de oírla. Cuando subí al coche me descargué gritando: “¡Joder! ¡Qué a gusto me he quedado!” E hice un corte de mangas al edificio.

Es como si en 10 segundos me hubiese liberado de una gran carga. Sentí que era ahora o nunca. Y realmente la muerte de mi madre suponía para mí el final de un ciclo. ¿Qué mejor forma de cerrarlo que enfrentarme al único agresor conocido que me quedaba vivo? Ahora ya nada me une a mi familia biológica, que es lo que yo quería, porque creo que mi madre era el nexo que aún nos mantenía atados de alguna manera. Y me he quitado un gran peso de encima, no sólo por enfrentar a mi agresor, sino porque vi la oportunidad de cerrar página despidiéndome de mi tóxica familia.

Es increíble ver lo que se puede crecer, ser consciente de tu propia evolución. En la muerte de mi padre, aún no había iniciado mi proceso "activo" de sanación. Desde 2002 (murió en 2009) Ya empecé a reconocer el daño, pero en esos años no encontré herramientas (no tenía internet, por ejemplo) y creo que no estaba preparada. La muerte de mi principal agresor fue el pistoletazo de salida. Hoy, tras seis años de Rehabilitación activa, ha sido la muerte de mi madre la que ha cerrado el círculo. Me propuse llegar a donde estoy (por lo menos), y tengo momentos que me siento por encima de mis expectativas, en la cima del mundo. Cuando la tristeza por la pérdida de mi madre y todos los sentimientos que conlleva alrededor no me hacen decaer, me siento ganadora. Imagino que en unas semanas o meses seré capaz de disfrutar de todos estos avances personales que en estos días he alcanzado, llorando y asumiendo las pérdidas personales, rompiendo cadenas familiares, habiendo roto mi secreto ante la familia de mi marido y enfrentándome a mi agresor. Tendré que pensar en qué le voy a regalar a mi Niña Perdida como premio, porque este es su mayor triunfo hasta la fecha.


“Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción”
Anónimo.

3 comentarios:

  1. Siempre he admirado tu capacidad de expresar con palabras lo que apenas yo, comienzo a darle un nombre. Me hace bien saber que fue un final pero definitivamente, un comienzo para ti. Desde que cerraste la puerta de tu coche, un nuevo lienzo en blanco se dispuso y estoy ansiosa de ver cómo ese niña perdida se levanta y empieza a llegar a lugares que nunca antes pensó. Me siento orgullosa de ti. Un fuerte abrazo.

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  2. Había escrito un comentario muy largo y se me bloqueó el PC al enviarlo.

    Me alegra saber de ti y, sobre todo, ver que te enfrentaste a esos miserables que todos juntos no te llegan ni al talón.

    En cuanto a la necedad de tu suegra, por desgracia no es la única que no siente escalofríos al oír hablar de abuso sexual infantil y sigue tratando a un agresor como a un ser humano que merece algo. El otro día, un hijo de puta metió en un portal a la hija de 9 años de un amigo y a otra niña, con la excusa de hacerles un truco de magia. Les sacó fotos y trató de abusar de ellas. En ese momento, mi amigo alcanzó a oír los gritos de su hija (estaba trabajando en su bar, contiguo al portal) y evitó lo que estaba a punto de ocurrir. Le pegó a ese asqueroso una paliza de muerte, rompiéndose una mano incluso, y la gente lo increpaba A ÉL, no al pederasta. Una señora incluso le dijo que lo iba a denunciar y cuando él respondió que ese tipo estaba abusando de dos niñas, ella ladró un ME DA LO MISMO de lo más fresco. ¿¿¿Cómo puede haber gente así???

    Un beso enorme, preciosa. Felicidades por tu valentía.

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  3. Admiro tu valentía. Yo aún no puedo expresar ni recordar. Ojala me contagies de ese coraje. Un abrazo gigante!

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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