LAS LÁGRIMAS DE LA IRA

Era una tarde relajada de verano, sentados en una terraza alrededor de refrescantes bebidas y con la compañía de un grupo de amigos de lo mas variopinto. Todos padres y madres de chiquillos a los que conocía desde hacía años del equipo de fútbol donde jugaba también mi hijo. Ahí se había iniciado nuestra amistad.

A veces soy malhablada. A veces, cuando estoy relajada y en un ambiente informal, intercalo alguna palabrota en la conversación. Para mí nada excesivo, siempre he pensado que lo hago igual que lo hacen mis amigos, con alguna interjección mas o menos malsonante que enfatice mis palabras. Pero a mi pareja nunca le ha gustado que yo emplee ese lenguaje y en demasiadas ocasiones me ha reprendido con cariño, pero públicamente. Nunca, hasta esa tarde, le dije nada. Tras quince o dieciocho años casada, siempre he bajado la cabeza, pedido disculpas por mis palabras y guardado un vergonzoso silencio. Pero esa tarde fue distinto. Efectivamente volví a reconocerme como culpable de mi comportamiento y me corregí al instante, pero me empecé a enfadar interiormente y cuando regresamos a casa, un rato después, exploté.

Le dije que estaba harta de que me corrigiera en público, delante de mis amigos. Le dije que ya estaba bien de tratarme como a una niña. Aún recuerdo mis propias palabras: “¡Ni tengo doce años, ni eres mi padre (afortunadamente) para corregirme! ¡Y mucho menos delante de nadie, Joder!!” Y le rogué -no, le exigí- que no volviera a reprenderme en público, que era mi forma de hablar y no me daba la gana de cambiarla por él ni por nadie. Si no le gustaba ya le podían ir dando. Se tomó el rapapolvo bastante bien. De hecho me pidió disculpas. Y aunque aún lo hace a veces, una simple mirada mía o un comentario irónico (“si, papá”) suele dejarle claro el recuerdo y luego a solas me vuelve a pedir, no sin cierta razón, mesura en mis expresiones. Aún no se cómo tuve el valor de decirle aquello.

Hace tiempo trabajé en un ejercicio que encontré en la red extraído y traducido de un cuaderno de ejercicios anexo al libro “El Coraje de Sanar” que por desgracia aún no ha sido editado en castellano. En este anexo tratan una secuela bastante habitual entre los supervivientes: La rabia. La falta de control sobre ella o el exceso de reprimirla. Curiosamente en el ejercicio se habla de la ira como algo positivo, contrariamente a lo que la sociedad suele opinar de ella, siempre y cuando esté correctamente dirigida y canalizada. Y señala que la ira, la rabia, el coraje, es lo que ha ayudado a muchos supervivientes a salir adelante, a no hundirnos. A entender que, a pesar de los horribles hechos de los que fuimos víctimas, éstos no nos derrotaron por completo y nos hizo seguir adelante incluso con nuestras secuelas. Esta parte del texto me recordó a mí misma cuando ya en mis Años Oscuros pensaba: “A mí, esto, no me hunde”, creo que se refiere a eso. Pero muchas veces hemos interpretado esa ira de manera errónea, y en muchos casos hemos terminado por reprimirla pensando que no nos merecíamos recuperarnos de nuestras secuelas porque éramos culpables de lo ocurrido, por lo tanto no teníamos ningún derecho a expresar enfado por nada ni con nadie. Entonces nos volvemos sumisos, la autoestima se va al garete, y con ella, esa rabia que nos ayuda a poner barreras de protección legítimas y necesarias. Algunas víctimas, en cambio, han optado por levantar unos muros tan altos que nada puede traspasarlos, ni bueno ni malo, se vuelven agresivas ante la mas mínima amenaza o pasan al ataque antes incluso de dar la oportunidad de conocer las intenciones de los demás. Todo para evitar que alguien pueda volver a hacerles daño.

En la introducción, el ejercicio explicaba que si los acontecimientos se hubieran desarrollado con normalidad, nosotros, las víctimas, deberíamos haber expresado nuestra furia en su momento. ¿Acaso si te atracan en la calle no te sentirías muy enfadado? ¿No te entran ganas de darle un puñetazo a aquel que te insulta? No lo haces, pero te expresas con enojo y se lo cuentas a todos tus amigos con irritación para que te sientas arropado. Pero en un niño eso no es posible. En nuestra infancia nos enseñan que está mal enfadarse si no te dan un caramelo, dar un golpe en la mesa, tirar el lápiz o la libreta al suelo, sacarle la lengua a tu hermano cuando te quita tu juguete. Así que durante un abuso, ¿Cómo vamos a plantearnos que nos podemos enfadar con nuestro agresor si ni siquiera sabemos que somos víctimas porque nos sentimos cómplices? La ira viene después, semanas después, o meses después, o años después. Y en muchas ocasiones la dirigimos erróneamente hacia quien no tiene la culpa. Es una respuesta de nuestra psique que debería ser totalmente lógica -nos han agredido- pero que ocultamos porque, además de que socialmente está mal sentirla y expresarla, ni siquiera la controlamos. Y cuando algo no se controla se convierte en peligroso.

Para empezar ¿Cuál es la cólera que debemos canalizar para que no sea dañina? El ejercicio habla de esos gestos de agresión que nos causamos a nosotros mismos o a nuestros seres queridos. Yo no me he cortado, no me he causado quemaduras con la plancha, no me he golpeado contra una pared, ni me he pinchado o pellizcado hasta causarme dolor. A mi madre jamás la he visto enojada. Mi padre era un huracán cuando se enfadaba: golpes y violencia desatada por doquier. A mi hermana la recuerdo sentada en cuclillas en un rincón junto a la puerta de la cocina tapándose los oídos, los ojos fuertemente cerrados y lanzar un alarido a todo lo que daban sus pulmones. Como si con ello lograra sacar de dentro todo. En esos momentos casi la envidiaba, porque me imaginaba una barrera alrededor de ella, una barrera invisible que creaba con su grito, que conseguía envolverla y aislarla de todo lo que ocurría a su alrededor. No sé si para ella era así, pero yo lo imaginaba como un gesto catártico invencible. Pero yo no recuerdo haber experimentado ira jamás.

Muchas víctimas hemos tenido miedo a experimentarla por temor a que se instale en nuestros corazones y nos vuelva como nuestros agresores. Siempre he tenido miedo a ser como mi padre. De hecho estaba convencida de que así sería en el futuro. He vivido toda mi vida pensando que yo sería una agresora, sino sexual al menos física, y esa es la razón por la que nunca quise ser madre, a pesar de que ahora no me arrepiento en absoluto. Y no soy consciente de haberla utilizado de esa manera ni contra mí ni mucho menos contra nadie. Entiendo que en este punto habla mas de la ira en el sentido de "violencia", que es la que yo no encuentro por ningún lado porque jamás he sido agresiva mas allá de un simple portazo, no sé si es por ese miedo a perder el control como mi padre o porque realmente no tengo contacto con mi ira, ya que jamás he deseado matar o desmembrar un miembro a mi abusador (ni a nadie). Al hacer aquel ejercicio me di cuenta de que creo que he reprimido la ira en grado máximo.

Cuando alguien se enoja, hoy por hoy, intento siempre calmarlo o me quito de en medio hasta que pase la tormenta. Creo que, inconscientemente, evito toda situación que pueda implicar enfado por parte de alguien porque mis alarmas se disparan, mi miedo se pone en primera fila, y me da pánico que la situación se descontrole y alguien desate su furia, tal y como ocurría en casa de mis padres. Es curioso, porque dicen los expertos que los que hemos sobrevivido a una infancia violenta somos excepcionalmente buenos manejando situaciones de caos, que nos movemos con soltura por la experiencia que adquirimos en la niñez. Lo que no significa que nos gusten esos escenarios. Para mí, una simple discusión en internet en el grupo deportivo donde participo, me supone una carga extra de estrés e intento por todos los medios que las cosas no se desmadren. Y cuando soy yo la ofendida también intento mantener el control. Creo que es porque no quiero que me vean enojada. Siempre pienso que en realidad no hay motivos y me criticarían por ello, me tratarían de "niñata caprichosa" y creo que yo misma me catalogo así.

Alguna vez he tenido momentos de ira. Me he enfadado, por ejemplo, con mis compañeros de trabajo por algo que han hecho que me parecía mal, o con mi marido por alguna tontería, y en ese momento siempre me he limitado a colocar los objetos con mas fuerza de lo normal, con mas ruido. He guardado silencio mientras pensaba en cómo me sentía de enfadada, en lo injusta que me parecía la situación. Si me hubiesen hablado seguramente mi respuesta hubiera sido seca, educada, pero seca. Lo hubiesen achacado al cansancio del trabajo, o a que yo estaba irritada por la menstruación (es curioso que la mayoría de los hombres enseguida achacan nuestro mal humor a los cambios hormonales) Pero por otro lado, empiezo a pensar que realmente es una tontería enfadarse por eso. Y creo que si alguien se da cuenta de mi enfado, me criticarían por enojarme por una tontería, y entonces me entran unas ganas enormes de llorar de impotencia. Y tampoco quiero llorar para que no piensen que lloro por una estupidez. Y eso me da más ganas todavía de llorar de impotencia. Llorar por ser absolutamente incapaz de gestionar mi ira y todo lo que estoy sintiendo por dentro, de todas las emociones que se revuelven como un huracán dentro de mí. Es una situación relativamente habitual para mí, a veces por cosas tontas y sin importancia. Pero cuando realmente tengo motivos para ello, también actúo igual, es mi primera reacción siempre. Llorar de impotencia.

Una de las cosas que estoy tratando de avanzar con mi Rehabilitación es trabajar la ira, no comérmela, no tragarla como algo amargo. Pero no sé lo que hago mal, porque ahora, cuando consigo elevar mi protesta por algo que me parece injusto, hago reproches a grito pelado y apenas escucho a mi interlocutor. Y sólo después de unos minutos en que hago algún ejercicio de relajación (ejercicios de respiración habitualmente) trato de explicar mi queja y el motivo de mi enfado. No siempre lo consigo, pero sigo intentándolo. Lo siguiente supongo que será aprender a sacar esa ira, a canalizarla de mejor manera, pero aún me queda trabajo por delante, porque si no empiezo a dar voces, aún se interpone el llanto como primera opción.

Y llorar, las ganas de llorar, me retrotrae irremediablemente a mi infancia. Si había un desencadenante para la violencia de mi padre, ese era el llanto. Desde que tengo uso de razón tengo implícito que nunca, jamás, bajo ningún concepto, debía llorar delante de él. “Te daré motivos para que llores” era una amenaza habitual si sospechaba que yo estaba a punto de echarme a llorar. Recuerdo a mi madre recomendarme muchas veces que no se me ocurriera llorar en presencia de mi progenitor, que primero me secara las lágrimas antes de entrar en la habitación donde estuviera él, y en las contadísimas ocasiones en que no he conseguido evitarlo, recuerdo a mi padre sujetarme del cuello y pedirme encarecidamente que dejase de llorar de inmediato, como si le fuera la vida en ello.

Tras los abusos, experimenté una especie de “efecto rebote”, porque ya en mis Años Oscuros el llanto ha acudido a mí en múltiples ocasiones, y se ha convertido, como digo, en una alternativa a la irritación o la ira. Cuando estoy enfadada, lloro. Tarde o temprano acabo llorando, eso si, en absoluta soledad. Si siento que no voy a poder reprimirlo, mi primer recurso es encerrarme en un cuarto de baño, un retrete, el exterior del local… cualquier sitio donde nadie pueda verme llorar. Porque no se llora por una tontería y además llorar es peligroso y pone nerviosa a la gente. Cada vez que escucho las expresiones “No llores, Por eso no se llora, Deja ya de llorar, No me seas llorica, Los niños grandes no lloran, Ya no eres una niña para llorar por esto” Me siento ofendida e indefensa. ¿Por qué no se puede llorar? Nos educan para esconder ciertas emociones (la ira, el enfado, la tristeza, el llanto...) como algo malo, negativo o infantil, cuando creo que son tan legítimas como la alegría, y me siento como si me cortasen las alas. Cuando a veces aún me emociono hablando con mi marido y me pregunta “¿Es que vas a llorar?” Me siento indefensa y ofendida. Y aún estoy intentando encontrar mi respuesta automática a esa pregunta sin que suene a un ataque personal, porque aún me saldría algo como: “Si, tengo ganas de llorar. Me emociono a veces al hablar, y no tengo un botón en la cabeza que apague o encienda mis emociones. ¿Tienes algún problema en que llore? Porque precisamente por ese tipo de preguntas me cuesta hablar contigo más de lo que quisiera” Y sé que se lo diría en tono de reproche, retándole.

Siempre he creído que en mi caso llorar estaba relacionado con la ira. Siempre pensando que las situaciones injustas en las que me he visto metida en realidad eran provocadas por mí, lo que me hacía enfadarme conmigo misma. Siempre pensando que si me vieran enfadada o llorando me culparán por no ver que en realidad yo soy la tonta a la que hay que corregir constantemente, cuando es posible que lo que tenga sea furia encerrada hirviendo en mi interior. Si estoy en una situación que me parece injusta, lloro. No lloro por tristeza, lloro por rabia, por esa ira contenida e incontrolable que guardo en mi interior. Esa que alimenta mi Monstruo cuando me riñe y me dice que me merezco todo lo que me ocurra -por mas que a los ojos de los demás se pudiera ver la injusticia por arrobas- y que no tengo ningún derecho a quejarme y mucho menos a sentir rabia. Porque la rabia, la ira, el enfado, sólo lo experimentan las personas malas y dañinas como yo.


“La ira: Ese ácido que puede hacer más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte”
Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.

6 comentarios:

  1. La ira,mi asignatura pendiente también,aunque por lo que sé la estoy canalizando hacia mi ex,cosa que trato de evitar aunque no puedo.Pero toca trabajar lo...paciencia.
    Un abrazo.
    Carmen

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  2. Yo también he canalizado la rabia (aunque por otros temas) pagándola con quien no se lo merecía, a menudo con quien sé que no va a reaccionar mal. Imagino que la mente sabe con quién puede hacerlo...

    En cuanto a tu cabreo por ser reprendida en público, también puede responder simplemente a que ya estabas harta. Yo es algo que detesto, y creo que cualquiera.

    Besos

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    1. Cierto, es más que posible que respondiese a un hartazgo por mi parte. Pero me sorprendí de mí misma de haber reunido el valor, por fin, de decirle algo. Creo que siempre he dependido algo emocionalmente de él, y mi querido y amado Monstruo me hacía pensar que si le contradecía en lo mas mínimo, pediría el divorcio y me dejaría en la puñetera calle.
      Y en estos años de Rehabilitación he tenido mas de una diferencia con mi pareja y no ha pasado nada de lo que auguraba esta mente inquieta. Todo forma parte de la sanación, supongo, y tener tu propio criterio sin que el mundo se derrumbe a tu alrededor o simplemente expresar que eres de distinta opinión también vale. :D

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  3. Por desgracia tambien es una tarea pendiente para mi...aunque yo no tengo ningún inconveniente en decirselo a mi marido,...la verdad es que es con quien menos me corto y me da pena porque es un bendito, pero no tengo punto intermedio o canalizo la rabia hacia mi y me callo todo, absolutamente todo y después pago las consecuencias en forma de dolores de cabeza, tripa, saliendome heridas en las manos y quedandoseme en carne viva,...vamos que somatizo mucho la rabia, el miedo,...la angustia...O no me corto y digo todo lo que pienso, intentando hacerlo con educación eso si, pero siendo terriblemente cortante y desagradable, pero se que no es un enfado normal, porque es desmedido, es como si ese enfado, esa rabia aprovecha para salir por cualquier enfado,... en fin mas tarde o mas temprano lo conseguire,... Seguro que todos vosotros también.
    Un saludo,
    Ave Fénix.

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  4. Mi ira mi rabia la descargaba con mi madre y mi hermano, dos personas inocentes, que no entendía la causa de mi enojo. Nunca tuve el valor de decirle a mi madre que su padre era la causa de esa ira, que el abusaba de mi, ese hombre recto y respetable que todos querían, torturaba a su pequeña nieta. Pensaba que como mi agresor era el padre de mi mama, ella también era la culpable. Y la hice pagar durante años la trate muy mal, extremadamente mal, pero ella siempre estuvo allí, esperando con paciencia, cualquier señal de afecto, por mas pequeña que fuera. Y ahora me doy cuenta que ese monstruo le quito ami mama, tener una hija tierna y afectuosa. Nunca he confiado en mi familia y el único que me causo dolor fue el.

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  5. Gracias por tus palabras. Me han abierto una ventana a mi propia recuperación, y a mis propios fantasmas.
    Si bien en algunas ocasiones he hablado de lo que me paso creo que nunca lo hice abiertamente o enfrentándome realmente a las situaciones, he tenido amigos que me han ayudado dentro de su mayor/menor ignorancia y su mayor/menor buena voluntad. Pero a pesar de los años que han pasado nunca logre enfrentarme y mucho menos superar las consecuencias, aun hoy me limito a decir que sobrevivo a mi misma. Leyendo algunas entradas salteadas me he sentido muy identificada con tus palabras. Y como dije al principio, has abierto una ventana para que pueda mirar afuera y quizás con el tiempo curar mis heridas. Actualmente tengo una pareja maravillosa que me ama y me protege todo lo que puede, nuestra relación existe gracias a el, gracias a su paciencia infinita y su amor igualmente grande, cuando le dije que era una muñeca rota y le explique en que me basaba, su respuesta fue pero yo te amo, (sin agregar un "a pesar de ello", sino dando a entender un "con ello") eres una madre maravillosa, el lo cree mas allá de mi misma, al punto de confiarme a sus dos pequeñas.
    Perdona lo largo del comentario, solo quería agradecerte el que cuentes tus experiencias, muchas victimas aprenderán de ti y de tus palabras, y con ello aprenderán a llevarse mejor con sus propias vidas, a desarrollarlas de la mejor forma posible, y quizás (ese es mi deseo) a vivirlas plenamente, sin miedos, sin culpas, sin complejos. No se si se curan las heridas, o solo aprendes a llevarlas, pero a much@s de nosotr@s nos muestra como levantar la cabeza y mirar de nuevo a los ojos al mundo, y a veces es algo que olvidamos como hacerlo, por miedo o por vergüenza.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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