LAS LÁGRIMAS DE LA IRA

Era una tarde relajada de verano, sentados en una terraza alrededor de refrescantes bebidas y con la compañía de un grupo de amigos de lo mas variopinto. Todos padres y madres de chiquillos a los que conocía desde hacía años del equipo de fútbol donde jugaba también mi hijo. Ahí se había iniciado nuestra amistad.

A veces soy malhablada. A veces, cuando estoy relajada y en un ambiente informal, intercalo alguna palabrota en la conversación. Para mí nada excesivo, siempre he pensado que lo hago igual que lo hacen mis amigos, con alguna interjección mas o menos malsonante que enfatice mis palabras. Pero a mi pareja nunca le ha gustado que yo emplee ese lenguaje y en demasiadas ocasiones me ha reprendido con cariño, pero públicamente. Nunca, hasta esa tarde, le dije nada. Tras quince o dieciocho años casada, siempre he bajado la cabeza, pedido disculpas por mis palabras y guardado un vergonzoso silencio. Pero esa tarde fue distinto. Efectivamente volví a reconocerme como culpable de mi comportamiento y me corregí al instante, pero me empecé a enfadar interiormente y cuando regresamos a casa, un rato después, exploté.
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