HISTORIAS DE “PELUDOS”

Era siamés. Con el color típico de esta variedad, la cara y las patas casi negras y el resto del manto color marfil. Tenía un carácter dulce, se dejaba acariciar y ronroneaba frotándose con mis piernas cuando yo andaba por la cocina. Y dormía conmigo. Le encantaba meterse en mi cama de madrugada, y hacerse un ovillo en el hueco que yo dejaba entre mis rodillas y mi pecho, acurrucada de lado en posición casi fetal. Supongo que el gato lo hacía para recibir mi calor corporal, pero reconozco que el intercambio era mutuo. Aquella casa era muy fría en invierno. Mi madre me metía en la cama un ladrillo refractario que había calentado en la cocina de carbón para que al menos las sábanas estuvieran calientes cuando me acostase. Pero a altas horas de la noche, el efecto calorífico ya había desaparecido. La llegada del gato lo compensaba. Y a mí me gustaba acariciar su pelaje, era suave y tierno como un cojín.


No sé si me despertó el animal al salir casi espantado de mi lecho por encima de mi cabeza o fue el manotazo que mi padre dio a la cama en el lugar que un segundo antes había ocupado el gato. Pero de un salto me senté en la cama con el pulso acelerado y miré a mi padre sorprendida y asustada. Tuvo que verlo. Tuvo que ver al minino escapar de la cama, es imposible que no lo viera, ahora me he dado cuenta. Pero durante años hubiera jurado ante un montón de biblias que mi padre creía que el felino aun seguía escondido entre las mantas y por eso retiró toda la ropa de la cama con brusquedad, regañándome por permitir que el gato durmiese conmigo.

Me encogí al instante. Recogí mis piernas y las crucé, levantando las rodillas y abrazándolas con los brazos. Recuerdo que hice el gesto de tener frío para justificar mi postura de manera casi inconsciente, como si me avergonzase taparme delante de mi padre. Aún hoy me pregunto si es legitimo cubrirse ante tu propia familia o las niñas normales no necesitan protegerse.

No recuerdo nada mas, la imagen se detiene ahí, con mi padre sentado al borde de mi cama y yo encogida y abrazada a mis piernas con una creciente sensación de miedo. No recuerdo qué edad tenía. No recuerdo que ocurrió después. Pero la imagen del manotazo y el gato escapando de mi cama nunca se ha ido de mi memoria. Es una de esas imágenes inconexas de mi infancia de las que desconozco el final. Tan inconexa que una parte de mi mente todavía duda que en casa de mis padres hayamos tenido gato. Sé que lo tuvimos, tengo alguna “foto” mental más de él viéndole jugar en el suelo de mi habitación con un ratón que acababa de cazar, o recostado sobre el respaldo del sillón mirándome con sus ojos gatunos, pero no recuerdo cómo se llamaba, ni la época en la que estuvo con nosotros. Recuerdo a la otra mascota que había en casa de mis padres, un perro grande color tierra de raza indeterminada -o eso creo- al que llamábamos Navarro. Pero no recuerdo el nombre del gato, ni si compartió con el sabueso la vivienda y los amos. Es curioso que no lo recuerde. Porque debe ser de los pocos recuerdos agradables que tengo en la casa de mis padres. En cambio recuerdo muy bien a las otras mascotas que han compartido mi infancia, todas en las distintas viviendas de mis Padrinos.

A Key no lo recuerdo mucho. Yo era muy pequeña cuando el perro debió morir de viejo. Sólo le recuerdo de las fotos que tengo de niña y yo no debía tener mas de dos o tres años. Enseguida encontraron otro Caniche Gigante Negro al que dar cariño, y a Colás -que así se llamaba- si lo recuerdo mas. Era muy juguetón y me derribaba cada vez que yo llegaba del colegio. Tuvieron que sacrificarlo. Se puso muy enfermo del hígado y a última hora se volvió peligroso porque nos atacaba. Yo creo que no nos reconocía, o el dolor era tan grande que no sabía sacarlo de otra manera. Sentí mucho su pérdida.

A Jai la recogimos en un semáforo. Literalmente. Íbamos en el coche, saliendo de la ciudad de mis Padrinos rumbo a la casa de la playa cuando a las afueras, en un semáforo, en medio de un monumental atasco típico de las salidas de vacaciones, había dos chicos con sendos cachorros en los brazos. El macho parecía un Bóxer color chocolate, la hembra no tenía tan definida la raza pero recordaba mucho a un Setter Spaniel canela y blanco. Los muchachos nos explicaron que se dirigían a la perrera municipal para dejarlos allí y nos ofrecieron quedarnos con uno o con los dos. Nos quedamos con la hembra. Tenía una gran nobleza. Tímida, discreta, callada, pero siempre atenta a lo que ocurría a su alrededor. El suegro de una de mis Madrinas, gran aficionado a la caza, se la llevó al descubrir que tenía talento para marcar las piezas y levantarlas para un buen tirador, pero nos regalo una cría de la primera camada que tuvo como descendencia. Era tan noble y buena como su madre y además se parecía mucho a ella físicamente. Le pusimos de nombre Cora.

Guardo gran recuerdo de Harina. Una Dálmata que nos fue imposible educar para que no nos robase la comida. La puerta de la cocina debía estar siempre cerrada porque sino el animal saqueaba todo lo que encontrase comestible de la estancia. Yo, a mis siete u ocho años ya tenía serios problemas para comer. Mi Madrina siempre decía que he sobrevivido a base de tortilla de patata y leche, porque era lo único que me gustaba. Y recuerdo utilizar a la perra como cómplice en mis cenas. El animal se escondía bajo las faldas de la mantelería de la mesa camilla donde yo me sentaba y le iba dando, poco a poco, los pedazos del filete de carne que irremediablemente me tocaba en el menú nocturno que tomaba siempre sola porque los niños deben acostarse temprano. El resto de la familia cenaba mas tarde. A última hora llegué a perfeccionar el método: me escondía en el cuarto de baño a la espera de oír el grito de alguno de mis Padrinos reprendiendo a Harina, que había salido de su escondite para dar buena cuenta de mi plato. En ese momento yo regresaba con inocencia para asegurar que el animal apenas había comido nada porque yo no había dejado casi nada en el plato. Era lista como el hambre, sabía abrir las puertas poniéndose a dos patas apoyando las manos sobre la manilla y si le mostrabas una Galleta María hacía todo lo que le pidieras. Si le decías “Harina, ríete!” enseñaba los dientes y agitaba la cola con efusividad. Lo entendía todo. Sólo le faltaba hablar.

Cuando ya vivía con mi Madrina tras el Año del Infierno, el portal de la vivienda tenía una zona ajardinada en pendiente bordeada por unas escaleras. Tras los matorrales de ese jardín las gatas callejeras solían parir y criar allí a sus retoños, y muchas veces, al salir del portal, encontrabas a los gatitos que subían con rapidez las escaleras para esconderse entre las plantas. En una ocasión mi Madrina y yo vimos que uno de los gatitos tenía serias dificultades para ascender los escalones. Tropezaba y se estrellaba con sus hermanos o con el pavimento continuamente, así que decidimos recogerlo para auxiliarlo. Al llevarlo al veterinario nos confirmó que se trataba de una gatita con un problema de visión bastante importante porque era absoluta y completamente bizca. El experto nos dijo que si la devolvíamos con sus hermanos no viviría mucho, pues en la calle no tendría oportunidad de defenderse y sobrevivir sola, así que nos la quedamos. Era traviesa, juguetona y gris, como las pelusas que te encuentras bajo la cama, así que no podía llamarse de otra manera: Pelusa. Dormía conmigo, se metía dentro de la cama y reptaba hasta mis pies donde se hacía un ovillo. Aún no sé cómo podía respirar.

Pero si tuviera que hacer un ranking de mis mascotas favoritas, el primer puesto por delante de Harina se lo lleva, sin duda, Musi. Musi era un gato rubio mezcla de Persa y Angora que le regalaron, cuando yo aún era niña, a mi Madrina por su cumpleaños y se lo entregaron un sábado por la mañana en su negocio dentro de una caja con un enorme lazo en el cuello que ocupaba casi mas sitio que el propio gatito. Me enamoré de él al instante. Oficialmente era de mi Madrina, pero para mí ha sido “mi gato”. Tenía un ronroneo fuerte y sonoro. A las cuatro de la tarde le oías llegar desde el pasillo como si te estuviera pidiendo que te fueras acomodando en el sillón con su cepillo para su aseo diario. El largo pelaje obligaba a mantener esa rutina para evitar que le salieran nudos en el lomo, donde el pelo era mas largo. Cuando se cansaba del cepillado te mordía ligeramente en la mano, sin hacerte daño, para que le dejaras marchar. Como Harina, cuando le hablabas, levantaba las orejas y te miraba atento, yo creo que también entendía lo que le decía. Dormía conmigo como si fuera una persona, con la cabeza en la almohada, las patas delanteras abrazando las sábanas y el resto del cuerpo tapado con la ropa de cama y se dejaba abrazar mientras yo cogía el sueño. ¿Cuántas veces lo habré abrazado como único consuelo a mis interminables llantos?

Amo a mi Madrina mas que a mi vida, pero hay algo que jamás le perdonaré. Cuando se casó por segunda vez -yo tendría unos diecisiete o dieciocho años- creo que su nueva pareja le instó a que se deshiciera de los dos gatos, Musi y Pelusa, porque no le gustaban, no sé si los felinos o los animales en general. Al menos esa es la conclusión que llegué recordando los acontecimientos. Y ella decidió abandonarlos en un pequeño restaurante rural de la sierra donde había muchos gatos que cohabitaban con los dueños del restaurante sin ser exactamente sus amos. Dudo que ninguno de los dos animales sobreviviera demasiado tiempo. La gata, bizca como era, no creo que pudiera defenderse mucho a pesar de su juventud, pero Musi, un gato acostumbrado a vivir en una casa con su plato de comida Gourmet y su cepillado diario, dudo que pasara de la primera noche. Ya era viejo, y se hubiera muerto no muchos años después, pero nunca jamás he llorado la pérdida de un ser querido como lloré la del gato. Hoy, escribiendo estas letras, vuelvo a llorarle desconsolada. Ahí terminó mi convivencia con animales. Hubo mas en mi infancia. Periquitos, loros, peces, hámsteres… Pero éstos son los que recuerdo con mas cariño.

Cuando me casé quise volver a tener un perro o un felino en mi regazo, pero entre el bebé que venía de camino y mi marido, que no estaba por la labor, fui posponiendo la decisión hasta que llegué a la conclusión que para tener animales en casa tiene que existir unanimidad en la familia. Todos tienen que estar de acuerdo para evitar futuros problemas con ese nuevo “niño permanente” del que hay que ocuparse. Ahora, con mi sanación, quería volver a tener gatos en casa y me he reencontrado con la firme oposición de mi pareja que no quiere esa responsabilidad. Y eso me ha hundido. Porque echo de menos tocar y acariciar a un ser vivo sin sentirme obligada a que en algún momento me tenga que dejar tocar por ese ser vivo.

Mi pareja ha conseguido ser la única persona del planeta que puede tocarme sin que yo me ponga en guardia, sin que salten mis alarmas, sin sentirme agredida. Mi pareja me respeta y no se va a acercar si yo no quiero, pero mi subconsciente no lo sabe y todavía en demasiadas ocasiones me siento obligada a dejar que me toque si soy yo la que inicia el “ronroneo”. Con un gato tendría la tranquilidad de disfrutar de tocarle, acariciarle y jugar con él sin la inconsciente impresión de que alguna vez tendré que dejar que me “meta mano” aunque en ese momento yo no quiera. De alguna manera echo de menos la posibilidad de que sea yo la que mime, achuche, abrace y me acurruque junto a alguien sin tener la sensación de dejar a deber una respuesta por mi parte.

No se si conseguiré convencer a mi marido, pero vivo con la idea de que en algún momento volveré a tener un gato incordiándome mientras escribo en el ordenador, que frotará sus pómulos, su cuello y su lomo contra mi cara cuando, tumbada bocabajo en la cama, le diga que me deje leer y que se hará un ovillo pegado a mí mientras dormito en el sofá. Hasta le he puesto nombre: Nemo, si es un macho. ¿Adivinas cómo se llamará si es una hembra? Efectivamente: Némesis.


“Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre”
Edgar Alan Poe (1809 – 1849) Escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense

2 comentarios:

  1. Ojalá que puedas convencerlo, porque los gatos son lo mejor del mundo.
    Es una pena que tu madrina abandonara a sus gatos por un tío... luego la deja y pierde marido y gatos.

    ResponderEliminar
  2. Las protectoras de animales (protectoras, no perreras) necesitan casas de acogida para animales que esperan que alguien los adopte. Te dan pienso, y por supuesto pagan los gastos veterinarios que pudiera haber, tú lo cuidarías hasta que saliera adoptante para él.

    Es una forma de probar si os adaptaríais bien a la vida con un animal. Te recomendaría un gato por el tema de los paseos que necesita un perro. Si la cosa va mal hablas con la protectora y lo recogen, si la cosa va bien puedes adoptar tú misma ese gato u otro.

    Creo que tu pareja no debería negarse a probar. Es algo muy enriquecedor tanto para adultos como para niños.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu legado en el Averno.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...