HISTORIAS DE “PELUDOS”

Era siamés. Con el color típico de esta variedad, la cara y las patas casi negras y el resto del manto color marfil. Tenía un carácter dulce, se dejaba acariciar y ronroneaba frotándose con mis piernas cuando yo andaba por la cocina. Y dormía conmigo. Le encantaba meterse en mi cama de madrugada, y hacerse un ovillo en el hueco que yo dejaba entre mis rodillas y mi pecho, acurrucada de lado en posición casi fetal. Supongo que el gato lo hacía para recibir mi calor corporal, pero reconozco que el intercambio era mutuo. Aquella casa era muy fría en invierno. Mi madre me metía en la cama un ladrillo refractario que había calentado en la cocina de carbón para que al menos las sábanas estuvieran calientes cuando me acostase. Pero a altas horas de la noche, el efecto calorífico ya había desaparecido. La llegada del gato lo compensaba. Y a mí me gustaba acariciar su pelaje, era suave y tierno como un cojín.
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