PUÑO DE HIERRO EN GUANTE DE SEDA

Cuando era niña el barrio marginal donde viven mi madre y mi hermana aún se consideraba zona rural a pesar de pertenecer al ayuntamiento de la capital de la provincia. Está situado en los límites del concejo y rodeado de fincas sin edificar donde, en aquella época, aún se criaba ganado además de tropezar siempre con gallinas y gatos asilvestrados cuando transitabas por sus caminos de tierra. Mi madre siempre compraba la leche fresca a una de sus vecinas. Leche recién ordeñada, caliente y grasa. Todavía puedo ver en mi mente el recipiente de porcelana esmaltada con un tubo en medio que utilizaba para hervirla y eliminar las posibles bacterias que se podían transmitir si se tomaba cruda.


No me gusta la nata, me dan arcadas. De pequeña siempre me colaban el vaso de leche para evitar que yo tropezara con ella. Con los años me he acostumbrado a la leche comercializada y pasteurizada, contiene menos grasa y ya no tiene nata a no ser que la caliente para el desayuno, donde elimino con la cucharilla la fina película que se forma en la superficie de la taza sin ningún problema. Pero en la leche que se traía a casa cuando era niña esa nata era mas gorda y estaba en muchas ocasiones escondida como un trapo que estuviera sumergido dentro del vaso. A mi madre le encantaba, siempre se reservaba un vaso con toda su nata para después de acostarnos.

¡Clic-clac! Aún recuerdo ese sonido metálico. ¡Clic-clac! ¡Clic-clac! ¡Clic-clac! Ahora lo asocio al golpeteo rítmico de la hebilla del cinturón de mi padre contra el cabecero de la cama, también metálico, sobre el que descansaba colgado el cinto, cuando su lecho se convertía en el escenario del crimen, cuando yo era la víctima. Pero la primera vez que recuerdo oírlo, yo tendría cinco o seis años. Fue una noche, para cenar, que mi madre encargo a mi hermana mayor que se asegurase que yo tomaba un vaso de leche antes de acostarme. Mi hermana me obligó a beber del vaso que mi madre se reservaba para ella.

Recuerdo la cocina, con poca luz, el suelo de linóleo manchado en el rincón del polvo negro que quedaba de apoyar el saco del carbón para el fogón, los platos en el escurridor. Y el vaso de leche que le pedía a mi hermana que me colase porque estaba segura de que tenía nata. Se lo rogué varias veces porque vi a través del vidrio la tela blanca que se movía dentro cuando agitabas el recipiente. Se negó a hacerlo e insistió en que obedeciera y me bebiera la leche. Cuando empezó a amenazarme con la zapatilla no protesté mas. Tomé aire e intenté beber auto convenciéndome de que encontraría la nata pero sería capaz de tragarla sin ningún problema. Me fue imposible. Las náuseas llegaron casi de inmediato. El resultado fue evidente: vomité, acabé llamando a mi madre a gritos y llorando angustiada.

Fue entonces cuando escuché el sonido del cinturón desde la otra habitación, y vi a mi padre cruzar la puerta dando dos vueltas a la correa en la mano, gritando a todo pulmón que qué era ese escandalo a esas horas de la noche. Ahora, solo recuerdo imágenes y sonidos difuminados de aquello: Tratar de comer la cena que había vomitado sobre el plato, “Así aprenderás a comer de todo. ¿Qué es eso de que no te gusta la nata?”; el “clic-clac” del cinturón y su zumbido al cruzar el aire; la espera de sentir el latigazo tras el sonido; a mi madre de madrugada poniéndome gasas en la cara porque me dolía mucho por los dos arañazos y el enorme hematoma que la hebilla me produjo en el ojo derecho, y diciéndome “te quedarás unos días en casa, cuando vuelvas al cole, dices que tenias fiebre así nadie verá lo fea que estas”. Siempre me pregunto si llegué a gritar porque no es posible que nadie oyese mis alaridos. No lo sé. Pero recuerdo el miedo, el terror que a partir de ese día se apoderaría de mí cada vez que oía el sonido de aquella hebilla.

No puedo evitar pensar que aquella escena fue culpa de mi hermana. Si no me hubiera obligado a beber aquel maldito vaso de leche aquello no hubiera ocurrido. Por años me he preguntado qué le costaba a ella utilizar un colador aquella noche en lugar de torturarme sabiendo el asco que me produce la nata. Pero supongo que cualquier cosa hubiera sido una gran excusa para provocar la violencia de mi padre. Sólo fue un simple gesto, como otras veces, el que provocaba el infierno en casa. En mi sanación estoy aprendiendo a colocar las cosas en su sitio y a tratar de entender las circunstancias que nos rodeaban a todos y que nos impulsaban a comportarnos como lo hacíamos. Aunque hay cosas que aún me cuesta asimilar.

Hace tiempo me hablaron de una secuela bastante habitual entre los supervivientes: La rabia, la ira. La falta de control sobre ella o el exceso de reprimirla. Tengo que decir que creo que yo la he reprimido al máximo. Habitualmente nunca la dejo salir, y me la he tragado como amarga hiel incapaz de negociar ni siquiera un escape pactado. Al menos eso creo, salvo que salga alguien ahora y me eche en cara gestos o acciones que realmente supusieron un abuso de poder por mi parte. Si así fuera, pido perdón de antemano, porque ahora mismo no soy consciente de haberlo hecho.

Creo que mi hermana, por el contrario, sufrió el otro lado de la secuela y fue incapaz de controlar su ira. De ahí que cuando era nuestro canguro la responsabilidad dirigía sus actos pero a veces sus castigos eran excesivos. Nunca sabías cómo hacer para no enfadarla, porque no mantenía ningún criterio para los correctivos. Tan pronto me daba collejas por sujetar la cuchara con la mano izquierda, como se sacaba la zapatilla y me empezaba a golpear con ella hasta que se cansaba por no saberme la lección. Por no hablar de las horas que he pasado ante la estantería del salón, de rodillas con los brazos en cruz, sujetando dos tomos de enciclopedia en cada mano bajo la amenaza de un zapatillazo si se me caía algún libro.

Aunque su mayor violencia siempre fue psicológica. Le encantaba degradarme, hablar mal de mis Padrinos, sabiendo lo mucho que a mí me dolía, o humillarme. En varias ocasiones me obligó a salir a la calle a comprar pan o patatas en pijama y zapatillas. Me sacaba a la fuerza a la escalera y cerraba la puerta de casa indicando que no abriría hasta que yo no volviera con el recado.

Realmente de mi hermana no sé que pensar, tengo sentimientos encontrados. Porque me gustaban los cuentos que creaba para mí. Siempre ha leído y escrito mucho y la recuerdo sentada ante su máquina de escribir durante horas. Éramos realmente cómplices cuando de madrugada jugábamos a inventar historias juntas de personajes que nos gustaban: Han Solo, el Capitán América, Thor, Lobezno, Mazinger Z… los comic y los dibujos animados eran toda una inspiración. Incluso recuerdo que creamos una especie de “liga” al más puro estilo de la Liga de la Justicia de DC Comics o los Vengadores de Marvel en la que llegamos a incluir, entre otros, al histórico personaje de Dumas, D’Artagnan. Y como ella es la mayor, yo recuerdo quedar embelesada con su parte de la historia. En ese aspecto, ambas encontramos en la ficción el refugio perfecto.

Pero hoy por hoy mi hermana me acusa de traición. Insiste en sus correos que yo era una gran manipuladora de niña, que sólo cuando me interesaba me llevaba muy bien con ella. Y sin embargo en mis recuerdos, fui yo quien se sintió traicionada. Cuando le conté mis abusos lo hice como un gesto de confianza, porque en aquellas noches interminables de cuentos y charlas, realmente creí que podía desahogarme con ella. Porque era ocho años mayor que yo y por su edad pensé que podría alcanzar a los adultos que nos rodeaban para pedir ayuda y que cesaran los abusos. Nada mas lejos. Se limitó, como mi madre, a decirme que le dijera que no, que yo ya era mayorcita para dejar que ocurriera.

Entiendo que en mi infancia poco pudo hacer. Que su comportamiento era provocado por los abusos que también sufrió. Quiero creer que hizo lo único que conocía por su propia experiencia: reñirme y pensar que si mis abusos continuaban era porque yo misma los consentía, tal y como probablemente le hicieron creer a ella. Supongo que para mi hermana eran impensables otras posibilidades, como que mis abusos llevaban sucediendo desde mucho antes y el sentimiento de culpa y vergüenza me habían impedido contarlo primero o decir “no”. O que después de todo era mi padre y a un padre no se le desobedece. Estaba tal vez demasiado afectada por sus propias secuelas, probablemente vivía en la negación de sus propios abusos y a pesar de saberlo optó por responsabilizarme a mí, posiblemente reflejando lo que ella no pudo hacer en su propia infancia. Además ella aún era legalmente una menor, no tenía mucho margen de maniobra.

Ahora entiendo que es una secuela. Ahora comprendo que fue su manera de sacar su rabia enfocándola sobre alguien más débil que ella pero que estaba obteniendo ayuda del exterior. Ambas cosas le daban impunidad y justificación. Comprendo que ella tenía miedo también. El miedo nos vuelve irracionales. Ese mismo miedo que a mí me impulsó a intentar beberme la leche con nata supongo que fue el mismo que a ella la movía en muchas ocasiones.

Pero cuando regresé con veinte años, mi hermana continuó con el ataque verbal directo acusándome de ser una desagradecida que prefería los privilegios de la comodidad económica de mis Padrinos al amor incondicional y único que solo la familia puede ofrecerte, además de reprocharme por no ser capaz de ver lo generosos que habían sido todos al concederme el favor de educarme con mis padrinos. Y lo cierto es que esa actitud ha sido la tónica general de nuestra relación desde que yo era pequeña. Y ahora empiezo a entenderlo.

Creo que hoy en día mi hermana sigue de alguna manera en esa misma dinámica, con los mensajes que me envió hace varios meses acusándome de ser yo la culpable de mis propios abusos. Es posible (estoy especulando) que aún se sienta culpable de sus abusos cuando no lo es en absoluto. Y es posible que sienta ira por su mala infancia y la única salida a esa injusticia sea proyectar su rabia sobre mí. Me trató enormemente mal, me llevé alguna paliza de mi padre por su culpa, pero empiezo a entender su situación. Una víctima que en la medida en que podía se convertía en victimario sin darse cuenta, porque no conocía otra cosa. O devoras o te devoran. Y ahora su actitud no ha cambiado demasiado, sólo ha cambiado las armas.

Hace tiempo, una buena amiga me hizo la siguiente reflexión: “Piensa esto: Tu hermana lleva toda la vida ocultando sus abusos, éstos no deben salir de las paredes de su casa. Y se encuentra escrito en un blog, donde todo el mundo lo puede leer, una historia increíblemente similar a la suya. El agresor era el mismo, posiblemente lo que te hizo tu padre fue muy, muy similar a lo que le hizo a ella.

Es muy probable que su idea y su razonamiento sea que se sacrificó por su hermana, cuidó de ti, o al menos intentó hacer algo bien tal y como los abusos y sus secuelas no reconocidas ni resueltas le dejaron. Pero ahora se encuentra con que eso tampoco funcionó. Y encima cuando eras niña, aparecen tus Padrinos, hay una buena oportunidad de salir las dos del atolladero, pero tu Madrina sólo te elige a ti, ni siquiera se lleva también a tu “mellizo”, y abandona de alguna manera a tu hermana junto al abusador. La fortuna pasa rozando el larguero.

Ahora ella piensa que su hermana pequeña tiene familia, trabajo, casa, todo conseguido a fuerza de su sacrificio y encima se “adueña” del secreto de la familia. La mimada, afortunada y cuidada hermana pequeña que no ha tenido que pasar ni la mitad de las cosas que ella ha sufrido.

Leído así, yo también te odiaría…”


Mi amiga me dejó de piedra. Nunca lo había visto así. Siempre pensé que ella me tenía envidia por lo que yo había logrado, por los favores recibidos de mis padrinos, pero lo veía como una envidia “porque si”, porque hay personas envidiosas y punto. Y mi amiga me hizo ver que realmente mi hermana es una víctima con unas secuelas que ni puedo imaginar, a pesar de que yo también soy víctima. Y lo cierto es que es comprensible que se sienta así, porque de alguna manera es totalmente cierto el razonamiento.

Mi amiga consiguió abrir mi campo de visión y dar un paso mas en mi reflexión. Pero como me ocurre con muchas de mis secuelas, una cosa es comprender racionalmente las circunstancias y otra muy distinta sentirlas. Como me ocurrió con la culpabilidad, he tardado mucho tiempo en entender que yo no tuve la culpa de mis abusos pero he tardado aún más en asumirlo y dejar de sentirme culpable. Y ahora estoy en un momento en el que por fin empiezo a entender las circunstancias que rodean a mi hermana, pero me cuesta sentir cercanía con ella. Quiero sentir empatía, dolerme por lo que mi padre le hizo, quiero pensar en el horror de una niña de doce o catorce años a solas con un depredador porque mi madre estaba ingresada… Pero no lo siento. Aún no lo siento. Aún no soy capaz de ponerme en la piel de la “hermana protectora” que descubre con horror que lo que vivió y lo que hizo después por su hermana pequeña no ha servido de nada.

Porque no entiendo cómo puede acusarme a mí de ser la que provocaba mis abusos si ella pasó por la misma situación. No comprendo porqué ella me reprocha que llamase al padre de mi Madrina “papá” con tres o cuatro años y que llorase por las noches en casa de mi madre, cuando ya conocía los cuidados que mis Padrinos me ofrecían. ¿Realmente con cuatro años comprendes lo que son los lazos de sangre? ¿Con cuatro años yo debería entender que mi Madrina sólo era una extraña? ¿Realmente cree que desde que tengo uso de razón mi único objetivo en la vida era renegar de mi familia biológica y presumir, ante quien quisiera escucharme, que yo era la hija de un acaudalado letrado por simple capricho, cuando todo el que me conoce sabe que tengo dos familias y que siempre he dicho quién era quién?

Pero creo que lo que jamás entenderé es que cuando yo tenía trece años, ella denunciara mis abusos, y después retirase la denuncia argumentando que estaba confundida y era yo la que debería haber ido a un reformatorio por ofrecerme sexualmente a mi padre. No entiendo nada de esto, porque no lo siento. Todavía no siento que habla a través de su dolor. Si ella misma niega sentirse dolorida ¿cómo voy a empatizar con ella?

Posiblemente no estoy siendo justa con mi hermana. De hecho sé que estoy siendo muy injusta. Durante nuestra sanación es cuando vemos más las faltas de los demás, y cuando no sentimos un apoyo incondicional exiliamos a esa persona al bando enemigo casi sin miramientos. Y necesito trabajar esto, porque no es justo, ni para ella, ni para mí. Ambas hemos sido víctimas, y yo debo respetar sus secuelas, me impliquen o no, me afecten o no, me duelan o no. Son secuelas de las que no es responsable. Y ahora me siento culpable de no haber entendido antes esto. Parece mentira cuando llevo tres años aprendiendo sobre secuelas. Pero supongo que hasta ahora no estaba preparada para enfrentarme a la situación con mi hermana.

Así que ahora he pasado de devolver los golpes que siempre me ha dado, a limitarme a mantener los muros vigilados y aguantar sus ataques. Prometo no volver a agredir tras dos años de cruce de correos. De momento es todo lo que puedo hacer. En mi sanación, en el apartado de confrontaciones familiares, es a lo máximo que llego. Ahora mismo no puedo acercarme mas a ella. Ahora mismo reconozco que su presencia me perjudica y no puedo compartir mi experiencia con ella, lamentablemente. No puedo sentirme triste por mi hermana, y no puedo llorar con ella, abrazarla y decirle lo muchísimo que siento su dolor porque aún no lo siento y no sé si lo sentiré algún día. Y porque la quiebra es total. Nunca he esperado colaboración por su parte. Seguramente seguirá pensando que mis intenciones son retorcidas, y probablemente la desconfianza es mutua.

A estas alturas del partido me parece que el tiempo de las decepciones ya ha pasado, y ya creo saber quién es aliado y quién no, quién es sincero en su ofrecimiento de ayuda y quién se limita a tratar de ganar tiempo para colocar mejor sus piezas en el tablero. Y no puedo evitar pensar que mi hermana busca precisamente eso, negociar para volver a esconder el secreto.

Mi hermana me dijo en su último correo que si yo reconocía por fin mi error y alcanzaba a entender que todo lo que cuento es fruto de mi mente enferma, la encontraría de nuevo porque toda la vida me ha querido, y a pesar de mis desplantes siempre me perdonará y estará ahí para cuando la necesite. Pero yo sólo puedo interpretar que está cubriendo su puño de hierro con un guante de seda. No dudo que su ofrecimiento es legítimo y sincero, pero no puedo aceptar sus condiciones, porque sería negarme a mí misma. Mi fidelidad está conmigo antes que con cualquiera. Y creo que sus clausulas son el principal obstáculo para que yo de un paso más y firme la paz con ella… de momento.

No sé si en el futuro cambiará mi percepción. No sé si más adelante algo conseguirá que conecte con la vivencia de mi hermana para poder empatizar con ella, sentir plenamente su situación y poder bajar el puente levadizo de mi castillo. Quiero que así sea. Pero como me ocurre con el Perdón hacia mis abusadores, creo que no es un paso imprescindible de mi sanación. Y ahora mismo reconozco que me siento cómoda en la indiferencia donde estoy instalada.

Por el momento, esta entrada me sirve para entender que creo que tanto mi hermana como yo estamos muy distanciadas porque de alguna manera hemos sacado nuestra rabia la una contra la otra, a falta de poder hacerlo contra nuestro agresor. Otro “regalo” de mi querido padre.


Hermana, por si lees este post:

Es posible que lo interpretes como un nuevo ataque, que mis palabras te suenen a tambores de guerra. Pero no hay tal guerra. Sólo estoy poniendo mis condiciones, como siempre he hecho, y por lo que tu y yo no hemos congeniado. Pero ahora mi posición es mas firme y menos dubitativa. Si tu no aceptas que sufrí abusos, no queda nada de qué hablar. Tu por tu camino y yo por el mío. Un pacto de no agresión es a lo máximo que llego ahora mismo.

¿Crees que estoy loca? Bien, hasta los locos tenemos derecho a expresarnos.

¿Te duele que no os quisiera de niña, que prefiriese el afecto de unos extraños? Hay un dicho popular que lo explica muy bien: “Allá va el niño, donde le dan cariño”. Por favor, no pienses que confundo afecto con dinero, no me creas tan vulgar.

¿No te gusta que hable? lo siento, nunca dije que sería bonito, sólo que sería MI verdad. Lo único que sé es que yo me siento mas viva y mas feliz que nunca en mi vida. Y eso para mí es un indicativo de que lo que hago ahora es lo correcto para mí. Intento que mi felicidad no se asiente sobre la felicidad de los demás. Pero reclamo mi sitio en ella. Sólo pido que me hagáis un hueco, no pretendo tirar a nadie al abismo. Por eso, entre otras cosas, aquí no hay nombres propios.

Me has dicho que no quieres ser la protagonista de ningún blog. Ni siquiera la estrella invitada. Pero este guión no lo he escrito yo. Lo hicieron mis abusadores. No es tu historia, es mi historia; pero no puedo hablar de mí sin hablar de ti. No le eches la culpa al mensajero.


“Es propio de aquellos con mentes estrechas, embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”
Antonio Machado (1875 - 1939) Poeta español

5 comentarios:

  1. las condiciones que tu hermana te ofrece para darte su amor, son similares a las que ofrece mi mamá para mis hermanas y para mi, no sé como la familia de sangre directa puede condicionar el amor, simplemente no cabe en mi cabeza. Antes me sentía culpable por ver el sufrimiento de mi madre y ver que yo no podía darle gusto en eso, no puedo mentir por tenerla contenta a ella, mi propia felicidad (ahora lo reconozco y lo acepto) está por encima de la de ella. Ya había escrito en algunas de tus entradas, no soy una victima directa, la afectada fue mi sobrina (hija de mi hermana) y el abusador mi padre. Hace un par de años tuve una depresión bastante severa por tratar de aferrarme a cosas que ya no pueden ser, y continué hablando y viendo a mi madre, pero las cosas se ponían cada vez peor, ya que tocaba el tema delante de mis hijos , no mencionando lo del abuso, pero si diciendo que Dios me va a castigar por no ver a mi padre, por el "falso testimonio" que le levantamos, etc etc, y cada que nos veíamos o hablábamos, dale con lo mismo, asi que hace poco más de una semana, decidí que ya no más, que soy la dueña de mi vida y he dejado de ser la marioneta de mi mamá. Gracias Némesis por todo lo que nos has compartido, me da gusto saber que has ido avanzando mucho en tu sanación. Como postdata te comparto que mi sobrina ya fue a terapia y le ha servido mucho. En cuanto a mi, aún me duele no poder tener una relación de familia normal con mis padres.... me duele su traición, su falta de amor, pero sabes qué? cada vez son menos las lágrimas que derramo y espero sean aún menos con el tiempo. Tengo un esposo y una hija e hijo maravillosos, asi que ahora me enfoco en lo que tengo y no en lo que no tengo. Un abrazo desde México. Cassandra

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    1. Gracias Cassandra. Eres todo un ejemplo. Tu sobrina te lo agradecerá algún día, porque estás con ella al 100%. Que es lo que necesitamos. La ambigüedad nos mata.

      Es duro, pero es lo mas sano para nosotras, para ti, para tu sobrina y para mí.

      Un abrazo desde el Averno.

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  2. Hace meses leí la entrada de "Abogado del diablo", por lo que sabía más o menos cuál era la actitud de tu hermana hacia ti. Pero si te soy sincera, yo tampoco llegué a comprender entonces que las palabras de tu hermana eran pura negación. Tal vez porque como ASI me revolvía leer que algunas niñas pueden ser seductoras de adultos y provocarlos sexualmente, entre otras lindezas. Supongo que cualquiera con un mínimo de humanidad y sentido de la justicia se revolvería también, aunque no fuese ASI.

    Sin duda tu hermana es una víctima y siento que la destrozaran como lo han hecho. Pero la verdad es que creo que te entiendo. Supongo que es muy difícil empatizar con una hermana que te ha maltratado desde niña psicológica y físicamente. Intento imaginarme que yo tuviera que ponerme en la piel de alguien que me zurraba con una zapatilla por no aprenderme la lección, que me obligaba a permanecer horas de rodillas con los brazos en cruz y una enciclopedia en cada mano aguantando además la presión de saber que si mi cuerpo no resistía me llevaría un golpe por su parte, que me insultaba, me humillaba y me obligaba a ir a comprar en pijama como represalia si hacía algo que no le gustaba... me costaría, me costaría mucho aún sabiendo que también es una víctima. Y eso que no he hecho mención todavía a su comportamiento contigo en la edad adulta respecto a tus abusos. Quizás yo también estoy siendo injusta y excesivamente severa, pero opino que el daño recibido no justifica nunca el que nosotros provocamos. Por supuesto hay matices. Tal vez soy muy dura, pero así lo pienso. Puedo entenderlo pero no justificarlo. Hace unos años sí podía, excepto en casos muy extremos, porque consideraba que una persona que ha sido víctima de un hecho traumático no puede pensar y entender el mundo del mismo modo que quien no lo ha vivido. Sigo pensando eso mismo, pero ya no me parece que pueda servir de excusa para justificar ciertos actos ni para convertir a una víctima en un ser impune.

    Comprendo por tanto que te cueste perdonar a la que fue -y es- una víctima, pero que también ha sido tu victimaria. Lo entiendo aún cuando racionalmente sé que tiene tantas secuelas o más que tú (porque ella nunca las ha tratado) y que tú racionalmente también lo sabes. Pero no sólo pienso, como tú, que no es necesario sino que no creo que estés obligada a perdonarla, para nada. Si el día de mañana puedes será otro tema, pero todos en algún momento de la vida tenemos que aceptar las consecuencias de nuestros actos... y que tú no la quieras o no puedas sentir su dolor es consecuencia del trato que te ha dado.

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  3. (Sigo con el comentario para hacer un inciso)

    Sobre si una persona que toma la actitud de tu hermana es consciente o no de la realidad... pues ahora te voy a hablar desde la más absoluta ignorancia, basándome sólo en mi percepción e intuición, porque ni soy psicóloga ni he hablado de este tema con nadie que lo sea. Sin embargo es algo que en estos casos siempre me pregunto. Yo creo (repito, es una opinión subjetiva) que sí lo son. Cuando dicen que nunca pasó nada delante de ellos, que mientes, que siempre has sido una persona fantasiosa a la que le gusta llamar la atención, que eras tú quien iba con tu abusador, que si le hubieras tenido miedo como dicen te lo habrían notado... ellos en el fondo tienen que saber que mienten. Creo que si una persona ve que un miembro de la familia está abusando de otro y lo niega años después, tiene que ser consciente de que está contando una trola. Incluso cuando intentan engañarse ellos mismos... porque habrá detalles en los que podrán mentirse pero habrá otros en los que no. Si alguien asegura que se han dado conversaciones que nunca han existido, que no han pasado cosas que sí han pasado, cuando se inventan síndromes que no existen (como el "Síndrome de la esposa sustitutoria" del que hablaba tu hermana, cuidándose de recalcar además que quienes lo padecen suelen ser hombres con las capacidades mentales mermadas por el alcohol)... en resumen, opino que cuando tergiversan cosas tienen que saberlo.

    ¿Por qué lo hacen entonces? No lo sé. Quizás porque es su manera de protegerse a ellos mismos, de salir a flote. Pero con esas acciones dañan a otra persona, al/la superviviente, y por tanto me parece legítimo que mientras no reconozcan su error éstos no puedan perdonarlos, ni siquiera empatizar con su dolor. Espero no haber añadido más sal a la herida...

    Un abrazo,

    Nu

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  4. He leido muchas veces todas las entradas de tu blog pero no se porque hoy con mi insistente insomnio he decidio volver aqui y no al foro. A leer algo que no fuera mio, pero tu con tus palabras me has hecho vomitar de no se que sentimiento, como tu lo hacias con la leche. Y me he empezado a agobiar porque no quiero volver a casa a ser la esposa medicada de mi padre que apenas puede recordar.
    Un beso tkm. Para mi ya te lo dije eres mi madre adoptiva :)

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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