SECESIÓN

Dicen que a la tercera va la vencida.

Este mes me tocaba ir por trabajo tres sábados seguidos de nuevo a la tienda del barrio donde vive mi madre. Y al igual que hace dos años, he esperado pacientemente a que ella apareciera por el local. Esta vez me siento preparada y deseaba verla para poder hablar con ella. Tenía ganas de finiquitar el tema familiar (en lo que a mi familia biológica se refiere) y mantener una conversación con mi madre, a ser posible a solas, para contrastar si comparte la opinión que mi hermana ha dejado clara en sus correos de estos meses y que ya resumí aquí. Hace unos días tuve la última oportunidad. La mañana acompañó. Una mañana primaveral, radiante y soleada. La vi pasar frente al negocio y la llamé por su nombre temiendo que a la voz de “mamá” no respondiera. Su hija mayor, mi hermana, la acompañaba y supuse que no contarían con que yo estuviera a pocos metros de ellas en la puerta del local.

PUÑO DE HIERRO EN GUANTE DE SEDA

Cuando era niña el barrio marginal donde viven mi madre y mi hermana aún se consideraba zona rural a pesar de pertenecer al ayuntamiento de la capital de la provincia. Está situado en los límites del concejo y rodeado de fincas sin edificar donde, en aquella época, aún se criaba ganado además de tropezar siempre con gallinas y gatos asilvestrados cuando transitabas por sus caminos de tierra. Mi madre siempre compraba la leche fresca a una de sus vecinas. Leche recién ordeñada, caliente y grasa. Todavía puedo ver en mi mente el recipiente de porcelana esmaltada con un tubo en medio que utilizaba para hervirla y eliminar las posibles bacterias que se podían transmitir si se tomaba cruda.
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