LA SOLEDAD DEL GUERRERO

En estos días, una amiga de mi red de seguridad, compañera del foro de ayuda donde participo y por lo tanto superviviente como yo, nos relató con gran detalle en el GAM su asistencia a unos Talleres de Teatro Terapéutico. Unos talleres recomendados para crecimiento personal y que pueden ser empleados como complemento en diversas terapias psicológicas. Lo genial de esos talleres es el anonimato de los participantes que no se conocen previamente. Porque eso de alguna manera te ayuda. No se te juzga, no hay balances, ni conexiones mas allá del momento. Mi amiga nos explicó varios ejercicios que realizaron donde destacó la gran comunicación no verbal que hubo allí, y sobre todo, el reencuentro con su “yo” interior, con aquella niña herida en su infancia y como la mostró, sin disfraces, ante los demás que participaban en la experiencia. Es como si la Madre Tierra los hubiera conectado comunitariamente desde lo mas primitivo del ser humano. Sin cargas, sin historia, sin pasado, sin mochilas. 

Uno de los ejercicios que hicieron, nos lo describió mi amiga así: “Me gustó que unas manos de personas me tocaran y me acariciaran, que el aliento rozara mi cara y mi cuello, y que me besaran. Sentir besos fue lo más bonito. No había nada sexual en esto. Eran personas que me mostraban cariño y cercanía, igual que yo se lo mostré a ellas”

Al leerla sentí una inexplicable nostalgia de mi niñez. De repente deseé con todas mis fuerzas volver a tener seis o siete años y sentir un cálido abrazo. No me imaginé acurrucada en el cuello de mi Madrina, o con mi cabeza en el regazo de mi madre. Simplemente deseé ser una niña recibiendo el cariño y la caricia reconfortante de otro ser humano.

He estado muy en comunicación con mi “yo” interior. Siempre digo que mi Niña Perdida escribe mi blog, no yo. Aquí suelo ponerme muy en contacto con ella. He llorado lo indecible escribiendo o reescribiendo entradas que ya estaban hechas algunos años atrás. He sentido su dolor y la he consolado. Me he dado cuenta que yo he contactado con mi Niña Interior para sanarla, para cuidarla y protegerla.

Pero el relato de mi amiga me hizo darme cuenta que sí, yo ahora cuido de mi niña, pero sola. Mi niña perdida y yo seguimos solas. Y eso me hizo sentir tremendamente triste porque yo de niña ya me sentía sola. A pesar de los esfuerzos de mis Padrinos por mantenerme a su lado, por darme todo lo que necesitaba, a pesar de haberme hecho sentir protegida y cubrir con creces todas mis necesidades básicas, me he sentido tremendamente sola soñando entre adultos ocupados con sus quehaceres. Supongo que porque no podía compartir mi vergonzoso secreto con ellos, y eso me enterraba. Y esa soledad ha sido una constante en mi vida.

Recuerdo los colegios en los que estuve interna. Mi primer recuerdo es de un verano antes de cumplir los seis años. Me internaron mientras el Alto Tribunal Tutelar de Menores decidía sobre mi custodia que ya se disputaban mis dos familias. He leído a mi Madrina en sus viejas cartas que era un colegio horrible y que fue allí donde ella consideró que se iniciaron mis traumas. Recuerdo un dormitorio enorme y blanco. Yo dormía en la parte inferior de una litera de tres camas. Recuerdo dos hileras con al menos otras tres o cuatro literas mas como la mía. Lloraba, lo primero que recuerdo es que lloraba. Decía desconsolada que quería irme con mi Madrina. Recuerdo llamarla por su nombre. Elevaba el llanto para que me oyeran, recuerdo que no me escondía bajo las sábanas ocultando mi tristeza. Y entonces una niña mayor, que dormía en la parte superior de la litera de enfrente, me llamó la atención. Me ordenó guardar silencio, me dijo que era muy temprano y que me volviera a dormir. Recuerdo dejar de llorar o al menos dejar de hacerlo sonoramente. Recuerdo resignarme a guardar silencio porque aquel recurso no iba a dar sus frutos.

Es duro aprender a hacerse mayor. Es duro el momento en que te das cuenta que con llorar o patalear no vas a conseguir tu objetivo. Es muy duro darte cuenta, con seis años, que si te duele el ojo por un golpe de la hebilla del cinturón lo último que debes hacer es llorar. Porque si lloras el cuero volverá a bailar. Además, no sirve de nada. Lo único que de verdad funciona es callar y aguantar. Aguantar hasta que se acabe lo que quiera que esté ocurriendo.

Tengo entendido que el resto de los mortales aprenden esta lección poco a poco, a medida que se van acercando a su adolescencia, cuando ya disponen de recursos alternativos al llanto. Cuando son capaces de razonar con palabras coherentes la razón de su enfado o de su queja. Yo eso lo aprendí primero. Creo que mi primera lección en esta vida fue que yo no tenía ningún derecho a opinar, a quejarme o a llorar. Los niños solo deben obedecer sin rechistar. Tal vez por eso me cansé de preguntar, cuando veía preparar mi maleta, a donde me iba ni cuanto tiempo estaría allí. Supongo que por eso desconozco o he olvidado las razones y los periodos de mis traslados. Supongo que por eso siempre me he sentido como el baúl de la abuela: una antigüedad rota que nadie se atreve a tirar por si algún día un tonto ofrece dinero por él, pero que nadie sabe donde colocarlo. La sensación siempre ha sido de no encajar. Y de luchar sola.

Sola me enfrenté a mis abusos. Sola me enfrenté a la convivencia diaria en la casa de mis abusadores. Sola me enfrenté a cruda realidad de saber que las niñas del patio del colegio no querían jugar conmigo, que me proponían jugar al escondite para desaparecer durante horas, hasta que las encontraba con la comba en el patio de atrás. Sola jugaba en la habitación de la casa de mis Padrinos. Sola me enfrenté a mis secuelas cuando tuve el valor de mirar de frente a mi Monstruo, cuando ya era toda una mujer y pedí ayuda a esos adultos de mi infancia que me dieron la espalda. Y sola estoy también junto a los que me ayudan en mi sanación porque ellos no pueden hacer más que arengarme, no pueden librar mis batallas, no pueden aplacar mis propios miedos por más que lo deseen.

Desde que he iniciado mi sanación, y sobre todo desde que decidí compartir, como parte de esa recuperación, mis avances en este blog, mucha gente se ha puesto en contacto conmigo para decirme lo fuerte que soy, lo bien que lo hago, lo mucho que avanzo. Muchos lo hacen para darme ánimos, para que no me detenga, como aliento para seguir. Otros, los que mas me conocen, los que llevan mas tiempo a mi lado, me lo han dicho porque realmente han visto la evolución, o son conscientes de todo el trabajo que hay detrás. No tengo mas que palabras de agradecimiento para todos vosotros por vuestro respaldo. Pero a veces, al repasar mi propio pasado y las pequeñas grandes batallas que he librado en mi interior con mi propio Monstruo, me he dado cuenta que lo he hecho siempre sola.

Incluso cuando empecé a buscar aliados para mi sanación entre las personas a las que mas he apreciado a lo largo de mi vida, entre ellos algunos adultos de mi infancia, he sufrido la decepción de ver cómo alguno ha declinado amablemente la petición de ayuda, porque le supera, porque no se siente con fuerzas, porque no está preparado, porque “de esto no se debe hablar”. Es en esos momentos cuando mas sola me he encontrado. Cuando me he sentido golpeada en lo mas profundo de mi corazón.

Si, he creado una red de seguridad a mi alrededor: Toda la gente que a través de las redes sociales se ha unido a mi causa y me ha mostrado su apoyo y ayuda incondicional, tres o cuatro amigas con las que puedo hablar de todo esto, mi marido que sabe mi pasado, mi Madrina “Menor” con la que sé que cuento. En ese aspecto no estoy sola, lo sé. Pero es otro tipo de soledad que no se bien describir.

Porque ellos no han pasado lo que yo, ellos no sienten lo que siento yo. Porque en el recuerdo de esas luchas internas, no tengo vocabulario para explicar lo que he sentido, lo que he pensado, los fugaces momentos que cruzaron mi mente como una exhalación, dejándome pequeñas laceraciones en el rostro que se evaporaron casi al momento de tocar mi piel pero que recuerdo durante horas, semanas, años, sin posibilidad de poder compartirlo con nadie.

En esos momentos desearía tener uno de esos poderes paranormales de se describen en las películas de superhéroes: La telepatía. Para poder mostrar lo que ni siquiera sé expresar al otro para que entienda de una vez lo que siento. Compartir con ellos ese dolor interno inexplicable que siento de repente cuando veo gotas de lluvia en el cristal, huelo hierba mojada, o escucho una vieja canción que sonaba de fondo en algún anuncio de la radio de mi infancia. Cuando llevo tres días apática y con ganas de llorar y no puedo dar una razón coherente, y termino por mentir diciendo que estoy con la menstruación o me duele la cabeza. Hay partes de nuestra sanación que no podemos compartir con aquellos que sabemos que están a nuestro lado sin fisuras, porque nos costaría un mundo explicárselo y otro mundo mas aceptar cómo lo entienden ellos por las conexiones que hemos establecido con el tiempo entre nosotros y nuestros seres queridos.

No se bien cómo explicar esto, pero desde que recuerdo, hasta que me casé, he dormido “dando vueltas”. Me metía en mi cama a dormir, y automáticamente empezaba a dar vueltas sobre mi misma de manera rítmica. Me apoyaba sobre mi lado izquierdo y volteaba sobre mi espalda hacia el otro lado para volver a repetir el movimiento de forma interminable. Como el cabeceo de una barca a la deriva sobre el mar. Como si me acunase a mí misma. De niña recuerdo hacerlo siempre, todas las noches hasta quedarme dormida.

Tanto mis padres como mis Padrinos hicieron todo lo posible por detener este comportamiento sin resultado. A veces se quedaban conmigo hasta que me dormía, lo que me suponía mucha ansiedad, porque yo no sabía dormir si acunarme. Me han reñido, me han prometido recompensas, me han intentado castigar… nada ha conseguido evitar que yo me quede dormida todas y cada una de las noches de mis primeros quince o diecisiete años de vida dando vueltas. Y hasta que me casé, ese gesto ha continuado de manera intermitente. Obviamente nunca he dormido así cuando he compartido mi cama, por lo tanto “aprendí” a dormir sin dar vueltas obligada por la vergüenza de que alguien descubriera ese pequeño gran secreto que mantenía en la intimidad de mis noches. Mi Madrina me dijo hace mucho que esa particularidad a la hora de conciliar el sueño era porque como yo me había criado en mis primeros meses de vida en la casa-cuna de la institución donde no hay unos brazos que acunen a los bebés cuando lloran, yo he aprendido a mecerme sola.

Y creo que necesito volver a ser una chiquilla entre mas personas, necesito el consuelo de alguien mas. He descubierto que necesito contactar con mi niña interior pero no desde mi misma sino desde fuera. Necesito que me acunen, que me mimen, que me acaricien, que me cuiden... como si volviera a ser la niña que se fue perdiendo cada vez que su padre le metía mano bajo las sábanas.

Me he dado cuenta de una carencia de mi Niña Perdida que debo subsanar. Enseñar a mi Niña Perdida a que se deje amar por mas personas aparte de mi. A romper esa soledad autoimpuesta en mis recuerdos. Aún no sé como enmendar esa necesidad. Creo que intentaré acudir a un Taller de Teatro Terapéutico como me recomendó mi amiga. Porque no me siento capaz de pedirle a mi marido que me acune para no sentirme sola como no lo hizo mi madre cuando era niña. Me sentiría ridícula intentando explicárselo.

En estos días mi niña me ha vuelto a enseñar el camino a seguir. Me ha exigido restablecer una carencia de mi infancia que he arrastrado toda mi vida: la soledad. Necesito contactar con mi Niña Perdida y compartir su inocencia desde otro punto distinto al que he empleado hasta ahora. Necesito dejarme querer.

Hoy me siento una guerrera que acaba de salir de la aldea en busca de una nueva aventura: buscar un arma para luchar contra el Dragón. El objeto sagrado que en mi infancia me arrebataron, y con el que lograré que mi niña Némesis vuelva a ser de alguna manera mecida, mimada, arrullada, acunada en los brazos de otro adulto. O mejor dicho: que mi niña Némesis sea acunada por primera vez.

Pero la búsqueda, de nuevo, la tengo que hacer sola. Porque el guerrero siempre lucha solo, incluso teniendo miles de soldados a su alrededor blandiendo su espada por la misma causa. Como en el nacimiento y en la muerte, en las batallas importantes, siempre luchamos solos.


La sabiduría consiste en saber cuál es el siguiente paso; la virtud, en llevarlo a cabo. 
David Starr Jordan (1851 – 1931) Naturalista e ictiólogo estadounidense

5 comentarios:

  1. Como siempre excelente... Tu entrada me ha hecho recordar, revivir y sentir experiencias desagradables de las que nunca me separaré... Es cierto luchamos solos esta batalla contra las secuelas del ASI, sanamos y caemos, nos levantamos, volvemos a caer y volvemos a continuar. A veces parece que nunca sanamos pero no es cierto, sanamos y cuando caemos nos levantamos al instante, logramos entender rápidamente que apareció o reapareció una secuela pero que ella no se adueñara de nosotras y continuara hundiéndonos. NO, ahora tomamos las caídas y continuamos la lucha, solas, pero con mucha fortaleza.

    Las secuelas del ASI son permanentes, para toda la vida pero mucho mas llevaderas ahora que las afrontamos...

    Un abrazo Némesis...

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  2. Hola guapa,

    En estos días no me siento preparada para escribir un mensaje como los que te he dejado en otros posts, antes era la pesada de los comentarios largos y creo que ahora me voy a convertir en Nu, la breve, espero que temporalmente.

    Decirte no obstante que este es un tema en el que he estado pensando mucho... la soledad del guerrero, dejarse querer, callar de adultos porque de niños aprendimos que quejarnos no servía para nada... creo que en esa última frase (tú lo has explicado mejor), está la clave de muchas cosas. Me has hecho pensar y creo que empiezo a entender por qué me cuesta llorar en público, por qué no me gusta quejarme y doy por sentado que si lo hago me estaré portando como una "llorona". También entiendo por qué os pasa a vosotros, al resto de supervivientes. Muy buena entrada. Al final el comentario ha sido más largo de lo que creía.

    Te deseo mucha suerte en tu búsqueda. Un beso,

    Nu

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  3. Es verdad en esto siempre esta uno solo, yo tengo a mi esposo que las veces q hemos hablado siempre es sobrepasado al escuchar mi dolor. Pobre de el se que a tratado de ayudarme pero no puede y lo entiendo, ya con intentarlo se lo agradezco.Mi familia siempre a estado en negacion, asi que para ellos lo mas sano es hacer que nada paso.Para mi eso es terrible pero no puedo cambiar esta situacion con ellos. Recien acompañe a mi hija de 15 años a la parada del autobus para la prepa y estaba leyendo sobre Virginia Woolf y despues a ti Nemesis. Gracias por compartir con los demas tu vida, muchas veces leerte es un gran consuelo. Un abrazo.

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  4. Te admiro.
    Eres una persona muy valiente. Yo creo que no hubiese sobrevivido.Y la manera en que explicas las cosas hace pensar con mucha claridad.
    Te deseo toda la fuerza del mundo.
    Por cierto soy Pérfida
    Un saludo coleguita

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  5. Y, sin embargo, seguramente muchos supervivientes te entendemos... porque nos sentimos igual.
    ¡¡Qué bien te expresas!!
    Cuánto me gustaría explicarme igual de bien que tú: pones palabras a mis pensamientos, a mis emociones.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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