EL PODER DE LA PALABRA



Debía tener dieciséis o diecisiete años. Mi Madrina tenía una cena importante, y necesitaba que yo me quedase con su hijo aquella noche. Vivíamos en ese momento en la casa familiar, con el padre de mi Madrina, y me negué a quedarme en casa. Era el cumpleaños de una amiga y ya me estaba esperando para salir a celebrarlo. Mi Madrina ni siquiera estaba en casa para pedirme que renunciara a salir, simplemente me llamó por teléfono desde el trabajo y me lo dijo. Me enfadé mucho y me fui de casa después de dejar al niño de cinco años cenado y acostado en su camita. Le dije a su abuelo que me iba, que el pequeño estaba dormido y no despertaría, que yo volvería en una hora. Sólo una hora. Y me fui.


Cuando regresé al cabo de veinte minutos (mi conciencia, o mi miedo, me hizo volver antes) vi el automóvil de mi Madrina aparcado en la esquina del portal y entendí que ella había regresado a casa. Así que di media vuelta y volví con mis amigos hasta la madrugada. Creo que es la primera vez que recuerdo haber cometido un acto de “rebeldía” conscientemente. La primera vez que sabía que estaba actuando mal y que tendría consecuencias a modo de castigo. Creo que fue la primera vez que mostré mi “rabia” contenida, esa que todos los supervivientes llevamos dentro y que es importante sacar, aunque en esa ocasión estaba mal dirigida hacia alguien que sólo había intentado ayudar durante mi infancia.

Pocas semanas después se repitió la situación, pero en esa ocasión ella estaba en casa y en esa ocasión yo dije “No” claramente. Recuerdo decirlo mirándola a la cara, desafiándola. Fue una sensación extraña, por un lado tenía deseos de luchar, de enfadarme, de enfrentarme a ella. Por otro lado tenía un miedo atroz a las consecuencias. Y las hubo, sin duda. Quedé castigada una buena temporada. Pero no me importó. Siempre he recordado ese gesto como la primera vez que yo imponía mi voluntad en algo, aunque fuese una nimiedad que tampoco me aportase beneficios. Por desgracia no hubo muchas mas imposiciones por mi parte. He tardado veintitantos años más en imponer mi criterio con firmeza en todos los campos de mi vida.

“No” es una palabra poderosa. Mucha gente no se da cuenta de ello. Te enseña a poner límites, a marcar territorio, a levantar protecciones sobre ti. Durante mis años oscuros no sabía decir “No”, por eso me metía en tantos líos. Nunca fui capaz de ponerme límites en el consumo de alcohol y drogas, nunca supe ponerle freno a todos los “chicos malos” que tenían ganas de pasar un buen rato a mi costa o de sacar beneficios de mi docilidad.

Por supuesto cuando volví con mis padres la situación fue de alguna manera de sumisión por mi parte, porque recuerdo terminar siempre las discusiones llorando y pidiendo perdón por no amoldarme a sus pretensiones de aceptar la situación, no renegar de mis padrinos y ser tan mala de pretender meter a un enfermo -mi padre- en la cárcel cuando intenté recuperar mi expediente de Menores. Así me lo hicieron ver mi madre y mis hermanos mayores. De alguna manera yo misma me arrepentía de querer imponer mi razón. Irme de casa tras la agresión de mi hermano fue otra manera de decir “No” a la situación. Empezaba a sentar las bases para el futuro.

Una vez casada, los primeros años de matrimonio fueron complicados. Los parientes de mi pareja son una familia muy unida, organizan grandes reuniones ante cualquier mínima celebración y tienen evidentes expresiones de cariño que a mí, lo reconozco, me agobian mucho. Y al principio ante mi incapacidad de decir “No”, aceptaba con resignación todas las ceremonias y me dejaba llevar por su manera de vivir. Jamás daba mi opinión -yo no importaba- y dejé que entrasen a formar parte en decisiones que debería haber tomado yo sola por iniciativa propia.

Solo ahora estoy empezando a mostrarme ante ellos como soy, con mis pensamientos y opiniones propios, con mi forma de vivir. Ahora soy la “rara” de la familia. Pero no ha habido curiosamente grandes enfrentamientos. He aprendido a mostrar mi opinión en desacuerdo con ellos sin ocasionar grandes crisis familiares. Ellos han aceptado la nueva situación y yo cada vez me siento mas libre entre ellos, a los que sigo apreciando a pesar de no coincidir en muchos aspectos.

En los abusos, el primer arma que nos quitan es negarnos, dar nuestra opinión, exigir nuestros derechos, protestar si creemos que se nos está negando justicia. Cuando somos niños nuestra opinión no es tenida en cuenta, porque no sabemos que existe la posibilidad de decir "No" y crecemos con la percepción de que no es posible evitar los abusos y por extensión no tenemos derecho a nada para nosotros. Nuestro mundo empieza a encoger, a hacerse mas pequeño, a comprimirse hasta ahogarnos. Los abusos derriban defensas que en muchos casos aún no tenemos. Nos dejan una marca que arrastramos el resto de nuestra vida, y de adultos eso no cambia. Nos educan a ser personas de provecho, a elegir una carrera, un trabajo, pero seguimos sin saber decir "No" cuando algo no nos gusta o nos gustaría elegir otro camino, porque nuestra autoafirmación ha desaparecido. Una de las armas mas importantes de nuestra recuperación es aprender a valorarnos y a saber decir "No" sin tener que deshacernos en excusas y explicaciones. Tenemos que aprender a poner límites. Y cuando lo conseguimos, comprobamos lo poderosa que es la sensación y lo bien que se siente uno mismo con la decisión.

Pero el poder de la palabra no se limita a imponer nuestro criterio y a afianzarnos como personas. Soy aficionada a la Formula 1, no me pierdo ni una carrera. También me gusta ver el fútbol, el baloncesto, el tenis… el deporte en general. Y siempre me ha llamado la atención cómo un mismo instante (un adelantamiento, una jugada, un bote) puede ser interpretado de diferente manera según nuestro punto de vista, nuestra afición, nuestro deseo o simplemente dependiendo del tiro de cámara desde donde se emita la imagen.

No hace mucho comentaba por chat con un amigo una noticia como hay tantas que hablaba de una niña de trece años que había “huido” con su profesor. Decían estar enamorados, y él aseguraba tener el consentimiento de la joven para mantener relaciones sexuales. Debo recordar que en España la edad de consentimiento es una de las mas bajas de Europa, trece años. Por lo tanto, en un principio, no habría ningún delito.

Entre comentarios, explicaciones y razonamientos por los que en mi opinión no se podía admitir de ninguna manera la voluntariedad de la niña -ya que sin duda estaba siendo manipulada por el adulto que pensaba por los dos- me dejé llevar por el calor de la conversación e interpelé una expresión salida directamente del alma: “Ni te cuento lo que yo hacía con trece años”.

Me di cuenta al releer la conversación lo que yo daba a entender en esa oración. Porque señalando la misma acción, podría, variando una o dos palabras, cambiar por completo el significado de la frase:

- Ni te cuento lo que yo hacía con trece años.

- Ni te cuento lo que me ocurría con trece años.

- Ni te cuento lo que me hacían con trece años.

Creo que está bastante clara la diferencia en cada uno de los casos. Los hechos no han cambiado ni un ápice, sin embargo es muy distinto si yo lo hago, si me ocurre o si me lo hacen. Todo depende del tiro de cámara. Todo depende de cómo yo lo interprete.

El proceso de quitarse la culpa y la vergüenza en muchas ocasiones empieza ahí. Parece una tontería pero a la primera persona a la que debemos confesar el nombre y el “cargo” de ese adulto que abusó de nosotros es a nosotros mismos. Porque hemos llevado la culpa y la responsabilidad tanto tiempo que sin darnos cuenta pensamos en los abusos como algo que hicimos nosotros en lugar de pensar que los abusos son algo que nos hicieron a nosotros. Sólo tenemos que escucharnos: Cuando hablamos de una situación de abusos concreta, ¿cómo lo pensamos, cómo lo expresamos?

Para empezar, no hablamos de abusos, hablamos de “eso”, de lo “que me ocurrió”. Si necesitamos ser un poco mas explícitos, decimos que “me tocaba ahí” o “yo le tocaba su cosa”. Yo siempre me decía con mucha vergüenza que había tenido a mi primer profesor de “eso” en casa, como si yo hubiera aceptado sus “clases”. Hasta que un día, sin saber porqué, empecé a poner nombre a las cosas. Creo que fue cuando tras la muerte de mi padre retomé la escritura y me hice el firme propósito de no censurarme, de no disfrazar las palabras. Fue como quitar la sábana al mueble viejo al que hasta ahora sólo le adivinaba su forma original. Nos obligaron a guardar silencio, esto forma parte del secreto, si no sabes nombrarlo, no puedes denunciarlo. Con ocho años, ¿Con qué palabras habrías explicado a un adulto lo que te hacían? De alguna manera hay que enseñar a nuestra niña perdida qué palabras puede utilizar para denunciar el delito que han cometido con ella. Es importante cambiar nuestra forma de hablar para ayudar a cambiar nuestra forma de pensar.

El psicólogo al que acudí durante mi Rehabilitación, ante mi pregunta sobre las razones por las que a veces me siento tan recuperada –dentro de lo posible- me lo dejó claro: Porque ya le pongo nombre a las cosas. Porque desde nuestra primera sesión he hablado con claridad de lo ocurrido. Porque he roto el silencio. Somos personas adultas, y las cosas tienen nombre. Y hay que empezar por admitir esos nombres. Y existen las palabras que describen todo eso: sexo, pene, masturbar, felación, vagina… Ahora tengo claro que he sido violada por mi padre desde que tengo al menos dieciocho meses de edad, porque introducir lo que sea en la vagina de una niña es una violación. “Incesto” es un término que integré en mi vocabulario hace un par de años.

Creo que es parte de nuestra recuperación. Creo que es el primer paso realmente importante: creer que ocurrió, hacerlo real. Asumir que por increíble que parezca, los monstruos son reales, viven junto a nosotros y a veces ellos ganan. Y hablar de ello lo hace tremendamente real. El día que asumes eso es un día importante. Para mí lo fue. Porque fue la primera vez que le puse nombre a lo que me ocurrió, no sólo a él, sino también a lo que me hizo. Ahora ya puedo decir su nombre. Ahora ya puedo decir que cometió incesto conmigo, y que me masturbó, y que me violó, y que me sodomizó. Y el mundo no se ha destruido. No se ha atascado, ni siquiera nadie se ha parado a mirarme detenidamente por la calle. No ha pasado nada. Le pones nombre a las cosas y el mundo sigue girando. Pero con una carga menor en tu alma.

Cuando respondí en una encuesta del Forogam cuántos abusadores hubo en mi infancia, en un principio escribí “Sólo uno” (Lo anoté antes de recordar a mi vecino y a mi hermano) y hace poco al releerlo pensé ¿sólo uno? ¿Solamente uno? La impresión que me daba era como de quitarle importancia. Yo al menos lo hacía con ese sentimiento. Y aunque no hubiesen existido mis otros dos abusadores, creo que la gravedad de lo que hizo mi padre ya es suficiente para tener muy claro que ocurrió, que fue importante, que me afectó en grado máximo, y que el daño ha sido, en algunos campos de mi vida, permanente.

Ahora siempre mido mis palabras, y releo con lupa todo lo que escribo para asegurarme que no me inculpo de ninguna manera, que dejo muy claro quienes son los responsables de los hechos o de sus consecuencias. E incluso a la hora de hablar del futuro intento positivar al máximo posible: "...Quizás mi propósito de este año sería..." debo cambiarlo por: "Mi propósito de este año es...” Si sale o no, es otra cosa, pero si pienso en que lo voy a hacer, en lugar de pensar en que "podría" hacerlo, ya he dado el primer paso.

Todavía cuando hablo (o escribo) en ocasiones saco de mi subconsciente palabras o expresiones que estaban ocultas y que guardan una carga terrible que mi Monstruo utiliza para atacarme en los malos momentos. Yo he hablado en ocasiones de “lo que hice”, de “contar mi secreto” cuando en realidad el secreto no me pertenece. Y estoy haciendo un esfuerzo diario y consciente para evitar hablar de mí en esos términos. Yo no guardo ningún oscuro pasado, no he cometido ningún delito, por el contrario yo he sido la víctima. Yo no “estuve con mi padre”, mi hermana no “me pilló con él”. En tal caso, mi padre tenía un secreto, él es quien estaba conmigo y es a él a quien pilló mi hermana subiendo a la cama para colocarse sobre mí. Pero sin darme cuenta durante años he hablado de mis abusos como si hubiera cometido un delito mayor, un asesinato o un robo a gran escala. Incluso he pasado noches en vela cuando una vez abierto este blog, me he planteado la posibilidad de que lo leyera alguien de alguna de mis familias, con el miedo implícito a que al día siguiente apareciera la policía en la puerta de mi casa por mentir, por hablar de algo tan sucio como mis abusos, o simplemente con la orden de cerrar el blog porque si.

Ese pánico a que me descubran y me cierren el blog es cada vez mas débil y de hecho desde hace unos meses es habitual que comparta el blog e información relacionada en mi propio muro del Facebook o el Twitter. Tomé la decisión de unir a Némesis con mi “yo” adulta y hablo del tema ASI cuando surge sin ninguna precaución, tratando el tema con normalidad lo sepan o no quienes me lean. Es muy posible, de hecho, que mas de uno tenga serias sospechas de mi situación si no lo ha adivinado ya. No me importa, ahora son ellos los que tienen miedo de preguntar. He trasladado mis temores a los que no quieren utilizar algo tan simple como la palabra para preguntar.

Incluso cuando a veces abandono una conversación con algún ciberamigo para acudir al Forogam donde participo o aquí para crear alguna entrada, digo, bromeando, que “me voy al lado oscuro”, siempre aplicando el sentido del humor de utilizar una expresión extraída directamente de una de las sagas mas famosas del cine. Porque para mí hablar o escribir de mis abusos ya no me supone algo que deba hacer a escondidas, sin que nadie lo sepa. Mi poder es la palabra, y me fortalezco cada vez que la utilizo.


“Temer un nombre sólo incrementa el temor de lo nombrado”
Hermione Granger en “Harry Potter y la cámara secreta” de J.K. Rowling.

8 comentarios:

  1. "No"... esa palabra tan simple, tan sencilla y que tanto cuesta expresar.

    Y decir las cosas por su nombre también cuesta ¿Por qué? Por el estigma. Parece que te van a mirar diferente, que te mirarán con pena o condescendencia cuando salga algún tema relacionado con abusos o malos tratos y se te ocurra opinar, que considerarán que no eres neutral para hablar de ello o que tienes que tener algún desequilibrio, que mejor no acercarse mucho a ti porque las personas con tus "problemas" no traen nada bueno, que... vete a saber. Una amiga (superviviente también) me aconsejó una vez no explicárselo a muchas personas, sólo a las más allegadas, porque luego lo usarían para atacarme. Otra persona -no superviviente- también me dijo lo mismo ("Cuéntaselo a tus padres como mucho, pero ni a amigos ni a parejas; que lo usarán en tu contra") a día de hoy me escondo menos que antes pero creo que aún no estoy preparada. Yo a veces también comparto cosas relacionadas con A.S.I. en mi muro de face pero me da miedo que puedan sospechar que lo he vivido. Casi nadie nunca comenta ni comparte esos enlaces, y creo que es porque es un tema que les incomoda. Aún suena "escabroso" hablar de ello. Cuando se trata de textos explicativos, de estadísticas... que comparto en mi muro pienso que mis contactos se deben preguntar "¿Por qué ella comparte estas cosas?" y que se les ocurra la respuesta más obvia, la que quizás ni siquiera se les pasa por la cabeza porque me conocen y no se imaginan "algo así de mí", me da miedo. Tengo a familiares agregados en facebook, y aunque soy la primera que predica sobre romper el silencio... luego no me atrevo. Por eso pienso que aún no estoy preparada. Pero me alegro de que tú sí.

    Enhorabuena y gran entrada.

    Besos

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  2. Como siempre amiga, has escrito una excepcional entrada. Una verdad a flor de piel, el poder de la palabra...

    Bien dicen en muchas partes del mundo que la palabra tiene poder...

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  3. Estaba releyendo esta entrada y he reparado en una frase: " incluso a la hora de hablar del futuro intento positivar al máximo posible: "...Quizás mi propósito de este año sería..." debo cambiarlo por: "Mi propósito de este año es...” Si sale o no, es otra cosa, pero si pienso en que lo voy a hacer, en lugar de pensar en que "podría" hacerlo, ya he dado el primer paso."

    No sé si te lo he dicho alguna vez, pero hay varias "perlas" en tus entradas, tácticas para ir cambiando poco a poco la situación de los A.S.I. y de cualquiera que esté viviendo secuelas similares, de hecho. Hay esparcidas distintas enseñanzas, consejos que ayudan bastante, aunque tal vez tú (lo desconozco) no lo hayas pensado nunca.

    Besos,

    Nu

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    Respuestas
    1. Gracias Nu.

      Pues la verdad es que no lo he visto nunca así, la verdad. Cuento mi experiencia y si, tal vez le ayude a alguien, pero ni mucho menos pretendo enseñar nada. No soy nadie para enseñar.

      Me alegra cuando me dicen que ayudo, pero creo que es mas ayudarse a uno mismo viendo el reflejo en una historia similar (que no es poco) :)

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    2. A mí también me ayuda. Yo todavía hablo de "lo que pasó", cuando me siento muy fuerte logro cambiarlo a "las violaciones", pero me has animado a nombrar las cosas y a trabajar por creer verdaderamente que es real y no fue mi culpa. Gracias.

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  4. Toda forma de abuso y violación conlleva secuelas que se extienden en el tiempo y que incluso no terminan ni siquiera con la muerte del violador. Pero en esta realidad dramática que compartes, tus líneas demuestran hoy tu renovada fortaleza y tu espíritu aguerrido para salir adelante. Te aliento a que prosigas superándote y haciéndote cada vez más fuerte, para bienestar de tu propia persona, para la felicidad de tus seres queridos, para la alegría de tus seguidores y para la admiración de todos los que como yo, te admiramos en silencio.
    ¡Saludos!

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  5. Estoy totalmente de acuerdo contigo, los supervivientes muchas veces hablamos como si la culpa de lo ocurrido fuese nuestra, como si fuesemos responsables de lo ocurrido. Ellos fueron quienes se "acostaron" con nosotros, no nosotros con ellos. Ellos realizan la acción, nosotros la sufrimos. Los responsables son ellos.
    También tienes mucha razón cuando dices que llamar a las cosas por su nombre nos ayuda. Es verdad es una catarsis. Duele pero ayuda, eso dice mi psicologo y es verdad doy fe de ello.
    Muchas gracias por contarnos tu historia y ayudarnos a enfrentar la nuestra.

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  6. Gracias a este post he podido empezar a ser sincera conmigo misma y aún con cobardía, ponerle nombre a todo lo que sucedió... Gracias Némesis. Un abrazo fuerte.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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