DESDE EL CORAZÓN DEL AVERNO



Esta carta está escrita a mi Madrina. Tras los abusos se abrió una fisura entre ella y yo que se ha agrandado con el tiempo y que creo que tuvo su mayor profundidad cuando regresé con diecinueve años a la localidad de mis padres. Desde entonces, hasta hace cinco años, ella decidió romper toda comunicación conmigo, despechada por mi regreso a mi tierra natal. Hace cinco años hubo un intento de restablecer la comunicación que el año pasado se rompió, creo que definitivamente, por su parte cuando decidí poner sobre la mesa los abusos de mi infancia. Este es un extracto de la última carta privada que le envié, donde doy por terminadas mis tentativas de tenerla como aliada de mi recuperación.

Duele. Hace un año que la escribí y aun hoy he vertido lágrimas en silencio. No sé cuanto tiempo debe pasar aún, pero ya he asumido que posiblemente ha fallecido para mí, y la recordaré como se recuerda a una madre, con sus virtudes y sus defectos.

UNA MOCHILA LLENA DE PIEDRAS


Hace tiempo que dejé de sentir algo por mi padre como ser humano. Desde la última vez que le vi, en aquella habitación de hospital, decidí de alguna manera apartar de mi mente todo lo que él pudiera significar para mí. Bastante tenía con aplacar los terribles nuevos recuerdos de sus abusos, para además tener que lidiar con los sentimientos que tenía por él. Y cuando digo que dejé de sentir algo por él como persona hace diez años, me refiero a esa parte de mí que no lo recordaba como el autor de los abusos, sino como mi progenitor. No es que hubiera pasado del amor al odio, es simplemente que en ese momento dejé de pensar en él como mi padre. Incluso dejé de pensar en él como persona. Pasó de ser un ser vivo a un ente impreciso que sólo representaba al autor material de los abusos, pero como un elemento mas del mobiliario de la casa de mis padres, que aparecía en las imágenes de mis recuerdos. Porque para mí, en los recuerdos, sólo estoy yo y mis sensaciones. Creo que los recuerdos de mis abusos siempre han sido así. Como si yo fuera el único elemento orgánico de la habitación. Que en mi disociación, he conseguido separar lo que sentía por él -por toda mi familia- en mi vida real con la completa soledad que sentía en los abusos. Tan completa soledad que ni siquiera veía -sentía- a mi agresor como alguien que estuviera conmigo durante los abusos.

CONJUNTO VACÍO



A veces me gustaría vivir en una burbuja, o ser invisible, o tener una máquina de teletransporte.

En esos momentos odio salir a la calle. Tarde o temprano me asalta la sensación de que la gente me “ve”. En el momento en que salgo de la seguridad de mi casa, me siento observada, desnuda. Ahora desde mi hogar, gracias a internet, puedo ver el mundo sin exponerme, sin tener que estar allí. De niña me imaginaba que tenía le poder de detener el tiempo e imaginaba salir al portal y caminar hacia el colegio entre la gente inmovilizada, y además imaginaba disfrutar al no tener prisa por llegar, pasear despacio, observando cada detalle del camino sin miedo a ser descubierta. A la mayoría de la gente le da miedo caminar por lugares apartados, sin tráfico ni movimiento de gente. Sin embargo una calle solitaria es para mí una bendición.
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