LEONES Y GACELAS



Hace poco descubrí una dura realidad. Que una víctima tenga varios abusadores es mucho mas habitual de lo que se cree. Tengo una amiga, con la que suelo comentar algunas entradas. Ella, que también es una superviviente, desde muy pequeña ya conocía a “guarros” que la acosaban de alguna manera. Masturbarse en su presencia, tocarla en el autobús o decirle cosas obscenas, incluso alguno intentó sobornarla con regalos, a cambio de volver solo para que le viera correrse. Mi amiga creía de niña que todos los hombres se comportaban así. Para rematar, sufrió varias violaciones por parte de un familiar un verano de su etapa final de la infancia.

Yo también creía que todos los hombres se comportaban así. Esas conversaciones me han hecho recordar que yo también he tenido “encuentros” de ese tipo: en el parque estaba el clásico tío de la gabardina, que se la abría delante de los niños, con el pequeño revuelo que se organizaba, entre niños y cuidadores. Es curioso que esa sea la imagen que la mayoría de la gente tiene del abusador infantil, porque normalmente son mucho más sutiles. Recuerdo estar sentada en un banco, esperando a una amiga, y venir un tipo a preguntarme una dirección mientras se bajaba la bragueta y empezaba a meneársela delante de mí. Recuerdo en el portal de la casa de mis padres al vecino, un chico creo que de unos catorce años, enseñarme su “cosa” presumiendo de tenerla enorme y pedirme que se la chupe. Y yo tan sólo pensar: “ la de mi padre es un poco mayor”.

La verdad es que, aparte del vecino que eyaculó sobre mi cara, imagen que recuperé hace unos meses y mi hermano, al que también he recordado como abusador hace poco y que aún no sé lo que hizo, si sólo ocurrió una vez o se prolongó durante mas tiempo, jamás había pensado en esos episodios. Los apartaba de mi mente con rapidez y no les daba ninguna importancia. Supongo que los abusos de mi padre eclipsaban todo lo demás. Me acuerdo que al tío de la dirección, le indiqué sin inmutarme lo más mínimo por donde debía dirigirse para llegar a su destino, y recuerdo su reacción: Al terminar mi explicación, hizo un gesto de “oh, perdona”, se subió la bragueta con rapidez y desapareció.

No sé hasta que punto esos otros abusadores pudieron hacer también mella en mi vida, supongo que sí, de una manera subliminal, pero realmente su recuerdo, hasta ahora, nunca me ha dolido ni he experimentado retrospecciones como las vividas con mi padre y el vecino. aunque si demuestra la debilidad que ya irradiaba de niña. Creo que ya entonces me daba cuenta que debía haber algo, yo debía tener algo porque sí recuerdo con quince o dieciséis años pensar que yo sin duda desprendía una especie de “aroma” especial, como el olor que expelen las hembras en celo.

Todos esos recuerdos son de mi infancia, creo que a medida que crecía, las personas a las que me acercaba eran aún mas conscientes de mi debilidad, y los leones estaban más hambrientos, porque después, en mis años oscuros no fue mejor.

No sé si en este caso el orden de los factores altera el producto. No tengo muy claro si la primera agresión nos vuelve débiles o si somos débiles y por eso nos agreden. Es como si llevásemos un cartel que dijera “abusa de mí, humíllame”. Como si tuvieran derecho de pernada. ¿no te gustan mis zapatos? Búrlate de ellos. ¿llevo aparato en los dientes? Pregúntame, cada vez que me hagan una foto, si he abierto la boca. Aprovéchate de mí y envíame a hacer el trabajo sucio, o demuestra delante de tus colegas lo divertido que es dejarme en la acera suplicando que al menos me acerques hasta una estación de tren o una parada del autobús para poder regresar a mi casa. Indícame con sorna que no necesito ir a esa clase sobre sexualidad porque mi padre ya me lo ha enseñado todo. Y después, cuando te ofrezca un chicle o un cigarrillo, porque quiero ser amable, quédate con todo el paquete. Y cuando por casualidad haga algo bien, incluso mejor que tu, no olvides recordarme lo mucho que me pavoneo por ello, lo mucho que disfruto; total, para una cosa que sé hacer… y si se te acaban los argumentos, siempre puedes mandarme callar con una bofetada, porque yo no tengo ni idea de lo que hablo. Ahh, por supuesto, no olvides desahogar tus necesidades conmigo. Y puedes invitar a tus amigos. Yo jamás me negaré e incluso te estaré muy agradecida por el hecho de que te hayas fijado en mí.

Así es como me he sentido toda mi vida, indefensa, expuesta. Pero no sé si ese cartel nos lo pone el primer abusador o venimos con la indefensión de serie. Porque durante mis Años Oscuros experimenté esa sensación de “gacela” en todo su esplendor. Al buscar sustancias en muchos casos ilegales, empecé a frecuentar sitios y compañías poco recomendables, y ahí la manada de depredadores es enorme. Capaces de comerse entre ellos, encontrarse con un sabroso bocado como una joven lejos de casa, con dinero de sus benefactores, y que no sabe decir que no, era el premio gordo. Era el Impala que cojea de su pata izquierda visiblemente y se acerca a beber al arroyo. Y cuando el ataque es inminente, el miedo le hace huir hacia la oscuridad.

Recuerdo en una ocasión, siendo adolescente, estar esperando en una parada del autobús. La zona estaba desierta de gente, era un distrito de urbanizaciones de lujo, rodeadas de bosque. La parada de autobús estaba ubicada junto a una residencia de ancianos. El resto del paisaje era forestal.

Pasó un coche que aminoró la marcha al pasar a mi altura, y giró hacia la residencia, aparcando el auto en el parking. En lugar de entrar en el edificio, el conductor se acercó a mí, se sentó en el banco y empezó a masturbarse. Salí corriendo hacia el lugar más “lógico” al que se podía acudir: el bosque. Caminé a lo largo de la carretera en dirección a la arboleda con intención de detener el autobús si pasaba por delante, todo menos continuar sentada en aquella parada junto a un guarro que incluso me pregunto si no me importaba que se lo hiciera.

Recuerdo que aún estaba en el arcén de la carretera cuando volví a ver el coche de aquel tipo en movimiento. Entonces sí que entre en pánico. Pocas veces he gritado tan fuerte, teniendo en cuenta que nadie podía oírme.

Tuve suerte. A pesar de mi estupidez, por no haber acudido a la residencia plagada de gente, detrás del automóvil venía también el autobús que esperaba. Corrí hacia él. El conductor del transporte público me vio tan nerviosa que no quiso cobrarme el billete.

Muchas veces el daño venía de personas que consideraba amigos. En una ocasión, el chico con el que salía, que conocía mi condición de víctima, me ofreció a su mejor amigo porque había discutido con su novia y estaba abatido. Su colega rechazó la invitación ante mí con unas palabras que aún resuenan en mi cabeza –Que va tío, si su padre la violó tendrá el “chocho” dado de sí, y no mola.

Y los años no me hicieron madurar demasiado, al contrario, muchas de mis secuelas se agravaron y eso me llevó al borde del abismo en mas de una ocasión. Tenía retrospecciones y ausencias casi diarias que me jugaron malas pasadas. Otras veces simplemente no sabía decir que no. O yo misma jugaba a la ruleta rusa, provocando ciertas situaciones de las que después no sabía cómo salir. Muchas de las cosas de las que me avergüenzo son producto de todos esos comportamientos.

Era moreno, con el pelo ensortijado, como Diego Armando Maradona, y sabía imitar con gran talento a los políticos de la época. “Maradona” y yo sólo éramos amigos, no había nada más, pero yo estaba “enrollada” en esa época con su mejor amigo. Los dos estábamos dentro de una pandilla mas amplia y aquella noche nos habíamos quedado solos casi de casualidad. Acabábamos de salir del cine. Me invitó al pub de un conocido suyo. El dueño era un tipo grande de cara redonda. Recuerdo que cuando entramos el propietario me miró de arriba a bajo, casi me desnudó con la mirada. Después saludó a mi amigo con enorme cordialidad.

Me dirigí a los servicios a los que se accedía subiendo unas escaleras. Una vez arriba había una antesala con un lavabo y a continuación las dos puertas con sendos carteles indicadores, para chicos y para chicas.

Cuando salí de orinar el dueño estaba junto al lavabo. Me hizo sitio para que pudiese lavar mis manos con una sonrisa que ahora, en mi recuerdo, se me antoja burlona. Colocó junto al grifo un espejito dibujando sobre él dos líneas blancas bien definidas.

Juro ante lo que me pidan que no sé lo que ocurrió a continuación. Mi recuerdo da un salto. No recuerdo cuál fue mi primer pensamiento, qué paso por mi cabeza, ni siquiera recuerdo si me ofreció un poco de la coca. Pero tengo totalmente presente en mi mente verme a mí misma con la espalda apoyada en los azulejos del baño de caballeros, el más cercano al lavabo de fuera, y ser consciente de que aquel cerdo me estaba metiendo mano mientras se bajaba la bragueta. Me susurraba en el oído que tenía un regalo para mí… Yo no quería regalos, no quería nada, solo quería salir de allí. Recuerdo intentar apartarlo tímidamente, creo que le llegué a decir que no… pero no sé si sólo lo pensé porque él siguió desabrochando botones con decisión. Cerré los ojos y me rendí. Pagué un regalo que ni siquiera recuerdo haber recibido. Porque la sensación de no saber qué es lo que hice para llegar a aquella situación fue enorme.

Él ni siquiera se molestaba en cuidar si yo estaba bien o si me hacía daño. Y cuando terminó simplemente se retiró me mordió el labio y se subió el pantalón mientras me decía que estábamos invitados, que pidiera lo que quisiera, que esperaba que no me hubiera importado.

En ese momento hice lo único que se me ocurrió: actuar como hacía con mi padre. Ni siquiera lloré. Cuando bajé aun me sentía confusa, pero me había recompuesto aparentemente. Allí arriba no había pasado nada.

Me senté junto a “Maradona” que estaba apurando el último trago de su cerveza. –Oye, mira, me tengo que ir. El sábado nos vemos, ¿vale?- me lo dijo rápido, con voz acelerada, nervioso.

Empecé a balbucear algo, no recuerdo que, pero si recuerdo que se me cortó el pensamiento y la palabra porque en ese momento me miró. Jamás olvidaré esa mirada. La mirada del desprecio, de sentirse utilizado, de reconocer a alguien por primera vez. La mirada del asco. Y creo que también había un poco de tristeza en el fondo de sus ojos y en el tono de su voz. O tal vez me lo quise imaginar para acallar mi conciencia, pero sin duda era la viva imagen de la decepción.

El dueño del pub le vio marcharse y se sentó a mi lado. Me ofreció un cigarrillo y me preguntó qué iba a beber. No lo recuerdo bien, pero creo que estuve allí sentada mucho tiempo, riéndole las gracias a aquel idiota y dejándome manosear por él.

Me sentí el ser más despreciable de la creación, pura escoria. Lo más bajo de la cadena alimenticia, todo un desecho humano. Ni siquiera me permití llamarme “puta”, estaba segura que las profesionales del sexo cobraban algo más que el equivalente a una copa por sus servicios.

Volví a la casa de mi Madrina andando, de madrugada. Lo recuerdo como uno de los peores paseos que he dado en mi vida. Vomité varias veces a lo largo del recorrido cada vez que rememoraba lo ocurrido porque se mezclaba con sensaciones de mi infancia que me provocaban accesos de nauseas por oleadas y cuando no devolvía, lloraba. Me imagino el espectáculo que debí suponer para todo el que se cruzó conmigo: casi una niña (creo que apenas tendría diecisiete) aparentemente borracha, con el maquillaje corrido y los zapatos en la mano.

Me senté en el alféizar de un escaparate al lado de casa. Recuerdo ver mi reflejo en el cristal a la luz de la farola, no pude mirarme. Entré en el portal y subí en el ascensor sin levantar la vista del suelo para no ver mi imagen en el espejo. Recuerdo meterme en la cama a oscuras y pedir a Dios con toda mi alma que no me despertase más. Muchas veces he pensado que seguir viva es precisamente mi castigo por dejarme tocar, por no protestar, por provocar. Porque eso es lo que pensaba, que yo provocaba de alguna manera que no entendía sus instintos. No volví a saber nada de “Maradona”, de su amigo con el que salía ni del grupo de amigos al que pertenecían. Yo tampoco los busqué. Y jamás volví a acercarme a aquel pub.

No ha sido la única vez que he pasado por esa experiencia. Lo que yo llamo mis Años Oscuros están llenos de individuos a los que he entregado mi intimidad. Alguno no sé de qué lo conocía, ni siquiera recuerdo si lo conocía... solo tengo recuerdos inconexos, imágenes sueltas, a veces entre tinieblas, en un parque, o en un portal, o en una pensión de mala muerte, o en plena borrachera en la casa de alguien con otros hombres y mujeres de los que no tengo ni el mas mínimo recuerdo. A veces despertaba sin reconocer el lugar y con golpes o heridas en el cuerpo... pero todas esas situaciones tenían un denominador común: Me odiaba por mi debilidad. En esos momentos en los que era consciente de lo que hacía me odiaba con mas fuerza si cabe. El resto del tiempo solía dejarme llevar como un autómata o yo misma provocaba la situación, y aún no sé porque lo hacía. Una parte de mi no quería volver a caer, otra parte de mí, si. Era una batalla constante que siempre perdía yo.

Y lo mas gracioso de todo es que durante mucho tiempo me he engañado a mí misma diciendo que después de todo lo que había sufrido de niña, ahora me estaba desquitando, estaba disfrutando de la vida a tope, sin nadie que me frenase, sin nadie que controlara mis actos. Yo era la que mandaba en mi vida. Presumía de ser muy liberal, de no tener miedo al sexo, de no tener los estúpidos prejuicios sociales que recortan nuestra libertad. Pero recuerdo entrar en algún sitio o conocer a alguien y sólo por su forma de mirarme hacerme sentir mal, muy mal, porque ya sabía lo que me esperaba. Y pensaba horrorizada "dios mío, otra vez... otro que me va a..." y me sentía de nuevo pura escoria, deseando escapar de allí y sin posibilidad de hacerlo. Atrapada buscando desesperadamente una excusa para desaparecer y no encontrando ninguna. No hacía nada, absolutamente nada por evitarlo. Como si fuera cosa del destino.

Tenía la sensación de que mi sino era ese. Toda mi vida iba a ser así. No hacía nada porque creía firmemente que no había nada que hacer. No existía otra cosa. Muchas veces pensaba que el mundo se movía así: Ellos mandan y nosotras tan sólo somos su agujero favorito. Si no cedemos, merecemos un castigo. Si cedemos, debemos hacerlo con cierta resistencia, debemos protestar un poco, sólo al principio, lo justo para que no demos la impresión de desearlo, porque si cedemos sin resistencia somos unas putas y entonces también merecemos un castigo.

Así funciona el juego. Si jugamos bien, es posible que no nos hagan daño; puede que disfrutemos un poco; incluso tal vez lleguemos al orgasmo -sin que se note mucho- siempre y cuando él quiera y permita que disfrutemos.

En uno de mis diarios escribí: “Me gustaría morir asesinada. Que mi caso fuera un crimen difícil de resolver” Creo que subconscientemente buscaba algún tipo de atención. Y ya que yo era invisible salvo para utilizarme como un objeto que después se olvida en un cajón, al menos que mi muerte supusiera algo de protagonismo a algún novelesco detective de homicidios. Porque con diecinueve años tenía claras dos cosas: que la humanidad estaba dividida entre leones y gacelas (por supuesto yo pertenecía al segundo grupo) y que yo moriría pronto. Seguramente me quitaría la vida por mi propia mano si reunía el valor suficiente para meterme en la bañera con una cuchilla o tirándome desde el séptimo piso de la casa de mis Padrinos donde pasé mi infancia y donde aún vivía su padre, pero a veces la posibilidad de terminar mis días en un callejón oscuro a manos de alguno de mis “chicos malos” adquiría cotas de probabilidad altísimas.

Lo tenía asumido. No me preocupaba en absoluto. Tenía tan integrado en mi vida el sexo con o sin mi consentimiento, la violencia, los desprecios, las drogas, la posibilidad de la muerte, que mi filosofía era que las gacelas vivimos para alimentar a los leones, por lo tanto no había salida. “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Había en la habitación de una amiga un poster de James Dean con esas palabras impresas en él. Las recordaba todos los días para infundirme valor antes de salir de casa. Me hacían pensar que cada vez quedaban menos vejaciones, cada vez quedaban menos humillaciones, cada vez quedaban menos horas para que con un poco de suerte un subidón de adrenalina diera la función por terminada.

No pretendo demonstrar nada, no sé ni siquiera si en esos momentos estaba bajo los efectos de alguna droga. No pretendo justificar aquella época, porque para mí no tiene ninguna justificación. Para mí la línea que se supone que separa responsabilidad y culpa, no existe. A día de hoy sigo sin poder achacar esos hechos, esos pensamientos, a los abusos de mi padre, y no sé si algo de aquello que ocurría se puede catalogar de maltrato o violación. Pero sí puedo decir que yo era una gacela entre leones que se aprovecharon de mi debilidad con saña. Y hubo muchos, más de los que puedo recordar.



«Hay veces que una mujer tiene que ser una zorra de altos vuelos para sobrevivir, hay veces que ser una puta es lo único a lo que una mujer puede agarrarse»
Dolores Claiborne – Eclipse total. (1995) Taylor Hackford. Película norteamericana basada en la novela de Stephen King del mismo título.

12 comentarios:

  1. He descubierto el blog hace poco, tambien yo he tenido que sufrir los abusos, en mi caso no de uno solo sino de varios hombres de min familia. Lon cierto es que no me he sentido nunca con valor suficiente como para hablar de ello, pues la primera vez que lon hice me dijeron que esa situacion la habia provocado yo nmisma y despues me tacharon de mentirosa. Desde entonces es un tema que no me gusta tocar y procuro dejarlo en el rincón mas escondido de mi mente. Gracias por esta pagina, creon que es una buena terapia para que gente como yo supere sus miedos, para que nos podamos enfrentar a nuestros monstrous particulares...

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  2. Gracias Nemesis, ver todo esto en palabras me hace ver la suerte que he tenido y lo afortunada que soy de que me consideres tu amiga.
    Creo que todas las victimas se sienten raras en algún momento de su vida y saber que otras personas sienten lo mismo es una gran ayuda. Ya no estoy sola con mis miedos.
    Un beso...31

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  3. Nos han condicionado como víctimas en nuestras vidas, nadie nos ha enseñado el camino hacia la protección, que alguien podría ayudarnos, éramos invisibles, por eso no fuiste hacia la residencia, en busca de gente que te protegiera, fuiste hacia el bosque, pues entonces sentías que tendrías que enfrentarte sola al terror. Ahora tienes la lucidez y el valor para saberlo, para sentirlo y encontrar la verdadera protección dentro de ti. Ahora abandonamos el papel de víctima y asumimos el de nuestra propia rescatadora y salvadora. Es como una desprogramación y reprogramación. Has caminado mucho, muchísimo.

    Un abrazo inmenso, me admira tu coraje.

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  4. Sabes amiga, ciertamente como bien dices las personas abusadas tenemos como un imán para atraer hacía nosotros a mas abusadores... Es como un sello, un karma con el que debemos cargar... Recuerdo que más de una vez algunos hombres en su camioneta se me acercaban para preguntarme alguna dirección, y al yo responder y mirar hacía el interior del auto, notar que el hombre se estaba masturbando y me la enseñaba con una sonrisa burlona. Un día despues de salir de la escuela y camino a la bodega para un mandado, un hombre recostado junto a su carro al otro lado de la vía, al verme se me abalanzó y metió la mano en mi falda para tocarme el trasero, yo asustada lo único que pude hacer fue correr. Otra vez me ofrecieron dinero para echarle una chupadita, yo apenas contaba con 12 años. Este hombre me acosaba siempre que iba camino al liceo, me perseguía. Finalmente terminé por contarselo a mi madre y en esta oportunidad buscó al hombre, lo insultó y hasta trato de golpearlo con un palo (vara) el hombre no tuvo mas que salir corriendo, despues de eso no volvió a molestarme. En varias oportunidades ví a un hombre masturbarse parado fente a un portal pero con cuidado de cubrir su cara para que yo no lo reconociera. Cuando ya vivía con mi esposo y buscando la manera de quedar embarazada asistí a un médico que me habían recomendado, y salí de ahí tan asustada que ni siquiera terminó la consulta. El desgraciado galeno me observaba con cara de león mirando a una gacela, me realizó un tacto que si no es porque me doy cuenta y le pregunto donde estaban sus guantes, me hace el tacto sin ellos. Cuando me levanté de la camilla noté su pene erecto por encima del pantalón y recuerdo que él me pedía no contarle nada a nadie porque eso era una cuestión de médico-paciente. Me fuí espantada y preguntandome porque razón siempre me ocurrían cosas como esas? Cómo si en mi frente hubiese un cartel pegado con la frase PUTA DISPONIBLE... Debo dar infinitas gracias a Dios, que a pesar de los horrores vivídos nunca me abandonó, y supó en todo momento darme algo de lucidez en tan profunda locura. Reconozco que fuí una chica algo promiscua, siempre pensaba si mi padre se me sube encima sin mi consentimiento y yo debo soportar su peso, su olor, su inmundícia, su aliento, porque no podía disfrutar a plenitud de todo aquel que me gustase y con total cordura echarmelos encima. Por suerte todo eso duró poco, en todo momento era consciente de que yo misma me destruía cada día más. Cuando conocí a mi esposo me fuí con él sin amarlo pero con la dicha de dejar el infierno en el que vivía, las hipocritas con las que convivía, y el enemigo con el que dormía...

    Gracias Némesis por escrbir, me encanta tu manera de hacerlo, haces que nos demos cuenta de los recuerdos que siguen ocultos en nuestra memoria, de cosas que no queremos recordar pero que finalmente en algún momento debemos enfrentar... Un abrazo...

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  5. Némesis,cuanta razón tienes,somos usadas una y otra vez,y vivimos para satisfacerlos a ellos a los leones,y ya no sólo con los hombres, sino a todo el mundo,siempre tratando de caer bien,de esforzarte dando todo lo que puedes,y al final volviendo a quedar sola...
    Y la soledad es arrolladora.
    Me alegra leerte.
    Carmen

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  6. Te leo tesoro, bajo por los comentarios, no han sido promiscuas. Es uno de los síntomas del abuso sexual infantil. Lxs niñxs quedan desprotegidxs, muchas veces creen que eso es 'normal' y por otro lado saben que les están agrediendo.
    Luego en la adolescencia, si nadie se acerca a socorrerte sigue igual; se siente suciedad, la desvalorización es tal que cualquier camino da lo mismo.

    Agunxs dirán que es el Karma con que debemos vivir, para mi es un consuelo muy tonto, siguen jugando.

    Te dejo abrazos, llegará ese día que encuentres esa paz interior necesaria para darte cuenta que no podías hacer nada ni de niña, adolescente.

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  7. "Pero no sé si ese cartel nos lo pone el primer abusador o venimos con la indefensión de serie"

    La de veces que habré pensado en esto... cuántas veces habré creído que debo llevar un cartel en la frente o algo, porque no es normal que tanta gente se aproveche...

    Gracias por compartir tus pensamientos, tu experiencia.

    Un abrazo enorme.

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  8. CUANTOS TIPOS DE ABUSOS HEMOS SUFRIDO Y HEMOS TENIDO QUE CALLAR, ALGUNOS TAN EVIDENTES Y OTROS DE LOS QUE HEMOS O TODAVIA ESTAMOS GUARDANDO EN SILENCIO

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  9. leyendote creo que estoy pisando tus pasos, que me estoy hundido y casi que le exijo a dios que mee saque de este infierno pero parece que tambien soy invisible para el y me odio a mi misma por no poder terminar con esta agonia. yo tambien tengo ese sello, ese aroma que los atrae me pregunto porque justo me tienen que mirar ami, porque, este es el precio que tengo que pagar por vivir.
    Los recuerdos mas constantes que tengo de mi niñez es tener un hombre encima mio, y los ultimos que tengo es darme por vencida y dejarlos que hicieran lo que querian de todas maneras yo no me podia escapar, me siento como una puta, y ahora teniendo apenas veinte años, estando retraida del mundo, amargada y casi que desertica me fijo en alguien que me dijo que estaba hermosa, alguienn que para besarme me pedia permiso, y aunque temblaba de (miedo) cada vez qe se acercaba me gustaba sentir que alguien me queria y me trataba con ternura, ja todo lo que me crei,y sin poder recordar mucho luego me vi en su cama,y en ese momento lo conoci de verdad, era igual a esos hombres de mi infancia, nisiquiera le importo mi dolor, que me quejase, solo siguio hasta que termino y mientras paso todo yo me fui a mi mundo, a ese que habia dejado cuando tenia trece años, a ese donde me escapaba cuando le tocaba el turno a alguien de mi familia para abusarme, pero esta vez con mentiras quice acallar mi consiencia y me grite a mi misma que no me sintiera mal, que era el regalo que se merecia por sus atenciones, que yo naci para complacerles y que si tuve que aguantar a otros detestables encima mio porque no me podia aguantar a alguien que me gustaba

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  10. Antes de nada perdona por el retraso.

    Tu post me ha hecho pensar mucho, ya que es un tema al que le estuve dando vueltas hace un tiempo. No sé si nosotras/os tenemos algo que nos hace vulnerables, si se acercan sobre todo a un determinado tipo de niños, si es que huelen el miedo... siempre que pienso esto me doy cuenta enseguida de que no tiene ningún sentido: muchos niños se han encontrado alguna vez frente a una situación como la que describes, los escogen aleatoriamente supongo, si los ven solos... pero el miedo a llevar una especie de “cartelito invisible” siempre está. Lo más probable supongo es que desde la primera vez se nos quede una sensación de suciedad, de no haber sabido defendernos, de haber participado... y eso nos hace vulnerables de cara a los siguientes abusos o malos tratos, ya sabes, lo de la indefensión aprendida... sin embargo la sensación de ser indefensas desde siempre es grande, siempre intento pensar que es una idea preconcebida (una de tantas) hasta que un día me lo crea.

    Sobre lo que explicas del ataque que sufriste cerca de la residencia, estoy de acuerdo con persépolis, de hecho pensé lo mismo mientras leía tu entrada. Lo ha expresado muy bien así que tengo poco que añadir al respecto. La verdad es que pensándolo bien a mí me cuesta mucho pedir ayuda, desde la adolescencia me ha costado, y cuando lo hago a veces ya hace tiempo que me viene ocurriendo el incidente en cuestión. Actualmente también tengo la idea en mente de que cuando tengo un problema debo salir adelante yo misma, con ayuda si hace falta, pero me siento “obligada” a encontrar una solución lo antes posible... no sé si tendrá que ver con abusos de ningún tipo, a veces es difícil determinar qué forma parte de ti y que es un “regalito” que tú nunca pediste, pero la verdad es que reflexionando sobre las palabras de Persépolis me veo retratada en mayor o menor medida.

    “no sé si algo de aquello que ocurría se puede catalogar de maltrato o violación. Pero sí puedo decir que yo era una gacela entre leones que se aprovecharon de mi debilidad con saña.” creo que tú misma te das la respuesta. Se sumaron al carro, como hace mucha gente. Es más fácil aprovecharnos de alguien de quien sabemos está en un momento vulnerable, agravar un poco más la herida, hacerle sentir más puta, más sucia, más odiosa, para satisfacer nuestros propios instintos, que tenderle una mano o, por lo menos, mantenernos al margen si no sabemos o no queremos ayudar. Saben o intuyen que según qué clase de personas no se van a negar a satisfacerlos; unas por miedo, otras porque no han aprendido otra cosa y creen que sólo sirven para eso... creo que todos/as en mayor o menos medida hemos hecho o hemos fantaseado con algo así. Por lo que tengo entendido, hay personas abusadas que tienen a la promiscuidad, ya sea porque han aprendido que el sexo sirve como moneda de intercambio o porque se sienten auténticos monstruos y tratan de hacer cosas que agraven esos sentimientos... y otras personas, en cambio, tienden a lo contrario, a no dejarse tocar ni por el aire. No obstante, creo que ambos tipos de supervivientes pasan por lo mismo: unas se acuestan con tipos casados, con babosos que las dominan y manipulan, son infieles... y las otras fantasean con hacerlo, sólo que no lo hacen, quizás por miedo o tal vez porque saben que no soportarían ni la primera caricia. En lo personal no creo que las segundas seamos mejores que las primeras, simplemente las secuelas son distintas.


    (sigue abajo)

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  11. (continuación del mensaje anterior)

    Una vez comentabas en una de las entradas de este blog que todas las personas cuando nacemos somos como un folio en blanco sobre el cual nuestros mayores escriben unas reglas determinadas y que las personas abusadas tenemos dañado el disco duro (perdona si te estoy citando mal, lo hago de memoria)... pues eso. Hemos aprendido que existen los monstruos, sabemos que la vida no es de color de rosa cuando muchos de nuestros amigos todavía están seguros de que sí, no podemos ser tan ingenuos e inocentes como nos correspondería por edad, sino todo lo contrario... sin embargo debemos sobrevivir y más importante aún, vivir. Y es tan complicado a veces determinar si nos tenemos que comportar de una manera u otra... no obstante, creo que comentaste en otra de tus entradas que a partir de que empezaste a salir con tu actual marido aprendiste a vivir al otro lado de la ley (de nuevo perdona si te cito mal) creo -siempre desde mi punto de vista y lo poco que sé- que encontrar a alguien a quien le explicaras tu pasado y no saliera corriendo sino que te creyera y apoyara fue la clave para que empezaras a salir adelante. Fue la primera persona que acertó en su reacción, no se burló de ti, ni se apartó, ni utilizó esa información para someterte... tú estabas acostumbrada a todo eso, y encontrarte con una primera reacción totalmente distinta, además de un shock, supuso una nueva escritura sobre tu disco duro. Siempre, como digo, desde mi punto de vista y los detalles que sé.

    “Lo tenía asumido. No me preocupaba en absoluto. Tenía tan integrado en mi vida el sexo con o sin mi consentimiento, la violencia, los desprecios, las drogas, la posibilidad de la muerte, que mi filosofía era que las gacelas vivimos para alimentar a los leones, por lo tanto no había salida.” te explicas estupendamente, como siempre. Creo que has resumido muy bien el pensamiento de la mayoría de supervivientes. No hay salida, siempre es igual, es la única manera de vivir... desgraciadamente así lo sentimos. Creo que es por eso, en parte, que a algunas personas les cuesta entender los sentimientos y acciones de un/a superviviente. No conciben el disco estropeado, como tampoco entienden que hay algunas personas que viven al margen de las reglas (no digo leyes) y costumbres que sigue el resto de la sociedad, simplemente porque la realidad para quien ha visto según qué cosas con sus propios ojos, quien lo ha experimentado en sus carnes, es distinta, porque vive en constante temor o con la sensación de que en cualquier momento puede convertirse en gacela.

    Bueno querida, un beso. Espero que no te hayas quedado ciega por mi culpa y que mis desvarios no se te hayan hecho muy pesados. Que tengas buena semana,

    Nu

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  12. amiga, lo primero que deseo sugerirte es que aprendas a perdonarte a ti misma por los errores que voluntaria o involuntariamente hayas cometido en el pasado, no cabe duda que nuestro peor juez somos nosotros mismos. Creo que todo el comporamiento que mencionas (acerca de no saber decir no y apartarte del peligro) viene principalmente porque no recibiste el apoyo de tu familia (léase, de tu mamá) entonces buscamos el amor o la aceptación en cualquier persona (hayamos sido abusadas o no, pero con mayor razón si lo fuimos) . Afortunadamente no todos los hombres ni las personas son así, en tu caso encontraste a tu madrina (o tu madrina te encontró a ti) y has encontrado otras personas buenas en tu vida como tu esposo, tu hijo, en fin, tú mejor que nadie debes saber quiénes son. saludos, desde México.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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