LLAMADAS TELEFÓNICAS



Pertenezco a una generación que ha crecido paralela a la gran expansión de los primeros medios de comunicación audiovisuales en España: la televisión y el teléfono. Al igual que ha ocurrido posteriormente con los ordenadores personales e internet, al principio solo lo tenían las clases sociales mas altas, por el alto coste de instalación y mantenimiento. Y a medida que se fue extendiendo su uso se abarataron costes. Recuerdo de niña que un aparato de televisión era muy costoso y las llamadas telefónicas sobre todo si se establecía comunicación con otras provincias –lo que denominábamos una conferencia- eran extremadamente caras.



El teléfono ha sido, a lo largo de mi vida, un elemento recurrente. Para los que tenemos mas de 25 o 30 años, era la manera mas rápida de comunicar una noticia familiar que por diversas circunstancias no podía darse en persona y tengo cierta conexión esotérica entre ese medio de comunicación y mi familia. Son esas asociaciones mentales que a veces establecemos sin lógica aparente, como aquellos aficionados a las películas de Star Wars que ante la palabra “laser” automáticamente se imaginan el arma luminosa de los personajes de la saga.

A través del hilo telefónico supe que mi madrina había sido mamá, creo que el teléfono de la panadería del barrio fue el medio que utilicé para pedir de alguna manera auxilio a mi madrina el día que me escapé de casa (aunque no estoy segura, es una época en la que los recuerdos aún son muy confusos) y recuerdo que la vía telefónica la empleó mi madre para pedirme, con 20 años, que volviera a su casa porque mi padre se estaba muriendo.

De niña, en casa de mis padres no había teléfono. Tan sólo lo tenía la vecina del piso de abajo, y en aquella época, en las zonas marginales de la ciudad, era habitual que el vecino que se podía permitir tener una línea telefónica lo compartiera a veces con sus convecinos. Mis Padrinos, que no sólo tenían línea de teléfono en casa, sino que además tenían un supletorio –todo un lujo- solían llamar a esa vecina de mis padres para poder hablar conmigo, pero la comunicación no era fácil. Mi Madrina me cuenta que casi nunca había nadie en mi casa cuando la vecina subía a avisar que había una llamada para mi madre o para mí. Y por supuesto, estaba prohibido que nosotros realizásemos la conferencia, era muy caro, y la vecina podría molestarse.

Yo debía tener 11 años cuando mi padre contrató el teléfono en casa. Era de góndola, color crema, y recuerdo mirarlo durante horas sin tocarlo. Como el ladrón que observa durante días la joya del escaparate que planea robar, imaginando tenerla entre sus dedos, brillante, pesada, valiosa. Yo sólo quería oír su voz, no necesitaba hablar, me conformaba con escucharla a través del otro lado del hilo telefónico, como si el sonido de su voz fuera mágico y pudiera borrar de mi piel el recuerdo que me quemaba. Pero como el ladrón, en mi casa era un delito de pena capital tocar el teléfono, y mucho menos para llamar a otra ciudad, a otra provincia, a otro mundo. Tan sólo podía esperar, cada vez que sonaba, que fuera mi Madrina la que llamara. Lo esperaba con cada timbre como el condenado a muerte que espera la llamada de indulto.

No sé si fue tras una nueva agresión de mi padre –supongo que sí- pero recuerdo que un día caí en la tentación y entré a robar. Lo hice a escondidas, en un momento en que me quedé sola. Recuerdo llamar a la casa de mis padrinos y que me contestó una de las hermanas de mi Madrina. Me puse a llorar, apenas pude pronunciar palabra. Sólo escuchar su voz era suficiente. Conseguí decirle que la echaba de menos, que cuándo podría volver. Ella intentó tranquilizarme, me dijo que pronto volvería con ellos, que no llorase. Y yo no quería colgar. Recuerdo que solo quería escucharla y llorar.

En ese momento mi hermana y mi madre volvieron a casa e interrumpí la comunicación. Creí que no se habían dado cuenta, pero un rato después, mi madre se volvió a ir a trabajar, y mi hermana, que se quedó al cargo, aprovechó la situación para castigarme: me dijo que desde la escalera me había oído hablar por teléfono y me encerró en la carbonera que estaba bajo la escalera, en el portal. Me castigó por usar el teléfono y me soltó un sermón sobre lo caras que son las conferencias telefónicas, y los sacrificios que toda la familia hacía para que tuviéramos teléfono en casa, que sólo estaba para recibir llamadas, que mis Padrinos estaban mas holgados económicamente y que si verdaderamente quisieran hablar conmigo, llamarían ellos. Además, al teléfono -en caso de que hubiera llamado ella- sólo podía contestar mi padre, mi madre o mi hermana, los niños no hablaban por teléfono sin la supervisión de un adulto. Recuerdo, mientras me llevaba a mi encierro, rogarle llorando que por favor no se lo dijera a mi padre, porque si lo hacía me mataría. No sé cuánto tiempo estuve allí completamente a oscuras, pero debí quedarme dormida, después de lo que a mi me pareció una eternidad, mirando fijamente la rendija de tímida luz que se filtraba por la puerta. Mi madre me despertó y la oí regañar a mi hermana por meterme ahí durante horas sin comer. Recuerdo en mi encierro escuchar sonidos extraños a mi alrededor que los años y la experiencia me han enseñado que probablemente eran ratas. En las inmediaciones, cerca de la vía del tren, había miles.

Creo que fue ahí donde establecí esa conexión mental entre el teléfono y mi familia. Cuando me fui de casa con trece años, creo que debí estar una larga temporada sin mantener ningún tipo de contacto directo con mis padres. Supongo que mi Madrina o el tribunal de Menores les mantendría informados a cerca de mi paradero, pero en realidad no recuerdo las circunstancias concretas, es una época que aún se mantiene fuera de mis recuerdos. Lo que si recuerdo es que con 16 o 18 años, cada cierto tiempo, me llamaban a casa de mi Madrina con intención de que yo hablase con ellos. A veces yo le indicaba a la chica de servicio que les dijera que no había nadie en casa, porque yo no me sentía con fuerzas para volver a hablar con ellos. En otras ocasiones hablaba con ellos tímidamente, dando evasivas y diciendo que estaba estudiando mucho o trabajando en la empresa de mi Madrina.

Algo similar ocurría cuando ya estaba casada y tenía a mi hijo. De vez en cuando incluso yo misma era la que se ponía en contacto, me ponía como excusa que quería mantenerlos “controlados”, saber que hacían, porque cuando tardaba una larga temporada en dar señales de vida, siempre tuvieron la mala costumbre de llamarme con tono amenazador o presentarse en mi casa de improvisto para montar una buena escena melodramática que todos los vecinos pudieran admirar. Dejarme en evidencia –sobre todo mi hermana, bien por estar inducida o por propia voluntad- era toda una especialidad de la familia. Ignoro la causa, pero afortunadamente esa mala costumbre está desapareciendo, y en estos últimos diez años, he optado casi siempre por colgar el teléfono o no contestar en cuando veía la procedencia de la llamada sin que haya habido represalias por su parte.

Ya he empezado a cortar el cordón umbilical que me ha mantenido atada a mi familia biológica, y creo que la penúltima llamada de mi hermana en la que mantuve una mínima conversación, fue antes de la muerte de mi padre. Me llamó para informarme que había sido tía. Mi hermano mayor, mi segundo abusador, acababa de ser padre. La conversación, que se inició de manera suave, terminó con mi hermana insultándome por teléfono y diciéndome que me quedaría sola en la vida porque no quise facilitarle mi número de móvil. Asumí sus palabras como algo esperado e inevitable, no me afectaron en absoluto.

Lo cierto es que toda mi familia–sobre todo mi hermana- ha intentado en varias ocasiones restablecer los puentes de comunicación, puentes que en alguna ocasión intenté volver a cruzar, y una y otra vez he tenido que volar de nuevo para asegurar mi castillo. Podría haber cambiado el número, o simplemente no contestar cuando veía la procedencia de la llamada, pero mi monstruo no me ha dejado nunca cerrar esa conexión. Es una de esas situaciones en las que a veces te preguntas porqué demonios sigues haciendo cosas que sabes perfectamente que no son buenas.

El teléfono fue el último intento de comunicación por parte de mi padre, casi diría que el único intento de comunicación en el que mostró algo de humanidad en toda su vida. Porque jamás he tenido una conversación amistosa con él, siempre le tuve demasiado miedo y nunca hubo confianza entre nosotros, por lo tanto me llamó la atención las llamadas que hizo desde que le vi en persona por última vez, tres únicas llamadas. Las recuerdo con claridad, le imaginaba al otro lado del hilo telefónico, en casa, solo, aprovechando que mi madre y mi hermana estaban en algún recado, trabajando o de compras.

Porque siempre demostró fortaleza, poder, autoridad, pero esos pequeños gestos de “debilidad” siempre procuró hacerlos a escondidas, sin que nadie se enterase. ¿qué cómo lo sé? Porque lo vi. Uno de mis escondites favoritos en casa era debajo de la cama de mis padres, porque era la mas grande y los largos faldones de la colcha permitían que la oscuridad me proporcionara un rincón donde esconderme, acurrucarme y descansar mi alma antes o después de sus visitas o de su violencia.

Mi hermano mayor ya estaba en el ejercito, y sé por algunas conversaciones que oía de madrugada que a mis padres les preocupaba mucho su hijo mayor, que desaparecía durante meses y solo llamaba cuando necesitaba ayuda. Eso ofendía mucho a mi padre, siempre le gritaba por teléfono delante de todos, para que se demostrase quien mandaba en casa. Pero un día le oí. Me quedé dormida bajo la cama, jugando con un caballito de plástico, y mi madre se había ido. Le oí marcar el teléfono, pedir una conferencia con el cuartel militar de la localidad donde estaba y le sentí hablar con él. La conversación fue corta, pero significativa. Ahora, con el paso del tiempo me sorprende que alguna vez hubiera hablado así. Aun no puedo creer que alguna vez haya empleado aquel tono, aquellas palabras de conciliación, aquel temple con los suyos. Hasta que las empleó conmigo en esas tres últimas llamadas de su vida.

Recuerdo sobretodo la ultima, porque fue la mas larga, la que mas me costó cortar, la que mas me dolió. La única en la que me mostró por primera vez en su vida que tal vez, solo tal vez, apreciaba a su hija.

Las dos primeras llamadas se resumen con rapidez:

-Hola hija, solo quería saber como estás…

-Lo siento papá, no quiero saber nada”- Clic.

No le di opción a replica, no esperé respuesta, lo dije y colgué. Aún tenía presente la última vez que le había visto y aún había sido tan miserable de decirme que echaba de menos estar conmigo. Pero también actuaba así cuando llamaban mi madre o mi hermana. Necesitaba desconectar de todo lo que se relacionase con ellos, necesitaba aislarme.

La tercera y última fue un poco mas larga:

-Hola hija, por favor no me cuelgues, estoy enfermo, me encuentro mal, el médico dice que… solo quiero saber como estas… que me digas como están tu hijo y tu marido… mamá me dijo… hace mucho que no llamas… tu hermana pregunta a veces por ti… yo, sólo quiero saber que estás bien… ¿hija, me oyes? ¿Por qué no me contestas, por favor?...- Clic.

No pude pronunciar palabra, en realidad no quise pronunciar palabra. Lo cierto es que me sorprendió la llamada, debió de atraparme en un momento extraño, porque al descolgar el teléfono, ya estaba preparada para, en cuanto empezase su locución decir: “lo siento, no quiero saber nada” y colgar. Pero algo ocurrió. Aún no sé qué, pero sucedió. Creo que fue su tono, o ese “por favor no me cuelgues” lo que movió algo por dentro, y me irrité. Si, me enfadé. Empecé a enojarme poco a poco, y el enfado empezó a crecer y a aumentar de tamaño.

¿Qué por favor no le colgase? Primero iba a responderle que me dejase en paz, que no quería saber nada de él, de nadie. Iba a decirlo con fuerza, a gritos, con una mínima parte de la violencia que mi padre había empleado tantas veces, para después colgarle y dejarle con la palabra en la boca. Pero luego ese enfado empezó a transformarse en algo que aun no defino. Odio, resentimiento, desprecio, venganza… y le dejé hablar, dejé que intentase convencerme con la seguridad de saber que no conseguiría ni un poco de compasión por mi parte. Mi idea era darle cuerda para que se ahorcase él solo. Pero duró apenas unos segundos, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, colgué. Me sentí cruel, inhumana por castigar a un pobre enfermo de mas de 80 años de edad. La llamada ocurrió uno o dos años antes de su muerte.

También fue por teléfono como me avisaron (por una amiga del barrio de mis padres) que mi padre había fallecido. Lo supe el mismo día en que ocurrió aunque nadie de mi familia biológica se ha puesto jamás en contacto expresamente para darme la noticia. No se lo reprocho, como ya hacía tiempo que les colgaba el teléfono o interrumpía sus intentos de comunicación conmigo, tenía cierta lógica que no me llamasen y me sorprendió cuando hace a penas unas semanas recibí una última llamada de alguien de la familia.

Sonó el teléfono. Mi marido descolgó el auricular, y cometió el error de no mirar previamente el número del remitente. Si lo hubiera hecho, no me habría pasado la llamada. Le pregunté con la mirada, me dijo que era una mujer preguntando por mí, di por hecho que se trataba del trabajo y me dispuse a escuchar. Al principio no reconocí la voz de mi hermana, pero su tono enseguida me sacó de la duda de su identidad. Hasta esa tarde yo “oficialmente” no sabía que mi padre había muerto y por eso la dejé hablar, porque creí que tal vez mi madre hubiera fallecido. No me avisaron por mi padre, la razón por la que llamasen sin duda debía ser mas grave. Y una madre, en una familia como la mía, si me parecía una poderosa razón.

Nada mas lejos:

-Soy yo, tu hermana.

-Que quieres. ¿Ha pasado algo?

-Tenemos que hablar, tenemos que quedar, tomar un café y hablar.

-¿Hablar? ¿Hablar de qué? Yo no tengo nada que hablar.

–Tenemos que solucionar esto- Su tono en ningún momento fue cordial, pero mi respuesta la había puesto mas seria si cabía.

-Lo siento, yo no tengo nada que solucionar. Yo estoy bien, no necesito hablar con nadie, no tengo nada que arreglar. Lleváis un montón de tiempo sin llamar, ya sabéis que no quiero saber nada, no me interesa cómo estáis, ni como está mi padre- Sabía que estaba muerto, pero no quise darme por enterada.

-Papá murió hace mas de dos años. ¿no lo sabías?

-¿Ah, murió? Y si no me llamaste aquel día para decirme eso, ¿Por qué me llamas ahora?

-Para quedar un día y hablar.

-Te lo he dicho, yo no tengo nada que hablar.

-Tenemos que hablar. Tenemos que solucionar esto, ¡Soy tu hermana!- Su tono era de exigencia total.

-Por mí como si eres el Papa. Yo no tengo nada que hablar, desde que no hablo con vosotros me siento mucho mejor. ¿Qué quieres? ¿hablar de mi mierda de infancia?

-Oye pues que sepas que “tu mierda de infancia” no fue para tanto, papá te ayudó mucho.

Fue el colmo, escuchar a alguien defender a mi padre y además hacerlo con una referencia directa a mí me pareció demasiado y no me callé. -¿Qué me ayudó? ¿la persona que me violó me ayudó mucho?

No tardo ni un segundo en contestar, pero su voz temblaba por la tensión. –Papá no fue el que te violó, lo hizo…- Clic.

Corté la llamada, colgué el teléfono y lancé el auricular lejos de mí, como si me hubiera quemado. De repente temblaba todo mi cuerpo. Escuchar esas siete palabras fue como abrir una puerta que llevaba cerrada una eternidad. …“Papá no fue el que te violó”… Lo primero que sentí fue ira. No estaba dispuesta a que nadie pusiera en duda mis propios recuerdos. Bastante tengo con dudar yo misma cada vez que tengo un recuerdo nuevo como para que encima alguien lo cuestione. Y mucho menos ese día, que estaba muy segura de mi propio pasado, de los trece años de vejaciones. Después la ira se fue diluyendo, y me asaltaron las dudas, como siempre, a cerca de lo que quiso decir mi hermana, sobre la exculpación a mi padre, sobre mis recuerdos, sobre todo.

Pero esta vez no he dejado avanzar a mi monstruo. Esa última llamada, acontecida hace a penas unas semanas, me ha hecho pensar mucho, le he dado muchas vueltas, y me ha provocado algo que no esperaba y que creo que está resultando ser una parte muy importante de mi rehabilitación. Porque un día, no hace mucho me levanté pensando de nuevo en mi conversación con mi hermana e imaginé, como hago a veces, qué hubiera ocurrido si hubiera tenido el valor de continuar la llamada. Los primeros días me enfadé conmigo misma por no haber dejado que terminase su argumento: ¿Qué iba a decirme? ¿A quién iba a acusar? Al vecino, a mi hermano mayor? Estoy casi segura que me iba a hablar de mi hermano, en esas mismas fechas recordé sus abusos y tengo la sospecha que ella también los sufrió. Pero también mi padre cometió incesto con ella, mi hermano mayor me contó que una vecina la encontró, con ocho años, desnuda llorando en el portal de nuestra casa. No tendría lógica que acusase a un agresor y defendiera al otro. O tal vez no lo recuerde, tal vez su mente está tan confundida que no reconoce a sus agresores y al igual que yo estuve 45 años pensando que sólo había existido un único abusador -mi padre- ella tal vez piense que mi hermano mayor es el autor de las agresiones familiares. Ya no descarto ninguna teoría.

Pero el otro día, esos pensamientos dieron un paso mas. Porque me imaginé a mi misma, cerrando el capitulo de llamadas y visitas inesperadas por parte de mi familia biológica. Haciendo uso de mi imaginación recree una situación en la que me presentaba yo en la casa de mis padres con la firme intención de zanjar el asunto definitivamente y dejar clara mi postura para el futuro. Es algo que deseo hacer con tanta fuerza que a veces lo imagino. No quiero escuchar, no me interesan sus argumentos, ya no me importa conocer su versión. Escucharles siempre me ha supuesto dudar de mis percepciones y me he cansado de hacer preguntas fuera teniendo las respuestas dentro de mi corazón. Se acabó y así me he imaginado mi propia respuesta:

“No quiero volver a saber de vosotros. Haceros a la idea de que me he muerto. No quiero ni una sola llamada mas, ya no sois mi familia. Tal vez os parezca injusta, tal vez creáis que al final me han lavado el cerebro. Pero no es así. Tengo 45 años, estoy consciente y orientada. Soy una persona con todas sus facultades mentales intactas, madura, centrada, que ha tomado una decisión: no quiero tener cerca de mí gente que me hace sentir mal. Es así de simple. Vosotros me hacéis sentir mal. El simple hecho de pensar en vosotros me produce angustia y he decidido que se acabó. He venido a enterraros. Celebraré una ceremonia de luto por vuestra memoria. Asistiré a una misa funeral –cosa que no hago desde hace 20 años- y lloraré vuestra pérdida como mi familia. Pero no dejaré que volváis a entorpecer mi camino.

Decidle a mi hermano, cuando le contéis mi visita –porque sé que se lo contaréis ofendidas de que yo haya osado ir a vuestra casa a insultaros- que ni se le pase por la cabeza acercarse a mi casa a reclamarme nada. Porque si lo hace, le denunciaré por acoso y por abusar de mí cuando era niña. 


No voy a denunciarle, según la justicia española el delito prescribió cuando yo cumplí 33 años. Y aunque aún pudiese denunciar, es un juicio que no hubiera tenido ninguna posibilidad de ganar porque no tengo ni una sola prueba de ello. Ni siquiera tengo un recuerdo concreto al que agarrarme. En realidad sería una manera de decirles que ahora ya recuerdo muchas cosas de mi infancia que no recordaba cuando estaba en su casa, y que por lo tanto, no me pueden manipular jugando con el hecho de que no recuerdo o no sé lo que ocurría a mi alrededor.

Pero durante el momento en que imaginé la escena en casa de mi madre, ocurrió algo asombroso: de repente, al pensar en la misa funeral sentí como si una alucinación me golpeara la mente. Fue impresionante. Me imaginé en una iglesia pequeñita, blanca, con cuatro féretros en el altar y gente sentada en los bancos, todos de riguroso luto. Las mujeres con mantillas o pañuelos negros en la cabeza, los hombres con el traje y la corbata negros. Un silencio sepulcral. Y sentí mucha tristeza. Sentí todo el peso del momento como si fuera real. Como si verdaderamente estuviera ante los ataúdes de mis padres y mis hermanos mayores y lloré. Lloré un poquito nada mas, apenas se me humedecieron los ojos y derramé alguna lágrima, pero lo sentí de veras. Sentí su pérdida. Curiosamente no imaginé flores. Tan solo la solemnidad del momento. Ha sido como si verdaderamente los haya enterrado, como si por fin haya puesto fin a una parte de mi pasado. como si mi niña interior hubiera dado por terminada la relación con toda mi familia biológica.

Ahora creo que ya puedo enfrentarme a ellos. Ahora creo que ya puedo decir a cualquiera que les conozca la razón por la que no me hablo con ellos. Ahora espero su llamada, e incluso he dado orden en mi casa para que me pasen el teléfono si lo hacen. Ahora puedo volver a caminar por el barrio donde viven (cosa que evité todos estos años) sin temor a encontrármelos. Porque sé que la próxima vez que me llamen o los vea, la próxima vez que intenten acercarse a mí voy a poder mirarles a la cara y decirles, si hace falta, toda la conversación que mentalmente me he preparado.

No sé si es pasajera la sensación, pero hoy, no tengo miedo a su llamada telefónica.



“Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan”

Oscar Wilde (1854 - 1900) Escritor poeta y dramaturgo irlandés. 

4 comentarios:

  1. Muy fuerte amiga, entiendo perfectamente esa llamada, lo que causa...quedé temblando todo el día cuando la mujer que me engendró volvió a repetir lo que durante 26 años escuché.

    No me importa lo que digan los vecinos, en todo caso tendré que aclararle a cada uno? no, porque vuelvo atrás, en general a la gente no le importa.

    Quizás tu hermana no recuerde los abusos de su padre, eso es algo que sucede con frecuencia, igual ella si no se trata poco te será de ayuda. Solo te lastimará.

    Te dejo abrazos enormes, rodéate de gente que te haga sentir bien.

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  2. Me pongo de pie ante ti y quiero aplaudirte y aplaudirte, por toda tu sabiduría, por este paso gigantesco que acabas de dar, por tu belleza interior. Némesis, eres una gran mujer, eres una hermosa niña, LIBRE!.

    Tu faro te acompaña, pero tu ya estás llegando al final de tu camino, de tu libertad

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  3. Me impactó mucho leer esta surrealista combinación de habla a distancia, mentiras en presencia, y castigo por cada intento de abrazar la realidad. Y es curioso, recordé algo que amenudo he pensado: cuando alguien se te hace enemigo por alguna terquedad injusta, te presenta una vuelta de hoja y sin quererlo en absoluto va y te ayuda; cuánto más te niegan lo que más íntimamente sabes que es cierto, más avivan tu fuego por salir de la mentira. Flaco favor nos hacemos si dudamos de la fuerza de nuestro espíritu - quien se te opone te ayuda, inesperadamente, a levantarte. Y no hace falta dar las gracias, ya que quien hizo el esfuerzo fuistes tu.

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  4. No fuiste cruel e inhumana y no debiste sentir culpable por colgar. Se lo merecía y fue un sin vergüenza llamándote después de todo lo que te hizo.
    Tuviste mucho valor de colgar y por fin, después de imaginar que estaban muertos, te has desprendido de ellos. Enhorabuena. Has dado un enorme paso :)

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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