LA PUERTA DEL INFIERNO



Muchas culturas dan una enorme importancia a la virginidad de la mujer. La virginidad física, el hecho de conservar el himen y no haber experimentado ni siquiera una mínima penetración de la entrada de la vagina.

En ese sentido, obviamente, yo perdí mi virginidad antes de cumplir los dos años de edad porque mi padre metía el dedo donde no debía. Lo hizo mucho a lo largo de mi infancia.

Pero psicológicamente hablando siempre he tenido la percepción de perderla con doce o trece años. Dejé de ser una niña en esa etapa, a pesar de que no tuve mi primera menstruación hasta casi los quince. Después de aquel otoño-invierno, en el que cumplí los trece, nada volvió a ser igual. Yo llamo a ese año “El Año del Infierno”.



Lo cierto es que se juntaron muchos factores. Hasta el verano previo yo tenía ya marcadas, de alguna manera, las costumbres: en época escolar estaba con mi Madrina, con la relativa tranquilidad que daba vivir bajo su abrigo, a pesar del acoso escolar al que ya era sometida.

Las vacaciones estivales las pasaba en la casa que mis Padrinos tenían en la playa. Solo volvía a la casa de mis padres quince días al inicio del verano, la Semana Santa y la primera semana de Navidad, la semana de Nochebuena. Eso era la norma general, pero recuerdo que algún verano, iba a la vivienda de mis padres después de haber pasado por la casa de la playa, al final del estío, y por mi expediente escolar sé, que en al menos tres ocasiones empecé un curso escolar en la localidad paterna para después terminar en otro colegio donde vivían mis padrinos, así que a veces la estancia con mi familia biológica se prolongaba mas tiempo. Cuando me trasladaba hacia allí me pasaba el viaje mentalizándome: mi madre me preparará tostadas para desayunar, no tendré una habitación para mí sola, a ver si esta vez mi hermana no me rompe la cinta de música que me han regalado, ¿cuánto tardará él en entrar en mi habitación...?

Pero ese año todo fue distinto. Mi Madrina estaba esperando su primer hijo y mi familia biológica aprovechó la circunstancia para que me quedase aquel invierno con ellos. Un invierno que intentaron que se prolongase por el resto de mi vida. Afortunadamente no fue así, pero durante ese año, parte de mi desesperación fue creer que ya no había escapatoria. Atrapada, como una polilla en la lámpara de aceite.

Primero me dijeron que me quedaría todo el verano, hasta que naciese el niño. Después que la instancia se prolongaría durante el invierno. La gran noticia, comunicarme que no volvería a ver a mi Madrina, me la dio mi hermana una noche de insomnio, a lo largo de aquél periodo invernal.

No tengo ni idea de las circunstancias personales y económicas de mi padre, pero sin duda eran mejor que nunca –dentro de la pobreza- porque ese invierno no sólo me quedé yo. Mi hermano, el de mi edad, que había estado doce años interno en un colegio del estado y con el que solo coincidía en vacaciones, también se quedó en casa ese año. Mi otro hermano, el mayor, seguía en el ejercito y mi hermana… bueno, ella jamás ha salido del tártaro, siempre ha estado en casa con mis padres.

Tampoco conozco las circunstancias “legales”, pero creo recordar que el Tribunal Tutelar de Menores, al saber que yo me quedaría, “obligó” de alguna manera a mis padres a que se me inscribiera en un colegio designado bajo la tutela del Tribunal. Al menos es lo que me dijo mi madre. Por lo tanto cursé ese año en un colegio-internado de monjas que sin embargo estaba muy cerca de la localidad de mis padres.

En principio yo pasaría allí la semana y volvería con mi familia a dormir sólo algunos fines de semana. Pero esa norma apenas se cumplió. Todos los viernes regresaba a casa, e incluso la monja encargada de mi “sala” de interna, recibía a menudo la orden de enviarme a mi casa a dormir entre semana.

Los historiadores siempre hablan de la dificultad de narrar y explicar los hechos históricos, en ocasiones por falta de documentación y pruebas, como en la historia antigua, o por exceso de ellas, como en la historia moderna. A mí me ocurre algo similar.

De mi etapa infantil, cuando era más pequeña mis recuerdos son vagos, inconcretos, la mayoría flases, como fotografías en blanco y negro. Guardo el recuerdo de muchas sensaciones, de muchos sonidos, pero muy pocas imágenes en movimiento. De ese año sin embargo recuerdo mucho, muchísimo. Tal vez demasiado. Pero es tal el bombardeo de información que me es casi imposible establecer un orden cronológico de todo lo ocurrido. Las imágenes se suceden a veces a tal velocidad que me es imposible saber a que momento pertenece cada una. Como esos videos de secuencias de distintas películas con la misma temática. Es difícil decir a cuál pertenece cada una.

Sé que algunas cosas ocurrieron antes que otras porque unos recuerdos me retrotraen a otros acontecidos días o semanas antes, pero aun así no siempre estoy segura de ello. Mi mente es una nube de tormenta que de vez en cuando descarga una escena y me deja empapada y rota.

Ya antes de ese año los abusos eran constantes. El daño, posiblemente ya estaba hecho. Mi padre me excitaba, me acariciaba, me metía mano y me obligaba a que le tocase y admirase su piel tersa y suave. Recuerdo alguna ocasión en la que dirigía mi mano hacia su paquete y la oprimía contra él.

Algunas veces entraba en mi habitación cuando yo estaba durmiendo, me colocaba boca arriba, y se ponía sobre mí. (Recuerdo haberme quejado tímidamente porque su peso era enorme, mi padre siempre rondaba los 120 Kg.) Se masturbaba frotando su pene contra mi monte de Venus o me bajaba las braguitas y me estimulaba el clítoris con su boca o con su miembro, intentando “entrar”. Pero eso no era lo habitual. Lo habitual era excitarme -y supongo que excitarse- tocándome con sus dedos gordos y sucios, e introduciéndomelos hasta dentro, mientras me respiraba en el oído, invadiéndome.

Y cuando no había abusos, había miedo. Tengo una imagen de mi padre agarrando a mi madre por el cuello, ella con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo, las piernas cada vez más flojas, el rostro amoratado, y mirándole con los ojos fijos, sin vida. Y yo observando callada, no recuerdo sentir nada, no recuerdo hacer nada, solo mirar. A mí creo que también me lo hizo, pero casi no me acuerdo, debía ser muy pequeña, porque apenas tengo un detalle muy difuso del cinturón alrededor de mi cuello y sentir que me asfixiaba…

Si, creo que antes de que mi Madrina se quedase embarazada, el daño ya estaba hecho. Pero ese año hubo más, mucho más. Yo lo llamo El Año del Infierno, porque para mí fue eso, el infierno. Aunque no lo he denominado así hasta ahora.

Increíblemente, a pesar de que las relaciones y las maneras de vivir con mis padrinos y con mis padres eran diametralmente opuestas, no tenía el conocimiento objetivo de estar en una ambiente fuera de común. No era consciente de que aquella situación no era ni mucho menos normal. Con trece años aun no sabes que eso es más malo que lo que la mayoría de la gente conoce. Pero sí tenía la percepción, la sensación de que estaba en una situación límite. A cada acontecimiento nuevo, por cada nueva experiencia yo me sentía cada vez más avocada al abismo.

Y para mayor espanto, a lo largo de ese interminable invierno fue cuando supe que no saldría jamás de allí, que mis días con mis Padrinos habían terminado. No estoy muy segura, pero creo que fue después de que yo volviera a pedirle a mi madre ayuda. Debí hacerlo con tanta insistencia que recuerdo haber ido con ella a la comisaría y decir a un hombre uniformado que mi padre me “tocaba”, o tal vez sólo le dije que me pegaba, no lo sé. Cuando volvió mi padre esa noche, le vi amenazar a mi madre con el cuchillo de la cocina: “Si no retiras la denuncia, le meteré el cuchillo a tus hijas por el coño”. Recuerdo que en ese momento me oriné encima. Recuerdo que estuve pasando algunas noches en duermevela, esperando que él entrase en la habitación con el arma y que tuve pesadillas en las que ocurría. Creo que fue en una de esas noches cuando mi hermana me dijo que me olvidase de mis Padrinos, que había oído una conversación entre mis padres en la que habían decidido que no volvería con mi Hada Madrina. Recuerdo que me lo dijo con odio, con rencor, ante un comentario mío sobre mi deseo de conocer al hijo de mi Madrina. No la creí, y al día siguiente le pregunté a mi madre, que me lo confirmó. “Mira cielo, lo hemos hablado papá y yo. No vas a volver. Ella ya tiene a su hijo, y a sus sobrinos… no te van a querer tanto como nosotros. Estás mejor aquí, con papá, mamá y tus hermanos… tus hermanos te quieren mucho, y te echan de menos cuando te vas con ella. Ahora ya estamos todos juntos como una familia.” Recuerdo pasar días llorando cada vez que pensaba en mi Madrina. Cada vez que veía la foto de ella que nos habían hecho a la entrada del Zoo, un día que lo visitamos, se me partía el corazón. Mi madre optó por quemar aquella foto junto a otros recuerdos “para que yo no llorase más”.

Siempre he creído que tomaron esa decisión por la denuncia. En realidad no lo sé, incluso últimamente empiezo a dudar si realmente esa fue la cronología de los hechos, porque descubrí, al releer las cartas de mi Madrina a mi madre, que cuando yo tenía diez años le conté que había ocurrido algo, una discusión, un problema… algo que la preocupaba mucho sin dar detalles de lo que yo le dije.

Pero no puedo recordar a qué podía referirse, y siempre asocié la denuncia y la amenaza con el “castigo”. Siempre fue una de las pequeñas culpas con las que he cargado y a veces aún cargo: si yo no hubiera hablado… Porque creí firmemente lo que me dijo mi madre. Pensé que mi Madrina ya no me necesitaba al tener a su propio hijo, que se había enterado de todo y ella misma me había rechazado, que ya no quería saber nada de mí. Que estaba sola. Completamente sola.

Recuerdo pensar en cada ocasión que no podría soportar una vejación más. Cada vez que volvía a violarme, cada vez que me volvía a pedir que le hiciera una felación o cualquier otra cosa, me quería morir, y rogaba a Dios todas las noches por ello. Fue la primera vez que intenté suicidarme, interponiéndome en la trayectoria de un camión de gran tonelaje.

Y lloraba, lloraba mucho. No durante los abusos, ahí jamás me he quejado, lloraba después, por las noches, a solas en mi cama o en el baño, cuando me aseaba. A veces en el colegio me escapaba del dormitorio y me escondía acurrucada en un rincón de la escalera, en el escobero, ahí pasaba horas enteras llorando, alguna vez hasta me quedé dormida entre los mochos de fregona. Ni siquiera allí, en el internado estaba segura, porque tenía pesadillas, era sonámbula, hablaba en sueños, y mis compañeras de habitación intentaron por todos los medios saber en qué consistían esos sueños. El temor a que lo descubrieran me supuso un gran estrés y empecé a tener desmayos casi diarios. Ya no existía un sitio seguro, un momento de calma, ya no había refugio posible.

Estoy casi segura que fue el año que me penetró por primera vez, recuerdo el momento, el insoportable shock que me produjo, la enorme confusión, aunque no recuerdo la fecha ni siquiera aproximada. Pero desde luego fue el año en que se atrevió a juegos sexuales serios, adultos. Me enseñó cosas que sólo he vuelto a ver en películas porno que uno de mis “chicos malos” tenía por costumbre ver de madrugada.

Y no puedo estar completamente segura, pero una parte de mi mente, Mi monstruo, me dice que el origen de esos juegos, el motivo por el que mi padre se atrevió a dar el salto de simples tocamientos a vejaciones y violaciones completas es responsabilidad mía.

Desde muy pequeña, sentir que él se levantaba, escucharle desde mi cama, me detenía, me ponía en guardia. Dormíamos con la puerta entornada y cuando él asomaba por ella mi corazón se encogía, casi se detenía. Pero a veces mi padre cerraba la puerta y me dejaba sola. A veces creía que mi padre era compasivo conmigo. Ese año descubrí que mi padre no tenía nada de compasivo.

Me estaba orinando. Mi vejiga urinaria estaba hinchada como un globo. Yo necesitaba ir al baño y mi padre había cerrado la puerta. Para mí ese gesto implicaba que no me podía mover de la cama hasta que la puerta se volviera a abrir. Como echar la llave a la cerradura de la celda. Pero yo necesitaba orinar, así que me levanté despacito, rezando para que no me viera mi padre y me castigase, o peor aún, que no cambiara de opinión y me acompañase a la cama.

La casa es muy pequeña. Cuando entras desde la calle vas a dar directamente al salón-comedor. A la izquierda están la cocina y el baño, a la derecha las dos habitaciones, la de mi hermana y mía, y la de mis padres, donde estaba la tele. Mi hermano dormía en el sofá-cama del salón.

Sólo tenía que cruzar sin ruido hasta el baño. Si mi hermano me veía no me delataría, de eso estaba segura. Pero jamás, ni por un momento hubiera imaginado lo que vi al abrir la puerta. Siempre he sentido que ese día mi infancia saltó por los aires.

Vi la escena a contraluz, los dos de perfil. Uno frente al otro. Con sus siluetas recortadas contra la claridad de la ventana. Tardé unos segundos en adaptar la vista y cuando mis ojos se acostumbraron no puedo argumentar que creí haber visto lo que no era, o que no estaba segura. No puedo, a día de hoy, negar la evidencia: ver a mi hermano arrodillado, “comiendo” (es lo primero que pensé en ese momento) el pene de mi padre que recostado en el sofá, le sujetaba suavemente la cabeza y le miraba con la boca entreabierta.

Se me paró el corazón. No es una simple expresión. Recuerdo que note un golpe en el pecho y después lo sentí volver a latir tan fuerte que creí que se me iba a salir.

En ese momento mi padre suspiró y sonrió, al hacerlo levantó la mirada y me vio. Apartó a mi hermano con rapidez y se subió el calzoncillo gritando: “¡¡¡cagundios!!!! ¡¡¡¿¿¿no estaba cerrada la puerta???!!! Y se dirigió hacia mí. Retrocedí aterrada hacia mi cama y me preparé para el primer puñetazo. Creo que empecé a llorar, sentí pánico.

Me dio una bofetada con la mano abierta y me agarro del brazo, me levantó, casi me sostenía en el aire. Dentro del archivo sonoro de mi mente tengo sus palabras grabadas a fuego: “¿Lo has visto bien? Pues espero que hayas aprendido algo, porque si él puede hacerlo, tu también lo harás”. Empezó gritando y a medida que lo decía, fue pausando el tono, ralentizando sus palabras. Al final casi era un susurro al oído, apretando la mano con la que me sujetaba con mucha fuerza. Me soltó arrojándome contra mi cama, recuerdo golpearme con el cabecero, después volvió a salir cerrando de nuevo la puerta. En ese momento creo que estaba en shock. Quedé totalmente paralizada, no supe que hacer.

He tardado muchos años en asimilar lo que vi esa mañana. Pero de alguna manera mi subconsciente si lo hizo, porque en alguna ocasión posterior, en la que se cerraba esa puerta yo daba gracias por no haber sido la elegida, porque entendía que era para estar con mi hermano. Saberlo me parte el corazón. Ser consciente de desear que lo eligiera a él, me pone una piedra en el estómago. Aún hoy no puedo creer que la situación en la casa de mis padres llegase hasta el extremo de comportarme como una alimaña, capaz de anteponer a mi propio hermano para evitar que me hiciera daño y reconozco que eso aún me hace sentir culpable.

Ese es uno de los motivos por los que no debí abrir jamás esa puerta, una de las razones por las que hubiera preferido orinarme encima. El otro motivo supongo que es mas subjetivo, que está mas supeditado a cómo vivo mis propios recuerdos, a cómo he encasillado y guardado esos recuerdos de mi “Año en el Infierno”.

Porque la verdad es que no puedo evitar pensar que sorprender a mi padre en esa actitud es lo que le llevó a intentar juegos nuevos, a atreverse a más, a llevar sus fantasías a la práctica conmigo. Porque la imagen de la felación, y sus palabras, me lleva inexorablemente a la primera vez que se la hice yo.

Fue pocos días después. El recuerdo es espantoso, con mi padre sentado en el mismo sofá, preguntándome si me acordaba del otro día, cuando le sorprendí con mi hermano. Aun oigo su voz, grave, potente, explicándome por qué mi hermano se lo hacía: “Esto es como cuando yo te lo hago a ti, a mí también me gusta”. En ese momento no supe entender lo que le había hecho mi hermano, pero sí que era algo relacionado con lo que mi padre me hacía a mí. Y me pareció repulsivo. No sabría explicar lo que sentía porque ni siquiera yo lo entendía. Ni siquiera ahora soy capaz de describir el miedo, el asco, y la extraña sensación que me recorría el cuerpo cuando mi padre metía la cabeza entre mis piernas. Incluso cuando alguna vez consiguió que yo tuviera un orgasmo, siendo una niña, no entendía que mi hermano pudiera hacerle eso a mi padre, no entendía por qué me mandaba que se lo hiciera, no entendía que le gustara eso.

Y no pude hacer nada por evitarlo. Recuerdo el calor de su cuerpo en mi cara, recuerdo la sensación de ahogo, la boca inundada, el miedo a tragar, el pánico a no tragar, las nauseas, los vómitos después en el baño… aquella primera vez creí que enfermaría de veras por tantas sacudidas de arcadas.

En el sexo, he hecho muchas cosas más o menos forzada, pero a día de hoy ese es uno de los gestos que más aversión me produce. Y no soporto que me metan cosas en la boca, visitar al dentista es una tortura para mí.

Ahora, racionalmente sé que esas y otras situaciones posteriores probablemente no tenía forma de haberlas evitado, pero una parte de mí aún me culpa de lo ocurrido a partir de entonces. Porque si yo no me hubiese levantado aquel día por la mañana, si aquella puerta se hubiera mantenido cerrada, si mi padre no me hubiera visto, tal vez yo seguiría con la ignorancia de saber que a mi hermano le hacía lo mismo que a mí y mi padre jamás se hubiera atrevido a dar un paso más. Y yo no me sentiría una miserable, que se complacía de la desgracia de su hermano, y aprendía posturas que no debería haber conocido hasta mucho tiempo después.

Porque a partir de ahí todo fueron lecciones. Cualquier excusa era buena, como cuando me compraron el primer sujetador, momento que aprovechó para violarme por primera vez. “la próxima vez relájate, no estés tiesa, así te dolerá menos.” Todo lo que me decía era por mi bien, para que yo aprendiera a ser una hembra. Me decía cómo debía tocarle, cómo colocarme, dónde acariciarle … pero no me lo pedía para admirar su piel, como cuando era más pequeña. Me enseñaba, me explicaba que a los hombres les gustaba eso en una mujer. Y me violaba, me violaba en numerosas ocasiones, a veces utilizando diversos objetos, o me enseñaba otras prácticas sexuales. En una ocasión, ante mi reacción al mostrarme explícitamente qué era el sexo anal, me dijo que no fuera mojigata, que no esperase nada distinto cuando estuviera con otro. A veces creo que estaba educando a una puta.

Y más me valía aprender rápido, porque si no lo hacía bien, si no me colocaba adecuadamente, se ponía más nervioso y a mi me daba miedo verle así. Hasta aquel año, en los abusos nunca hubo violencia explícita, nunca me amenazó o me agredió para que yo accediera, solo me intimidaba con su presencia. Y cuando le veía acercarse yo me sentía atrapada, encerrada.

Pero eso también cambió ese año, porque en más de una ocasión terminó profanando mi cuerpo tras una fuerte discusión con mis hermanos o con mi madre. La violencia creo que lo excitaba. Y cuando me di cuenta que estar conmigo le “calmaba” de alguna manera, llegue a ofrecerme a él. Y nadie puede imaginar el peso que siento en mi corazón al recordar ese momento.

El motivo de la disputa fue que a mi hermana se le había olvidado cambiar en el kiosco unas novelas de Estefanía. Le pegó tan fuerte que creí que iba a matarla, me escondí bajo la cama y empecé a llorar. Y no sé porqué razón él empezó a buscarme y a llamarme a gritos. Mi padre me oyó sollozar cuando entró en la habitación y me sacó de mi escondite a rastras. Hice lo único que se me ocurrió al verle tan fuera de sí: me bajé las braguitas. Tengo la imagen de él en pie, con el cuero en la mano, su mirada penetrante sobre mí mientras yo me acurrucaba encima de la cama intentando quitarme también el camisón.

Ni siquiera sé porque lo hice, aunque los años y las lecturas sobre abusos y violencia domestica me han aportado alguna teoría: Supervivencia. Si había algo que mi padre no soportaba era vernos lloriquear. “Te daré motivos para que llores” era su frase favorita. Recuerdo que muchas veces yo pensaba que me iba a matar porque cuando estaba violento yo no podía dejar de llorar, era algo que no controlaba en absoluto. Y de aquel día lo que más recuerdo es la obsesión que yo tenía por quitarme la ropa, el pánico que sentía, el llanto incontrolado. Y a pesar de que en numerosas ocasiones prefería que me matara de una paliza a que siguiera abusando de mí, algunas veces creo que el instinto de supervivencia me llevó a hacer cosas espantosas.

Me sacudió gritándome que me callara, llegó a rodearme el cuello con el cinto, acercando su rostro al mío, suplicándome entre dientes que dejase de llorar, como si estuviera desesperado por que yo guardase silencio. Después me sujetó las manos al cabecero de su cama haciendo un lazo con el cinturón. Me dejó ahí un rato, castigada, hasta que mi madre se fue a trabajar y mas calmado me explicó que sólo quería enseñarme, que no tenía que esconderme porque lo que le decía a mi hermana también era para mí, que no volviera a ocultarme. Cuando creí que iba a soltarme, empezó a acariciarme y a susurrarme, y terminó por romperme con su sexo, pero sin desatarme. Supongo que moriré con la duda de saber si el gesto de desnudarme ya le había excitado lo suficiente antes de inmovilizarme. Porque mientras me forzaba me murmuró que al verme atada se le “había puesto dura”, que si quería, lo repetiríamos más veces. Nunca quise, pero se repitió más veces.

Jamás olvidaré el día que, atada de nuevo a la cama, utilizó el mango del cuchillo de la cocina, que había quedado en la banqueta donde comía. Me lo metió cuatro o cinco veces, apenas unos segundos, creo que ni siquiera lo introdujo entero, Pero a mi mente acudió inmediatamente el momento en que le dijo a mi madre que nos metería el arma por la vagina. Mi padre debió verme tan tensa que empezó a hablarme, diciéndome para tranquilizarme que sería un momento, que ya notaba que se estaba poniendo “burro”, a continuación me penetró. La verdad es que cuando me inmovilizaba, me violaba siempre desde atrás y yo no veía su pene al introducirlo, y en numerosas ocasiones, creía que lo hacía con la hoja del cuchillo, que lo tendría escondido bajo el colchón. En esa época empezó a ser cada vez mas habitual ese tipo de agresiones para empezar la sesión y después… después venía el abismo.

Y todo en ese año, todo en El Año del Infierno. Al menos eso creo. Ya he dicho que aun no puedo aclarar bien los tiempos, las fechas. No sé si es así, pero mi mente así lo ha estructurado.

Sin embargo, a pesar de todo lo que recuerdo de ese año, aun existe zonas oscuras que mi mente aún no ha iluminado. Sobretodo el final de los abusos. Aún no tengo claro como acontecieron los hechos. Si me es difícil dar fechas aproximadas de algunas vejaciones de mi padre, a lo largo de aquel año, me es totalmente imposible datar cuándo terminó todo. Sólo sé que fue interrumpido de manera abrupta.

Recuerdo escaparme de casa, en pleno ataque de pánico, porque a mi hermano le estaban abriendo la piel a latigazos. Recuerdo que en la tienda donde me refugié, una tienda de barrio que regentaba la madre de una amiga, me preguntaron qué me ocurría, y me dejaron utilizar el teléfono. Creo que nunca supieron que estaba realizando una conferencia a mis Padrinos, sin duda pensaban que llamaba a la casa donde trabajaba mi madre. Creo que mi Madrina me ordenó que subiera a un taxi y me dirigiera a una dirección del centro de la ciudad, donde vivía un amigo de ella, pero en realidad no lo recuerdo. Tengo la imagen de su amigo esperando en el portal para pagar el taxi, diciéndome que no me preocupase, que mi Madrina venía en camino, que en pocas horas llegaría desde la localidad donde vivía. La verdad es que no puedo estar segura de si esos fueron los hechos, porque todo son imágenes que mi mente ha enlazado rellenando los huecos, y realmente no sé si ocurrió así.

De lo que pasó antes, de las razones por las que mi hermano acabó golpeado tengo imágenes muy borrosas, inconexas, sueltas, pero que tengo miedo de enlazar. Porque me sugieren que mi padre optó por llevar el incesto más allá de toda coherencia, de todo juicio, de todo raciocinio; si fuera posible considerar en los abusos infantiles algún tipo de lógica. Y ni siquiera sé si esas imágenes pertenecen sólo a ese día, o existe todo un álbum de recuerdos con mi hermano que mi monstruo aún espera para mostrarme cuando menos lo espere.

Sólo tengo un recuerdo nítido que creo que pertenece al día que me escapé, pero no voy a hablar de ese recuerdo. No puedo. Me es totalmente imposible. Es uno de esos espantosos recuerdos del que conozco lo principal, el núcleo, el corazón del recuerdo, pero es un corazón tan oscuro, tan podrido, tan siniestro para mí, que aún bloqueo voluntariamente el resto de sus imágenes, de sus detalles, de sus sonidos… No puedo explicar más, no quiero recordar más. Porque tengo miedo que si pienso en él, si intento recordar toda la secuencia, no lo soportaré, me superará y no sé lo que ocurriría después. Porque tengo miedo que ese recuerdo sea la llave que abra la puerta a algo desconocido que no quiero ni siquiera plantearme. Y tengo miedo que eso rompa definitivamente el delgado hilo de cordura que me sostiene.

La verdad es que soy incapaz de describir la devastación que los abusos han dejado en mí. A veces me parece imposible creer que he podido sobrevivir a semejante crueldad de la mente. Porque para mí, el daño no es físico. A pesar de las palizas, de los latigazos, a pesar del dolor corporal que me provocaban las violaciones, los objetos con los que me penetró, a pesar de toda esa agonía, el sufrimiento no es físico es mental. Es dolor en el alma, en el espíritu, es como si una espada invisible atravesara tu “yo” inmaterial. Como si extrajeran de tu cuerpo la vida sin quitártela, como si la llevaras por fuera, arrastrada por el asfalto. Como caminar sin la piel, dejando los jirones de carne al alcance de los buitres. Y cuando las alimañas se han ido, tu corazón queda seco, desértico, y respiras el aire caliente de la muerte, y sólo esperas a que ésta llegue.

El Año del Infierno resume para mí todo eso. Fueron trece años de abusos, con traca final incluida. Una película de terror que a veces resumo en ese último año. Año que mi mente, para darle una forma corpórea, me dice que empezó una mañana en la que abrí la puerta del infierno y de él salieron bestias espeluznantes que devoraron mi niñez a enormes dentelladas.



“Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan en vida sin permitirnos jamás gozar de ella.”

Antonie L. Apollinarie Fée (1789-1874) Farmacéutico y naturalista francés.

7 comentarios:

  1. Duro de contar cielo, es cierto que las llagas quedan en el alma. Se puede ser más perverso, creo que no!
    Todos han sido víctimas, cuando dicen ¿por qué una mujer no se separa?, es sabido el terror, los 'tipos' las buscan hasta hacerlas desaparecer, igual con los hijos.

    Hoy, lxs niñxs deben contar varias veces lo sucedido, durante el juicio...revolver sobre lo pasado, quedando en muchas oportunidades como si el tratamiento que llevan no hiciera efecto.

    Para mi, que también las he pasado, no de esa manera, es muy fuerte! quisiera abrazarte, decirte eras una niñita sin posibilidades de salir de esa madeja...a veces una no conoce otra forma de vida, se hace costumbre, las secuelas llegan a la adolescencia y adultéz...una quisiera volver el tiempo atrás y encontrar a esa persona que te saque del entorno en el que un niño, una niña no puede vivir.

    Te dejo, todos los abrazos que te hagan falta, nunca olvides que vos sos la víctima, no has sido la causante de semejante perversión.

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  2. Nemesis es tan duro saber que hay mountros tan malignos. El daño que hacen a su camino es tan terrible y lo peor es que ellos mismos lo minimizan, ¿seran tan estupidos que creen que se nos olvido?.
    El daño siempre queda nunca se va, hace apenas dos días mi hija se acerco a mi esposo porque fue su cumpleaños y le empezo a dar besos en la mejilla, yo empeze a sentir como que algo me ardia por dentro y le dije a ella: - ya!.
    Despues tuve que disculparme con ella y decirle que ella podia darle los besos que quisiera a su papa.
    Te dejo un fuerte abrazo lleno de mucho cariño y esperanza.

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  3. Qué difícil saber si en esa masa oscura, impenetrable, que es el instinto de supervivencia, reside el bien o el mal. Y de ahí tan grande la duda y mayor la culpa, sobre la cual es siempre imposible poner el dedo. Puesto que es impenetrable, como el instinto de sobrevivir. Aun así yo creo, que con la clarvidenica que describes este crater infernal, puedes volver a ti y dejar de caer boca abajo al abismo. Como que al final - no sé nunca qué final - sobrevivir tuvo tanto de bueno en propósito como en fruto. Un abrazo muy grande

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  4. Cada vez que te leo me impresionas, lo dura de tu experiencia de abuso, lo canalla de tu padre, lo facil que es verme reflejada en los sentimientos que expresas, especialmente esos sentimientos de culpa sobre los actos cotidianos y pequeños que no condcionaron las acciónes posteriores pero siempre nos queda un si YO no... "hubiera abierto la puerta, salido al patio, contado mi historia"
    Mi alegria que en tu vida existiera tu madrina, a la que pudieras acudir, y que te diera la visión de que la vida podia ser diferente a lo que vivia en tu casa.
    Que alegria de que ella fuera una mujer valiente, un ser luminoso,estuviera dispuesta a estar para ti.

    Como siempre un abrazo fuerte desde el otro lado del mundo, con mucho cariño.
    Victoria

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  5. he leido tu blog y me siento identificada, yo pase por algo parecido y todavia no he podido hablar deello.

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  6. Estoy en Shok, es inceible el infierno vivido... No pude contener las lagrimas por el dolor sufrido por ti y tus hermanos, es espeluznante me has hecho recordar mis arcadas cuando practicaba la felación a mi padre, era horrible el asco que sentía conmigo misma... Ciertamente mi padre es un monstruo igual que lo fue el tuyo, pero debo ser sincera al decir que el tuyo cruzó los límites de maldad, de monstruosidad... Quiero dejarte algo muy claro tú no fuiste culpable de absolutamente nada... El cuerpo humano está diseñado para sentir placer pero obviamente la mente de una niña o niño no lo está... Puedes haber llegado a sentir placer pero eso no quiere decir que tu fueses culpable de algo... Toda la culpa y responsabilidad era de tu padre, de ese ser humano que debió darte amor, cariño, comprensión, consejos, afectos, y no el horror del infierno... Eres muy valiente y obviamente una sobreviviente... Yo tengo muchos recuerdos pero no logró realizar una secuencia de ellos como bien dices son como flashes que llegan y se van rapidamente, ademas siento que hay cosas que aún no puedo decir, que no soporto recordar... Un fuerte abrazo valiente mujer...

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  7. Estoy leyendo tus escritos y bueno inevitablemente me duelen, siento como si la presión se hubiese subido a 1000 y la cabeza se me va a reventar. Me da mucha tristeza todo lo que pasaste, y se que aunque tuvo un limite las violaciones, tu mente las repite, sin querer vuelven a dañarnos, a lastimarnos.......... Yo las pase, no por mi padre pero si por varios hombres de la familia, yo recuerdo todo, y me duele, no a ver gritado todo lo que estuvo pasando durante 7 años, me siento responsable por callar, pero sentia miedo, el mismo miedo que siento ahora a pesar que no estan ya como mi sombra. antes perdí todo interes por el sexo pero de un tiempo me a interesado y me hace sentir mas culpable ese echo, me siento destrozada, como una puta cada vez que mi cuerpo responde de manera positiva al sexo, me repudio por que a pesar de todo me siento atraida, me siento confundida y solo le pido a Dios que deje de ignorarme y que me lleve ya, que corte este hilo que solo hiere

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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