ALMA INCOMPLETA

Siempre he dicho que estoy incompleta, que me faltan piezas. Mi padre me las fue arrancando una a una durante trece años.

Cuando hablamos del amor siempre soñamos con encontrar a nuestra alma gemela. Con hallar a esa persona que nos complementa, que nos da el contrapunto. Siempre creemos, cuando estamos con nuestra pareja que con el/ella se cierra un círculo mágico. Y yo, que me siento siempre incompleta, tengo la sensación de no poder cerrar ese círculo para mi marido. Siempre tengo miedo de que “ÉL” no se sienta completo a mi lado.

Le conocí una noche en el bar de un amigo. Acababa de regresar a la localidad de mis padres, dentro de la espiral de autodestrucción en la que me encontraba.



Mi Monstruo me había convencido de que con mis padrinos no pintaba nada. Yo no era nadie, no valía nada, no pertenecía a ese lugar. Mi sitio estaba con mis padres y mis hermanos. Y si me trataban mal, me humillaban o intentaban degradarme no importaba. Era lo que me merecía. Alguien con semejante pasado no merecía nada. Alguien con una mancha tan asquerosa no tenía derecho ni al aire que respiraba.

Yo estaba en la barra tomando una copa. ÉL estaba sentado en una mesa con cuatro amigos jugando al póker mentiroso. Se pasaban el cubilete con los dados de mano en mano cantando cada jugada entre chistes y risas. Celebraban que uno de ellos se había comprometido en matrimonio.

El dueño del establecimiento les conocía bien. Eran vecinos y clientes habituales con los que a veces compartía conversación y me preguntó si les conocía. Ante mi negativa nos presentó. Les explicó que yo era de fuera, (de alguna manera), que hacía pocas semanas que había llegado a la ciudad y que apenas conocía gente.

Todos fueron muy amables conmigo. Me invitaron a jugar con ellos. No sé si me dejaron ganar o tuve suerte, pero jugamos dos partidas y yo gané las dos.

“ÉL” siempre dice que ese día se enamoró de mí. Para él fue un flechazo en toda regla. Dice que aun recuerda la ropa que llevaba, los pendientes, el colgante… Reconozco que para mí no hubo tal flechazo. Me fijé más en uno de sus amigos, y de hecho empecé a salir con ese amigo.

Fue una relación corta, de apenas un par de meses, insulsa, sin nada en común salvo la amistad. Lo cierto es que cuando mejor lo pasaba era cuando estábamos con todos sus amigos, en pandilla.

“ÉL” estaba en el grupo. Desde el primer día se convirtió en mi mejor amigo. Nos reíamos mucho juntos y teníamos esa complicidad que se disfruta cuando hay una verdadera conexión. Enseguida supe que era uno de los “buenos”. Una de esas amistades que recuerdo de chicos buenos con los que yo jamás consentiría ir más allá de la amistad porque yo no me merecía eso. Porque ellos no se merecían salir con alguien tan sucio como yo. Yo solo salía con chicos malos. Con gente que me utilizara. Yo era de usar y tirar.

La relación con su amigo terminó. No acabamos como enemigos, pero en ese momento yo decidí desaparecer de la zona por donde solíamos salir para no encontrarlos.

Recuerdo que lo único que sentí al perder el contacto con aquel grupo fue que echaría de menos a mi confidente, a mi amigo, a mi cómplice. A “ÉL”.

Es una localidad pequeña. Tarde o temprano acabas encontrándote con la gente. No habían pasado quince días cuando me tropecé con “ÉL” en un comercio. Me dijo que su amigo, con el que yo había salido, le había hablado de mí. Que necesitaba decirme algo de parte de él, y me invitó a un café.

Tiempo después me confesaría que al reencontrarme se inventó la primera excusa que encontró para poder obtener mi teléfono y mi dirección.

El primer año de relación fue caótico. Coincidió con el año que viví en la casa de mis padres y yo estaba otra vez metida de lleno en el círculo de fuego. No existían abusos sexuales, todos éramos adultos, pero sí había abusos. Abuso de poder, de manipulación, de violencia verbal… me degradaban cada vez más y yo me hundía en el fango de manera más profunda. Estaba metida hasta el cuello en arenas movedizas.

Es muy cabezota. Intenté romper con él en varias ocasiones durante ese año. Me pareció un hombre tan noble, tan buena persona que me parecía injusto que siguiera a mi lado.

Llegué a presentarlo a mis padres y hermanos. Estaba convencida de que en cuanto los viera, saldría corriendo para evitar ser “contagiado” de la bajeza moral que nos rodeaba a mí y a toda mi familia.

Hasta que llegó el día en que tuve que escapar. Cuando tuve la bronca monumental con mi hermano. La fortuna quiso que “ÉL” estuviera de viaje en esos días. Cuando regresó yo ya estaba viviendo en mi habitación de alquiler. Llevaba tres días sin comer pero sólo le expliqué que no quería seguir en casa de mis padres, que había discutido con mi hermano mayor. No le di más detalles.

No podía más. Me había rendido. Mis padrinos vivían en su ciudad, con sus familias, con sus vidas. Y yo vivía sola en un cuartucho de mala muerte, sin familia, sin pasado, sin futuro, sin vida. Así que decidí romper el único vínculo que me quedaba con el mundo: “ÉL”. De esa forma Átropos podría cortar el hilo. Podría entrar en el sueño eterno como había soñado tantas veces.

Había decidido que hablaría con mi compañera de piso, la que ejercía la prostitución, para que me consiguiera pastillas. Esa noche quise despedirme de “ÉL”. Intentaría cortar con él de manera brusca, nunca le había hablado de mis abusos, y no tenía muy claro lo que le diría, pero no sé por qué terminé confesándole todo.

Creo que quería justificarme. Que cuando supiera que yo ya no estaba viva entendiera mis razones. O tal vez quería que me odiara. Que al saber la clase de persona que yo era, al conocer mi secreto le inspiraría tanto asco que ni siquiera le importaría lo que yo hiciera. O tal vez le estaba pidiendo ayuda sin darme cuenta.

El caso es que se lo conté. Lo hice en tercera persona, como una historia. Pero se lo conté de manera que entendiera que se trataba de mí. En aquella época me daba mucha vergüenza hablar de mí misma y utilizaba ese recurso literario incluso en mis diarios. Ha sido siempre la única técnica que he podido utilizar para hablar de mis abusos sin hundirme, sin perder la voz y entrar en un estado de temblores incontrolados.

Se lo conté en el coche, sentada en el asiento del acompañante en una zona de poca luz, así que sólo puedo adivinar su reacción. Lo hice de manera que conseguí mantener una tranquilidad que rozaba la frialdad y eso me daba la sensación de que producía más repulsa. Hablar de algo horrible sin inmutarse. Apenas me preguntó nada. Al menos nada reseñable, porque no recuerdo ninguna de las preguntas habituales: -por qué no lo denunciaste; por qué has seguido viviendo hasta ahora con tu padre después de lo que te hizo; por qué me lo cuentas ahora, después de un año-…

La verdad es que no sé lo que pasó por su cabeza. Pero al día siguiente, antes de que yo hablase con mi compañera de piso, se presentó en mi casa y me invitó a comer. Pasamos el día juntos y a media tarde me pidió que le ayudase a hacer la compra en el supermercado, que su madre le había mandado comprar algunos productos. Por la noche, cuando me llevó a mi piso compartido, dejó toda la comida en mi cuarto.

Me dijo que estaba a mi lado para lo bueno y para lo malo y que aquello sería un préstamo hasta que llegase fin de mes y me pagasen el trabajo que realizaba cuidando a una anciana hemipléjica. Me reveló que la noche anterior, después de dejarme tras mi confesión, había llorado. Que siempre sospechó que yo tenía un gran secreto, que me había pasado algo, que a pesar de que le había dicho que me crié con mis padrinos por una cuestión económica, nunca le hablaba de mi infancia con mis padres o de los años oscuros, en los que vivía con mis padrinos, pero que jamás se había imaginado aquello. Me pidió paciencia para encajar el golpe, y me aseguró que no me dejaría en la estacada. Si yo había decidido dejar a mis padres era porque buscaba una segunda oportunidad, y él estaría a mi lado para ayudarme.

No supe qué contestar. Yo pensando en quitarme la vida, y él hablando de segundas oportunidades. De repente me sentí perdida. La verdad es que de nuevo me dejé guiar por alguien. Dejé que otro volviera a tomar una decisión por mí, como toda mi vida. Pero afortunadamente esa vez no fue una decisión errónea. Creo que fue mi primer acierto en años.

De nuevo una mano me ayudaba a levantarme del suelo. De nuevo, como mi Madrina, alguien para quien habitualmente yo pasaría totalmente inadvertida, giraba la cabeza y me miraba a los ojos, se ponía a mi altura y me ofrecía su mano para ayudarme.

Meses después, cuando estaba más o menos estabilizada, volvimos a hablar del tema. Me dijo que cuando me fui de la casa de mis padres, antes de conocer mi pasado, él había llegado a un punto en el que le costaba mantener su relación conmigo. Me dijo que me veía hundirme cada vez más y que se estaba planteando darme un ultimátum: o sales de la casa de tus padres o lo dejamos.

Afortunadamente no había hecho falta que me diera el ultimátum, pero de nuevo mi Monstruo me recordó que yo no tenía ningún derecho a hacerle eso. “ÉL” no se merecía alguien tan horrible como yo. Pero algo había cambiado en mí, porque en lugar de hundirme, me dio una sacudida. Me hizo pensar que lo que debía hacer era ser merecedora del premio. Decidí que estaba cansada de llorar, de sentir lástima de mí misma. Pasé unos días en compañía de una de mis madrinas y eso me sirvió para replantearme muchas cosas, para analizar los últimos meses que tanto habían cambiado mi vida. Había pasado de vivir bajo la tutela de mis padres o de mis padrinos a vivir totalmente sola, independizada y eso me dio nuevas perspectivas. La cuenta atrás que había iniciado en mis años oscuros se había detenido.

La verdad es que pasé los siguientes años disfrutando de una libertad que no sabía que existía. Y “ÉL” se mantuvo a mi lado en todo momento. Nos íbamos de camping, a pasear por la playa, a ver rallies, a subir a la montaña, disfrutábamos de conciertos, salíamos a cenar, al cine, de copas o simplemente nos sentábamos en los jardines del parque… Me enseñó como se vive al otro lado de la ley.

Me dijo que nos casaríamos cuando tuve la amenaza de aborto, en el hospital. Jamás me ha reprochado que no le dijera que estaba esperando un hijo suyo, simplemente se presentó en la habitación y me dijo que cuando saliera de alta hablaríamos con su madre para buscar fecha. Días después me llevó a cenar y me dijo que le daba igual que yo estuviera embarazada, que quería pedirme matrimonio sin pensar en el niño, sin presión, que quería envejecer a mi lado. Era el día de mi cumpleaños, me regalo el anillo de compromiso que sólo me he quitado, por motivos sanitarios, el día del nacimiento de mi niño.

Me apoyó y me animó incluso en los malos momentos y fue la única isla en ese mar de desastre que constituía mi vida. Ha sido desde el principio la pieza que me falta, el complemento perfecto, lo que da tranquilidad a mi atormentada alma. Mi apoyo.

Pero ahora estoy en una etapa de cambios, y me han surgido dudas. Ya he dicho en alguna ocasión que tengo siempre la sensación de no controlar mi vida. De niña iba y venía de la casa de mis padres a la de mis padrinos como si yo fuese un objeto. En mis años oscuros dependía de mi Madrina y me dejaba llevar por las distintas personas que se aprovechaban de mí, y ahora es “ÉL” quien decide. Ha tomado las decisiones importantes de la familia y yo siempre me dejo aconsejar por él.

Pero desde que he roto el silencio, desde que he entrado en mi rehabilitación, intento tomar las riendas de mi vida, y ahora empiezan los conflictos. Ahora discuto más sus decisiones, cuestiono más sus opiniones y me da miedo.

Tengo la sensación de que ahora que me estoy liberando tal vez esté aflorando la autentica YO. Y tal vez a mi pareja ya no le guste. Tal vez se enamoró de la muñeca de cartón-piedra que construyó mi padre y ahora las cosas han cambiado. La gente evoluciona.

A veces me veo a mi misma como cuando aprendes a montar en bicicleta: primero utilizas ruedas pequeñas a los lados, después tus padres sujetan la bici hasta que tienes la confianza suficiente para pedalear sola. Creo que empiezo a dar mis primeros pedaleos.

Ahora me siento un poco más valiente o tal vez más temeraria porque no siempre quiero apoyarme en él. Ahora intento mantenerme firme sola, sin sujetarme a nada, y a veces tengo vértigo.

Porque es, junto a mis padrinos, la persona que me ha salvado la vida, pero empiezo a respirar sola y tengo miedo de no amarle, de estar con él por agradecimiento. O de que él ya no me ame.

Por otro lado aprecio mucho a mi pareja. Es el pilar que me sostiene pero si él falla, pierdo el apoyo. Si se siente mal, decaído, vulnerable, no puede apoyarse en mí. No puedo permitirme el lujo de rescatarle de las aguas turbulentas sin ahogarme. Aun estoy aprendiendo a nadar.

Y yo me pregunto muchas veces qué derecho tengo a seguir con él cuando muchas veces le veo frustrado por que yo no respondo como debería, en las relaciones de pareja o con algunas de mis reacciones. ¿se lo merece? ¿es justo que él page por el pecado de otros?

Mi eterna guerra interna. Mi lucha constante contra el dragón, que se disfraza de cordura o de rebeldía según la ocasión. O se vuelve invisible para atacarme desde la oscuridad. De nuevo la sombra siniestra y alargada de los abusos y, sobre todo de sus secuelas, toma protagonismo.

He leído en alguna ocasión que en una relación siempre hay uno que da más y otro que recibe más. Normalmente funciona cuando esos dos roles están aceptados por ambas partes. Creo que ha sido mi caso. Le encanta cuidarme. Disfruta haciéndome reír con sus payasadas y siempre está pendiente de que no me falte nada.

Soy consciente de que a “ÉL”, (como a la mayoría de la gente que no ha vivido esa experiencia) le incomoda el tema de los abusos, se siente mal por mí. A veces a me gustaría que conociera más detalles de mi infancia. Pero sé que sólo serviría para abrir una herida ya de por si mal cerrada, y lo dejo correr. Y no me importa, tengo tanta confianza en él, tanta fe, que a veces el miedo desaparece. Tiene ese don. Es tal la seguridad que trasmite que es capaz, con una palabra de dormir a mi Monstruo, y encerrarlo en las mazmorras.

Aun no sé por qué él sigue junto a mí. Porqué después de tanto tiempo sigue soportando mis bajones de moral, mis depresiones cíclicas. Tampoco tengo claro como agradecerle su compañía, su cariño, su afecto, su aguante.

No he perdido la conexión con él, seguimos vinculados de manera casi mágica, aún tenemos pensamientos comunes, aún terminamos la frase del otro, pero no siempre tenemos la misma opinión en muchos temas y eso me sorprende.

Porque no sé si le quiero. No sé lo que ahora siento por él. Tal vez lo que no sé es reconocer el amor cuando lo tengo delante, o no sé corresponder a ese amor. Porque me encuentro segura en su compañía, me encanta que me haga el amor, en el más amplio sentido del término. Y reconozco que me derrite cuando demuestra públicamente que está enamorado de mí. Porque siempre lo hace. Conoce el lenguaje de signos, el de los sordomudos, y muchas veces me dice en ese lenguaje: “Estoy loco por ti”. En cuanto tiene ocasión me dice que me ama más incluso que el día que nos casamos, y a veces me eleva al cielo. Pero sigo sin saber responder a esas muestras de cariño.

A veces me siento tan feliz que tengo pánico a que ocurra algo, porque tengo la sensación de que no me merezco ser tan dichosa, que algún día se romperá el espejismo y volveré a mi horrible realidad. Y cuando eso ocurra, moriré.



"Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso."

Honoré de Balzac. (1799 – 1850) Escritor y novelista francés.


9 comentarios:

  1. Hola Némesis

    Me has conmovido hasta la médula, he llorado al reconocer parte de mi historia.

    Gracias por compartirlo

    Un abrazo

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  2. Nemesis...

    me gustaría mucho poder hablar contigo, porque... justo estoy teniendo problemas con todo esto de lo que hablas, y... no sé, quizás, y tan solo quizás, puedas hacerme ver cosas que yo no logro ver.

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  3. Ha sido un poco una montaña rusa esto para mi - me ha conmovido, extrañado, sorprendido, y, en breve: me ha dado mucho que pensar. Manejar los trozos de un@ mism@ que un@ ensalza o suprime, que se sacrifican o resguardan - eso no es fácil para mi tampoco. Confiere una enorme inseguridad. Hay una tendencia a autolastimarse a veces con la insistente manía de que un@ no se merece a sí mism@: sea esto sentido como unión, o como individuación, frente a otro. No sé si me explico, pero si me explico, y en algún modo acierta, solo puedo decir que el mundo entero seguirá girando, a pesar de tu voluntad. Y que en el fondo es bello.

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  4. Me has hecho llorar, no te preocupes no es tristeza, sino emoción, recuerdos, lo que pudo ser, no atreverme a vivir...

    Lo cierto que la media naranja no existe, somos individuos por lo que seguro piensas diferente a tu esposo, en muchas ocasiones.
    Tienes derecho a decírselo, charlar con él no te perjudicará en tu relación.

    Lo bueno, es que él no ha utilizado lo que le contaste para seguir agrediéndote, algo a lo que no puse tope -desde mis pequeños 15 años, hasta los 45-...una carta de la madre enviada con total malicia me despertó, sobre todo porque mi hija mayor me la leía -hacía la limpieza sin anteojos y creí que era una broma- tuvo un momento horrible y yo fatal!

    Vos, como todas las víctimas del abuso sexual, no están sucias, ni son estropajos para maltratar...la mugre está de parte de l@s pervers@s que arruinan la niñéz, la adolescencia y la adultéz si se logra sobrevivir, porque de suicidios poco se habla...poco se habla del abuso, poco se comprende lo que significa para un/a niñ@. Parece que uno hablara en 'chino' cuando cuenta la tortura, se le pregunta más a la víctima que al pervers@.

    Ojalá encuentres respuestas a tus pensamientos, te dejo los abrazos de mamá osa, besitos .✿ڿڰۣ--ڿڰ..

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  5. Nemesis me identifico mucho contigo con lo que vives en estos momentos, a mi me pasa algo muy parecido siento que no merezco que mi esposo o incluso mis hijas me amen tanto como me aman.
    Siento que no merezco tanto amor, cuando me dicen que me aman creo que exageran o no se han dado cuenta de la basura que soy, porque creo que finjo muy bien. Es algo con lo que lucho constantemente y que aveces no logro ocultar muy bien y ellos se sienten desesperados.
    Yo tambien he pensado en que El, mi esposo a tenido muy mala suerte de encontrarse conmigo y enamorarse asi de mi.
    Ahora ultimamente me a entrado un miedo terrible a que El muera y entonces que voy a hacer, no creo que mas nadie pueda quererme y yo querer como a El.
    Te dejo un fuerte abrazo.

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  6. He aquí otra a la que has hecho llorar con tu historia... eres muy afortunada de tener a alguien así en tu vida, y él de tenerte a ti. Personalmente no creo que sea tan terrible confiar en alguien que se lo ha ganado y que a lo largo de los años te ha demostrado que te quiere y se preocupa por ti. Pero me parece bien que si no estáis de acuerdo en algo lo digas, tampoco es cuestión de darle la razón en todo incluso cuando algo no te parece bien... Pero solo tengo 18 años, no sé nada de estos temas... tan solo sé que es imposible que dos personas estén 100% de acuerdo en todo, siempre habrá roces y diferencias, el truco está en aceptarlas y encontrar la forma de solucionarlo juntos. O al menos eso creo.
    Un abrazo muy fuerte, que estés bien!

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  7. Él te ama, te adora, lo ha demostardo en los años que ha permanecido junto a ti... Es un hombre como pocos, excepcional y una bendición para ti tenerlo a tu lado... Claro que tú lo mereces, su amor, su aguante, su cariño, lo mereces todo, porque es tuyo y el te lo da sin ningún reproche, sin pedirte nada a cambio, simplemente porque TE AMA... Bendiciones amiga...

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  8. Él y tu hijo es lo mejor que te ha podido pasar en la vida, tu padre ya te ha destrozado el pasado, no dejes que incluso muerto te destroce el presente y mucho menos el futuro, tu marido te quiere lo sé de buena tinta

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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