EL PRISMA TRIANGULAR

Hace poco me encontré con un matrimonio que conocía a mi padre.

Se deshicieron en elogios hacia su persona. Me contaron que había trabajado muchas veces para un tío de la mujer, en el ramo de la construcción, y que tenían una imagen de él como hombre intachable, humilde, trabajador, cumplidor y amigo. Me comentaron lo mucho que sintieron su fallecimiento. Y yo, que no tenía ningunas ganas en ese momento de romper su idea diciéndoles cómo era realmente, acepté su pésame con educación. Supongo que no los veré muchas veces más, y desde luego, no me supone ningún beneficio extra revelarles a estas alturas su condición de pederasta. Y de hombre violento.


Los primeros recuerdos que tengo de él son dando voces en casa, porque mi madre aún no había terminado de hacer la comida. Por supuesto aún me duelen sus latigazos con el cinturón. Unas veces lo sujetaba por la hebilla, pero cuando estaba especialmente cabreado la dejaba colgando al final del látigo improvisado para hacer más daño.

Y aunque su favorita, no era su única arma. Aun tengo presente entre mis recuerdos la noche que después de denunciarle le vi en su habitación con el cuchillo de la cocina en la mano diciéndole a mi madre que si no quitaba la denuncia, metería el arma a sus hijas por el coño y le rebanaría el pescuezo a mi hermano. Me oriné encima.

Pero los de casa no fuimos los únicos que sufrimos su ira. Hubo un verano de mi primera infancia, que pasé en un colegio-internado por una resolución provisional del Tribunal Tutelar de Menores, tras las primeras denuncias de mi Madrina.

Mi padre no conocía la ubicación del centro escolar, y un día encontró a la asistente social que llevaba mi caso. La abordó en la calle, le colocó una navaja en el cuello y le exigió que le indicase mi paradero, bajo la amenaza de seccionarle la garganta si no lo hacía.

Además de violento, era un cochino que escupía mocos por la boca cada pocos minutos. Tengo grabado el sonido de arrancar y escupir sus flemas en el centro de todos mis recuerdos. Y tengo su imagen en casa, tumbado, viendo la tele, y cuando llegaba la hora de comer se sentaba en el borde de su cama y mi madre le ponía el plato de comida, lleno hasta el borde, en una banqueta delante de él. Nunca comía con nosotros y era un alivio, porque me producía mucho asco verle comer. Comía con la boca abierta, babeando y limpiándose con el dorso de la mano.

En casa solo llevaba puesta la camiseta de tirantes y los calzoncillos. Si hacía mucho frio, se ponía una chaqueta del pijama. Sus manos siempre estaban sucias y sudorosas. Y su lenguaje era soez.

Cuando se desnudaba, después del trabajo, mi madre le recogía toda la ropa en el armario, menos el cinturón. Ese estaba siempre colgando del cabecero metálico de la cama. Desde muy pequeña aprendí a reconocer cuando había que tener cuidado en casa con su furia. A medida que se acercaba la hora en la que volvía, todos empezaban a comportarse de manera distinta. La tensión aumentaba gradualmente. Y cuando llegaba antes de la hora, ocurría un fenómeno curioso: todos guardábamos silencio. Se producía un instante en el que el tiempo se detenía, como en una explosión, en el momento en que se hace el vacío, para que después el aire ocupe su lugar.

“Las apariencias engañan”. Nunca una expresión tuvo tanto sentido para mí como cuando veía a mi padre actuar fuera de casa, porque era muy discreto. Era muy grosero en su comportamiento en casa, pero mantenía la máxima limpieza y aseo para según qué cosas. No daba una mala imagen de cara al resto del mundo. Si se encontraba con algún cliente, presentaba a la familia con orgullo, y por supuesto exigía de nosotros la máxima corrección en el trato. No consentía dar la imagen de hijos maleducados, mal vestidos y sin asear correctamente.

Algunos vecinos sabían en su fuero interno que existían malos tratos. Los gritos y los golpes no siempre se pueden disimular con el sonido de la radio o de la tele. Y veían en mi padre una moneda, dos caras.

Estaban equivocados. Mi padre era un prisma triangular atravesado en sus bases por un eje que lo hacía girar, enseñando la cara adecuada a cada momento:
El hombre pobre, trabajador incansable, padre honrado y ejemplar.
El tirano déspota, maltratador y machista.
Y el pederasta, el Monstruo, mi Monstruo.

Recuerdo cuando estaba tranquilo. Cuando llegaba a casa de buen humor y todo estaba correcto. Siempre me infundió mucho miedo, pero en esos días sosegados, llegué incluso a apreciarle tímidamente, porque hacía chistes y bromeaba con todos. Era una tranquilidad verle contento.

He sido una idiota. Aun no puedo creer que no me diese cuenta del peligro. Que no viera que era en esos momentos de calma cuando yo debería haber sido más cauta. Cuando debería haberme protegido más. Cuando debería haber desaparecido de su vista para que no se fijase en mí, para que no me viera. Conocía los mecanismos para defenderme de él cuando estaba de mal humor, pero fui incapaz de resguardarme de sus abusos.

Porque entonces, cuando estaba en su cama con la televisión encendida, era cuando me invitaba a meterme con él para ver los dibujos mas calentita, siendo yo muy pequeña, en lugar de quedarme sentada en la banqueta junto a la puerta. Y he sido una estúpida, porque siempre cedí. Nunca le dije que no tenía frio, que estaba bien sentada junto a mis hermanos.

Siempre cedí porque me gustaba que estuviera de buen humor, que me gastara bromas y se riera conmigo viendo al Oso Yogi. Incluso me gustaban algunas de sus cosquillas. Hasta que empezaba a tocarme de manera más explícita. Entonces ya no era divertido. Y me siento culpable por haber deseado que me llamara alguna vez, incluso cuando ya era consciente de sus abusos, cuando sabía que era un monstruo.

Siempre volví a aquella cama. Nunca recordaba lo que me había hecho la tarde anterior, y si lo recordaba me decía a mi misma que esa vez no lo haría, no me tocaría. Que esa vez, mi madre estaría más atenta y se daría cuenta, porque si no, ¿cómo es posible que ella también me dijera que me metiera en la cama?

Por eso los abusos duraron tanto. Yo fui incapaz de decirle que no, y cuando quise que terminaran, cuando las simples caricias empezaron a convertirse en lecciones de sexología, yo ya no tenía derecho a decirle que no. No había razones para negarme. No sabía cómo decirle que parase y que aquello terminara.

Algunas personas me dicen que si accedí fue porque era violento. Yo no estoy tan segura. No recuerdo ni una sola vez en la que mi pensamiento fuese de temor a decirle que no. Nunca hubo amenazas por su parte, salvo la primera vez que me penetró, en que quise quejarme tímidamente por el dolor y me susurró al oído un “estate calladita” que me cortó la respiración, y ya tenía trece años. Y ni siquiera estoy segura de si aquel era el tono de la amenaza o el de la complicidad.

Porque entonces ya era tarde. Ya hacía muchos años que entraba en su cama. No me quedaban  argumentos para haberme negado. A veces mi Monstruo todavía me pregunta por qué no le dije que no. Por qué no me negué a arroparme al calor de su cuerpo. Y la pregunta me hunde, porque muchas veces va asociada a algo que me susurró al oído mi hermana mayor en alguna ocasión: “no vayas, ya sabes lo que va a hacer” y después una mirada de reproche y el segundo comentario habitual: “te lo dije, no te quejes”.

¿Por qué no le haría caso? ¿Por qué volvía junto a él? En ocasiones regreso a esa cama. A veces mi Monstruo aun se escuda tras ese reducto de culpabilidad que yo no puedo romper. Culpabilidad que no consigo alejar de mí.

Y a veces creo que yo también soy un prisma triangular atravesado en sus bases por un eje que lo hace girar, enseñando la cara adecuada a cada momento:
La mujer normal, madre preocupada y sencilla.
La superviviente que escribe este blog, que intenta por todos los medios curar sus heridas.
Y la hechicera, que se ríe de todos por haber conseguido engañar al mundo dando mucha lástima, pero que siente que en el fondo es una arpía sin escrúpulos que se aprovecha de la imagen que da a los demás, que sólo merece ser quemada en la hoguera por haber deseado que su padre la acariciase. El Monstruo.



"El hombre es de tres maneras, como él dice que es, como lo demás dicen que es y como realmente es."

Anónimo.

5 comentarios:

  1. Nemesis es el Monstruo que quiere hacerte daño, es todo el dolor que llevas dentro aún.
    Eramos muy pequeñas, quien nos hablo de lo que estaba bien o mal? a quien podiamos recurrir que en realidad le impotabamos. No se talvez me equivoco al decirte todo esto, pero yo creo firmemente que estabamos muy solas en este mundo y en especial en esa situacion. Si hubieramos tenido comunicacion con alguien que en realidad se importara por nosotras , otra historia fuera la que estuvieramos contando.
    Te dejo un fuerte abrazo.

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  2. Angustioso y triste.
    Me he preguntado alguna vez si de verdad soy tan inocente como pretendo hacer creer a los demás y si todo sucedió como recuerdo o si eso es un mecanismo necesario para preservar mi salud mental. Muy a menudo dudo de mi misma pero al leer la entrada de hoy he intentado recordar mi época de protagonista de mi cuento de miedo. Tenia mas edad que tu, 16 años, y el pasaba de los 35, y además era de la familia. Alguien bien visto, responsable, juicioso, alguien a quien cualquiera dejaría al cuidado de su hija adolescente ¡que miedo!
    Los abusadores son todos iguales, ellos también necesitan dar una cara perfecta ante los demás, si no, serían descubiertos en el acto y se acabaría todo, las victimas se defienden como pueden ocultando lo que ocurre, porque no saben como pedir ayuda. Nuestro miedo son nuestras cadenas y su fuerza- 31

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  3. No conocías otra forma de vida, necesitabas de un papá que te acariciara, amor, cuidados.

    Todos los abusadores y violentos, son excelentes personas fuera del hogar, por eso es confuso vertir explicaciones a los demás.

    Eras una niña, no importa si ya habías llegado a la adolescencia, aún lo eras, mira que permití el maltrato hasta los 26 años, luego siguió con mi matrimonio, no conocía que existían otras formas, además simpre pensaba ¡ésto cambiará! ¿cómo contarlo? lo hice con mi terapeuta, pero aún así ¡todo cambiará!

    A veces una se siente así como lo describes, hasta que llega la serenidad y te encuentras con lo que eres realmente.

    Cariño, abrazos apretujados.

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  4. Némesis, esta vez me has calado, y me has calado muy muy hondo. Estalla mi mente en tantas direcciones que no sé ni por donde empezar, y me atraganto. Has expresado con tanta claridad, con tal fuerza brutal analítica, lo que yo intuía de ti, pero que no podía hablarte, porque no sabía... y con ello has dado un golpe que ha atravesado mi propia incertidumbre cansada, aletargada, vaga. Has dado en el clavo como jamás he visto a nadie hacerlo.

    Y te digo, Némesis, accedistes porque era tu padre, accedistes porque NO ERAS TU, accedistes porque eres un ser humano, accedistes a pesar de conocer los limites del bien y del mal porque te topastes con un prisma triangular. PERO CONOCIAS Y SIGUES CONOCIENDO ESOS LIMITES. Y la tragedia, la enorme tragedia, la tuya y la mía, y la de tantos otros y otras, es simplemente confundir ese tercer eje que nosotros hemos heredado, como eje de la hechicera, del mentiroso, la maldita psicópata, el carismático truán criminal, el largo etcétera de máscaras horrendas y monstruosas de cara a la sociedad - confundir todo eso con lo que realmente tenemos: la maldición que nos imponemos por no haber podido entrar en este mundo mas que por esa puerta, y encima, que esa puerta sea reconocida como la vía regular, sana, reglamentaria y patriótica: por la vía de la familia. ¿Cómo no ibamos a ser malditos? Nuestro ser solo conoce como fundamento la culpa. Andamos sobre minas, cuerdas deshilachadas, conocemos mejor los abismos que las aceras.

    Me desgarra el alma leerte y leerme en respuesta. Quisiera ser una bomba atómica, y estallar en este mismo momento.

    Yo fui la puta de mi tío, a quien admiraba y seguí admirando durante años. Pero sigo reconociendo, que nunca fui yo. Y ya es hora.

    Un abrazo

    Sifi

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  5. No te culpes por no haber sabido decir "NO" en su momento. Realmente solo tú sabes lo que pasaste, lo que sufriste y lo que aguantaste, y solo tú sabes las caras de tu prisma... Pero no creo que la del Monstruo esté en una de ellas...
    Un abrazo

    Un Ángel

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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