DETRÁS DEL ESCENARIO

Antes, en España al menos, muchos conventos tenían una puerta “escondida” que consistía en un pequeño torno en el que muchas madres se vieron obligadas a abandonar a sus bebés al cuidado de las monjas. Yo no tengo ninguna constancia de ello, pero hace tiempo, una señora que me conoció de niña, me aseguró que yo había sido abandonada en uno de esos conventos de mi ciudad natal, y que eso fue lo que ocasionó el “accidente” que agravaría los problemas de espalda de mi madre. Después yo habría sido llevada al lugar donde me conoció mi Madrina.  Al conocer esa historia, intenté por todos los medios certificar su autenticidad, pero acabé en un callejón sin salida, y he dejado ese posible hecho como algo sin confirmar.

Eso me hizo recordar que ya desde mis años oscuros mi guerra interior, al ser consciente del daño que me hicieron, ha sido saber lo que ocurrió entre bambalinas. Por ejemplo poder comprobar la veracidad de lo que aquella mujer me dijo sobre el convento. O conocer lo que mi Madrina hizo por mí, lo que yo nunca presencié. Mi trabajo de recuperación es hablando y preguntando a las personas de mi entorno cómo ocurrieron los hechos, y cómo lo vivieron ellos, y no es fácil.


No es fácil porque mi incapacidad natural a hablar de los abusos siempre me ha impedido plantear ciertas preguntas. Por lo tanto vivo en la más absoluta ignorancia. Mi Madrina jamás habla de esa época, y yo solo puedo imaginar lo que hizo. Sé por ella misma que los abusos los descubrió cuando yo era un bebé de menos de año y medio, y que estuve bajo la tutela del Tribunal Tutelar de Menores, al menos por temporadas. Pero en realidad ignoro por completo quien realzaba las denuncias, si éstas eran de oficio o alguien las presentaba. Solo sé que mi Madrina siempre intentó llevarme con ella. Siempre intentó conseguir la Patria Potestad.

 De hecho hace poco descubrí que todos mis Padrinos siempre creyeron que los abusos se habían terminado cuando se trasladaron de ciudad y me llevaron con ellos, cuando yo tenía cuatro o cinco años. Jamás imaginaron que mi padre aprovechaba las vacaciones que estaba con él para destrozarme la vida. Y solo tengo mis propios recuerdos, que son poco fiables, no por su veracidad, sino porque me es muy difícil hacer una línea temporal de ellos cronológicamente ordenada. Tengo aún muchas lagunas y saltos temporales y no estoy segura de que un hecho concreto que guardo en la memoria, sea la consecuencia directa de otro del que recuerdo oír hablar.

Es difícil. Cuando he hablado con mis “aliados”, con mis Padrinos, he tenido que hacerlo con mucho tacto para que no se dieran cuenta de la razón de mis preguntas, y por supuesto los momentos importantes, los momentos puntuales que necesitaban una explicación, los he excluido del cuestionario.

En alguno de mis diarios, he intentado hacer esquemas colocando mis recuerdos en una edad concreta, añadiendo detalles o datos objetivos que iba recopilando. Las notas del colegio, las fechas de algún billete de avión que he guardado de recuerdo, los tiempos de estreno de una película o una serie de televisión… todo me valía para intentar completar el puzle.

Hubo un momento en mis años oscuros, cuando mi Monstruo me aseguraba que yo no tenía ningún derecho a seguir con mis padrinos, en que decidí preguntarles a mis padres. Y lo cierto es que con mis “enemigos” hubiera sido mejor no hablar. Porque cuando empecé a recopilar, cuando quise enfrentar los hechos con mis padres y mis hermanos, cuando decidí que ya estaba bien de callar y que quería conocer su versión, toqué fondo. Fue cuando de algún modo, de forma psicológica, volví a vivir el ambiente de mis abusos.

Mi madre había llamado para pedirme… no… suplicarme que volviese a casa, que él se estaba muriendo y quería ver a sus hijos por última vez. Mi estúpida idea original era enfrentarme a mi padre. Decirle que ya no le tenía miedo, y que se atreviera a reconocerme a la cara lo que había hecho con sus hijos.

Estaba decidida a destaparlo todo. Dediqué mucho tiempo a remover papeles, buscar mis expedientes del Tribunal Tutelar de Menores, las denuncias que se habían puesto, las resoluciones judiciales…

Lo sé. Tenía veinte años, y aun “creía en los Reyes Magos”, o había visto muchas películas, porque en cuanto estuve de nuevo cerca de su influencia, y cerca de él de manera real o ficticia, el miedo que siempre me inspiró mi padre y por extensión toda mi familia biológica volvió a envolverme de manera absoluta.

Huelga decir que jamás, ni por un momento, estuve cerca de cumplir mi objetivo. Tardaron dos días en atraparme en su tela de araña. Y yo seguía con mi incapacidad para hablar de forma clara de mis abusos.

Mi madre y mis hermanos mayores encontraron toda la documentación que había recopilado hasta el momento, y me acusaron de intentar meter en la cárcel a un hombre enfermo, un moribundo. (Un moribundo que tardaría aún casi veinte años en morir) Era inhumana, no tenía corazón por revolver algo que después de todo había ocurrido cuando era niña… ¿Cómo podía ser tan mala de agobiar a un enfermo terminal con aquel asunto? ¿Para qué quería remover el pasado, si ya no tenía arreglo?

Me hicieron sentir fatal. Aquel día me sentí tan miserable que dejé que destruyeran todos los documentos. Aun veo la cocina de carbón, con la boca abierta, como un dragón amenazante, y a mi madre metiendo todos los papeles como alimento para el fuego. Aun no puedo creer que me hubiese dejado manipular de esa manera. Llegue a tener en mi mano una copia compulsada de una declaración jurada de mi padre ante el juez, escrita de su puño y letra, explicando que él solo manifestaba el enorme amor que sentía por su hija, como cualquier otro padre.

Y lo quemaron todo. Absolutamente todo. No he podido recuperar nada. El expediente se ha perdido. Pero mi derrota no fue total. Ahora con el paso de los años he podido valorar un pequeño triunfo que conseguí ese día: las cartas de mi Madrina.

Las encontré por casualidad, buscando un informe médico de mi padre. Las había guardado en otro lugar con mis cosas y nunca le dije a nadie que las había descubierto. Cartas de mi infancia que a lo largo de los años mi Madrina ha escrito a mi familia, hablándoles de mí, comentándoles detalles de lo que estaba estudiando, de lo bien que me adaptaba a la vida con mis padrinos. Y para que mi madre no se preocupase, también hablan de lo mucho que yo echaba de menos a mis hermanos. Hay comentarios sobre las fechas de mis viajes a su casa o de las cosas que se enviarían, e incluso en alguna carta, al final, hay unas líneas escritas por mí, una letra infantil y desordenada.

Entonces no supe porqué, pero guardé aquellas cartas como el más preciado tesoro. Y ahora, de vez en cuando, las releo cuando me siento especialmente deprimida. Es cuando he tenido conciencia real de lo que mi Madrina ha hecho. Aunque jamás sepa los vericuetos legales que se emplearon, ni las razones por las que lo hacía, he sido realmente consciente de lo mucho que aquella heroína deseaba que yo siguiera con ella. Esas cartas me han aclarado muchas cosas. Han resultado ser documentos muy valiosos para mí, porque me ubican en fechas concretas muchos acontecimientos que yo no tenía claro dónde colocarlos.

No es suficiente para mí, pero creo que es todo lo cerca que podré estar de la verdad de mi infancia. Aun está mi madre, a la que podría preguntar. Pero hace años que decidí romper todo tipo de contacto con ella y con mis hermanos mayores, porque mi salud mental se vería seriamente afectada. Volvería a vivir el ambiente de mis abusos, porque esa casa fue el escenario del horror, y tanto mi madre como mis dos hermanos mayores siguen defendiendo a mi padre, negando o justificando sus actos como algo que ocurre a veces, que algunas personas demuestran así su cariño por nosotros y debemos aceptarlo como es, que no es tan grave. Sé que forma parte de sus secuelas, el síndrome de Estocolmo llevado a su máxima expresión. Pero no puedo compartir esa actitud. Ya no.

Así que después de muchas depresiones, después de muchos desencantos conmigo misma, después de años de castigo, por fin decidí cerrar el capítulo familiar definitivamente (¿definitivamente?), aceptando que mi única familia son mi pareja, mi hijo, y mis Padrinos. Y que la parte de la película que me he perdido, lo que se oculta tras el telón, se ha quemado junto a las cenizas de mi padre, o en la cocina de carbón.

Lo cierto es que me siento triste al aceptar este hecho. A veces tengo la percepción de que mi infancia ha sido marcada por los abusos. Pero también por una enorme sensación de inestabilidad, de ser manejada como una muñeca, no solo por mi padre sino por todo el mundo. La sensación de ser solo un objeto que se colocaba en el lugar adecuado dependiendo de los intereses del que tuviese en ese momento mi posesión. Una moneda que cambia de manos según la ocasión.

Siempre creí que conocer lo que ocurrió en mi infancia desde un punto de vista diferente, me haría cerrar heridas. Como cuando comprendí lo que me ocurrió y conocí sus secuelas, y la razón por la que me comportaba como lo hacía. Pero creo que he llegado a otro callejón sin salida, y tendré que asumir que siempre habrá una parte de mi pasado que permanecerá en la sombra tal vez para toda la eternidad.


"Peor que ver la realidad negra, es el no verla"
Antonio Machado (1875 – 1939) Poeta español.

3 comentarios:

  1. Crueldad, ignorancia, tesoro.

    Una piensa con más años, podría haber hecho ésto o aquello, no podías, yo no podía tampoco.
    Si con tal solo escuchar la voz, me pone a temblar.

    Seguramente tus padrinos hubiesen querido tenerte con ellos, pero las leyes no le ayudaban. Tal vez no quieran hablar del tema, sabiendo que es doloroso para vos.

    Te envío besitos voladores, abrazos enormes.

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  2. Comparto esa necesidad de entender la verdad de cosas acontecidas que solo recordamos en la memoria visceral o emocional con sufrimiento; romper la impotencia de la soledad y el aislamiento ante el entramado social y familiar donde tuvo lugar; tener algo más que retales inútiles, diálogos desconexos, representaciones oficiales repetidas como letanías, murmullos sugerentes que se apagan al llegar la noche y dejan velados sus secretos. "Detrás del escenario" es una imagen muy apta para todo ello. Creo que esa ansiedad por la verdad, que a menudo se hunde en depresión, se debe al miedo a perder un enorme trozo del alma, si no el alma en sí, tal como se perdió en un pasado, en nuestra raíz, en la infancia. Tal como tu describes lo que te aconteció, ese robo de memoria, de autonomía, del alma, ocurrió repetidamente, físicamente, verbalmente, simbólicamente con el fuego.

    Nunca sabré lo que ha sido, lo que he sido, como llegué aquí, pero sé muy claramente aquí y ahora que soy yo y valgo y valoro eso por lo que es y estoy en paz. Es lo único que consigo decirme cuando confronto esa oscuridad. A menudo tiene efecto, y el mundo se cubre de luz. El fuego con el que la gente enferma juega desvanece al levantarse, lentamente, imparable, feliz e inmenso, el sol.

    Y yo te deseo toda la luz del mundo,

    Un abrazo

    Sifi

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  3. Entiendo la sensación d sentirse un objeto en manos de uno o de otro. Me he sentido igual. Yo ahora, como tú, trato de reconstruir mi pasado. Necesito recordar mi infancia no sé por qué... Me gustaría pensar que no es tan horrible como la veo, que hubo momentos felices. La edad de mis abusos se remonta a un año, pero quien sabe si fue antes...
    Fuiste muy valiente por estar a punto de denunciar a tu padre. Yo voy a denunciar. No sé cuando, quizás cuando me encuentro un poco más fuerte, pero lo haré. Aunque no sirva de nada. Ahora me he animado y en dos semanas voy a terapia psicológica. Necesito reconstruir mi vida como tú.
    Un besto Némesis, cuídate.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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