EN BRAZOS DE EROS

Cuando abrí este blog adquirí el compromiso con vosotros y conmigo de hablar sobre como siente, como piensa y como actúa una superviviente de abusos sexuales infantiles.

En base a ese compromiso escribo esta entrada, pero reconozco que siento una vergüenza enorme porque, trato un tema que aun es un tabú para mucha gente, especialmente para los que hemos sido víctimas, teniendo en cuenta que el sexo es la piedra angular de muchas de nuestras secuelas, y el responsable de la aberración de nuestros agresores.

En general los sobrevivientes vivimos este asunto en los extremos: o somos extremadamente activos, o rechazamos el sexo por completo.


He de empezar confesando algo horrible para mí: Mi padre me ha estimulado. Es difícil de explicar. Jamás he deseado que me tocara, verle acercarse era como entrar en la negrura. La mayoría de las veces me hacía daño, me irritaba  y he llegado a sangrar, pero alguna vez He llegado a sentir una mezcla de miedo y goce que me hacía sentir espantosamente mal.

Fue en esos momentos cuando aprendí a desenchufarme. Me abstraía totalmente del entorno, como si mirase solo hacia dentro de mí, desconectando uno a uno todos los marcadores que enviasen señales de mis sentidos. Supongo que por eso no tengo apenas recuerdos “vivos” de los abusos, son solo películas mudas en las que no siento nada, salvo un vacío enorme dentro de mi alma. Un vacío que pesa toneladas. Pero no siempre es así, mi piel guarda demasiadas sensaciones que todavía me hacen vomitar.

Cuando se acabaron los abusos, al igual que cuando hablé de mis años oscuros, hablar del sexualidad en esta etapa me hace sentir muy mal porque no me siento nada orgullosa de lo que hice. Durante mis últimos años de adolescencia y primeros años de madurez, alterné periodos de promiscuidad sexual con el más absoluto celibato.

Cuando inicié mis primeras relaciones, creo que con dieciséis años, sufrí un enorme vaginismo. Pero aun así no rechacé el sexo. Utilicé el dolor que me ocasionaba la penetración como parte del castigo. Seguía exactamente las mismas pautas que me enseñaron de niña.

Pero eso duró poco tiempo. Con diecisiete o dieciocho años ya no tenía ningún problema para satisfacer a nadie. Fue una época en las que no tenía ningún control ni sobre mi cuerpo ni sobre mi mente, con relaciones muy violentas y autodestructivas.

Y he de decir que en las etapas de descontrol era una máquina. A veces incluso he salido sola a buscar la compañía de desconocidos a cambio solo de una copa o de un poco de conversación. Y me he dejado hacer de todo. Lo he hecho con tipos que vivían todas las situaciones sentimentales: casados, solteros, divorciados… y luego iba al baño a vomitar porque los temblores y las arcadas eran insoportables. Por no hablar de la culpabilidad, de sentirme como una  basura porque había disfrutado del sexo. Me miraba al espejo y me sentía como una cualquiera.

Era como un péndulo. Cuando llegaba a un extremo de descontrol, de promiscuidad, de desenfreno, cambiaba la dirección de la varilla y entraba en la abstinencia absoluta, donde sustituía la compañía intima por conductas de riesgo elevado, incluso para mi propia vida, pero sin renunciar al placer en solitario con el que me castigo hasta el dolor desde los seis o siete años. No obstante sigo manteniendo en secreto absoluto esa etapa. La vergüenza me puede.

Ahora sé que lo que me ocurría era fruto de una distorsión de mi propia sexualidad causada por los abusos. Buscaba por un lado, revivir de alguna manera mis propias agresiones para después resarcirme a mí misma, para conseguir esa paz, esa tranquilidad que sentía después del dolor; y por otro lado era una forma equivocada de buscar la aceptación de los demás. Para mí, las relaciones implicaban un trueque: sexo a cambio de cariño.

Cuando conocí a mi pareja, el padre  de mi hijo. Experimente algo muy parecido, pero lo adapté a las nuevas circunstancias: ahora que empezaba a parecerme al resto del la gente, debía también seguir esas pautas de normalidad con él, incluso a nivel íntimo. El mundo me veía con una vida más o menos estable para lo que se espera de una joven de veintidós o veintitrés años. Por lo tanto, para que el espejismo no se rompiera, él debía pensar que era normal, o el concepto que yo creía que era normal.

Pero había un inconveniente. Tener sexo con desconocidos no me ha supuesto ningún problema. He disfrutado del placer de forma casi adictiva. La dificultad radicaba en intentar acercarme a alguien que me importase.

Para empezar, he sido una experta en espantarlos, sobre todo si realmente valían la pena como personas. Yo no tenía derecho a forzarles a estar junto a alguien tan indecente como yo. En el caso de mi marido, mi relación con él ha sido muy buena desde el principio. Tras un primer momento en que de nuevo intenté ahuyentarle, (sin éxito, fue más cabezota que yo), existía complicidad, cariño, y por mi parte deseos de estar con él como no imagináis.

Pero en el momento en que me tocaba, en el instante en que me rozaba siquiera, mi cuerpo saltaba. Me volvía rígida y fría, y mi mente, automáticamente se desconectaba. Era como si alguien hubiese tocado un interruptor, y me hubiese apagado la libido y la consciencia. Entonces dejaba de ser “yo”. Era “la niña”: mi cuerpo era un bulto inerte que se podía usar para lo que se quisiera. Exactamente igual que ocurría con mi padre. Y para mi mayor espanto, al recibir las tímidas quejas de mi pareja, por mi poca colaboración, aprendí a fingir.

He derramado infinidad de lágrimas a escondidas, después de estar con él. Porque si con los desconocidos me he odiado, con mi marido me sentía exactamente igual que cuando mi padre abandonaba mi cuarto, o me ordenaba salir para que le dejase ver la tele. Un alivio infinito, y la sensación de que algo, a parte de la pegajosidad, había quedado dentro de mí. Y el miedo a que al día siguiente pudiese volver, porque no lo disfrutaba en absoluto. Pero con la diferencia de que mi pareja sí me daba un trato digno antes, durante y después, y eso me hacía sentir peor persona.

Pocas veces me negué a las peticiones de mi esposo. Estaba convencida de que era la única manera de que estuviese conmigo. Dándole sexo fingido. Y para evitar la sensación de sentirme forzada, algo que no podía evitar a pesar de quererle, muchas veces me acostaba a altas horas de la madrugada asegurándome de que mi marido estaba dormido, para que no me tocara. De alguna forma huía de él.

Creo sinceramente que desde que conoció mi pasado de abusos, ha conseguido cambiar esa actitud. Ha sido poco a poco, con mucha paciencia, y mucho cariño. Me he ido dando cuenta de que yo no necesitaba ese “trueque”, que si continúa a mi lado es por lo que soy como persona, a pesar de que ni yo misma me gusto. Y ha logrado que la mayoría de las veces, en los momentos íntimos, no recuerde a mi padre.

Pero reconozco que aun me queda mucho por mejorar. Sigo sin saber qué es una relación sexual normal. Apenas tengo referencias. Cada vez con más frecuencia es algo de mutuo acuerdo, y muy satisfactorio por ambas partes. Mi pareja ha conseguido que ya no “huya” de él, pero a veces todavía tengo momentos en los que estamos bien, en una situación perfecta, y de repente todo se arruina porque me empiezo a sentir incómoda, mi Monstruo se pone en medio y entonces llega el caos.

O desconecto mis sentidos y me dejo llevar como hacía en la infancia, disimulando, fingiendo un placer que no siento en absoluto; o me bloqueo y tengo que pedirle “tiempo muerto”. Un descanso que la mayoría de las veces termina en nada. Lo cierto es que tiene mucha paciencia, jamás me ha vuelto a reprochar nada en esos momentos aun sabiendo que es muy frustrante incluso para mí. Pero no consigo evitar sentirme mal después. Aún lloro cuando me quedo sola.

Últimamente he identificado además un comportamiento que  ya percibía en mis años oscuros y que aún hoy experimento en ocasiones, pero que nunca había analizado hasta ahora: rechazo mi propio cuerpo, porque me delata. Todavía tengo ocasiones en las que mantengo relaciones sexuales como si existieran dos personas dentro de mí. Una disfruta del placer y se deja llevar hasta el orgasmo como si de una catarsis se tratara: Mi cuerpo. La otra no puede evitar gritar. Se siente violada. Grita dentro de mí. Implora hasta la extenuación que no siga con esto, que pare: Mi mente.

Y nunca sé cuál de ellas es mi monstruo. Y cuando mi mente se impone a mi propio cuerpo, que disfruta tortuosamente de algo que en ese momento odio, me siento traicionada. A veces desearía que no existiera el sexo. Y otras lo deseo con vehemencia.

Aun no tengo claro cómo interpretar mis propios deseos carnales: algunas veces todavía accedo a su demanda casi por compromiso, pero Otras veces soy yo la que se siente con ganas de estar con él, y siempre me asalta la duda. Si él ve que le deseo, ¿me rechazará, porque cree que me vendo a él, o accederá porque le doy pena? ¿Y si a mitad me bloqueo?

Reconozco que cuando al fin me decido a “seducirle” y disfruto, lo hago como nadie puede imaginar, el placer es pleno y apoteósico, pero después siempre viene el remordimiento y la culpa. Porque es entonces cuando llega el otro conflicto interno: nunca sé cuando es fruto de la deformación de  mi sexualidad y cuando es un deseo lícito y legal, fruto del cariño que le tengo.  

Porque si de algo estoy segura es de que siento algo por él. Fue la única isla en ese mar de desastre que constituía mi vida, y no sé si es mi amor verdadero, ni siquiera sé si eso existe, pero sé que le echo de menos si no está. Es mi apoyo. Y no ser capaz de distinguir mis propios sentimientos me destroza.

A través del sexo fue como descubrí por primera vez, muy joven, que algo no estaba bien, que algo no funcionaba dentro de mi cabeza. Y esta es la prueba. Soy un cúmulo de inseguridades que me lían la mente con un laberinto de sensaciones, sentimientos y deseos que sigo sin ser capaz de despejar. A día de hoy aún soy un nudo imposible de deshacer. Cuando en la intimidad debería ser más sincera conmigo misma, es cuando más confusa me siento.


"Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito”.
Proverbio chino

7 comentarios:

  1. He leído la mas hermosa descripción del amor. . Yo también veo a mi marido como mi apoyo y me parece horrible que él, que lo merece todo tenga que pagar el precio que conlleva vivir con una víctima.
    No tengo ningún interés por el sexo, es una obligación mas como barrer la casa y ya lo he dejado por imposible. A mi edad, ¿para que voy a molestarme en cambiar mis hábitos?, y en este tema me da mucha pereza intentar encontrar una solución, así que esto se va a quedar así para la eternidad. Es una larga condena por un delito que no he cometido.

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  2. Nemesis, tu entrada ha sido uno de los textos que mas me ha impactado...

    Como tu dices, los abusos son de por si un tema tabú en la sociedad, pero lo relativo a la intimidad sexual de cada uno, es mas aun tabu.
    Acabas de plasmar casi todos y cada uno de mis pensamientos... La promiscuidad temprana, los remordimientos, los intentos de destruccion de las relaciones que merecen la pena, el sentimiento de "cambiar sexo por amor"... Todo.

    Y me ha marcado justamente porque yo ahora mismo estoy en ese periodo de celibato, con ese miedo atroz de perder a mi pareja por la "falta de sexo"...Y esa tristeza por hacerle pagar algo de lo que el no tiene culpa.

    Bravo una vez mas, por ese aplomo y ese coraje que tienes. Te admiro, de veras. Aunque una misma nunca se sienta orgullosa de contar estas cosas, piensa todo el bien que haces con ello.

    Y esa cita, acertadisima.

    Besinos melgueros :)

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  3. Cuando he leído "Y nunca sé cuál de ellas es mi monstruo." ha sido como un estallido en la cabeza. Como si mi mente hubiese estado girando sin saberlo hacia ese punto. Tu monstruo ya no existe, tu monstruo dejó de existir, no podrás identificarlo en ninguno de los dos lados del conflicto. Que tu cuerpo sea capaz de sentir placer, e incluso reaccionar a recibirlo, en contra de tu mente, no hace de tu cuerpo un monstruo. Y que tu mente insista y casi histéricamente se imponga en contra de tu cuerpo tampoco hace de ella un monstruo - es tu sistema de protección que aún a veces salta por una desconfianza que en su tiempo tuvo su lugar pero que ahora dejó de tenerlo y no se deja confiar.

    Yo también me di cuenta de que algo no pitaba conmigo en el sexo. Si el sexo jamás hubiese existido entonces jamás hubiese ni recordado nada ni sufrido casi. Muchas veces he deseado que el sexo no existiera, o sublimarlo en otra energía, que he hecho durante muchísimos años. Pero por más que sublimara, esa energía llevaba consigo un secreto que tenía que salir, no hubo forma de callarlo, y solo podía salir a través del sexo. Ahora que ya sé de dónde me vienen las rarezas estoy más tranquilo. Se que esa oscuridad rara que invade lo más negro de mi instinto no es más que una profunda incredulidad de que nadie me ame de verdad, tal cual soy. Así que cuando me invade, me jode y me duele, pero ya sé que soy yo, encabronándome con algo que dejó de existir pero marcó mi vida y persona entera. Y que pasará, lentamente, pero pasará.

    Un abrazo muy grande

    Sifi

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  4. Qué bien lo has explicado tesoro, se llama trastorno de estrés postraumático -ante determinados estímulos: olores, imágenes, situaciones- aparece el recuerdo traumático de la experiencia vivida-.
    No sientas vergüenza al escribir, muchas personas se sienten identificadas.

    Mi vida sexual ha sido un desastre, para nada placentera. Fingiendo, accediendo, como un envase, así me he sentido.

    Besitos y abrazos.

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  5. De mis primeras idas al trabajo con un psiquiatra me dijo que una de las obligaciones de los adultos es cuidar a los niños,ya que éstos se erotizan esto los confunde.

    Yo siempre he tenido complicaciones con el sexo, pensaba que era algo "por lo que había que pasar" como dicen ustedes una especie de peaje. de hecho la sensación de un orgasmo me desesperaba, esa sensación de perder el control de mi mente era aterradora por lo cual evitaba llegar a ese punto. Todavía no puedo entregarme completa a esa sensación , pero cada vez me es más fácil, obvio porque tengo una pareja que me ha tenido paciencia, pero también porque cuando le conté de mis abusos me dijo que en la cama el no lo notaba que me encontraba una persona apasionada, yo creo que él hizo salir a esa mujer ya que he aprendido a tenerle confianza y saber que no me hará daño.

    Victoria

    Besos y abrazos

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  6. Pues yo he pasado por épocas buenas y malas, supongo que como la mayoría....
    Cuando conocí a mi marido, hace ya 14 años, fue una liberación total para mi sexualidad, pues con mi anterior pareja no llegué a tener un solo orgasmo, creyendo que era asexual...
    Pasaron unos dos años y comenzaron los problemas, cuando no pude aguantar más con excusas tontas que no siempre eran ciertas y él empezaba a pensar que ya no me atraía, le confesé parte de mi "historia", quitándole importancia y dando los mínimos detalles para evitar los enfrentamientos entre él y mis hermanos, mis abusadores.
    No me sirvió de mucho, pues las discusiones por mi "falta de líbido" siguieron interminablemente, aunque intermitentemente por suerte,hasta que hace unos meses leyó el resto de mi "historia" en el foro GAM, ahí entendió todas mis reacciones y se culpó por todas las discusiones y por su falta de comprensión, aún siendo yo la culpable por no habérselo contado antes...
    Ahora ya no discutimos, pero cuando llega una "mala época", como ahora, se enfurece y no para de decirme que es injusto que nosotros tengamos problemas, y no podamos ser felices, cuando los demás viven tan tranquilamente y ajenos a todo lo que me ocurre...
    Le entiendo perfectamente, pero a mí no me sirve de nada destapar la caja de Pandora, no sentiría ningún alivio, lo sé, solo dañaría a terceras personas y me sentiría peor aún por ello, el daño seguiría estando....
    Es muy complicado, y no puedo evitar sentirme culpable por haber arrastrado a mi marido a vivir una situación de la cual él no es responsable, siento que le he engañado, quizás si le hubiese contado desde el principio habría tenido de la oportunidad de elegir vivir conmigo con este problema o no, pero yo no imaginaba por aquel entonces que esto iba a ser de por vida...
    Soy muy positiva y siempre he creído firmemente que lo iba a superar yo sola, y quizás ese carácter me ha evitado muchas malas épocas, pero no pu edo evitar recaer de vez en cuando y sentir que no merezco a la persona que tengo a mi lado y que no tengo derecho a amargarle la vida...

    Hay épocas buenas y malas, y ésta es una de las malas, solo espero que pase pronto T_T

    BELLA

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  7. Hace poco he pasado por la etapa del celibato, de despreciar cualquier contacto por el mas minimo que fuera, ahora estoy en la etapa de sentir estimulacion hacia mi sexo opuesto, o incluso siento estimulacion estando sola, y la culpa que esto me trae me mata, mi mente y mi cuerpo estan en una batalla campal, mi mente dice no, pero mi cuerpo se impone a veces y termino haciendo cosas que luego me hacen sentir inservible, como una basura, avergonzada de mi, y escondiendome del mundo, de las personas que me aman porque creo no se merecen estar con una persona tan despreciable como yo,,,,,,,, Hoy no se que hacer, odio con todas mis fuerzas mi cuerpo, no lo quiero, lo destruyo, lo tacho, lo cicratizo pero el sigue sintiendo.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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