MIEDO

Mañana hará dos años que murió mi padre.

Algunas personas me preguntan si este hecho me ha “liberado” de alguna manera. Desgraciadamente, no.

Mi padre siempre me inspiró miedo. Aparte de las secuelas que me dejó el recuerdo de sus abusos, a las que suelo denominar como mi Monstruo, el recuerdo de él como persona, me sigue inspirando terror. Su sola presencia o su evocación me han cohibido toda mi vida, provocándome situaciones incalificables.

Era el 22 de diciembre de 1979. Lo recuerdo porque retrasmitían la lotería de navidad.


En la parroquia había programadas varias actividades para las fiestas, y se acondicionó la iglesia para los diversos actos que se iban a realizar esa tarde. Muchos de ellos protagonizados por los niños del barrio, organizados por sus catequistas.

La tarde anterior habíamos estado ensayando mucho, pero yo solo tenía una pequeña aparición como presentadora.

La mañana era fría y despejada. Mi madre tuvo que ir a trabajar muy temprano, a limpiar unas oficinas. Y mi padre sugirió que mi hermana la acompañase. “así al menos aprenderá a fregar”. Creí que no habría peligro. Mi hermana era uno de los catequistas, y a las diez de la mañana debía estar de vuelta para ensayar con su  grupo y yo iría con ella.

Me quedé en la cama, haciéndome la dormida. Sentí los muelles del somier de su cama. Tal vez solo estuviera recostándose. La segunda vez que lo oí supe que se había levantado. Conocía el sonido de aquella cama como la mía propia y empecé a rezar.

Primero recé para que no me eligiera, acurrucada y tapada hasta el cuello, inmóvil, con los ojos cerrados, hasta que le “sentí” bajo el quicio de la puerta. Le imaginé mirando de reojo a mi hermano, en la otra habitación, asegurándose que no despertaba.

Después le supliqué. Tuve el atrevimiento de suplicarle. Siempre he perdido el habla en su presencia. En los episodios de abusos son muy contadas las ocasiones que he sido capaz apenas de susurrar nada. Pero en esa ocasión le pedí que por favor no volviera a hacerme lo del otro día.

Se lo rogué muy bajito, con un hilo de voz, temblando. Le prometí que le tocaría todo lo que él me pidiera con la parte del cuerpo que él me pidiera, pero que no volviera a metérmelo dentro, porque aquella otra vez me había provocado un daño enorme.
Estaba aterrorizada.

No se enfadó. Me dijo que era normal que estuviera irritada, que a él le fastidiaba también; pero fue implacable en su decisión de no salir de la habitación. Me dijo que era la manera de aprender a ser una mujercita, que con el tiempo no me dolería, que haríamos otra cosa. “Hazlo por mí” me pidió.

Montaron el escenario en la zona del altar. Un grupo de niños representó el misterio de la natividad recitándolo en verso. Después cantaría un villancico el grupo que dirigía mi hermana. Yo solo tenía que salir a presentarlos. Me aprendí el párrafo de memoria.

No pude pronunciar palabra. Salí al escenario e intenté hablar, pero mis labios se negaron a obedecerme. Todo el mundo me miraba expectante y de repente tuve la seguridad de que lo sabían. Que todo el mundo me miraba especulando sobre lo que había ocurrido hacía unos días y que estaban al corriente de lo que yo había hecho esa misma mañana.

No recuerdo cómo bajé del escenario. No sé si subieron a buscarme o salí corriendo. Solo recuerdo estar de pié ante el auditorio y pensar “si abro la boca, verán mis dientes sucios”, a pesar de que estuve media hora cepillándomelos arrodillada frente al váter por si tenía más nauseas, introduciendo el cepillo hasta la garganta.

Y no hacía más que rememorar un cuento que había leído, de un hada junto a una fuente, que castigaba a las niñas malas con la maldición de que saldrían de su boca sapos y culebras cada vez que hablasen, y me sentí igual. Seguía con el sabor a goma seca en la lengua, y pensé que mi castigo era tener esa sensación por el resto de mi vida.

Por entonces ya tenía mucho miedo de mi padre y de todo lo que representaba. Jamás he perdido ese miedo. Creo que viviré siempre aterrada de su recuerdo. De hecho nunca tuve confianza con él, ni siquiera cuando ya era adulta. Apenas he mantenido un diálogo con él de “persona a persona”.

Recuerdo especialmente una conversación, hace diez años. Era cuando aun intentaba mantener un trato cordial con mi familia biológica, (ahora me hace gracia que yo misma quisiera mantener la hipocresía)

Él estaba ingresado por una neumonía. Siempre padeció problemas respiratorios, y siempre le recuerdo, desde niña, escupiendo mucosidades cada pocos minutos que me daban un asco horrible.

Me dijo que gracias a él yo había disfrutado de educación, porque él lo había permitido. Se sentía orgulloso de que al menos uno de sus hijos hubiera adquirido algo de cultura. Que debía estarle agradecida. Que yo era su hija preferida y que no me podía negar nada, que él sabía que yo prefería vivir con mi Madrina, y por eso permitió que yo estudiase con mis Padrinos.
Y que echaba de menos estar a solas conmigo.

No pude decir nada. Mi voz volvió a traicionarme, y me quedé paralizada, como aquellas navidades de mi infancia. Me sentí patética.

Siempre consideré mis abusos como un “peaje” a cambio de volver al hogar de mi Madrina y ni siquiera entonces me sirvió de mucho pagar, porque el último año de mis abusos, el Año del Infierno,  lo pasé entero junto a él. Mi padre había decidido que yo no volviese con mi Madrina. Supongo que porque yo ya estaba creciendo, y el peligro de que le descubriese era mayor.
Y porque me deseaba para él, sin compartirme, siempre atada a sus infames actos.

Y en ese momento, en la sala del hospital, fui incapaz de decir nada. Estaba postrado en la cama, sin poder apenas respirar porque sus flemas le estaban ahogando y yo sólo le miraba, paralizada, a mis 34 años, hasta que volvió a hacerlo: aquel sonido característico de arrancar las mucosidades de su garganta que tenía por costumbre.

Me recorrió un escalofrío y salí de la habitación como una autómata, con cara de póker, para que nadie se diera cuenta, y en las escaleras del hospital vomité. Porque en ese momento mi monstruo me había regalado un recuerdo que hubiera deseado que quedase enterrado en el fondo de mi mente hasta el final de mis días.

Fue como salir de la oscuridad. Las imágenes comenzaron a sucederse y a conectarse como las luces de un árbol de navidad. El recuerdo entró en cascada y me inundó de luz en apenas unos minutos. Como si de repente hubiera descubierto el secreto de la vida.

En casa de mis padres odiaba bañarme. Con mis Padrinos no me importaba, al contrario, tenían un baño grande y espacioso. Me encantaba llenar la bañera y echar un montón de juguetes para mi hora del baño. Lo  disfrutaba mucho, era una fiesta.

Pero en casa de mis padres no funcionaba la ducha. El hueco estaba lleno de los útiles de trabajo de mi padre y solo funcionaban el lavabo  y el váter. El baño semanal lo hacía en medio de la cocina, en un barreño enorme que mi madre llenaba con agua que iba calentando en la cocina de carbón, porque ni siquiera teníamos calentador de agua. Yo me metía encogida en aquel recipiente y mi madre o mi hermana me echaban agua por la cabeza con un cazo pequeño.

Obviamente dejé de utilizar el barreño al hacerme más mayor, y comencé a asearme llenando el lavabo de agua templada y limpiándome por zonas con una esponja. El cuarto de baño no tenía pestillo. Mi madre decía que no quería que nos quedásemos encerrados accidentalmente. Y yo intentaba aprovechar los momentos en que él no estaba en casa para lavarme el cuerpo.

No le oí llegar a casa. Mi madre estaba en la cocina, no sé donde estaba mi hermana. Cuando entró en el baño mostró un gesto de sorpresa. Me dijo que no sabía que yo estaba ahí y se quedó mirándome. Me preguntó si quería ayuda para lavarme, cerrando la puerta tras él.

Era como entrar en la negrura, como dar un paso hacia una cueva oscura, como si en ese momento se apagase todo y únicamente quedara el silencio.  “Dios, por favor, que sea rápido. Dios, por favor, que sea rápido. Está vestido, tal vez sólo me toque un poco, tal vez sólo me pida que le toque su cosa… Dios, por favor, que sea rápido”.

En esos momentos, solía buscar un punto en el que fijar mi mirada. Intentaba abstraerme de todo y concentrarme en ese punto: el dibujo de la colcha, la veta de la madera del mueble, la mancha de la alfombra… y cantaba. Dentro de mi cabeza empezaba a cantar aquella cancioncilla infantil… “un elefante se balanceaba, sobre la tela de una araña…” Y me imaginaba una carpa de circo, con una cuerda en lo alto para los funámbulos y empezaba a subir en ella elefantes imaginarios que hacían equilibrios para no caerse.

A veces mi concentración llegaba a ser tan grande que ya no veía mi entorno, solo veía los elefantes. A veces no era suficiente para dejar de sentir.

Aquel día me costó mucho cantar. Fijé mi mirada en el agua jabonosa del lavabo, con los extraños dibujos que formaba la espuma, pero a penas conseguí pasa de ahí. Recuerdo que me quitó la esponja de la mano. Recuerdo que me susurraba al oído. Recuerdo temblar en mi desnudez, recuerdo intentar seguir contando elefantes.

Pero algo no iba bien. Me cambió de posición. Miré el cristal arrugado y translúcido de la ventana. El marco de madera tenía una muesca cerca de la esquina que parecía un signo de interrogación.

Sentí a mi madre llamarme desde la cocina. Me asusté. Por nada del mundo quería que me descubriera con él en el baño. Me sentí traidora, cómplice. El signo de interrogación ahora parecía el número dos.

Entonces lo hizo. Alargó la mano y agarró el martillo del montón de aparejos del rincón de la ducha. Se acabó la canción. Como la primera vez que me violó, el miedo fue tan profundo, tan paralizador que mi mente se apagó, se quedó en blanco.

Aún no tengo esa parte del recuerdo “viva”, pero más de veinte años después, sola en aquella escalera de hospital, fui capaz de asimilar lo que había hecho con el mango del martillo.

Y volví a oír a mi madre llamarme aquel aciago día por segunda vez, y a mi padre que salía del baño y desde la puerta, gritar que “la niña aun no ha terminado”, que le calentase la cena… Me guiñó un ojo medio sonriendo y se llevó un dedo a los labios. Después me dejó sola, desnuda, desgarrada.

Por supuesto que guardé silencio. Siempre lo hice. Guardé tan bien el secreto que ni siquiera yo misma lo sabía. Mi mente me lo ocultó hasta hace diez años, cuando en medio de la nada que era aquella escalera de hospital, sólo esperaba que nadie pasase a mi lado, porque no me encontraría. Yo era un fantasma del pasado que estaba desecho en llanto y solo quería morir.

Creo que llegué a desconectarme a ratos. No podía moverme, solo temblar, no podía hablar, solo sentía el ritmo de mi corazón a millones de pulsaciones, y las sienes a punto de reventar. Y con un dolor interno inmenso, un dolor que aun siento de vez en cuando, como si mi corazón se estuviera partiendo físicamente en dos. Pasé 3 o 4 horas, parada en aquella escalera llorando, con la mente vacía y el alma rota.

Fue la última vez que le vi. Pero su memoria, a veces aun me paraliza. No solo cuando mi Monstruo me encierra en el cine de mis recuerdos, es mucho más que eso. Es como si se apagase un interruptor en mi cabeza, mi mente quedase en stand by, y empiezo a temblar y a sentir el miedo que de niña experimentaba al oírle caminar por la casa.

Todos me dicen que soy muy valiente al hacer este blog, y yo no me siento para nada valiente. Me siento una miserable cobarde por no haberme enfrentado a mi agresor, ni siquiera cuando era una persona adulta.

Es tal el terror que siempre he sentido ante su presencia, que nunca he podido enfrentarme a él. Y ahora que ha fallecido ya no tengo la posibilidad de afrontar mi miedo cara a cara. Y le maldigo doblemente por eso, porque siempre me quedará ese resquicio.

El día que murió lloré, pero no por tristeza, sino por rabia, por no haber reunido jamás el valor de decirle lo mucho que le odiaba por haber roto mi infancia.



"El miedo es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros."
Edmund Burke. (1719 – 1797) escritor y pensador político irlandés.

9 comentarios:

  1. Mi vida, cómo no llorar con lo que nos cuentas! cómo podrías enfrentarlo?! no se puede sin ayuda de alguna persona que conociera lo que te sucedía.

    El miedo ha convivido conmigo casi toda mi vida, paraliza, deja sin habla, parece que una se desvanece, los recuerdos, sensaciones son insoportables.

    Para mi una persona abusada es valiente, debe contar lo sucedido, para sacarse esa mierda que la ahoga. No has podido decirle nada, si piensas que tal vez hubiera dicho que mentías, que inventabas, que estabas loca...argumento a lo que aducen todos!

    Esta semana he tenido el llamado de mi madre, diciéndome que ella tiene solo tres hijos (mis hermanos varones), cuando ha comenzado a vomitar todo su odio corté. Me temblaba todo el cuerpo, tengo 51 años y aún no puedo decirles el daño que me han causado. Sí sé que no vuelvo hacia atrás, creo que ya no podría salir del infierno.

    Te dejo mis abrazos sanadores y besos.

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  2. Nemesis, aqui no entra ni la cobardia ni la valentia. Te entiendo perfectamente que cuando te dicen valiente tu solo sientes miserable cobardia. Lo entiendo debajo de mi piel. Ese sentimiento no se borra asi como asi. Creo que lo importante es saber que uno es extremadamente delicado en un punto que ha sido destrozado ANTES de que se pueda hablar de cobardia o valentia. Y luego crecemos y, bueno, yo como hombre, he hecho cosas que mas que valientes han sido absolutamente temerarias y excentricas. Si, parecen de una valentia flipante, pero son solo una reaccion contra esa verguenza, esa impotencia, un arranque de querer mostrar que no. Creo que tu has hecho cosas parecidas. Hay que entenderlo desde el carino hacia si - no se es cobarde por haber sido destrozado, por esa fragilidad. Vivimos llenos de mitos de falso heroismo. Queremos el heroismo porque queremos ser potentes, como dioses, como esas peliculas americanas donde el mas violento y guapo gana. Donde esta el heroismo del carino, de la verdad, de la denuncia de la violencia? Esta en ti. Y no es ni cobarde ni valiente. Es espiritu, es amor que a pesar de ser fragil no se apaga. Es una resurreccion que no todo el mundo entiende. Creo que casi nadie entiende. En el mundo hay mucha oscuridad del alma, y ser hipersensible a ello no te hace cobarde. Te hace especial - malamente, pero especial. Como si viviesemos en un infierno y la gente se hubiese puesto chaqueta de bombero y tu fueras en bragas gritando: que quema!!!! Cono, es que quema!!! Quema pero de verdad.

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  3. Nemesis esto que escribes del temor que te hacia sentir tu padre, lo entiendo muy bien. Yo siempre tuve miedo, mucho miedo del mio tambien, tal vez para otra gente que no a sido abusada por su padre es imposible creer que aún siendo mayores, sigue en uno el temor hacia esa persona.
    Hoy por la mañana pensaba en que muy pronto cumplira un año de muerto mi padre y la verdad no siento nada, solo un gran alivio.
    Mis hermanas deben estar muy tristes eso es seguro, pero yo me siento librada de tener que volver a verlo.
    Hay algo que nunca he contado, el dia que él murio y me hablarón para verlo, fue un gran alivio para mi llegar y que él ya estuviera muerto. Que le hiba a decir? que no se muriera, que sentia mucho estar alejada de él, no, fue mejor no verlo vivo otra vez y tener que ser hipocrita para que él se sintiera bien.
    Año, tras año sintiendome como una llaga abierta, tanto dolor por un maldito cobarde como él. Ahora poco a poco voy saliendo, te mentiria si te digo que todo esta bien, lucho y mucho por mantenerme cuerda y fuerte, como todos los que sufrimos de abusos sexuales en nuestra infancia.
    Nemesis yo si pude hablar con él sobre lo que me hizo antes de que él muriera, fue una platica sacada del infierno, cuando pienso en ella asi lo siento,como si haya hido y vuelto de un infierno horrible.
    El día que él murio yo me sentia muy confundida, por su muerte tan de pronto y el rechazo de mis hermanas, esto ultimo fue lo que mas me dolio, saber que yo para ellas no significaba más alla que una mala hija que se atrevio a hacer sufrir a su padre querido al decirle a la cara todo el daño que me habia causado.
    Te dejo un abrazo lleno de cariño y mucho respeto.

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  4. Tengo 29 años... y al leer tus líneas... Sii!! Yo también digo Woow!! Pero que mujer tan valiente! También lo pienso, y digo... "ayy cuando podras ser como ella" fantaseo, en descargar en líneas lo que llevo dentro, descargar todos los recuerdos hasta el momento "recuperados"...
    cuando inicie esto... Escribí en mi blog desde un distanciamiento abismal una entrada que se llamó "El contrato del silencio"... En el transcurso de mi incipiente y débil proceso se me ha dificultado pensar y entender la idea del silencio. Guardar silencio, siempre el maldito silencio.
    Sintiendome terriblemente culpable, por "haberle obedecido" el silencio que él pedía!
    El hecho de guardar el secreto.
    Una manera de sentir toda la maldita mierda, toda la culpabilidad y la suciedad por callar, por no morderle un brazo hasta sangrarselo, patearlo, sangrarle ese pedazo de porqueria.
    Gritar como una "desquiciada"
    No paralizarme.
    No temblar, recuerdo, su fuerza apretandome los brazos diciendome "NO tiembles!" "No estes temblando!" "No llores" "No te muevas"!!

    No se que sea la fuerza, la valentia, no se que sea la decisión, no se que sea el "coraje" me siento tan desprovista de TODO!! De todo!!

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  5. Hoy no quiero decir mucho. Tengo qué decir, pero no quiero hacerlo porque no me siento con fuerzas. Me ha hecho llorar tu relato... lo del martillo... Bueno, francamente, prefiero no opinar... No encontraría las palabras exactas ni las suficientes para expresar todo lo que me ha hecho sentir por dentro y que he expresado por fuera cuando he leído tu relato... toda esa rabia, ese dolor, esas ganas de matarle a él... Así que sólo quiero que te imagines un gran abrazo muy fuerte mío. Y no voy a decir nada más.
    Un beso muy muy muy fuerte Némesis.

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  6. No había leído hasta ahora, la verdad, esto deja sin palabras. Eres fuerte Nemesis, si ya es duro que abusen de ti en tu infancia, mucho más toda la vida que llevaste hasta poder decir basta.

    No solo eso, sino el hecho de no poder olvidar las cosas, esa sensación de querer vomitar, de sentirte sucia constantemente, pero... ¿por qué? ¿Por qué sentirnos culpables cuando en realidad tan solo somos victimas?

    Creo que eres fuerte, solo que no eres capaz de verlo.

    Un millón de besos.

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  7. Lei tu entrada el sábado, recién colgada, y hasta hoy no he podido decirte nada.
    No es que no quiera hacerlo, no estoy obligada a ello; es que no puedo.
    No se que puedo decirte que te haga sentir mejor, ni siquiera estoy segura de que te hayas sentido mejor por soltar todos estos recuerdos. Revivir esos miedos es tan duro ...
    Y de que sirve que yo te diga que eres fuerte o valiente?
    Joer Némesis, siento no ser de mucha ayuda, solo quiero que sepas que no estás sola, ya no tienes que tener miedo de nada porque ahora si se te escucha y reaccionamos ante tu dolor.

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  8. tu historia hace que el corazón se me apriete y me impresiona el que existan seres tan depravados como tu padre y seres tan resilientes como tu.

    Hoy estuve en un seminario y copie una frase que ahora creo era solo para regalártela a ti "el coraje y la valentía solo se da en presencia del miedo" y quien más que nosotras conocemos del miedo.
    Yo durante mucho tiempo creía que era cobarde e indigna de mi propio nombre "Victoria" ya que no había sido capaz de vencer sobre mis abusadores o de hablar a tiempo, o denunciar, pero de apoco he aprendido que soy valiente porque a pesar del miedo yo me levantaba e iba al colegio, porque a pesar del miedo yo tomo el auto y voy a un lugar nuevo, a pesar del miedo aprendí a cruzar la calle y muchos de nuestros actos que el resto hace sin ni siquiera pensar como levantarse por la mañana y salir de casa para nosotros son actos de coraje y valentía por que los hacemos a pesar del miedo.
    Mucho cariño para ti abrazos, besos y mucha esperanza en el futuro.

    Victoria (del Latín y significa victoriosa)

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  9. Sigue vomitando tu miedo, Némesis, el miedo de aquella niña aterrada y culpabilizada. Sentir miedo no es de cobardes, ser cobarde es negarse a reconocerse a sí misma que se tiene miedo.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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