UN, DOS, TRES, AL ESCONDITE INGLÉS

En este blog hablo muchas veces de las secuelas de los abusos en la vida adulta, o de mi adolescencia, explicando sus consecuencias. Otras veces cuento algún pasaje de esos abusos, para que los que no habéis pasado por ello intentéis poneros en la piel de una víctima.

Pero durante mi infancia ya existían daños colaterales. Realmente yo no recuerdo una infancia sin abusos. Solo momentos y épocas en las que no los sufría, cuando estaba con mis Padrinos, pero ya entonces había consecuencias.

Si tuviera que decir, con certeza, cuál era el lugar más blindado, más protegido, donde realmente yo era feliz, sin duda debo nombrar la casa y la compañía de mis Padrinos y por extensión la casa de la playa. Porque ni siquiera el colegio era un lugar seguro.


Un, dos, tres, al escondite inglés.

¿Quién no ha jugado en su infancia a ese juego?

Apoyada contra una pared, la “madre” recitaba la frase con el rostro escondido, de espaldas al grupo para que todos supieran que no estaba mirando. Y los demás teníamos que acercarnos al muro con rapidez, antes de que ella se diera la vuelta y nos viera.

Y entonces te quedabas quieta, como la esposa de Lot, convertida en estatua de sal y si la “madre” te veía moverte debías volver a empezar desde detrás del todo.

Yo intentaba ser estatua de sal. En mi vida en el colegio siempre procuraba estar inmóvil para que nadie se percatase de mi presencia, para que no me vieran moverme. Con un poco de suerte llegaría la primera al muro y entonces yo podría ser la “madre” y todo sería distinto. Pero siempre me descubrían.

Mantengo la teoría no demostrada de que nos huelen. Que los demás huelen nuestra debilidad desde niños y la crueldad infantil, desde el punto de vista adulto, es muy inocente pero desde el punto de vista de una niña que ya está marcada en su intimidad, puede ser algo muy dañino.

Constantemente he sufrido acoso escolar, entendiendo como tal, que te humillen, que se burlen de ti, que te gasten bromas pesadas, que no quieran sentarse junto a ti como compañeras de pupitre en clase, que te llamen la “yuyu” porque es un sacrificio acercarse a ti… tengo muchos ejemplos para ilustrar mi teoría del “olor”.

Como existía una guerra solapada entre mi Madrina y mi padre, yo andaba siempre de un lado a otro, de una ciudad a otra, de un colegio a otro. Y mirando mi expediente académico, he constatado que he estado en doce instituciones de enseñanza distintas. Hasta séptimo curso eran colegios solo de niñas, después los colegios mixtos empezaron a adquirir prestigio.

A veces estaba un curso en un colegio y después de que mi padre montase un numerito, el director o directora le decían a mi Madrina que lo sentían, pero que no podían permitir niñas con familias problemáticas en el centro, que no volviera. Era el inconveniente de los colegios privados. Disfrutaban de derecho de admisión.

Otras veces empezaba el curso en un sitio y a mitad del año lectivo el Tribunal Tutelar de Menores dictaba alguna sentencia que me obligaba a cambiar de ciudad y de colegio.
Por lo tanto siempre he sido la nueva, la de fuera. Y sin duda la rara.

La mayoría de los que me leéis tenéis una formación católica y habéis hecho la primera comunión. Un día sin duda especial para muchos: ellos con su traje de chaqueta o “almirante”, o con el de marinero; ellas con sus vaporosos vestidos de organdí.

Cuando yo la hice aún te preparaban y lo celebrabas en el colegio, con toda la clase, o en la parroquia correspondiente, pero supervisado por el colegio privado de monjas en el que estuvieras.

Estuve todo el curso preparándome para ello con cursillos dentro del horario escolar. Sería a primeros de junio.

La Semana Santa de ese año, como siempre, la pasé con mis padres en mi ciudad natal. Yo no sabía nada. La tarde antes del Domingo de Resurrección se presentó en mi casa una vecina con el traje de comunión de su sobrina.

Mi madre había hablado con el párroco de la iglesia del barrio, e hice la primera comunión yo sola ese domingo, en la Misa de Resurrección, sentada en el altar mayor con todos los vecinos mirándome. Creo que fue la hora más larga de mi vida, jamás me había sentido tan observada y tan incómoda.

Al volver con mis padrinos tras las mini vacaciones y decirles que ya había comulgado por primera vez, mi Madrina se disgustó mucho. Había previsto organizar una gran fiesta, me iba a hacer a medida el traje de comunión e iba a invitar a mis padres y a mis hermanos a pasar toda la semana en la ciudad para que lo celebraran conmigo.

Mi Madrina habló con el colegio, explicándoles la situación y lo cierto es que salvo por la no participación de mis padres, celebré esa segunda “primera comunión” como ella había previsto, y mi recuerdo es por supuesto mucho más agradable y ha podido sustituir a aquella hora  infernal ante un montón de desconocidos, por la compañía de toda mi clase y el abrigo de mis padrinos.

Pero hay un pequeño detalle que no consigo apartar del todo. La tarde antes de la ceremonia, en el ensayo general, una de mis compañeras se quejó a la tutora que yo no tenía ningún derecho a estar ahí, y alguna niña mas, por solidaridad supongo, corroboró su opinión organizando un pequeño motín. En esa ocasión la tutora fue implacable en su argumento y les dejó muy claro a mis compañeras las razones por las que yo debía participar.

La verdad es que me sentí muy mal por tener que justificarme o ver que otros me justificaban ante el mundo, pero no fue la primera vez, y no sería la última. Y los roces con mis compañeras ya se llevaban sucediendo desde principios de curso.

Al terminar las clases de la mañana, las que quedábamos en el comedor del colegio, teníamos una hora más de estudio. La aplicábamos en un aula común, donde nos reuníamos todas las alumnas mediopensionistas del colegio.

Todos los días, nuestra profesora le daba a una de nosotras, de manera aleatoria, la autoridad para llevar a las demás al aula común en fila y sin alborotos, como era costumbre en los colegios de cierto prestigio. Un desfile de niñas educadas en columna de a dos.

Intente hacerlo como había visto hacer a mis compañeras. Dirigiendo el grupo de forma sosegada, haciendo paradas en cada rellano de la escalera, para esperar a las rezagadas, y hablando de forma moderada, con el resto de la fila en completo silencio.

Me sentí una mierda. En cuanto estuvimos solas, todas salieron corriendo, en una carrera improvisada para ver quién era la más rápida en llegar a la última planta del edificio, donde estaba el aula. Nunca me creí con autoridad para nada ni para nadie, y ese día se confirmó lo poco que me valoraban.

Ignoro cómo se enteró nuestra tutora, pero dos días después volvió a darme la potestad de dirigir la fila, y ante mi tímida negativa habló en alto a toda la clase, advirtiendo que si se volvían a repetir las carreras del día anterior, habría sanciones para todas, sin discriminaciones.

Me hizo gracia. No hubo ningún incidente y llegamos al aula común sin problemas. Pero después todas se fueron acercando a mí para recordarme que se habían comportado correctamente y no habían causado ninguna molestia. Y me sentí peor todavía, porque mi supuesta autoridad quedaba supeditada a la amenaza de nuestra tutora.

Ese curso, la educadora se comportó como se espera de un profesional de la enseñanza, pero en la mayoría de ocasiones el profesorado no se percataba de lo que ocurría o miraba hacia otro lado.

Guardo un personal recuerdo de alguien que sin duda contribuyó al escarnio de manera especial: la señorita Aurora.

Era la tutora de quinto curso. Cuando salías al encerado a hacer un ejercicio, o a dar la lección, más te valía sabértelo bien. Le encantaba dejarte en evidencia delante de toda la clase. Te cogía de los hombros, con los dedos pulgar e índice como si le diese asco tocarte, diciendo en voz muy alta que eras el ejemplo de alguien que no se molesta en estudiar y que así no llegarías a nada en la vida, que no valías para nada.

Recuerdo un trabajo de manualidades que nos mandaron para celebrar las fiestas de Navidad. El tema de nuestra clase era la Virgen María.

Utilicé una cartulina grande como base para mi cuadro. Mi idea era hacer una virgen con bolitas de colores de papel pinocho, como un collage. Recuerdo la noche antes de entregar el trabajo, estar con una de mis Madrinas hasta muy tarde terminando de pegar cada bolita. Me quedó muy bien. Me sentí orgullosa de lo que había hecho.

El orgullo me duró poco. Aurora lo miró de soslayo y me lo calificó con un aprobado justo, porque “me habría llevado algo de tiempo”, nada más, y lo colocó en el suelo junto a otros trabajos. Los que ella consideraba mejores se llevarían a la iglesia del colegio.

En ese momento, entró la directora. Al ver mi trabajo se deshizo en elogios. Le parecía que sin duda la autora se había tomado un enorme tiempo y había tenido una idea muy original con el collage, que era precioso. Después se dirigió a la clase y preguntó quién lo había hecho.

Me levanté despacio, avergonzada, y sin entender muy bien por qué había tanta diferencia de criterios. Aurora se adelantó antes de que yo pudiese abrir la boca, y le dijo a la directora que sin duda era el mejor trabajo de la clase, y que ella misma se lo iba a llevar a la capilla para colgarlo esa misma tarde. Mi calificación final por la manualidad fue un 8,5.

Y para despedir el curso, la escena final: Habían decidido hacer una función de teatro infantil. Estaba ambientada en un bosque animado, donde todos los animales, los arboles y las plantas lo tenían que hacer niños, porque tenían que moverse por el escenario. Algunos tenían diálogos, otros no, pero la obra era perfecta para que toda la clase participara de alguna manera.

Aurora excluyó a tres de nosotras. Dijo que ya no había más papeles, y pasábamos las horas sentadas las tres en el suelo del pasillo, junto a la puerta de la clase, porque tampoco podíamos ver los ensayos. Ni siquiera recuerdo de qué obra se trataba.

La verdad es que en general fue horrible. Guardo recuerdos de la época escolar espantosos. A veces se reunían varias de mis compañeras y me llamaban para ofrecerme jugar con ellas, (normalmente jugaba sola) y se dedicaban a utilizarme como diana en el juego del “balón prisionero” con pelotas de baloncesto, y las había con una destreza especial para lanzar el balón realmente fuerte. O me escondían la ropa en gimnasia y tenía que volver a casa con el chándal del colegio.

Uno de los colegios donde estuve era un internado, en mi ciudad natal. Algunas veces iba a casa solo los fines de semana. Los dormitorios estaban distribuidos en “salas” o grupos de chicas por edades más o menos parecidas, aunque no perteneciéramos a los mismos cursos. Lo pasé fatal, pues fue en la época en que mis abusos eran más frecuentes y consistían ya en mucho más que simples tocamientos.

Hablo en sueños y soy sonámbula. Durante mis pesadillas, a veces soy capaz de revivirlas con diálogos imaginarios con mi interlocutor, y mis compañeras, al darse cuenta, hablaban conmigo intentando no despertarme, pero queriendo averiguar qué es lo que soñaba. Podéis imaginar el pánico que tuve al descubrirlo. Solo pensar que alguien supiera lo que ocurría me aterraba.

Fue el último año de mis abusos, el año del infierno. Y si al principio creí que el pasar algunas noches en el colegio me serviría de “descanso” para estar alejada de mi padre, saber lo que mis compañeras hacían me hizo entrar en un estado de alerta permanente. No existía ya un sitio seguro donde refugiarme.

Tras los abusos las cosas no fueron mucho mejor. Lo cierto es que cuando volví a la ciudad de mi Madrina para terminar la E.G.B. y estudiar el bachillerato, empecé a adelantarme a los acontecimientos. Me volví huraña y con un carácter de lo más susceptible. Antes de que empezasen a agredirme, (porque estaba segura de que eso no iba a cambiar), era yo la que daba muestras de rareza. Cualquier broma inocente era un ataque personal, por lo tanto en una semana ya era la rara del instituto.

En clase de gimnasia sufrí un esguince de tobillo. Tuve que tener el pie inmovilizado con una escayola durante un mes.

Como mi actitud ya daba indicios de comportamiento extraño, mis compañeros comenzaron a hacer la “gracia” de sacar del aula mi mesa y mi silla. Todos los días tenía que recoger los dos muebles del pasillo antes que empezara la clase, con la pierna escayolada.

Un día me harté. Al llegar a clase y no encontrar mi mesa, coloqué todos los libros en el suelo, al final de la sala, y saqué la carpeta y un bolígrafo. Me senté sobre los libros plantados a modo de asiento y me dispuse a tomar apuntes.

Cuando el profesor me vio allí sentada, me preguntó entre enfadado y divertido dónde estaban mi mesa y mi silla.

Se lo expliqué tranquilamente, como quien explica lo que ha desayunado esa mañana. Y no omití ningún detalle. Llevaban dos semanas escondiéndome la mesa, pero a mí aparentemente no me importaba.

Lo cierto es que la mesa no volvió a desaparecer, pero mi fama aumentó exponencialmente entre toda la comunidad educativa.

Creo que fue la primera vez que hice algo por defenderme, aunque no fuese lo más adecuado. Supongo que después de tantos años y con la adolescencia, empiezas a “mover ficha” y dejas de quedarte callada aguantando el acoso de manera paciente.

Pero mis recuerdos del colegio son siempre pasivos, esperando la siguiente burla, el siguiente desprecio, la siguiente broma pesada y sin poder hacer nada al respecto, porque no tienes defensas, no sabes cómo protegerte.

Tal vez sea difícil de entender para los que no han sido víctimas, pero en los abusos sexuales infantiles es lo primero que te quitan: las defensas. Tu agresor utiliza la sutileza de tal manera que te desarma en un momento de tu vida en el que deberían enseñarte a resguardarte, a pelear y en lugar de eso, te seducen o te intimidan para que depongas las armas que en muchos casos aún no tienes.

Y después, tienes que aprender a defenderte cómo puedes, porque ni siquiera sabes pedir ayuda. En mi caso, me volví insociable, cerrando toda posibilidad a que alguien bienintencionado pudiese ofrecerme su mano.

Y ese cambio de actitud no mejoró nada porque fue cuando entré de pleno en mis años oscuros, y por lo tanto, de la humillación infantil pasé a dejarme avasallar por otras personas que tenían de todo, menos inocencia.


Muchas gracias, compañera,
Por el gusto que has tenido:
Tantos niños en el corro,
Y a mí solo has elegido.

Canción infantil. (Extracto)

11 comentarios:

  1. Es terrible que nos destruyan las defensas, que ni siquiera nos den la oportunidad de aprender. Mi mamá siempre me ha dicho que era muy pasiva, que siempre me dejaba de lo que me hicieran, que cuando algo ocurría me quedaba tontamente petrificada, y muchas veces en tono de reproche pues ella y yo somos muy diferentes. Hace poco cuando hablabamos de esto le hice ver que muy problamente ese comportamiento es consecuencia de lo que me hicieron... no me pudo contestar, sabe que es verdad, disfruté de mi pequeño momento de victoria pues fue como decirle: no es que tu hija te haya salido estúpida, es que tu ignoraste las señales, tuviste la sospecha pero te fiaste de mi palabra cuando debiste ir más allá.
    ... Lo dije en una entrada de mi blog: los niños pueden ser las criaturas más despiadadas del planeta sin quererlo. Al menos así lo veo.
    Pero nuestras niñas ya estan a salvo, solo hay que darles mucho amor.
    Un abrazo.

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  2. ... Quebrar las defensas... Destruirlas, Desarmarnos, con eso que TODOS los demás se "defienden" de todos los que osan hacer daño, burlas... heridas.
    Si... Cuando era niña la mayor parte del tiempo en la escuela la pasaba sola... Era callada, no tenia "amiguitos" y eso... Me hacia ver como la "rara" o la "antisocial". Aun en este tiempo, he sido de muy pocas amistades... prefiero mantenerme un tanto "aislada"
    Sii los niños suelen ser crueles... Tengo un recuerdo de 2 niños que se burlaban de los "peinados" y adornos que me ponia mi mama en el cabello... Era taaan incomodo! y yooo? Yo me tragaba mis lágrimas.
    Me has hecho recordar mi etapa en la escuela... solo me salia a un lado de la puerta del aula a comerme mi lunch esperar que dieran el timbre para sentarme de nuevo...

    Gracias por escribir, por compartir tanto de ti!

    Un abrazo sincero y fuerte

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  3. vaya, acababa de escribir aquí un larguísimo comentario y se ha perdido y ahora solo recuerdo que acababa diciendo que sí, que el miedo se huele, que huelo el miedo de los agresores y su miedo me da miedo, y huelo el miedo de las víctimas y me produce ansiedad. Y que también existe el calor de la empatía entre gente que se huele y se entiende y se perdona.

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  4. Me hiciste revivir alguno de mis momentos en la escuela, de hecho, no hace mucho que me he sentido así. Simplemente pedía que el tiempo pasara rápido, que llegaran pronto los 18.

    Muchos pensaban que era esa simple tontería de querer decir que tienes 18 para sentirte mejor, sinceramente, si quería tener los 18, era porque sabía que no me permitirían estar más tiempo en el instituto escolar, sino que me tocaría ir al centro de adultos y ahí me sentía menos "bicho raro" y así es, ahora, dos años después, con mis 20 años, me siento a gusto en el centro donde comparto tiempo con gente adulta, que no te mira raro por tu comportamiento o que no te excluye de su lado.

    Los niños son lo más dañino para alguien sin defensas, yo también fui el centro de las bromas del resto.

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  5. Tal vez los mas débiles encuentran un siniestro placer sintiéndose fuertes cuando descubren un ser indefenso al que poder vejar. No puedo encontrar otra explicación, y te aseguro que he pensado mucho en ello estas últimas horas.
    Lamento mucho que te robaran tu última oportunidad de ser niña por la intransigencia y la estupidez de algunos niños y sobre todo de algunos adultos poco profesionales y con muy poca valía. Sigo queriendo creer en la inocencia de los niños a pesar de todo.
    Un beso Némesis- 31

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  6. Me has hecho recordar una etapa de mi vida en E.G.B, unos capítulos que siempre quise olvidar, pero que nunca pude borrar.
    La crueldad de los que te ven débil, se llama la valentía del cobarde... Y yo nunca tuve la fuerza de revelarme, ni la ayuda de nadie...
    Salivazos, amenazas, collejas... cosas de críos dirían, pero para mí era humillación.
    Por suerte todos tenemos una segunda oportunidad en la vida... Y tú estás aprovechando la tuya, Némesis, sigue mostrándonos el libro de tu vida, para que de él podamos aprender...

    Un Ángel

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  7. Muy fuerte y doloroso. He leído las entradas, conocido al Hada Madrina.
    Por suerte he concurrido a una escuela pública, laica...en eso fueron 'inteligentes' mis padres, ahí me he sentido cobijada. Conozco a muchas personas que recordar su paso les es insoportable.

    Los niños suelen ser crueles, de la manera que lo cuentas me causa dolor, encima las autoridades ausentes o colaborando.

    Te envío abrazos apretados.

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  8. Graciela, solo un pequeño apunte:

    Como explico en mi entrada he ido a doce colegios distintos, y he de decir que han sido de todo tipo: públicos, privados, concertados (con capital público y privado), de "niñas ricas" y escuela de barrio bajo, solo de niñas y mixtos, en clases exclusivas con doce alumnos y en clases masivas con cuarenta y cinco, incluso recuerdo una escuela que solo tenía dos clases: una que abarcaba de primero a quinto curso, y la otra con todos los alumnos de sexto hasta octavo curso, antes del paso al instituto.
    Y por supuesto, unos eran católicos con sus monjas y con sus curas, y otros laicos tanto de ricos como de pobres.

    En todos, absolutamente en todos ha habido algo que recordar, o la "inocencia" de los niños, o la ineptitud de los adultos.

    Creo que es solo cuestión de suerte, que te toquen buenos educadores, las creencias en este caso me parece que no influyen demasiado.

    Seguro que todos recordamos a un profesor especialmente por lo bueno o malo que ha sido con nosotros.

    También te mando abrazos, Graciela. Gracias por tu opinión. Bienvenida al Averno.

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  9. He tenido mucha suerte, no sé cómo llamarle. Sentir que los maestros, luego los profesores eran como una mamá o papá, hizo una infancia y adolescencia llevadera fuera del hogar.
    Tal vez, por ser una escuela formadora de maestros.

    Besos!

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  10. Yo sí que soy el bixo raro del "grupo"...
    Cuando era pequeña, siempre he sido la más alta de mi clase, ya no soportaba el abuso o las humillaciones que "el más fuerte" usaba contra el "más dévil", no sé si mis abusos influyeron o era mi propia personalidad...
    Tengo muy pocos recuerdos de mi época del colégio, pero menos aún del tiempo que pasaba en casa, y francamente, no quiero recordar nada más que me cause dolor...
    Hace poco hablando con una compañera de EGB de cómo éramos todos cuando pequeños, le dije que no recordaba cómo era yo y me dijo:
    Yo sí, no te gustaba destacar en nada, casi pasabas desapercivida, a todo decías que sí.... Pero cuando veías que se metían con alguien más dévil o simplemente con aquel que era más tímido... Uf! Entonces salía la fiera que tenías dentro y todos alrededor te temían, no había nadie, ni los chicos más grandes, que quisiese enfrentarse a tí.... Después, te volvías a calmar y ya no había problema, lo curioso es que te llevabas bien con todos y todos te querían...

    Me sentí muy bien al escuchar esto y recodamos buenos momentos juntas, nos reímos mucho... Estoy segura de que si hubiésemos coincidido en nuestra niñez, algo improbable claro, yo os hubiese defendido!!
    Un abrazo muy fuerte a todos, en especial al Ángel.

    BELLA

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  11. Nemesis a mi me pasaba todo lo contrario, en la escuela siempre me senti a salvo era como un refugio para mi tanto en la primaria, secundaria o preparatoria. Si hubiese podido me hubiera quedado siempre en la escuela hasta a dormir.
    En mi casa era horrible estar, siempre cuidandome o temiendo hacer algo mal.
    En ella me menospreciaban terriblemente igual a mis hermanas y en la escuela era otra vida, era todo tan diferente, claro que eran otros tiempos.
    Te dejo muchos abrazos, muy fuertes para ti y para esa niña que aun existe en ti.

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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